Descubre Cómo los Impuestos por Ventanas Cambiaron la Economía en la Era de Porfirio Díazpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Antonio López de Santa Anna es uno de los personajes más odiados de la historia de México. Sin embargo, alrededor suyo se han forjado varios mitos que ameritan ser explicados y, en ocasiones, desmentidos. Nacido un 21 de febrero de 1794, Antonio López de Santa Anna es acaso el personaje más notorio de la primera mitad del siglo XIX mexicano.

Ahora que se discute en nuestro país la Reforma Fiscal, es necesario recordar que los impuestos son contribuciones obligatorias que tiene que realizar las personas y las empresas para financiar al Estado.

Los primeros registros que se tienen del pago de impuestos en nuestra nación se remontan a la era de los mexicanos emplumados, el Imperio Mexica. Los llamados “calpixquis” eran los “Taxmanes” de la época y para identificarse portaban una vara en una mano y un abanico en la otra.

Con la llegada de Hernán Cortés y la derrota de los mexicas, el organizado sistema tributario azteca cambió a beneficio de la Corona española. El tributo de frutos, flores y animales quedó atrás y en su lugar se cobraron cuotas en alimentos, piedras preciosas y joyas. Cortés nombró a un ministro, un tesorero y varios encargados de la recaudación y custodia de lo que llamó “el Quinto Real”, es decir, el tributo que se pagaba al rey de España.

En 1573 se instauró el impuesto conocido como alcabala, que era el pago por pasar mercancías de un estado a otro. Después, el de peaje, que debían cubrir quienes transitaban de una ciudad a otra, con una carta que acreditaba ese pago.

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La abolición de la esclavitud y la cancelación de impuestos fueron algunas de las banderas detonantes de la lucha de independencia de México. Para 1810 los impuestos se habían multiplicado. Existían las alcabalas o impuesto indirecto del 10 por ciento del valor de lo que se vendía o permutaba; las gabelas (gravámenes) y peajes (pago de derecho de uso de puentes y caminos). El sistema fiscal se complementó con el arancel para las aduanas marítimas, siendo éstas las primeras tarifas de importación publicadas en México.

El Impuesto a Ventanas y Perros Durante el Gobierno de Santa Anna

Probablemente este sea el mito más difundido sobre Santa Anna, uno que dibujaría de forma ejemplar el despotismo de sus gobiernos. Lo cierto es que sí, durante su último gobierno, de 1853 a 1855, Santa Anna cobró impuestos por ventanas y por tener perros. Según explica Natalia Arroyo en Cara o cruz: Santa Anna (Taurus, 2018), se puso como pretexto la necesidad de pagar las deudas públicas. Además, Santa Anna estaba muy interesado en mantener debidamente armado y entrenado al ejército; en no pocas ocasiones, él tuvo que poner de su propio dinero para financiar las armas y los soldados con los que fue al frente.

Sobre el impuesto a los perros, Arroyo explica: [Santa Anna] estipuló impuestos por tener mascotas. Cada perro costaba un peso mensual, y si no se pagaba, eran sujetos a una multa de 200, además de matar a la mascota. Las puertas y ventanas que miraban a la calle también pagaban.

Antecedentes del Impuesto a Ventanas

Cabría señalar que Santa Anna no fue el primero en cobrar impuestos por las ventanas en México. El primer presidente en idear semejante impuesto fue Melchor Múzquiz, quien es conocido informalmente como “el presidente más honesto en la historia de México”, aunque gobernó menos de seis meses en 1832. Sin embargo, Múzquiz tampoco fue el primero en tener dicha idea. En Europa fue común a lo largo del siglo XIX que se cobrasen impuestos por las ventanas.

En una época sin luz eléctrica, las ventanas eran un buen indicador socioeconómico para conocer la riqueza de una familia, como hoy lo sería el número de focos en un hogar. Este impuesto fue tan común que incluso se le menciona en Los miserables de Victor Hugo.

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Implementación del Impuesto a Ventanas por Santa Anna

Con la llegada de Antonio López de Santa Anna al poder, la situación en materia de gravámenes no mejoró como se esperaba. La dictadura de Porfirio Díaz también lo fue en materia hacendaria, ya que “Don Porfis” resultó un auténtico “Taxman”: duplicó, por ejemplo, el impuesto del timbre, gravó las medicinas y un ciento de artículos. De poco le sirvió cobrar impuestos por adelantado, ya que la deuda externa crecía día a día. De los 30 millones de pesos que recaudaba anualmente, gastaba 44. Aunque la situación era apremiante, el general Díaz logró darle un poco de respiro al erario, al nombrar, en 1893, al pomposo y no menos terrible José Yves Limantour como ministro de Hacienda. Sin embargo, los excesos del porfiriato y sus impuestos socavaron la situación de la mayoría de la población.

En 1913, el general Victoriano Huerta impuso nuevos pagos y gravó fuertemente los licores, vinos, cervezas, alcohol en general, el tabaco y el petróleo. El pretexto para estos tributos “al chupe y los faros”, como se decía, fue que se requerían recursos para combatir a Venustiano Carranza.

En México los tributos extraños, absurdos o insólitos se han dado a lo largo y ancho de su territorio: en el municipio de Talpa, en Jalisco, por ejemplo, además de un gravamen por no arreglar la fachada de los inmuebles, hay impuestos si los animales domésticos no tienen “identificación” o certificados de vacunación. Por vacas, cabras y perros no identificados, o, dicho más formalmente, “sin IFE”, las multas van de 25.33 a 105 pesos.

En Sonora, la Ley de Hacienda exige una “tenencia” anual de 100 pesos por caballos o burros, lo que ha provocado plantones y manifestaciones. En 2012, en Japón el economista Takuro Morinaga planteó cobrar un impuesto a los hombres guapos y solteros. Para ello, dividiría a la sociedad nipona en cuatro grupos: los guapos, los normales, los feos y los muy feos. Al primer grupo se le duplicaría el pago del impuesto y al último, se le aplicaría un descuento de 20 por ciento.

Ante el aumento de la obesidad y el sobrepeso, en octubre de 2011, el gobierno de Dinamarca -argumentando un bienestar en la calidad de vida- anunció el aumento de impuestos a productos comestibles “engordantes”. Determinó imponer un impuesto al aceite y a la mantequilla de poco más de 16 coronas, el equivalente actual de 2.85 dólares estadounidenses.

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Desde 2005, en Maryland, Estados Unidos, los ciudadanos deben pagar casi 30 dólares al año por cada inodoro que se tenga instalado en una casa. A partir de 2002, en Arkansas, Estados Unidos, el gobierno decidió establecer un impuesto al grabado de piel.

Críticas y Resistencia al Impuesto

A pesar de la censura del régimen, existieron críticas por parte de los funcionarios de Hacienda, conocedores de los problemas de su ramo y de las resistencias del contribuyente. Uno de ellos, insistió que se le diera el que había formado el gobierno, sin haber sido “examinado en oficina” e incluía casas eximidas. Al Ayuntamiento se le cedió el impuesto, pero no lo había podido cobrar. Sólo habían llegado los pagos voluntarios.

Algunos funcionarios, incluso, propusieron descontinuarlo. La idea de adoptar el impuesto a puertas y ventanas en México no fue mala, sin embargo, en ese tiempo no se consiguió generar cultura de pago.

Impacto en la Recaudación

El resultado fue interesante. Los que pagaron menos de 80 centavos lo hicieron al mes, mientras que los que cubrieron arriba de 81 centavos siempre pagaron. Se trataba de las casas grandes de la ciudad, localizadas en el centro o en lugares estratégicos. Por lo general, sólo una cantidad tan pequeña de su población contribuyera.

No hay noticia de cuánto se recaudó en todo México. De la contribución a perros, por su parte, no se obtuvo casi nada. Las arcas en déficit. Por ello, algunos municipios decidieron suspenderlo en sus demarcaciones cuando Santa Anna abandonó el país.

El Legado del Impuesto a Ventanas

Aunque la situación era apremiante, el general Díaz logró darle un poco de respiro al erario, al nombrar, en 1893, al pomposo y no menos terrible José Yves Limantour como ministro de Hacienda. Sin embargo, los excesos del porfiriato y sus impuestos socavaron la situación de la mayoría de la población.

El intento de gravar progresivamente la riqueza no era sencillo. Aunque perjudicaron el erario y fueron difíciles de cobrar. El análisis de la contribución permitió advertir las insuficiencias de su diseño. Si la historia pudo haber sido otra, y no hay nada que haga suponer que los contribuyentes los consideraran “odiosos”.

Hubo contribuyentes acomodados que, en cambio, realizaron todos sus pagos. contribuyó, lo cual provocó un comportamiento variado. La contribución a puertas y ventanas causó un efecto interesante en la conducta del contribuyente.

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