Durante la Primera Guerra Mundial, un periódico de Chicago publicó ciertos artículos en los que, entre otras manifestaciones, se tildaba a Henry Ford de ignorante pacifista. El señor Ford se indignó y demandó al periódico por difamación.
Cuando se celebró el juicio ante los tribunales, los abogados del periódico exigieron una justificación y colocaron a Ford en el estado de los acusados, con el exclusivo objeto de demostrar al jurado que era un ignorante. Los abogados le hicieron una gran variedad de preguntas, todas ellas intentando demostrar que aun cuando poseía considerable conocimiento especializado, relacionado con la fabricación de automóviles, era, en conjunto, un ignorante. Ford se vio abrumado por preguntas como éstas, ¿quién fue Benedict Arnold?, cuántos hombres enviaron los británicos a América para aplastar la rebelión del año 1776?
En respuesta a la última pregunta Henry Ford replicó: “No sé exactamente el número de soldados que enviaron pero he oído decir que fue un número mucho mayor el que regresó a la patria.”
Finalmente Ford, ya cansado de aquella forma de interrogatorio y contestando a una pregunta sumamente ofensiva, se inclinó sobre el estrado y señaló con un dedo al abogado que había hecho la pregunta declarando: “Si yo realmente deseara contestar a la estupidez que acaba de preguntarme o a las demás preguntas que se me han hecho, permítame recordarle que sobre mi mesa de despacho tengo una larga fila de botones y oprimiendo el adecuado, puedo llamar en el acto a mis ayudantes que inmediatamente contestarán cualquier pregunta que yo le haga, relacionada al negocio al que estoy dedicando todos mis esfuerzos. Ahora, será usted tan amable de decirme, ¿para qué voy a atiborrar mi cerebro de conocimientos generales con el propósito de contestar preguntas, cuando tengo alrededor personas que pueden suministrarme cualquier conocimiento que precise?”
Tal respuesta hizo enmudecer al abogado; y todos los presentes en la sala se dieron cuenta de que aquella respuesta no era la de un hombre ignorante, sino la de un hombre educado. Cualquier hombre es educado si sabe dónde hablar los conocimientos cuando los necesita y como organizar esos conocimiento en definidos planes de acción. Esta anécdota, citada por Napoleon Hill, subraya la particular forma de pensar de las personas de éxito.
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La Visión de Henry Ford más allá del Juzgado
A pesar de su genio empresarial, Henry Ford era una persona circunspecta, con intereses muy específicos. De hecho, era tan especifico que poco le importaba el resto del mundo más allá de la producción de automotores. Residió casi toda su vida en un radio menor a 20 kilómetros de donde nació. Estrecho de mente, poco educado y menos interesado aún en cultivarse era, según afirmó la revista New Yorker, “mildly unbalance”, es decir ligeramente desequilibrado.
Las afirmaciones poco felices de este millonario y su ignorancia casi enciclopédica crearon cierta inquietud entre sus congéneres, quienes se preguntaban cómo podía ser que este hombre hubiese acumulado una fortuna colosal y pretendiese cambiar el mundo. Confesó desconocer la fecha de la declaración de Independencia de EE.UU., no le interesaba la política y se ufanaba de haber votado una sola vez en su vida.
Entre sus biógrafos el debate se reducía a una gran pregunta: ¿era tonto o distraído? El economista John Kenneth Galbraith afirmó que “(la vida de Henry Ford) estuvo marcada por ser un individuo obtuso y estúpido, responsable de terribles errores”. En la biografía que le dedicaron Neues y Frank, aunque intenta ser laudatoria, lo califican como “un ignorante en todo lo que estuviese fuera de su campo de interés”. Su mayor interés era la producción en masa, concepto que se inspiró en la “línea de ensamblaje” de los frigoríficos del siglo XIX, siendo el mérito de Ford su aplicación casi obsesiva.
Prejuicios y Conexiones Controversiales
En el caso de Ford era más fácil saber lo que le disgustaba que sus preferencias. Despreciaba a los banqueros y a los especuladores de Wall Street, no le gustaba el alcohol, ni el tabaco, ni el ocio de cualquier índole (raramente se tomaba vacaciones), también despreciaba a la gente con sobrepeso, no le interesaban los libros y odiaba los rascacielos (porque creía que “hundirían” al mundo). No toleraba a los universitarios en general, a los católicos en particular y a los judíos en especial.
El resentimiento contra estos últimos lo compartió con un político alemán que lo incluyó en el único libro que escribió (Mein Kampf) y cuando fue gobierno lo condecoró por sus coincidencias ideológicas y porque Henry Ford invirtió sumas enormes en fábricas en Alemania, que asistieron al despliegue económico de esta nación cuando Hitler fue canciller. Los camiones salidos de sus establecimientos ayudaron a transportar las tropas nazis por Europa, mientras sus connacionales dejaban sus vidas luchando en las playas de Normandía.
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Como Henry creía que sus consejos debían llegar a todo el mundo, invirtió en el periódico The Independent, de circulación obligatoria entre empleados y concesionarios. El magnate pretendió aplicar en este medio de difusión sus criterios mecanicistas. Por ejemplo, un artículo no era escrito por un solo periodista: debían hacerse en una línea de ensamblaje, un autor se encargaba de describir los hechos, otro en agregar un toque humorístico, otro le encontraba la vuelta para exaltar la moral y las buenas costumbres. Podrán imaginarse que por cada artículo aceptable había otros que no tenían ni pies ni cabeza. The Independent era un engendro que costaba cientos de miles de dólares por mes, pero que Ford gastaba gustosamente a fin de influenciar sobre la sociedad.
Así lo hizo hasta que en 1927 atacó en un artículo a un abogado llamado Aaron Sapiro, acusándolo de pertenecer a una “banda de banqueros y abogados judíos” que conspiraban contra los agricultores americanos, manejando el mercado del trigo a su conveniencia. Sapiro lo demandó por difamación, exigiendo en el juicio una cifra millonaria. Convocado a declarar, Ford faltó a la primera audiencia aduciendo haber sufrido un desafortunado accidente. Antes de la segunda citación, Ford escribió una carta apologética que distribuyó entre los medios de difusión, lamentando haber herido los sentimientos de Sapiro y de toda la colectividad hebrea. Junto a las disculpas envió un cheque de USD 140.000 para cubrir las costas de la demanda y prometió no volver a tocar este tema. Poco después cerraba The Independent, el periódico con el que había perdido más de 5 millones de dólares.
A pesar de que nunca volvió a explayarse sobre el antisemitismo, en 1935 recibió como regalo en su cumpleaños número 75, la Gran Cruz del Águila, una condecoración concedida por el Führer a su admirado industrial.
Innovaciones y Contradicciones en su Legado Empresarial
Algunos afirman que Henry Ford cambió el mundo, y eso no se puede negar. No solo lo hizo desde la tecnología sino también desde el trato a sus trabajadores: el 25 de septiembre de 1926 instituyó la semana laboral de cinco días. Redujo la semana laboral a cinco días y limitó el trabajo diario de ocho horas.
Su concesión de pagar el doble a sus empleados para mejorar su nivel de vida y que de esta forma pudiesen acceder a un automóvil se hizo famosa como un ejemplo del altruismo recíproco: aumentar el sueldo para que consuman los propios productos que producían.
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Sin embargo, en sus empresas había establecido el “departamento de Sociología” que se encargaba de explorar la vida privada de sus empleados y “orientarla” hacia los principios que Ford creía deseables. A través de este departamento impartía consejos sobre cómo debían llevar adelante su vida, el orden en sus hogares, la dieta que debían ingerir y las costumbres que Ford consideraba deseables o moralmente aceptables.
Sobre su producto más famoso, el mítico Ford T, vale recordar que después de haber fabricado 15.348.781 automóviles a lo largo de más de 10 años, de un día para otro, se percató que este modelo había quedado obsoleto frente a los fabricados por sus competidores como Chevrolet y Chrysler. ¿Qué decisión tomó Ford? Pues detener la producción sin tener un modelo de reemplazo, razón por la cual suspendió a decenas de miles (60.000 solo en Detroit) de trabajadores y muchas de las concesionarias que vendían sus productos fueron a la quiebra por falta de objetos para vender… Solo la inmensa fortuna amasada le permitió a la empresa sobrevivir a esta improvisación de su dueño hasta la aparición del Ford A.
No terminan acá las desventuras de Henry, quien en su obsesión por producir todos los productos que requerían sus automóviles, se lanzó a la conquista del mercado del caucho, adquiriendo extensiones en Brasil y la mítica ciudad Z (nadie sabe por qué la llamaba así). Construida a imagen y semejanza de un pueblo americano, tenía cine, heladerías, un parque de diversiones.
