Descubre Cómo Hippolyte Taine Revolucionó el Entendimiento del Antiguo Régimen y los Orígenes de la Francia Contemporáneapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Hippolyte Taine (1828-1893) fue, junto con Tocqueville, uno de los estudiosos fundamentales de la Revolución Francesa. En su monumental obra, Los Orígenes de la Francia Contemporánea, publicada en cinco volúmenes entre 1876 y 1893, Taine aborda el fin del Antiguo Régimen y el nacimiento de la Francia moderna.

El fin del Antiguo Régimen se debería a la incoherencia de un sistema fiscal que situaba al campesinado sin tierra en una situación muy difícil y que perjudicaba a los propietarios no pertenecientes a los estamentos privilegiados. Pero Taine fue un crítico contundente de la Revolución, por considerarla irracional e incoherente y que había pervertido los ideales ilustrados. Sentía un profundo rechazo hacia los jacobinos, considerados los responsables de instaurar un régimen tan despótico como el absolutista, abominaba del Terror y consideraba a las clases populares como “hordas miserables”.

La Estructura de la Sociedad en el Antiguo Régimen

Origen y Naturaleza de los Privilegios

En el Antiguo Régimen, la sociedad francesa se caracterizaba por una estructura jerárquica basada en privilegios. Los servicios y recompensa del clero, así como los servicios y recompensa de los nobles y del rey, eran los pilares de este sistema.

Los privilegios de la época eran amplios. Se consideraba el número de los privilegiados, sus bienes, capital y renta, y sus inmunidades. Además, gozaban de sus derechos feudales. Estos beneficios eran restos de la soberanía primitiva y podían ser justificados por servicios locales y generales.

Incumplimiento de Servicios por los Privilegiados

Sin embargo, la realidad francesa mostraba un incumplimiento de estos deberes. A diferencia de ejemplos en Alemania e Inglaterra, los privilegiados no prestaban esos servicios en Francia.

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Entre los señores residentes, persistían restos del buen espíritu feudal; no eran duros con sus terratenientes, pero no tenían ya el gobierno local. Su aislamiento, la pequeñez y medianía de su situación, y los gastos que enfrentaban, no les permitían perdonar sus créditos, lo que generaba sentimientos negativos hacia ellos por parte de los campesinos.

Los señores no residentes, por su parte, poseían la enormidad de sus fortunas y sus derechos. Teniendo mayores ventajas, debían mayores servicios. Razones de su ausencia y el efecto de su alejamiento provocaban apatía en las provincias. El estado de sus tierras y la falta de limosnas incrementaban la miseria de sus terratenientes. Las exacciones de sus administradores y las exigencias de sus deudas se sumaban a los problemas, junto con el estado de sus justicias y los efectos de su derecho de caza, configurando los sentimientos que hacia ellos abrigaban los campesinos.

En cuanto a los servicios generales, los privilegiados no los prestaban en Francia. La influencia y derechos que les quedaban no los servían sino en provecho propio. Las asambleas del clero, por ejemplo, no servían sino al interés eclesiástico, y el clero estaba exento de impuestos. Las solicitudes de sus agentes y su celo contra los protestantes eran prueba de ello.

La influencia de los nobles se manifestaba en reglamentos en su favor, la preferencia que obtenían en la Iglesia con la distribución de obispados y abadías, y la preferencia que obtenían en el Estado con gobiernos, empleos, sinecuras, pensiones y gratificaciones. En vez de ser útiles eran una carga. Esto llevaba al aislamiento de los jefes y afectaba los sentimientos de los subordinados, incluyendo la nobleza de provincias y los párrocos.

Finalmente, el rey tenía los privilegios más enormes de todos. Habiendo acaparado todos los poderes, estaba encargado de todas las funciones. La pesantez de esta tarea era tal que la esquivaba o no tenía fuerzas para realizarla, afectando la seguridad de su conciencia. Francia era considerada su propiedad, y abusaba de ella. La monarquía se convertía en el centro de los abusos, lo que llevó a una latente desorganización de Francia.

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Costumbres y Caracteres de la Élite

La Vida Cortesana y de Salón

Las costumbres bajo el Antiguo Régimen estaban marcadas por la corte y la vida representativa. El aspecto físico y carácter moral de Versalles, la casa del rey, su personal y gastos, incluyendo su casa militar, cuadras, montería, capilla, facultad, mesa, habitación, guardarropa, edificios, guardamuebles y sus viajes, eran un reflejo de este estilo de vida.

La sociedad del rey, con los empleados de su casa y los invitados de sus salones, observaba las ocupaciones del monarca: el levantarse, la Misa, la comida, los paseos, la caza, la cena, el juego y las veladas. Siempre estaba en escena y acompañado. Las diversiones de las personas reales y de la corte, como las de Luis XV y Luis XVI, influían en otras vidas análogas de príncipes y princesas, señores de la corte, rentistas y advenedizos, embajadores, ministros, gobernadores y oficiales generales. Prelados, señores e hidalguillos de provincia conformaban una aristocracia feudal convertida en una sociedad de salón.

La vida de salón, que solamente es perfecta en Francia, era una consecuencia del carácter francés y del tono de la corte en Francia. Esta vida se hacía cada vez más agradable y absorbente. Conllevaba la subordinación de los demás intereses y deberes, así como una indiferencia por los asuntos públicos, que únicamente daban ocasión a frases ingeniosas. Se observaba negligencia en los asuntos privados, desorden en el hogar y derroche de dinero.

La vida de salón también reflejaba el divorcio moral de los esposos, la galantería, la separación de los padres y de los hijos. La educación presentaba lagunas y un objetivo peculiar, mientras que el tono de los criados y proveedores, junto con el sello mundano, era universal. El atractivo de esta vida y el saber vivir del siglo dieciocho, con su perfección y sus recursos, otorgaban autoridad a las mujeres para enseñar y dar leyes. La felicidad en el siglo dieciocho se basaba en la ociosidad, pasatiempos y chanzas. La alegría en el siglo dieciocho, con sus causas y sus efectos, promovía la tolerancia y licencia, bailes, fiestas, cacerías, festines y placeres. Había libertad de los magistrados y prelados, siendo la principal diversión la comedia de sociedad, con sus galas y excesos.

Artificialidad y Sensibilidad

Sin embargo, esta vida de salón tenía sus inconvenientes: era artificial y seca, lo que llevó a un regreso a la naturaleza y al sentimiento. Un rasgo final que concluye de dibujar la fisonomía del siglo fue la sensibilidad de salón, cuya fecha de advenimiento y sus síntomas en el arte y la literatura, así como su ascendiente en la vida privada, revelaban sus afectaciones y su sinceridad y delicadeza.

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La insuficiencia del carácter así formado era notable, ya que estaba adaptado a una situación pero no preparado para la situación contraria, mostrando lagunas en la inteligencia y en la voluntad. Este carácter era subsanado por el conocimiento del mundo.

El Espíritu y la Doctrina Revolucionaria

Composición del Espíritu

La composición del espíritu revolucionario se basó en varios elementos. Un primer elemento fue la adquisición científica, con la acumulación y progresos de los descubrimientos en las ciencias naturales, que sirvieron de punto de partida a los nuevos filósofos. Se produjo un cambio del punto de vista en la ciencia del hombre, que se separó de la teología y se sumó como una prolongación a las ciencias naturales. Esto incluyó la transformación de la historia, con Voltaire, la crítica y los estudios enciclopédicos, y Montesquieu, resumen de las leyes sociales.

Otro elemento clave fue la transformación de la psicología, con Condillac, su teoría de la sensación y de los signos, y el método analítico, con su principio. Las condiciones requeridas para que fuera fructuoso a menudo faltaban o eran insuficientes en el siglo dieciocho, a pesar de la verdad y supervivencia de ese principio.

El segundo elemento fue el espíritu clásico, con sus indicios, su duración y su poder. Sus orígenes y su público, su vocabulario, su gramática y su estilo, junto con su procedimiento, sus méritos y sus defectos, lo definían. Tenía una laguna original, cuyos signos se acrecentaron con el tiempo y con el éxito, evidenciados en poemas serios, teatro, historia y novelas. Esto llevó a una concepción incompleta del hombre y de la vida humana, y una conformidad del método filosófico, la ideología, con un abuso del procedimiento matemático, como se vio en Condillac, Rousseau, Mably, Condorcet, Volney, Sieyes, Cabanis y Tracy, con exceso en las simplificaciones y temeridad en las construcciones.

La Nueva Autoridad de la Razón y la Destrucción de la Tradición

La combinación de estos dos elementos dio lugar a la doctrina revolucionaria, con sus pretensiones y su carácter. Se estableció una nueva autoridad de la razón en el gobierno de las cosas humanas, en contraste con el gobierno que hasta ahora pertenecía a la tradición.

Se cuestionó el origen, naturaleza y valor de los prejuicios hereditarios, y en qué eran legítimos la costumbre, la religión y el Estado. La razón clásica no podía colocarse en ese punto de vista, desconociéndose los títulos pasados y presentes de la tradición. Así, la razón acometió la empresa de destruir aquélla.

Esta operación tuvo dos estadios. El primer estadio incluyó a Voltaire, Montesquieu, los deístas y los reformadores, quienes destruyeron ciertos aspectos pero respetaron otros. El segundo estadio fue el regreso a la naturaleza, con Diderot, Hobach y los materialistas, quienes propusieron la teoría de la materia viviente y de la organización espontánea, así como la moral del instinto animal y del interés bien entendido.

Rousseau y los espiritualistas hablaron de la bondad original del hombre, el error de la civilización y la injusticia de la propiedad y de la sociedad. Los hijos extraviados del partido filosófico, como Naigeon, Sylvain, Marechal, Mably y Morelly, llevaron al descrédito completo de la tradición y de las instituciones que de ella se derivan.

Construcción de la Sociedad Futura y sus Excesos

La construcción de la sociedad futura se abordó con un método matemático, definiendo al hombre abstracto y el pacto social, estableciendo la independencia e igualdad de los contratantes. Todos serían iguales ante la ley, y cada uno tendría su parte en la soberanía.

Las primeras consecuencias de esto fueron que la aplicación de esta teoría era cómoda, con motivos de confianza y la persuasión de que el hombre es por esencia razonable y bueno. Sin embargo, existía una insuficiencia y fragilidad de la razón en el hombre y en la humanidad, y un papel subalterno de la razón en la conducta del hombre. Las potencias brutas y peligrosas, la naturaleza y utilidad del gobierno, se vieron afectadas, de modo que con la nueva teoría el gobierno se hacía imposible.

Las segundas consecuencias llevaron a que, con la nueva teoría, el gobierno se hiciera despótico, siguiendo precedentes de la centralización administrativa y la utopía de los economistas. Ningún derecho anterior era valedero, y no se toleraba ninguna asociación colateral, llevando a la desaparición total del individuo en la comunidad. Se establecieron los derechos del Estado sobre la propiedad, la educación y la religión, convirtiendo al estado en un convento espartano. Esto marcó el triunfo completo y últimos excesos de la razón clásica, que se convirtió en una monomanía, y explicó por qué no era viable su obra.

La Propagación de la Doctrina y el Público

Éxito en Francia y Fracaso en Inglaterra

El éxito de esta filosofía en Francia contrastó con el fracaso de la misma filosofía en Inglaterra, debido a causas específicas de esta diferencia. El arte de escribir en Francia, superior en esta época, sirvió de vehículo a las nuevas ideas. Los libros estaban escritos por gentes de mundo, y los filósofos eran hombres de mundo y, por consecuencia, escritores, lo que permitió que la filosofía trascendiera a los salones.

Gracias al método, la filosofía se hizo popular, y gracias al estilo, se hizo agradable. Los dos condimentos especiales del siglo dieciocho fueron lo licencioso y lo festivo, mostrando el arte y procedimientos de maestros como Montesquieu, Voltaire, Diderot y Las bodas de Figaro.

La Aristocracia y la Clase Media

En Francia, la aristocracia, que generalmente es refractaria a las novedades, encontró en las condiciones contrarias una apertura. La ociosidad de la clase elevada hacía que la filosofía pareciera un juego de la inteligencia, y además era un aliciente para la conservación. La conversación filosófica en el siglo dieciocho, con su superioridad y su encanto, ejercía un gran atractivo. Otro efecto de la ociosidad fue el espíritu escéptico, libertino y crítico, alimentado por antiguos resentimientos y nuevos descontentos contra el orden establecido, y simpatías por las teorías que atacaban, que eran adoptadas en cierta medida. Esto llevó a la propagación en las clases elevadas y progresos de la incredulidad en religión, cuyos orígenes estallaron bajo la regencia, con una irritación creciente contra el clero y el materialismo en los salones. Las ciencias estaban en boga, y la opinión final sobre la religión era de escepticismo del alto clero.

Los progresos de la oposición en política, con sus orígenes en los economistas y los parlamentarios, facilitaron el camino a los filósofos. Vientos de fronda soplaron en los salones, acompañados del liberalismo de las mujeres. Había esperanzas infinitas y vagas, una generosidad de los sentimientos y de la conducta, dulzura y buenas intenciones del gobierno, pero también ceguera y optimismo.

La clase media, o el Tercer Estado, poseía un antiguo espíritu donde los asuntos públicos no concernían más que al rey, con límites en la oposición jansenista y parlamentaria. Sin embargo, hubo un cambio en la condición del burgués: se enriqueció, prestó al Estado, y el peligro de su crédito le hizo interesarse por los asuntos públicos. Subió en la escala social, el noble se le aproximó y él se aproximó al noble. Se pulió, se hizo hombre de mundo, y se sintió igual al noble, molestándole los privilegios.

La filosofía, en especial la de Rousseau, entró en los espíritus así dispuestos, concordando con las nuevas necesidades y siendo adoptada por el Tercer Estado. Esto tuvo un efecto profundo, formando las pasiones revolucionarias, los instintos de nivelación y la necesidad de dominación. El Tercer Estado decidió que la nación era él, llevando a quimeras, ignorancia y exaltación.

El Pueblo: Miseria y Agitación

La Condición del Campesino y los Impuestos

La miseria del pueblo fue una constante, presente bajo Luis XIV, Luis XV y Luis XVI. La condición del campesino durante los últimos treinta años del Antiguo Régimen era precaria en su subsistencia, con un estado de la agricultura caracterizado por tierras incultas, malos cultivos, salarios escasos y falta de bienestar.

Aunque el campesino se convertía en propietario, tampoco estaba a gusto, debido al aumento de cargas. En el Antiguo Régimen era “la bestia de carga”.

La causa principal de la miseria eran los impuestos. Los impuestos directos, como el estado de diversos dominios a fines del reinado de Luis XV, mostraban lo que se llevaban los de los diezmos y el fisco, y lo poco que quedaba al propietario. El estado de varias provincias al estallar la revolución, con la talla, accesorios, capitaciones, vigésimas e impuesto de jornadas, demostraba lo que cada uno de estos tributos se llevaba de la renta, evidenciando la enormidad de la cifra total. Existían cuatro impuestos directos sobre el tallable, que no tenía más que sus brazos. La colecta y los embargos agravaban la situación.

Los impuestos indirectos, como las gabelas y los subsidios, pesaban también enormemente debido a las exenciones y los privilegios. Los consumos en las ciudades implicaban que la carga recaía en todas partes sobre los más pobres, generando continuas quejas.

La Mente Popular y el Colapso del Orden

El estado de los cerebros populares se caracterizaba por una incapacidad mental, que transformaba las ideas en leyendas. Había una incapacidad política, que influía en cómo se interpretaban las novedades políticas y los actos del gobierno. Esto derivó en impulsos destructores, ensañando la ciega cólera sobre diversos objetivos, y generando desconfianza contra los jefes naturales, que de sospechosos se convertían en odiados. Tales eran las disposiciones del pueblo en 1789.

Aparecieron reclutamientos y cabezas de motín, con cazadores furtivos, contrabandistas, bandidos, mendigos y vagabundos. La aparición de ladrones era común entre el pueblo de París.

Eventualmente, la fuerza armada se disolvió, afectando cómo se reclutaba el ejército. La organización social quedó disuelta, sin ningún lazo de unión. La inercia de las provincias contrastaba con el ascendiente de París. La dirección de la corriente llevó al hombre del pueblo conducido por el abogado. Los únicos poderes que quedaron fueron la teoría y las picas, lo que representó el suicidio del Antiguo Régimen.

La Revolución Francesa como Fin del Antiguo Régimen

La Revolución Francesa representó el fin del Antiguo Régimen y el inicio de la modernidad, que en cierto modo sigue siendo la época que disfrutan los franceses en la actualidad. Las causas de la Revolución francesa tienen su origen en la falta de libertades individuales, la pobreza extrema y la desigualdad que existía en Francia durante el reinado de Luis XVI y María Antonieta. Pero también el clero y la aristocracia gobernaban con un poder despótico y sin límites.

A todo ello debería añadirse la cantidad de privilegios sociales y económicos de que disfrutaban la aristocracia y los estamentos religiosos a costa de una ciudadanía que apenas podía mantenerse. Una de las principales consecuencias de la Revolución fue el fin de la monarquía y de los privilegios del clero y la nobleza. Así, con el surgimiento del nuevo orden político y social hijo de la Revolución, empezó a cambiar la economía y el poder dentro de Francia. La Revolución francesa permitió que por primera vez a los hombres más humildes tener ciertos derechos.

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