Descubre la Fascinante Historia y el Profundo Significado Cultural de la Hacienda Río Frío en Méxicopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La Hacienda Río Frío se sitúa en un contexto geográfico y cultural rico, que ha sido plasmado en la literatura mexicana. La novela Los bandidos de Río Frío, escrita entre 1889 y 1891 por Manuel Payno, forma parte del canon de la literatura nacionalista, siendo una de las obras fundadoras de la mexicanidad.

La Geografía Cultural en "Los Bandidos de Río Frío"

La concepción espacial de Payno, por medio del enfoque cultural en la geografía, nos conduce a reunir los signos de los lugares, así como definir un itinerario de prácticas nuevas, un territorio cultural “cargado de afectividad y de significaciones”. Todas las clases y los lugares registrados en la obra son depositarios de la cultura nacional, así como parte activa de su geografía e historia.

En la obra quedan consignados cada uno de los lugares de la Ciudad de México que, en su conjunto, no sólo forman el paisaje urbano, componen, además, un sistema de señales o códigos culturales. Estas marcas espaciales y sociales son, entre otras, una metonimia histórica que, por medio de metáforas y alegorías, facilitan su recuerdo.

Desde la perspectiva de la geografía cultural, el paisaje se entiende como “el conjunto de formas que hay en el espacio”. No obstante, al adaptar esta noción a la narrativa literaria, las representaciones espaciales se vuelven “lenguaje de estas formas”, y reunidas constituyen “lo que alguna vez fue aquel ambiente”. Así pues, cada elemento espacial contiene “un significante con cargas valorativas y voluntades sociales que refleja y que forja una identidad”.

Niveles de Significación Espacial

A partir de la metodología del geógrafo francés, el espacio conformado por geosímbolos se construye en tres niveles:

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  1. El primero, que es el más grande, se denomina “estructural” y se ordena “según sus propias finalidades, sus funciones y su nivel tecnológico”, que pueden ser, por ejemplo, regiones, polos, ejes o flujos.
  2. El segundo es el “espacio-movimiento”, es decir, “la suma de lugares y trayectos que son comunes a un grupo” o, lo que es lo mismo, el “espacio de conocimiento y de familiaridad vinculado a la vida cotidiana”.

Finalmente, la suma de las dos categorías anteriores o niveles de “percepción”, brindan la reflexión global de los valores espaciales en su conjunto, es decir, su geografía cultural.

Contexto Histórico y Militar

Uno de los primeros autores que hizo referencia a las fortificaciones que se construyeron en el camino México-Puebla, fue Juan Manuel Zapatero, quien, con relación a la casafuerte de San Fernando, dijo que: “El último proyecto de ‘Casa Fuerte’ en los antiguos dominios de España en América, probablemente sea el hecho por los ingenieros militares Manuel de Reyes y Valentín de Ampudia en 1817, en Méjico (sic)”.

En el informe final que Calleja dirigió al Ministerio de guerra antes de partir a España, el virrey decía que: “Por consiguiente, no está lejos el tiempo de que a la manera que se practica respecto a la tierra adentro, salga un convoy mensual desde Puebla para Veracruz por este camino, pero entre tanto lo he ordenado así entre esta capital y Puebla que ha empezado desde el 1º de este mes al abrigo y protección de dos fortines que he hecho construir en el Camino Real de Río Frío habiendo antes disipado las reuniones que existían en él y que interrumpían toda comunicación y tráfico”.

“En los Llanos de Apan comenzó el movimiento revolucionario por el mes de agosto: diole el primer impulso José Francisco Osorno, ladrón de caminos, por cuyo crimen había sido procesado en los juzgados de Puebla desde el año de 1790. Habiendo éste reunido una cuadrilla de bandidos, entró sin resistencia en Zacatlán (30 de agosto), pueblo considerable y entonces rico, y según la práctica constante de los insurgentes, a la voz de ‘viva la Virgen de Guadalupe, y mueran los gachupines’, se echaron sobre los bienes y personas de éstos, comenzando el saqueo por la tienda de un tal S. Vicente, y siguiendo con todas las demás. Los malhechores que estaban en la cárcel fueron puestos en libertad y engrosaron la partida de Osorno, a la que se unió toda la gente perdida del pueblo y de las inmediaciones”.

Al respecto, Archer afirma que: “Con la derrota y captura del padre Morelos, el virrey Calleja (1813-1816) pudo proclamar que con la excepción de algunos piquetes de bandidos criminales, la insurgencia había terminado. (…) Como es bien sabido, Lucas Alamán y otros historiadores abrazaron esta visión que en realidad se originaba en la propaganda y vanidad más que en las realidades de la situación militar”.

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“Osorno en los Lanos de Apan tenía permanentemente sobre las armas unos mil hombres, todos jinetes bien armados y montados y muy acostumbrados a la guerra de partidas, contando con muchos más en la ocasión con armas blancas; Serrano, Espinosa, Inclán, Vicente Gómez, y por el lado de Tulancingo Mariano Guerrero y Falcón con sus respectivas partidas, hacían parte de este número”.

“Los Llanos de Apan por su inmediación a la capital, por las frecuentes y necesarias relaciones con ella, y por el incremento que había tomado en aquel rumbo la revolución, llamaban la atención del virrey y eran motivo de continuas providencias del gobierno. Los insurgentes con numerosa y excelente caballería, distribuida en diversas partidas a las órdenes de Osorno con su segundo Manilla que le servía de director, de Serrano, Inclán, Espinosa y otros de menos nombradía dominaban el país y eran dueños de las haciendas de pulque, de las cuales no sólo sacaban abundantes recursos por vía de contribuciones, sino que se apoderaban enteramente de la venta de aquel licor (…)”.

Además de destacados jefes militares insurgentes como Manuel Mier y Terán, José Francisco Osorno y otros ya mencionados, en la zona de Puebla actuaron numerosos líderes rebeldes cuya actuación hacía que fuera muy difícil distinguirlos de simples bandidos, como Antonio Arroyo, “(…) campesino brutal, de aspecto feroz, voz bronca, lenguaje rústico, groseramente supersticioso, y de una frialdad terrible en la ejecución de sus barbaridades; tenía el mayor placer en azotar por su mano hasta abrir chorros de sangre a los que reputaba por espías (…)”; y Vicente Gómez, apodado El Capador, personaje siniestro que más que por sus dotes militares, era temido por la destreza con la practicaba “el arte” que le dio fama, y con el que castigaba a los desafortunados realistas que caían en sus manos, habilidad “(…) en virtud de la cual sanaban muchos de los infelices que sufrían ultraje tan atroz”.

“Otro de estos recursos y por algún tiempo acaso el más pingüe, eran las contribuciones establecidas sobre el tránsito de los efectos que permitían pasar de un punto a otro, lo que en los caminos que conducían a Veracruz era de mucha importancia, y sirvió de gran fomento a la revolución en aquella provincia (…)”.

La Venta de Cordova

Con relación al origen de la Venta de Cordova, hay que señalar que en 1783, el capitán de artillería Diego Panes y Abellán fue comisionado para efectuar el reconocimiento de los caminos que conducían de Veracruz a México. En su recorrido por el paraje que iba de Los Lirios a la hacienda de Buenavista, pasó por el inmueble, del cual dijo: “Dicha venta de Córdoba es muy antigua, pero enteramente arruinada y falta de toda provisión, porque este camino no ha tenido uso desde el siglo pasado, que cuentan sus comarcanos y los vecinos de San Salvador El Verde que antes que de México a Tierra Firme se extendiesen las cosechas de los trigos, transportaban los jesuitas por este camino los que se cosechaban en sus pingües haciendas del obispado de Puebla, y desde entonces ha quedado el camino cerrado y arruinado, siendo el más recto y fácil de componer”.

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