El objetivo de este artículo es reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus, que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos. Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros, cuáles fueron las representaciones sociales que los caracterizaron y los definieron en el espacio social, y cómo se adaptaron a los cambios en ese espacio.
Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal. Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él.
Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente. El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación.
Este artículo es una pequeña contribución a la nueva historia cultural que abarca la historia de la cultura material y la del mundo de las emociones, los sentimientos y lo imaginario, así como el ámbito de las representaciones e imágenes mentales, la de la cultura de la élite y la de la cultura popular, la de la mente humana como producto social e histórico y la de los sistemas de significados compartidos, el lenguaje y las formaciones discursivas creadoras de sujetos y realidades sociales. De ahí el interés de estudiar al hacendado desde esta perspectiva.
Para ello es necesario volver la mirada hacia los siglos anteriores, ya que su habitus se encuentra referido a coordenadas sociales específicas en las que cobra sentido y dirección; son constructos históricos definidos y definibles a partir del entendimiento de su inserción en contextos sociales e históricos particulares.
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Cabe hacer notar que un problema que resalta al estudiar la manera de pensar, obrar y de sentir de los hacendados es el relativo a las fuentes. No son numerosas las memorias o escritos de hacendados, así como los libros de correspondencia de las haciendas que se conserva; sin embargo, nos ofrecen la posibilidad de conocer la manera de pensar y actuar del hacendado; otras fuentes, como la literatura y el cine, nos dan la oportunidad de conocer cómo eran percibidos o vistos los hacendados, pero la visión del trabajo sobre el hacendado se desconoce, por lo que se presenta sólo una dimensión del habitus del hacendado y no la totalidad de lo acontecido.
La Hacienda y Sus Dueños
Si bien el término "hacienda" fue usado por los españoles poco después de su llegada para aludir a la acumulación de tierras y bienes que poseía una persona, evidentemente no coincide con lo que se entendió después con ese nombre. Lo que definió como hacienda a una propiedad agrícola fue el sistema de producción que se llevó a cabo en ella, que tenía que ver con el número de trabajadores, su jerarquía y especialización, la finalidad de la producción y sus encadenamientos con el mercado local o regional, es decir, la compleja organización del trabajo con que contaba una unidad productiva.
Pero además de ser una unidad económica, la hacienda fue una institución social jerárquica. Si bien existieron diversos propietarios de haciendas durante los siglos XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la gran mayoría de ellos se definieron como labradores, pese a que sus propiedades eran unidades productivas y sociales que reunían las características antes mencionadas.
No fue sino hasta las cuatro últimas décadas del siglo XIX, con la puesta en práctica del proyecto liberal de la individualización y desamortización de tierras, que los hacendados se definieron como tales, pese a que los labradores obtuvieron posesiones de tierras cuando la Corona Española les concedió mercedes de tierras, como premio por su acción realizada durante la conquista, o bien porque los peninsulares las adquirieron por diversos mecanismos, ya sea la compra o enajenación de tierras a otros españoles o a los indígenas, con el propósito de ampliar sus propiedades.
La mayoría de esos hacendados, en especial los del norte del reino de la Nueva España, debido a sus características geográficas e históricas (lejanía del centro, escasa población, tierras de frontera e indígenas menos civilizados), lograron hacerse de inmensas extensiones de tierra y adoptaron esa actitud tan característica del gran hacendado y que lo identificó durante mucho tiempo: dominaron y sojuzgaron en sus propiedades con rasgos patriarcales.
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Actitudes específicas y diferentes comportamientos contribuyeron a diferenciar a los hacendados, por lo que podemos establecer diversos tipos: los que obtuvieron títulos por sus hazañas; los que se relacionaron a gran escala con diversos sectores de la economía (minas, agricultura, comercio) y que debido a ello obtuvieron títulos de nobleza, como el marqués de Jaral del Berrio durante el siglo XVIII, con intereses fuera de sus provincias y que residieron en la capital del virreinato; una categoría intermedia, de una estrategia económica aún insuficientemente definida, y que experimentó dificultades pasajeras; y por último, los hacendados de menor envergadura y de estatura local, que si bien llevaron un estilo de vida señorial, no obtuvieron la estabilidad de su patrimonio y éste con frecuencia estuvo altamente hipotecado, además de que por regulaciones jurídicas como la consolidación de vales de 1804, se vieron afectados considerablemente.
Si tenemos presente que el habitus sufre transformaciones con el tiempo y el espacio, que no representa permanencias inamovibles sino procesos cambiantes, podemos comprender que hubo hacendados que combinaron su actividad económica con la minería, las finanzas y el comercio. Además, los hacendados no fueron de un solo tipo. A lo largo de más de tres siglos hubo entre ellos nobles y plebeyos, aristócratas y burgueses, clérigos y laicos, mineros y comerciantes, esclavistas y empresarios, hombres de campo y advenedizos, modernos y tradicionales, exploradores y filántropos, extranjeros y mexicanos, hombres y mujeres. Pero además se diferenciaron los del norte, sur y centro de la República, aunque participaron de algunas características comunes.
Podemos adentrarnos en la manera de pensar, ser y quehacer del hacendado si consideramos, como ya se mencionó, que la hacienda fue una institución económica, pero también una institución social jerárquica. Esa jerarquía establecía el conjunto de la vida, y señalaba a cada cual su lugar, implantando deberes y derechos recíprocos:
A pesar de la gran diversidad de haciendas que hubo en nuestro país por las variantes de espacio, tiempo y tipo productivo, se puede hablar de la hacienda mexicana en general, en la medida en que todas y cada una de ellas, tenía una matriz básica, constante, pero no necesariamente imperecedera. La hacienda era un sistema económico y social, al igual que los pueblos, fundamentado en los derechos de uso de la tierra y el agua, cuyo objetivo era la explotación de los recursos naturales por medio del cultivo y/o el arrendamiento. Este objetivo se conseguía a través de la organización del trabajo, así como la provisión de las empresas con las instalaciones necesarias para el sustento.
Esta unidad socio-económica se sustentaba en una fuerza de trabajo numerosa, cuya organización laboral era muy compleja. Si bien existían diferencias en su estructura laboral, dependiendo del tamaño, localización geográfica y producción, una jerarquía claramente definida incorporaba a la totalidad de los miembros de la fuerza de trabajo de la hacienda, que iba desde las categorías más bajas que ocupaban los "muchachos" hasta el administrador.
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La Jerarquía Laboral
Estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera. Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente.
- El grupo de los "meseros"; se les llamaba así porque recibían su pago cada mes, complementado con una ración semanaria de semilla y una cantidad de dinero en efectivo. En esta categoría podemos distinguir dos subgrupos: los que se ocupaban de las labores de la administración de la hacienda, los cuales tenían cierta especialización laboral, como el administrador, el escribiente, los mayordomos y, en algunas ocasiones, un maestro de escuela y a veces hasta un médico. Todos éstos eran los trabajadores de confianza del hacendado, y como tales recibían los mayores salarios en monetario y en especie. Los meseros "no administrativos" eran los trabajadores que se ocupaban de las labores menos especializadas: artesanos, carreros, milperos, pastores, y otros.
- El grupo de los peones o acasillados; eran la mano de obra más numerosa que vivía en la hacienda. Al ser contratados, antes de principiar el año agrícola, se les hacía entrega de un anticipo o avío, y de la raya de la Semana Santa. Recibían un jornal diario, raciones de maíz por cada día trabajado, la concesión de un minifundio de la hacienda, el suministro de semillas para la siembra "a cuenta" y la facilidad de adquirir maíz, también "a cuenta" del ingreso acumulativo anual; estos beneficios les permitían un sustento de mínimo bienestar y seguridad. Realizaban los trabajos necesarios indispensables para la producción de los cultivos en la hacienda: como la siembra, la escarda, la cosecha, etcétera.
- El grupo de los semaneros, quienes generalmente vivían en los pueblos de los alrededores de las haciendas, y trabajaban en ellas por un periodo determinado para la siembra o la cosecha. Eran la mano de obra eventual, a la que se le pagaba en efectivo semanalmente. Recibían salarios más altos que los peones, pero generalmente no gozaban de las prestaciones de los mismos.
- El grupo de los arrendatarios o aparceros, quienes podían alquilar tierras de cultivo o de pastoreo, pequeñas o grandes, dependiendo de sus recursos y de la disponibilidad de tierra de la hacienda. Las podían trabajar con sus propias herramientas o alquilándoselas al propietario de la finca, y la paga podía ser en efectivo o en especie, es decir, entregando a la hacienda una parte del fruto de sus cosechas. No se les cobraba el lugar en donde tenían su casa, y no gozaban de las prestaciones que el hacendado otorgaba a otro tipo de trabajadores.
La Hacienda como Estructura Social y Económica
El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros:
El casco era el sitio donde se concentraban numerosas actividades que daban cohesión e identidad a todas las personas que vivían en la hacienda, reproducían sus valores y costumbres, daban sustento y forma a su comunidad, un pequeño pueblo, un microcosmos rural con su propia dinámica, esporádicamente afectada por lo que se vivía a extramuros.
Como en tantos otros temas, la visión tradicional está distorsionada por el recuerdo cercano de las haciendas del siglo XIX y los abusos de las grandes empresas explotadoras. Los propietarios de grandes extensiones podían dedicar solo una parte a los cultivos de mayor demanda, como el trigo y el maíz, alternados con los propios de la región, e incluso dejar amplias zonas sin sembrar. Para los más acaudalados, la tierra tenía un valor propio como garantía de posibles préstamos que se invertirían en el comercio o la minería, mucho más productivos. También las estancias ganaderas ocupaban extensos terrenos con menor número de trabajadores. Según aumentaba el tamaño de las propiedades y se diversificaba su empleo, sus trabajadores pertenecían a diferentes grupos étnicos y orígenes.
A fines del siglo XVIII se sembraban maíz, habas, frijol y garbanzo, además de dedicar un amplio terreno a la ganadería de ovejas, cerdos, caballos y reses. Los trabajadores fijos podían residir cerca de la casa del patrón y disponían de crédito en la tienda de raya. En ningún momento las deudas superaron el monto autorizado por la ley y tampoco hubo cuentas que requiriesen pagos proporcionalmente superiores a los ingresos. Sin duda el propietario era cuidadoso de las normas, que prohibían pagar anticipos superiores a dos salarios mensuales, de modo que no quedaría el trabajador amarrado a deudas impagables.
Para el caso mexicano, las haciendas representaron en la colonia un medio por el cual el proceso de conquista se estableció y desarrolló paulatinamente desde el siglo XVI hasta el siglo XIX. El establecimiento y posterior consolidación de las haciendas fue posible gracias a su estructura espacial, su organización jerárquica y social que se estableció en los pueblos a la llegada de los españoles. Es así como la hacienda se convierte en una institución social y económica, cuya actividad se centró dentro del sector agrario.
Esto provocó que el desarrollo de las haciendas afectara principalmente a los grupos nativos, propiciando el triunfo de la economía española sobre la indígena. La expansión de las haciendas fue un hecho que privó de un modo u otro a las comunidades de sus medios de subsistencia, generando que éstas empezaran a desaparecer, hecho que coadyuvó a que la extensión territorial de las haciendas fuera cada vez más grande. En esa época es cuando las haciendas en México viven su mayor esplendor, ya que contaba con el apoyo e impulso del gobierno porfirista.
Desde 1824 y hasta aproximadamente la primera década del inicio del porfirismo, Chiapas y Guatemala mantuvieron conflictos, debido a la anexión del estado chiapaneco a la República Mexicana, no obstante, el gobierno porfirista tomó parte para hallar la solución, puesto que Díaz tenía intereses económicos en juego en esta región. Es entonces que para 1882, se firma el Tratado de Límites entre México y Guatemala, mediante el cual se transfieren los derechos del Soconusco y Chiapas a la nación mexicana, ratificándose como un estado más en la Federación en 1890.
Con este cambio surgiría la necesidad de proporcionar a la nueva capital con servicios de infraestructura urbana básica que correspondieran a su nueva categorización, detonando la transformación urbana de la ciudad y con ello los deseos de embellecimiento. Es así que a finales del porfirismo, las principales ciudades del estado como Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de las Casas y Comitán contaban con infraestructura y equipamiento, tales como apertura de nuevos caminos, hospitales, escuelas, edificios de gobierno y espacios de recreación.
En cuanto a Comitán, remitiéndose al siglo XVII, ya era muy importante por la producción agrícola y ganadera de sus haciendas, lo que incentivó el traslado de españoles dueños de éstas que vivían en Ciudad Real hoy San Cristóbal de las Casas a residir en el poblado. Las ciudades principales del estado como Tapachula, San Cristóbal de las Casas, Tuxtla Gutiérrez y Comitán mantuvieron nexos que contribuyeron al crecimiento y desarrollo tanto de las ciudades, como de las haciendas.
Las haciendas de Comitán además de suministrar a la población de la ciudad de alimentos y animales de carga, también encaminaban su mercancía hacia el país vecino de Guatemala, dando a estos espacios para la producción una importancia dentro del estado. Dichas haciendas mantenían una división de sus tierras en tres sectores principales: un área para la explotación directa para la producción de autoconsumo y comercial; un sector de pastoreo para el ganado; y finalmente una parte de reserva que se conservaba improductivo.
A raíz de que las haciendas suministraban de productos a la ciudad de Comitán, a su vez ésta se convertía en un punto de intercambio mercantil, ya que la mercancía de las haciendas era vendida sobre la plaza principal de Comitán, propiciando una relación económica entre los espacios para la producción y este centro urbano. Esta relación se hizo más fuerte a la llegada de Emilio Rabasa en 1891 como gobernador del estado, pues debido a la influencia porfirista por la modernización de Chiapas, Rabasa puso en marcha una serie de reformas fiscales con las que logró aumentar el ingreso estatal y llevar a cabo importantes obras de infraestructura en los primeros años de su administración en las principales ciudades del estado.
Lo anterior contribuyó al desarrollo de las actividades comerciales, agrícolas y empresariales, generando que las haciendas pudieran tener un mayor radio de distribución de sus productos no solo a la ciudad de Comitán, sino también a los poblados cercanos a ella. Con este nuevo trayecto se favorecería la vinculación entre la región fronteriza y el centro del estado de Chiapas, así los comerciantes y hacendados de Comitán tendrían una vía más corta y barata, contribuyendo a la importación y exportación de sus productos agrícolas y mercantiles.
A partir de la importancia que adquieren las haciendas comitecas en el porfirismo y la estrecha relación que se empieza a observar entre éstas y la ciudad, se identifican las transformaciones en la configuración territorial como menciona Santos, en el espacio urbano-arquitectónico y en el ámbito socio-económico de la región, los cuales fueron identificados a partir de la metodología que ofrece Díaz Terreno a través de los tres niveles de análisis que presenta para la lectura del territorio, la interacción del espacio urbano y rural, las incidencias en el medio, identificación de los núcleos productivos (haciendas) y los vínculos interregionales, es decir la relación de Comitán con otras poblaciones cercanas, con la intención de comprender el diálogo del ser humano con el espacio, complementándose como ya se mencionó al inicio de este texto, con las variables de la lectura del espacio urbano-arquitectónico que menciona el equipo coordinado por Chanfón Olmos estableciendo elementos para la interpretación de la estructura y morfología de los asentamientos humanos. De tal modo que con ello se comprenda el impacto que tuvo el florecimiento de las haciendas en el territorio y la ciudad de Comitán.
Para 1895 se harían los primeros trabajos de rehabilitación al camino viejo de Comitán-San Cristóbal, así como el de Comitán-Guatemala, del mismo modo se mejorarían las vías a los costados oriente y poniente de la ciudad que conectaban principalmente con las haciendas y pueblos cercanos al centro urbano.
