El historiador francés Philippe Ariès puso de manifiesto que la concepción que nosotros tenemos de la infancia es relativamente reciente y no se remonta más allá del siglo XVII o XVIII. El desarrollo dentro de los estudios históricos de lo que se ha denominado la «historia de las mentalidades» ha llevado a centrarse sobre problemas tales como la consideración del niño a lo largo de la historia, la evolución de las prácticas de crianza, las relaciones entre padres e hijos, la historia de la familia, de la vida cotidiana, o de la concepción de la muerte.
El libro de Philippe Ariès, «El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen» que se publicó en 1960, tuvo una gran difusión, sobre todo, a través de su versión inglesa y puso de moda este tipo de estudios. Su mayor mérito no es quizás tanto el de defender una tesis como el de comunicar a sus lectores la satisfacción de su hallazgo; el de sensibilizarlos, como lo ha sido él mismo, a los colores y a los senderos de lo desconocido. La tesis de Ariès es que la infancia -tal cual podemos entenderla hoy- está datada.
La Infancia en la Sociedad Tradicional Preindustrial
Ariès examina el papel del niño y la familia hasta el siglo XVIII y sostiene que en la sociedad medieval no existía el sentimiento de la infancia tal y como hoy lo conocemos. Él ha afirmado que dicha sociedad no podía representarse bien al niño, y menos todavía al adolescente. En los tiempos medievales, a principios de la era moderna, los niños vivían mezclados con los adultos, sin mayores diferencias. La duración de la infancia se reducía al período de su mayor fragilidad, cuando la cría del hombre no podía valerse por sí misma.
Los niños eran considerados como algo divertido que no se diferenciaba mucho del animal. Sin embargo, existía un sentimiento superficial del niño - que Ariès ha denominado el «mimoseo» (mignotage)- reservado a los primeros años cuando el niño era una cosita graciosa. La gente se divertía con él como si fuera un animalillo, un monito impúdico. Si el niño moría, cosa que sucedía muy a menudo en los primeros años, la familia podía sentirlo, pero no constituía un gran drama y pronto un nuevo hijo vendría a reemplazarlo. Los hijos eran abundantes y pocos llegaban a la edad adulta. El niño no salía de una especie de anonimato hasta que no alcanzaba una cierta edad.
Las sociedades pre-industriales, pongamos hasta la mitad del siglo XVIII, son sociedades «duras», en las que no se era cariñoso hacia los demás y en la que no se tenía la sensibilidad a flor de piel. El ambiente social era muy duro, en el que se sufría y se moría pronto. Se puede decir sin riesgo de ideologizar la cuestión, que había una desigualdad real ante la muerte. Más aún, el niño era el peor amado de esta sociedad; moría aún más fácilmente y más deprisa que los adultos. Incluso, se le ayudaba a menudo a morir, siendo el infanticidio tolerado más o menos conscientemente. Resumiendo, ¡era una sociedad que nunca había querido a los niños!
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La transmisión de valores y conocimientos, y en general la socialización del niño, no estaba garantizada por la familia, ni controlada por ella. Al niño se le separaba en seguida de sus padres, y puede decirse que la educación, durante muchos siglos, fue obra del aprendizaje, gracias a la convivencia del niño o del joven con los adultos, con quienes aprendía lo necesario ayudando a los mayores a hacerlo. La presencia del niño en la familia y en la sociedad era tan breve e insignificante que no había tiempo ni ocasiones para que su recuerdo se grabara en la memoria y en la sensibilidad de la gente.
La familia no tenía una función afectiva, lo que no significa que el amor faltara siempre; pero el sentimiento entre esposos, entre padres e hijos, no era indispensable para la existencia ni para el equilibrio de la familia. Las relaciones afectivas y las comunicaciones sociales se consolidaban pues fuera de la familia, en un «círculo» denso y muy afectuoso, integrado por vecinos, amigos, amos, y criados, niños y ancianos, mujeres y hombres, en donde el afecto no era fruto de la obligación, y en el que se diluían las familias conyugales. Los historiadores franceses denominan hoy «sociabilidad» esta propensión de las comunicaciones tradicionales a las reuniones, a las visitas, a las fiestas.
El Nacimiento del Sentimiento Moderno de la Infancia
A partir de cierto período, y en todo caso a fines del siglo XVII de forma definitiva se produjo una transformación considerable en la situación de las costumbres. El «gran acontecimiento» que modificó el panorama fue el reaparecido interés por la educación, que sustrajo a los chicos del mundo de los adultos. La escuela sustituyó al aprendizaje como medio de educación, lo que significaba que cesó la cohabitación del niño con los adultos y por ello cesó el aprendizaje de la vida por contacto directo con ellos.
El niño fue separado de los adultos y mantenido aparte, en una especie de cuarentena, antes de dejarle suelto en el mundo. Esta cuarentena es la escuela, el colegio. Comienza entonces un largo período de reclusión de los niños que no dejará de progresar hasta nuestros días, y que se llama escolarización. Este hecho de separar a los niños -y de hacerlos entrar en razón-, debe interpretarse como un aspecto más de la gran moralización de los hombres realizada por los moralistas católicos o protestantes, de la Iglesia, de la magistratura o del Estado. Pero ello no hubiera sido posible en la práctica sin la complicidad sentimental de las familias.
La familia se ha convertido en un lugar de afecto necesario entre esposos y entre padres e hijos, lo que antes no era. Este afecto se manifiesta principalmente a través de la importancia que se da, en adelante, a la educación. Surge un sentimiento completamente nuevo: los padres se interesan por los estudios de sus hijos y los siguen con una solicitud propia de los siglos XIX y XX, pero desconocida antes. La familia comienza entonces a organizarse en torno al niño, el cual sale de su antiguo anonimato y adquiere tal importancia que ya no es posible, sin una gran aflicción, perderle, reemplazarle o reproducirle muchas veces y conviene limitar su número para ocuparse mejor de él. No tiene nada de extraordinario el que esta revolución escolar y sentimental se acompañe a la larga de un maltusianismo demográfico, de una reducción voluntaria de nacimientos sensible a partir del siglo XVIII.
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La familia y la escuela retiraron al niño de la sociedad de los adultos. La escuela encerró a una infancia antiguamente libre en un régimen disciplinario cada vez más estricto. La demanda de la familia, de la Iglesia, de los moralistas y de los administradores privó al niño de la libertad que gozaba entre los adultos. Esta demanda les infligió el látigo, el encierro y los castigos reservados a los presos de menor condena, -en los siglos XVIII y XIX condujo a la reclusión total del internado. Sin embargo, este rigor reflejaba otro sentimiento distinto de la antigua indiferencia hacia la infancia: un amor obsesivo que dominó a la sociedad a partir del siglo XVIII. No es difícil comprender que esta invasión de la infancia en las sensibilidades haya provocado fenómenos, en la actualidad muy conocidos, tales como el maltusianismo y la regulación de nacimientos, los cuales aparecieron cuando la familia acababa de reorganizarse en torno al niño y levantaba entre ella y la sociedad el muro de la vida privada.
El Diálogo con la Psicología y la Fragilidad de la Infancia Moderna
El propio Philippe Ariès manifestó su interés en dialogar con psicoanalistas, cuestionándose hasta qué punto es posible proyectar categorías científicas modernas, definidas por Freud y sus sucesores, en el pasado para esclarecerlo mejor. En este diálogo, la psicoanalista Françoise Dolto pensaba que en el Antiguo Régimen había una especie de “selección natural”, donde solo los niños más robustos sobrevivían, y los muy sensibles simplemente morían.
Actualmente, se plantean problemas considerables porque todos los niños sobreviven, y también sobreviven niños muy sensibles, que, en otros tiempos, simplemente morían. La existencia de estos niños tan sensibles nos permite en la actualidad reconocer y apreciar en su desarrollo, la presencia y reminiscencia de épocas y estadios anteriores, que el psicoanálisis descubre en ellos. Ariès, por su parte, percibe que los niños de ahora se desarrollan en un marco sumamente estrecho, que es el de su familia, de una familia además muy restringida, desde inicios del siglo XIX. Si el padre o la madre no pueden jugar sus papeles en este ciclo psicológicamente normal, nos encontramos con un grave problema y puede ser traumático.
Mientras que en la época de la que hablábamos, hacia el siglo XVI, no tenía ninguna importancia que el padre o la madre no pudieran ejercer sus roles porque siempre había un sustituto; el niño y la familia estaban inmersos en un medio mucho más tierno, mucho más cálido y del cual la familia no se distinguía de un modo tan riguroso como hoy. Este aislamiento de la familia y los niños con respecto al resto de la sociedad, se plantea si no explica numerosas dificultades psicológicas, trastornos, incluso muy graves, y que por lo demás, han provocado la reflexión psicoanalítica.
Dolto coincide en que antes, los niños que eran fuertemente afectados simbólicamente morían frecuentemente, mientras que ahora, se ven a diario niños que estarían muertos en otras épocas, salvados por la medicina. Cuando el niño estaba rodeado de diez o doce personas, el hecho de separarse de una de ellas no tenía ninguna importancia: ya estaba acostumbrado a ver a delegados, sustitutos. Pero en nuestros días, cuando se trata de una madre con un hijo único y que, de repente, lo «libra» a un grupo demasiado grande, el niño sufre sin duda un choque muy fuerte.
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La impresión es que antaño era así, el niño estaba rodeado por todas las personas del grupo extenso que formaba la familia y sus amigos. El niño sigue siendo un ser de lenguaje. El ser humano está inmerso en el lenguaje, y esto desde el principio: si hablamos a menudo a un niño pequeño, si le comunicamos verbalmente lo que ocurre, le describimos lo que le rodea, entonces los basamentos de su estructura se hacen muy sólidos. La base de su ser se construye antes de que el niño culmine su estatura orgánica y su vida en sociedad. La impresión de Ariès es que el niño de hoy es mucho más frágil que en las sociedades pre-industriales.
Transformaciones en la Experiencia de la Infancia
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Concepción del Niño
En el Antiguo Régimen, el niño era visto como un adulto en miniatura o un "animalillo" para divertirse, y no existía un sentimiento de infancia diferenciada.
En la modernidad, se "descubre" la infancia como una etapa vital distinta, y el niño se convierte en el centro afectivo y educativo de la familia.
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Mortalidad y Afecto Parental
La alta mortalidad infantil en el Antiguo Régimen implicaba que la pérdida de un hijo no se consideraba un drama mayor, y era común que fuera reemplazado rápidamente.
A partir del siglo XVIII, con el "amor obsesivo" hacia la infancia, la pérdida de un hijo se vuelve una gran aflicción, llevando a la limitación de nacimientos para dedicar más atención a cada uno.
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Educación y Socialización
La educación en el Antiguo Régimen se basaba en el aprendizaje y la convivencia directa con adultos, con quienes los niños compartían trabajos y juegos desde temprana edad.
La modernidad introduce la escuela como institución principal, separando al niño de los adultos en un régimen disciplinario estricto, que condujo a la reclusión del internado.
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Rol de la Familia
En el Antiguo Régimen, la función de la familia era principalmente la conservación de bienes y la ayuda mutua; el afecto no era indispensable para su existencia. Las relaciones sociales se daban en un amplio "círculo" de "sociabilidad".
La familia moderna se reorganiza en torno al niño, convirtiéndose en el principal núcleo de afecto y atención, lo que aísla al niño del entorno social más amplio.
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Libertad y Desarrollo Psicológico
Los niños en el Antiguo Régimen disfrutaban de una gran libertad en sus primeros años y estaban inmersos en un medio social más cálido y con múltiples sustitutos parentales.
En la actualidad, los niños se desarrollan en un marco familiar "estrecho", lo que, en palabras de Ariès, puede generar dificultades psicológicas y una mayor fragilidad en comparación con épocas anteriores.
