Descubre Cómo La Idea Ilustrada de Voltaire Desafió al Antiguo Régimen y Cambió la Historiapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Aquí una introducción al pensamiento de Voltaire, figura fundamental de la Ilustración, movimiento cultural de la modernidad, ya en su madurez, en el siglo XVIII. En el siglo XVIII, un pensador francés encarnó una fundamental transformación cultural: el gradual paso del Occidente moderno aún con resabios feudales, monárquicos y dogmatismos religiosos, hacia la modernidad en la madurez del movimiento de la Ilustración, con su alianza entre razón y ciencia como escalera de oro hacia el conocimiento. En el siglo XVIII, la Ilustración se propagó como movimiento cultural de alta disrupción respecto a la tradición.

La Ilustración es un movimiento ideológico cuyos precedentes se localizan en Inglaterra y Holanda en el siglo XVII, pero que se consolida en Francia en el XVIII y de allí se extendió por Europa y América. Su base social era la burguesía, aunque también hubo nobles y clérigos, y sus principios básicos eran la defensa de la libertad individual, el racionalismo, la mentalidad crítica, la autonomía del poder civil frente al eclesiástico, la tolerancia religiosa, la defensa del progreso material, de la educación y de las ciencias experimentales, el antropocentrismo y la búsqueda de la felicidad. Los pensadores de la Ilustración sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor. El siglo XVIII es conocido, por estos motivos, como el Siglo de las Luces y del asentamiento de la fe en el progreso.

La Ilustración significa el abandono del hombre de una infancia mental de la que él mismo es culpable. Infancia es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puericia es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena. El término Ilustración se refiere específicamente a un movimiento intelectual histórico. Su arma es la razón, desprovista de contenido preestablecido y convertida en un seguro instrumento de búsqueda, cuyo poder no consiste en poseer, sino en adquirir (libido sciendi). Los líderes intelectuales del movimiento enciclopedista se consideraban a sí mismos la élite de la sociedad, cuyo principal propósito era liderar al mundo hacia el progreso, sacándolo del largo periodo de tradiciones, superstición, irracionalidad y tiranía-despotismo (periodo que ellos creían iniciado durante la llamada Edad Oscura).

El Antiguo Régimen: Objeto de la Crítica Ilustrada

El Antiguo Régimen es el sistema político, económico y social predominante en Europa durante la Edad Moderna (siglos XV-XVIII), caracterizado por la monarquía absoluta, la sociedad estamental, el estancamiento demográfico y la economía agraria de subsistencia. A finales del siglo XVIII, el fortalecimiento de la burguesía provocó su definitivo asalto al poder. El primer paso fue el surgimiento de un movimiento ideológico, la Ilustración, que puso en duda los principios ideológicos del Antiguo Régimen, basados en la religión y la tradición, sustituidos por la razón y el espíritu crítico.

La sociedad del Antiguo Régimen tenía su origen en la Edad Media y se estructuraba en estamentos, es decir, grupos cerrados a los que se pertenecía por nacimiento y que se diferenciaban por sus privilegios, ya que era una sociedad en la que primaba el principio de desigualdad. Los estamentos privilegiados constituían una minoría social y tenían privilegios como la exención fiscal (no pagaban impuestos), justicia propia (se les juzgaba por leyes específicas para ellos y por tribunales compuestos por sus iguales), el monopolio de cargos públicos (sobre todo en sus puestos superiores eran copados por ellos) y la posesión de señoríos feudales (no toda la nobleza y el clero las tenía, pero sólo nobleza y clero podían tenerlos). El Tercer Estado o Estado Llano se caracterizaba por su ausencia de privilegios, siendo muy heterogéneo en sus miembros.

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En cuanto a la economía, se caracterizaba por el predominio del sector primario (agricultura y ganadería) y su baja productividad, lo que provocaba que fuera de subsistencia, es decir, su objetivo principal era asegurar el autoconsumo del productor, por lo que el cultivo principal eran los cereales (base de la alimentación de la época) y, junto con ello, predominaba el policultivo. El Antiguo Régimen, caracterizado por la monarquía absoluta, la sociedad estamental y el estancamiento demográfico y económico por el predominio de una agricultura de subsistencia, se hubo de enfrentar a la creciente presión de la burguesía, fortalecida por el crecimiento del siglo XVIII y que se concretó en el surgimiento de un movimiento cultural: la Ilustración.

Comparativa: Antiguo Régimen vs. Ideal Ilustrado

Para comprender mejor las diferencias entre el sistema tradicional y las ideas promovidas por pensadores como Voltaire, presentamos la siguiente tabla:

Característica Antiguo Régimen Ideal Ilustrado (Voltaire)
Sistema Político Monarquía absoluta (Luis XIV) Monarquía constitucional o República
Estructura Social Sociedad estamental (privilegios por nacimiento) Igualdad ante la ley, derechos civiles
Economía Agraria de subsistencia, baja productividad Progreso económico, fomento del comercio
Fuente de Autoridad Religión, tradición, origen divino del poder Razón, ciencia, experiencia
Rol de la Religión Dominio eclesiástico, fanatismo, superstición Tolerancia religiosa, deísmo, separación Iglesia-Estado
Conocimiento Limitado por dogma, ignorancia generalizada Conocimiento humano, educación, espíritu crítico

Voltaire: Vida, Pensamiento y Críticas

“No siempre podemos agradar, pero siempre podemos tratar de ser agradables”. Una afirmación que su autor, François-Marie Arouet, más conocido por el seudónimo de Voltaire, no se aplicaba a sí mismo. Voltaire apareció en este mundo en 1694, en París, en una familia burguesa. Nació el 21 de noviembre de 1694 en Châtenay-Malabry, en las afueras de París. Como otros intelectuales de los primeros siglos de la modernidad, recibió una educación jesuita. Su padre quería que estudiara derecho, pero se decantó por la literatura.

Por sus escritos satíricos lo encarcelaron en la Bastilla, en 1717. Voltaire fue encarcelado y exiliado en diversas ocasiones a causa de su carácter transgresor y sus críticas a la nobleza y a la Iglesia. En esa época adoptó el seudónimo de Voltaire, sobre cuyo origen existen diversas teorías, ninguna de ellas completamente demostrada. En 1726, a raíz de una disputa con el caballero Guy Auguste de Rohan, Voltaire fue encarcelado de nuevo y esta vez exiliado a Inglaterra.

Sin embargo, este castigo resultó ser una bendición para él, pues encontró al otro lado del Canal nuevos estímulos intelectuales y una mayor libertad de expresión. En el país de Shakespeare, se deslumbró con la ciencia newtoniana, con el empirismo de John Locke, y la monarquía parlamentaria británica. Su admiración por la cultura inglesa guio su pluma cuando, tras su regreso a Francia, escribió las Cartas filosóficas (Lettres philosophiques) o Cartas inglesas (1729); en estas páginas comienza su defensa de la tolerancia y su repudio del fanatismo; elogia el sistema político y la libertad religiosa inglesa. Esas muestras de simpatía colisionaban con la opresión de la monarquía absolutista francesa, bajo el rey Luis XV en ese entonces. La sombra de la captura y la cárcel volvió a acosarlo, por eso se refugió en el castillo de Cirey para evitar su arresto. Aquí permaneció diez años.

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Mientras tanto, Voltaire se impuso hacerse rico para no terminar en la miseria. Por estas y otras maniobras, entre las que se encontraba la compra de oro, préstamos a aristócratas o fraudes, adquirió fortuna y fue uno de los mayores rentistas de Francia. En 1746, ingresó en la Academia Francesa. Se estableció en Versalles, pero fue expulsado de allí por su personalidad controversial incorregible. Entonces, lo convocó uno de los reyes ilustrados, respetado como gobernante, estratega militar, y por su cultura y apertura a la mentalidad ilustrada: el célebre rey, ya mencionado, Federico II de Prusia. Voltaire se alojó en el palacio del rey en Sanssouci, en Potsdam, actual Alemania. Allí, participó en las tertulias con el monarca. Lo aconsejó en la elaboración de su Anti-Maquiavelo, y le redactó el prólogo.

Voltaire también fue recibido por Catalina II de Rusia, y en otros salones de la nobleza. Se lo trató con amabilidad y curiosidad, pero siempre experimentó una distancia entre la altura privilegiada de la nobleza y el clero, y el pueblo del que se sentía parte. Sus dotes artísticas y cultura no anulaban la separación. Una impresión de desigualdad siempre subsistía. En febrero de 1778, volvió a su París natal para asistir al estreno de su última obra, Irene, a pesar de su delicada salud. Murió el 30 de mayo, sin llegar a ver la Revolución que sus ideas habían contribuido a inspirar; en 1791, sus restos fueron exhumados y enterrados de nuevo en el Panteón, el monumento reservado a los más ilustres personajes de la historia francesa.

La Crítica Incesante de Voltaire

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad. No había estamento o credo que se salvara: a los aristócratas los consideraba unos parásitos, a los burgueses unos avariciosos que solo miraban para sí mismos; a los monarcas unos déspotas, a las multitudes una masa ignorante incapaz de construir una alternativa mejor; al poder religioso, una fuente de ignorancia y superstición, al secular, una fuerza opresora que solo pensaba en acaparar cuanto pudiese. Sus críticas más feroces iban dirigidas contra la religión, que consideraba en la mayoría de sus formas la fuente de toda la ignorancia e intolerancia. Al cristianismo lo consideraba “la religión más ridícula, absurda y sangrienta que ha infectado este mundo”.

Voltaire creía que solo una guía ilustrada y una educación basada en la razón podrían redimir la decadencia moral de Europa; desconfiaba de los estamentos privilegiados, que solo procuraban mantener sus privilegios, y más aún de las masas de gente común, que consideraba peligrosas por su superstición y falta de formación. A pesar de sus críticas nada contenidas, fue un ferviente defensor de la tolerancia y los derechos civiles como única base posible para una sociedad moralmente sana. Insistió en que la justicia y las oportunidades debían ser iguales para todos, una creencia arraigada en él desde su primer encarcelamiento, en el que sufrió en sus carnes la discriminación por no ser un noble. Su defensa de una justicia igualitaria caló sobre todo entre los burgueses y los aristócratas ilustrados e inspiró la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la que se basó el espíritu de la Revolución Francesa.

La razón y el conocimiento científico debían sustituir a la arbitrariedad y la superstición; y los líderes ilustrados debían usar su poder para garantizar un orden que actuara en el mejor beneficio de todos los miembros de la sociedad sin perjudicar injustamente a ninguno de ellos. La libertad política fue defendida por Voltaire como base para el bienestar del pueblo. Por ello, proponía la creación de un parlamento con poderes para controlar y limitar el poder del rey. De la misma manera, proponía un sistema justo y racional de pago de impuestos que no recayera únicamente sobre el tercer estado y, de esa manera, se progresara también económicamente.

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Voltaire y la Religión: Deísmo y Moralidad

En filosofía, Voltaire fue el continuador de Locke. Consideraba que la experiencia es la fuente de todo conocimiento, que no es posible comprender una sustancia inmaterial ni discutir sobre ella. Sin embargo, no llegó hasta el materialismo, quedando como un agnóstico moderado. Voltaire es un deísta y aspira a demostrar la existencia de dios por vía racional, en oposición a la doctrina místico-religiosa de la revelación; una demostración esencial de la existencia de dios es, según Voltaire, la perfecta construcción del Universo. De hecho, sentenció: «Si Dios no existiera, habría que inventarlo». Su postura era entonces, un deísmo, la aceptación de un dios creador, pero que no interviene en el universo o las cuestiones humanas, porque todo opera según leyes naturales y racionales. Esto también suponía la separación entre la Iglesia y el Estado.

Voltaire insiste en la “utilidad” práctica de la religión: “si dios no existiera -dice- habría que inventarlo”, como una rienda contra el “populacho”, como garantía del “orden”. El filósofo francés luchó contra la servidumbre, se declaró partidario de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, de que los impuestos fueran proporcionales a los bienes de fortuna, de la libertad de palabra, etc. Pero rechazaba la crítica de la propiedad privada, suponía inevitable la división de la sociedad en ricos y pobres.

Según él, la organización razonable del Estado era la monarquía constitucional con un monarca ilustrado al frente. Al final de su vida, Voltaire tendió a admitir que el mejor tipo de Estado era la república. Voltaire fue un ideólogo de la burguesía. Consideraba la desigualdad como una ley eterna e imprescriptible del universo. Su desprecio por el “populacho” traduce el carácter de clase de la filosofía burguesa francesa del siglo XVIII. Voltaire, a pesar de su discurso en favor de la igualdad, nunca creyó en la democracia ni en las cualidades de la gente corriente, como escribió en una carta a la zarina: “No hay casi nada de grandioso que se haya conseguido de no ser por el genio y la firmeza de un solo hombre combatiendo los prejuicios de la multitud”.

Filosofía de la Historia y Escepticismo Prudente

Voltaire participó de forma esencial en la historiografía moderna, desde su condición de pionero de una filosofía de la historia que, por un lado, seculariza la anterior teología de la historia de San Agustín, al tiempo que la ridiculiza, y, por el otro, anticipa las contribuciones de Condorcet, Hegel o Comte a la historia como proceso dinámico y evolutivo. Su idea de la historia más fecunda es quizá la negación de toda intervención divina en la explicación histórica. En el saber histórico no son protagonistas centrales reyes y batallas, ni los meros datos, sino los usos y costumbres, y la danza de las ideas, arte, ciencias, el «espíritu de la nación», o, más exactamente, la pluralidad de las naciones; ese modo de apreciar la historia universal aflora en su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (Essai sur les mœurs et l’esprit des nations).

Aquí, Voltaire muestra lecturas e interés por las civilizaciones de Asia y Oriente Medio, más allá de la Europa cristiana o la América de origen europeo. Saber datos no es el objetivo de la historia, sino los usos y las costumbres. El conocimiento total de la historia es imposible e innecesario. El historiador debe seleccionar lo que tiene mayor relevancia, y hurgar en las verdaderas causas de los hechos históricos. Así rechaza el eurocentrismo, algo de vanguardia y especial valor en su tiempo, en fuerte contraste con la óptica cristiana de la historia representada, por ejemplo, por Bossuet, quien exaltaba la supuesta superioridad de los estados cristianos respecto a los chinos, hindúes e islámicos. Voltaire, en otra postura altamente desafiante, cuestionaba al cristianismo como única civilización de alta moralidad. En esta dirección, destacó la mayor fuerza civilizatoria de gobiernos hindúes y chinos.

En sus últimos años, se empecinó en defender la tolerancia y combatir el fanatismo clerical y las injusticias legales. Recopiló testimonios, investigó el caso, denunció el error judicial, apoyó económicamente a la familia Calas, y luchó por rehabilitar la memoria póstuma del condenado. En 1763 escribió el Tratado de la tolerancia inspirado en el caso Calas, y defendió la libertad de culto como antídoto del fanatismo demencial. Una participación parecida en favor de la tolerancia y contra la injusticia fanática tuvo Voltaire en el caso del caballero de La barre.

Voltaire participa de la idea ilustrada del progreso, pero con reservas, y siempre sin olvidar aspectos del presente que continuarán en el futuro, el azar, las desgracias, la imposibilidad del controlar las cosas, el mal. Por lo que su optimismo fue siempre prudente y mesurado, y con un lugar para el escepticismo. El poema sobre el desastre de Lisboa de Voltaire fue la primera reacción ante el gran sismo. Sus versos niegan que lo ocurrido pueda ser interpretado como un «castigo de Dios». El terremoto lo despertó a la conciencia de que este mundo está lleno de infortunios, golpes de la injusticia y el mal, por lo que no es posible ser ingenuamente optimista. Y a la manera de crítica a Leibniz, Voltaire escribió la novela Cándido (1759).

Su protagonista, Cándido, al principio es un ingenuo joven que vive en el castillo del Barón de Thunder-ten-tronckh en Westfalia, donde es adoctrinado por su tutor, el filósofo Pangloss. La novela narra el viaje de Cándido a través del mundo acompañado por Pangloss y el mestizo Cacambo. Pangloss es encarnación de la filosofía leibniziana del optimismo a ultranza, “tout est au mieux” (“todo sucede para bien”), y vivimos en “le meilleur des mondes possibles” (“el mejor de los mundos posibles”), y si algo malo ocurre esto es parte de una necesidad superior.

Obras y Legado de Voltaire

Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada. Las obras fundamentales de Voltaire son: Cartas filosóficas, 1734; Elementos de la filosofía de Newton, 1738; Diccionario Filosófico, 1768; Cándido, 1759; El Ingenuo, 1767. Colaboró en la Enciclopedia de Diderot y en su redacción con otros pensadores ilustrados como Montesquieu y Rousseau.

A su vez, la Ilustración también creó su principal órgano de expresión de sus ideas: la Enciclopedia ilustrada, cuyo título completo es Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y de los oficios). Esta magna obra se editó en Francia entre 1751 y 1772 por el filósofo y escritor Denis Diderot y el matemático Jean le Rond d’Alembert. La Enciclopedia recopila la totalidad del conocimiento humano disponible en la época, tamizado por la luz de la razón y como expresión de la mentalidad burguesa e ilustrada, las ideas de libertad, tolerancia y progreso.

Voltaire, como brillante propagandista de la filosofía de las luces, ejerció una gran influencia sobre sus contemporáneos como adversario del clericalismo, del catolicismo, de la autocracia, del régimen feudal.

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