En la época del Nuevo Testamento, los impuestos se pagaban al Imperio Romano, que dominaba por aquel entonces. Los representantes de Roma comercializaban el derecho de cobrar tasas en una región donde le pagaran mejor. Ese cobrador de impuestos, que «compraba» el cargo, recogía el dinero del pueblo, dándole la mayor parte al Imperio; luego, se quedaba con un porcentaje. Esa persona contrataba algunos recolectores de impuestos -los llamados publicanos- que cubrían una determinada área.
Los hebreos, obviamente, no simpatizaban bastante con los publicanos, poniéndolos al mismo nivel que los ladrones y prostitutas, ya que además de la extorsión, los consideraban traidores; porque servían al imperio que los tiranizaba.
Durante mucho tiempo se afirmó que el autor de la obra era Mateo, el recaudador de impuestos (Mt 9,9-13). Mc 2,13-17 y Lc 5,27-32 no lo llaman Mateo, sino Leví. Eso se explica, según (Schmid, 1981), porque Jesús le cambió el nombre, igual que hizo con Simón, a quien llamó Pedro. A Leví le llamó Matthaios, nombre griego que traduce la expresión hebrea mattai, forma abreviada de mattityahu = don de Dios (Guerra, 2008). Según Mc 2,14, el padre de Leví era Alfeo, y su hermano Santiago el Menor (3,18).
Sin embargo, en Mc 15,40 se dice que María era madre de Santiago, José y Salomé, pero no dice que lo sea de Mateo. Eso lleva a creer que Mateo y Santiago debieron ser parientes lejanos de Jesús. Por otro lado, si era recaudador, debió saber leer y escribir y tener habilidad para los números, lo que explicaría que el evangelio esté bien organizado. Con base a estos criterios, la Iglesia aceptó como autor a Mateo.
Así, Papías (100-120 d.C.) sostenía que: “Mateo recogió en lengua hebrea (arameo) los dichos del Señor (logias). Posteriormente cada uno los interpretó como pudo”. Esta idea fue seguida por Ireneo, Orígenes, etc. Sin embargo, autores como (Brown, 2002) y (Viviano, 2004) ponen en duda la autoría de Leví.
Lea también: Contabilidad y Dirección en Salud
Ya Tertuliano (363 d.C.) tenía sus dudas por tres razones:
- No había indicios de una obra escrita en hebreo (la conocida era originalmente en griego);
- El término logias (dichos) hace referencias a frases dichas por Jesús, que Mateo habría recopilado; pero eso no propiamente un evangelio;
- Lo que se estila hoy es que el evangelio es fruto de materiales hechos por muchas manos que, tiempo después, un redactor final reunió en una obra, y se la atribuyó a Mateo, en un proceso de seudonimia.
El Contexto Histórico y Social
Desde el año 63 a.C., Palestina era colonia romana, aunque los judíos gozaban de cierta autonomía que les eximía, por ejemplo, del culto imperial, lo que significaba tener libertad religiosa, a cambio de la cual debían pagar los impuestos exigidos. Con todo, había reglas de las que no podían eximirse, aunque ofendiera su fe. Por ejemplo, el procurador tenía potestad para nombrar al Sumo Sacerdote o podía intervenir en asuntos internos de los judíos. Para ello contaba con el aval de saduceos y comerciantes, al tiempo que enfrentaba la oposición de fariseos, escribas, zelotes, bautistas, etc.
Internamente, el Sanedrín controlaba la vida social, religiosa y económica del pueblo, a través de una bien organizada rutina que incluía peregrinaciones, sacrificios y ofrendas sustentadas en preceptos legales tomados del Pentateuco y avalados por los maestros de la ley. Ejemplo de ello era las normas de pureza que definía si alguien era digno de presentarse ante Dios. Para ello tenían una intrincada teología de la retribución, que sostenía que “justo” era quien cumplía la Ley. Eso le daba acceso a la comunidad. En ese sentido, enfermos, pobres, extranjeros y mujeres eran impuros y merecían el castigo que Dios reservaba a los pecadores, lo que incluía la separación de la comunidad.
Para ser readmitidos, debían ofrecer sacrificios (Lev 11-16) que solían dejarles en la ruina, lo que era visto, una vez más, como impureza. Los judíos relacionaban la retribución a la idea de juicio: “El Hijo del hombre dará a cada uno según sus obras” (Mt 16,27). Es decir, para acceder al Reino de Dios había que mostrar obras de pureza. Jesús corregirá esta idea diciendo que el Reino es regalo de Dios, y no está condicionado al cumplimiento de leyes. El creyente sólo debe acoger o rechazar el Reino (Pesch, 1972).
El Llamado de Mateo
«Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en mi viña.” Respondiendo él, dijo: “¡No quiero!” Pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro le dijo lo mismo; y respondiendo él, dijo: “Sí, señor, voy.” Pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? -El primero. -De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios, porque vino a vosotros Juan en camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las rameras le creyeron.
Lea también: Auditoría: Breve Historia
Durante Sus días entre nosotros, Jesús nunca rechazó a nadie. Pero los fariseos enseguida comenzaron a discriminar a Leví por su pasado y le cuestionaron a Jesús y a Sus discípulos por comer con él. Jesús, al darse cuenta del esfuerzo de Zaqueo para verlo, se ofreció a visitar la casa de aquel publicano. Fue la única vez que Jesús fue llevado a una casa involuntariamente.
El Evangelio de Mateo
El lugar probable de composición del evangelio de Mateo fue Antioquía de Siria (Cf. Hch 13). En esa ciudad convivían cristianos de origen judío y gentil, lo que no hacía fácil la convivencia. Allí se produjo la tensión entre Pablo y Pedro (Gal 2,11-14), que hizo que la comunidad mire a Pablo con reserva, y apoye a Pedro (Mt 14,28-31; 15,15; 16,22-23; 17,24-27; 18,21; 19,27). Pedro, de mentalidad judía, se preocupaba más por la observancia de la Ley, mientras que Pablo, de pensamiento helenista, la relativizaba.
Hay acuerdo que la obra fue escrita después del 70 d.C., dadas las referencias a la destrucción del Templo (22,7) y su aceptable desarrollo teológico y eclesial, propios de finales del siglo I. La fecha más común es entre los años 80 y 85 d.C. (Brown, 2002). Con la destrucción de Jerusalén, muchos cristianos migraron a ciudades como Pela, Antioquía de Siria (Mt 4,23-25) y Damasco (Hch 9,1-25; 11,19-26). En Pela hubo una comunidad de personas que habían perdido su tierra, hasta caer en la pobreza y esclavitud (Mt 18,23-30; 20,1-7, 21,33-39; 25,26). Esa comunidad, de origen judío (5,47; 24,20), insiste en cumplir la Ley (5,17-19): cita unas 70 veces el AT, usa expresiones hebreas (infierno, carne, sangre, atar, desatar, ciudad santa), evita usar el nombre de Dios, menciona costumbres judías como la ofrenda y describe a samaritanos y fariseos (23,5-7; 26,17). Sin embargo, en la comunidad también había judíos de la diáspora, de mentalidad griega, y hasta extranjeros convertidos (28,19), que aportaron un estilo de vida que llegó a confundir a los judeo-cristianos.
Mateo es el evangelio más comentado por Padres de la Iglesia como Orígenes, Hilario, Jerónimo y Juan Crisóstomo, debido a su claridad y orden, que hacen de él un buen material pedagógico. El afán de Mateo es evangelizar a una comunidad que enfrenta tensiones propias de la diversidad; la anima a no sucumbir al cansancio que surge de la espera de la Parusía, evento que se prolonga y que afecta la animosidad y el servicio.
A Mateo se lo define como “evangelio eclesial”, abierto a la novedad de la Buena Nueva, y como “evangelio catequético” que presenta ordenadamente la enseñanza de Jesús. Antes dijimos que hubo una fuerte tensión entre cristianos y fariseos por el privilegio de ser “el verdadero pueblo de Dios”. ¿Quién tenía autoridad para interpretar la Ley? Los fariseos se sentían herederos de la promesa, por ser el auténtico pueblo de Dios. Esta tensión se extendió a la comunidad cristiana, que tenía serios desafíos para ajustar su vida a la enseñanza de Jesús. Era difícil mantenerse fiel al Evangelio y a la tradición judía heredada.
Lea también: Ex Hacienda Molino de Flores en Texcoco: Un recorrido histórico
El Sermón del Monte
En el primer discurso, Jesús invita a invertir los valores recibidos de parte de la tradición y la cultura. Un cambio de actitud implica superar dogmas, preceptos y cosmovisiones recibidos de la antigua Ley. Sólo así se puede aprehender los nuevos valores del Reino, que permiten releer los signos de los tiempos, la historia, la naturaleza, la comunidad y a uno mismo. Sopesar la novedad de valores emergentes como la solidaridad, la calidez, la cercanía, etc., lleva a descubrir el talante imperativo en la construcción del hombre nuevo. Este primer discurso es, sin duda, el más importante de los cinco que pronuncia Jesús, pues implica escuchar y acoger la profunda metanoia que implica el Reino.
Tarea nada fácil, porque compromete menos quedarse en el puerto seguro de las convicciones tradicionales y cumpliendo las normas convencionales, que dar el salto y pensar distinto, actuar contracorriente. Siempre será, más allá de novedoso, una empresa que causa ansiedad. Por eso Jesús invita a vencer el miedo y aceptar la invitación ¡Bienaventurados los que oyen y ponen en práctica!
