Mujeres Barbudas: Historias Impactantes, Claves Médicas y su Fascinante Historiapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Se llaman a sí mismas mujeres barbudas y algunas están dejando de esconder sus pelos en la cara y han empezado a compartir sus experiencias. Son activas en redes sociales e incluso han creado colectivos para visibilizarse. En este artículo, exploramos cómo ha sido su proceso de aceptarse con barba y cuál ha sido su relación con las explicaciones que da la medicina a sus vellos faciales, además de un recorrido por la representación histórica y artística de estas mujeres.

Experiencias Personales: Luta y Ana

Conocemos los relatos de dos mujeres, Luta Cruz y Ana Dino, quienes comparten sus vivencias con el crecimiento del vello facial, la vergüenza inicial, la búsqueda de soluciones y, finalmente, el camino hacia la aceptación y el empoderamiento.

El Comienzo del Vello y la Vergüenza

Luta Cruz recuerda que el vello facial le empezó a crecer bastante cuando tenía como 11 años. Su mamá, buscando protegerla, la llevó a la casa de una amiga para depilarla con cera. Luta ya se sentía "rara" por ser una niña afro en Chile, y ahora, además, tenía pelos en la cara.

Ana Dino, mujer, ilustradora y artista visual de México, comenzó a notar su barba a los 13 años, cuando un chico le comentó sobre su vello. No le dio mucha importancia hasta la secundaria, momento en que los pelos se le empezaron a notar más y la gente comenzó a señalarla. Se sintió "la más peluda de todas" y decidió depilarse.

La Lucha Contra el Vello: Depilación y Procedimientos

La depilación se convirtió en una rutina diaria y dolorosa para Ana. Cada día se quitaba los pelos con pinzas lo más que podía y después se pasaba un rastrillo (cuchilla de afeitar). Como pasa con la barba de los hombres, quedaban unos puntitos negros que ella se sacaba pellizcándolos. Después tenía que ponerse hielo porque quedaba muy inflamada y encima se ponía maquillaje.

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Luta y su mamá buscaron una solución más permanente, y su madre juntó dinero para hacerle una depilación con láser. Durante seis meses, Luta se sometió a un tratamiento en el que le metían una aguja diminuta en cada poro para quemar la raíz y luego sacar el pelo con pinzas, un proceso que describió como "horrible". Terminó con la cara muy hinchada y roja, y también le dio mucha alergia. Al final, el láser redujo un poco el volumen, pero los pelos seguían apareciendo. Intentó la cuchilla de afeitar, pero tampoco funcionó, irritándola y durando muy poco sin pelos. Tuvo que recurrir a la cera y a las pinzas, depilándose todo el cuerpo una vez a la semana y la cara un día de por medio.

Ana vivía con vergüenza y buscando ocultar su barba. Cuando salía de paseo con amigos, tenía que llevar escondido todo un kit de "supervivencia": la lámpara, el espejo, las pinzas, la cera y el maquillaje. No le contaba a nadie sobre su barba y su rutina de depilación.

Búsqueda de Explicaciones Médicas y Errores Diagnósticos

A los 13 años, Luta vio a un médico por primera vez, un ginecólogo que le diagnosticó ovarios poliquísticos y le explicó que eso causaba exceso de vello. Le dijo que tenía algo llamado hirsutismo y le recetó pastillas anticonceptivas de manera indefinida. Sin embargo, durante diez años, los pelos siguieron igual a pesar de tomar las pastillas. Cuando cumplió 25, Luta decidió buscar una solución definitiva y descubrió que no tenía ovarios poliquísticos, por lo que había tomado pastillas que no necesitaba. Entonces, pensaron que tenía Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC). Después de muchos exámenes de laboratorio, la encontraron sana.

La Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC) es un trastorno genético que afecta a las glándulas suprarrenales, un par de órganos del tamaño de una nuez ubicados encima de los riñones, que producen hormonas que ayudan a regular el metabolismo, el sistema inmunitario, la presión arterial y otras funciones esenciales. Entre las hormonas que elaboran se encuentran andrógenos como la testosterona.

La experiencia de Ana con el sistema médico también fue traumática. Cuando empezó a tener vómitos incontrolables, terminó en un hospital público. Los médicos asumieron de inmediato que su barba era la enfermedad y que los síntomas que presentaba seguro tenían que ver con eso. La remitieron a endocrinología y la sometieron a muchos exámenes, pero no mostraban nada concluyente. Fue ahí cuando la diagnosticaron erróneamente con HSC. Con la pandemia, su condición gástrica empeoraba; estaba muy débil, casi desnutrida, y pensó que iba a morir. Después de que alguien cercano publicó su caso en redes sociales, la solidaridad de la gente le permitió recibir atención en un hospital privado. Finalmente, y después de casi dos años, un gastroenterólogo la diagnosticó con Síndrome de Vómito Cíclico, le recetó una pastilla y pudo volver a vivir. Ana se sintió muy discriminada y cree que si los médicos no se hubieran obsesionado con su barba, seguramente la habrían diagnosticado a tiempo.

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El Camino hacia la Aceptación y el Empoderamiento

A los 26 años, Ana asistió a un concierto de las Krudas Cubensi, donde Odaymara, una de las integrantes, quien también tiene barba, compartió un poema que la impactó profundamente. La letra decía: "Si ser mujer es rasurarse la barba, entonces no soy mujer. Pero sí ser hombre es tener mucha barba, tampoco soy un hombre". Este momento fue muy fuerte para Ana, quien hasta ese instante solo tenía referentes de mujeres barbudas asociados a la humillación, exhibidas en circos o museos. Ese día, por primera vez, vio a una mujer empoderada en un espacio público y empezó a pensar que ella también podría dejarse la barba.

Para Luta, dejar crecer los pelos también fue un tema con sus parejas. Tuvo un novio que se preocupaba porque sus amistades pudieran llegar a pensar que ella era trans o travesti. Siempre evitaba las caricias en la cara por miedo a que sintieran los vellos. Esto le provocó una personalidad más retraída, con menos confianza en sí misma, menos autoestima y menos entendimiento de quién era ella como mujer. Cansada, empezó a contarle a las personas cercanas, lo que fue un primer paso para empoderarse con el tema.

El terremoto de 2017 en México marcó un punto de inflexión para Ana. Había pasado varios días sin depilarse mientras editaba un video. Al ver la destrucción a su alrededor, entendió que no podía seguir escondiéndose y empezó a dejarse crecer la barba. No fue nada fácil, y ella misma se sorprendió al verse. Algo que la ayudó muchísimo fue pintársela. Estuvo varios años con la barba rosa, lo que trastocaba mucho más la percepción ajena; la veían y exclamaban: "¡ah! no solo tiene barba sino que le gusta".

Para Luta, la pandemia fue la oportunidad definitiva. Al tener que estar encerrada, decidió parar de depilarse la cara, ya que no se iba a ver con nadie. A la semana ya tenía barba, nunca la había visto completa y ya no le molestaba. Entendió que al dejarse los pelos tenía una mejor calidad de vida y empezó a aceptarse como mujer con su cuerpo peludo. El salto definitivo vino cuando grabó un video para redes sociales. Aunque sentía mucho miedo, lo hizo. Muchísima gente lo vio y recibió todo tipo de comentarios, desde críticas por no cuidarse o no ir al médico, hasta preguntas sobre si estaba enferma o era trans. También hubo gente que la apoyaba. Luta pasó por muchas emociones: miedo, pena, rabia, y pensó que opinaban porque las mujeres barbudas son "especiales". Desde entonces, muestra que las mujeres barbudas no solamente son mujeres peludas, sino que son muy valientes porque han pasado toda la vida escuchando a otros opinar sobre sus cuerpos, a médicos diciéndoles que están enfermas solo porque se salen de un estándar.

Entendiendo el Hirsutismo desde la Medicina

El hirsutismo es una dolencia que afecta principalmente a mujeres y resulta en un crecimiento excesivo de vello oscuro o grueso en un patrón similar al de los hombres, sobre todo en la cara, el pecho y la espalda. El desarrollo del pelo tiene varias etapas. Una de ellas es la anágena, que es cuando se da el crecimiento rápido y el pelo adquiere madurez y un tono más oscuro. "La prolongación de esa fase es lo que nosotros identificamos como hipertricosis o como hirsutismo", explica la doctora Viviana Felizzola, especialista en medicina Interna y Endocrinología.

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El hirsutismo se puede presentar por diferentes razones:

La doctora Felizzola, miembro de número de la Asociación Colombiana de Endocrinología, indica que "hay dos causas principales: el aumento en la producción de hormonas masculinas (andrógenas), como la testosterona, y el aumento en la sensibilidad de la piel a estos andrógenos". Agrega que "también puede haber problemas metabólicos asociados e incluso hay un hirsutismo que es de causa desconocida y ocurre casi en el 5% de los casos".

Causa Principal del Hirsutismo Descripción
Aumento de andrógenos Mayor producción de hormonas masculinas como la testosterona.
Sensibilidad de la piel Mayor sensibilidad de los folículos pilosos a los andrógenos.
Problemas metabólicos Condiciones metabólicas asociadas que pueden influir en el desequilibrio hormonal.
Causa desconocida Hirsutismo idiopático, presente en aproximadamente el 5% de los casos.

Una de las dificultades para tratar el exceso de vello es que está asociado a hormonas que no se pueden medir, como la dihidrotestosterona, y a la sensibilidad androgénica de la piel, que tampoco es medible, explica la doctora Felizzola. A las mujeres que presentan hirsutismo se les suelen recetar fármacos que ayudan a disminuir la cantidad de andrógenos. Pero no es una solución definitiva, ya que la sensibilidad androgénica es tan alta en la piel que es muy difícil contrarrestar sus efectos. Además, hay que considerar los efectos secundarios que tienen muchos medicamentos.

Impacto Social y Discriminación

Luta esperaba que el bullying parara cuando fuera adulta, pero solo aumentó. Para ella, lo más difícil no es que la llamen "fea" o "no atractiva", sino que le digan que es un hombre. Le duele que cuestionen su identidad de género, especialmente cuando ella sabe quién es. Destaca que en la época actual, con la inmediatez de los medios, "si uno no da una buena respuesta pueden acabar con tu vida".

Ana señala que no es casual que las mujeres que están logrando hacer visibles sus barbas sean mujeres que están en el ámbito artístico. Afirma que si alguien va a una oficina a trabajar con falda, no puede tener las piernas peludas. Aunque no esté escrito ni sea una ley, hay una sanción social. Ana cree que con su barba no podría ser abogada o financiera, porque "no se me permitiría". Concluye que la depilación para las mujeres no es una elección, es una obligación, y que sus cuerpos con pelo son patologizados todo el tiempo.

La Mujer Barbuda en la Historia y el Arte

Cuando visitamos un museo o colección de arte, las imágenes de las mujeres barbudas producen muchas sensaciones. Unas con miradas desafiantes, otras con miradas resignadas, todas nos contemplan contándonos su trágica historia. Sean pecadoras o santas, las mujeres con hirsutismo siempre fueron vistas como un prodigio misterioso que podía convertirse en anuncio de amenaza de grandes males y castigos de origen divino o en símbolo de resistencia frente a la presión recibida para abjurar de su fe.

Percepciones Antiguas y Medievales

Desde la Antigüedad, el vello en los cuerpos femeninos siempre ha tenido un tratamiento diferente al masculino. En el mundo oriental de la Antigüedad, se pueden encontrar imágenes de barbadas desvinculadas de carga negativa, como la diosa Ishtar de Babilonia, la faraona Hapshepsut de Egipto, o las “Venus Barbate” de la isla de Chipre. Sin embargo, en el mundo occidental, la presencia de vello facial femenino se asoció principalmente con la naturaleza primitiva de las mujeres, vinculándolo a su carácter maligno y libidinoso, algo que las convertiría en moralmente reprobables.

Desde las primeras descripciones del origen del mundo, los textos bíblicos y la literatura justificaban la superioridad del hombre frente a la mujer, mostrando a esta como un mal en sí mismo, un ser bello pero de bajos instintos por naturaleza, frente a la imagen de un hombre creado a imagen y semejanza de Dios. En las teorías médicas humorales de la antigüedad, la diferencia física más evidente entre ambos, el pelo, estaba además relacionada con el apetito sexual. Según la tradición, la abundancia de cabello y vello corporal indicaba masculinidad en los hombres y una peligrosa voluptuosidad en las mujeres. Estas teorías se plasmaron en textos y tratados médicos y filosóficos (Hipócrates, Galeno, Avicena, o Aristóteles), y a partir del siglo XVI irrumpieron en la Historia del Arte.

Uno de los primeros teóricos de las artes que recogió las bajas connotaciones morales asociadas a las mujeres barbudas fue Giambattista Della Porta. Concretamente, en el apartado “Sobre el vello” de su obra De humana physiognomonia afirmaba que “la mujer barbuda es de pésimo carácter”. Si ya desde la antigua Roma se atribuían gran parte de las desgracias públicas a la inmoralidad femenina, Della Porta mantenía que una mujer con barba, “como monstruo que es, es presagio de desgracia inminente”. Según estas ideas, los dioses, apiadados de los mortales, intentaban ayudarles a evitar las consecuencias de grandes peligros enviando señales de aviso que se manifestaban a través de acontecimientos sorprendentes, terribles o inexplicables, o por la presencia de seres deformes o monstruosos que con un carácter profético presagiaban con su nacimiento una gran desgracia.

Con el auge del cristianismo, el nacimiento de estos seres se justificó en gran medida como evidencia física y tangible de castigos divinos derivados del pecado. De este modo, esos recién nacidos acusaban públicamente a sus progenitores de haber quebrantado las reglas morales sobre la concepción, imponiéndoles una penitencia que se alargaría cruelmente durante la vida del infante. Las fuentes antiguas y medievales están repletas de testimonios de nacimientos monstruosos. No será hasta principios del siglo XVI cuando esta consideración se iría abandonando, siendo propiciada por las bases científicas propias del humanismo que buscaban en la investigación médica la justificación natural a estos problemas físicos, alejándolos progresivamente de la explicación del castigo divino.

La Transición hacia una Mirada Documental

Fruto de esta naciente interpretación, y gracias también a la imprenta, a partir del siglo XVI se comenzaron a realizar representaciones de mujeres barbudas con unas connotaciones diferentes, alejadas del ámbito de lo pecaminoso, ilustrando tratados de Historia Natural, Medicina o Filosofía. A partir de este momento comenzó una representación diferente de algunas barbudas como Brígida del Río, también conocida como la barbuda de Peñaranda, retratada por Juan Sánchez Cotán en 1590, o Magdalena Ventura, pintada unas décadas más tarde en Nápoles por José de Ribera.

En ambos casos, los pintores se acercaron al tema sin atisbo de crítica o censura, tratando a las mujeres con un interés documental en el que se subraya su enfermedad desde la dignidad. En el caso de Brígida, el pintor la representó con una mirada bondadosa, directa y sincera, con las manos recogidas en su regazo, mostrando con su gesto y semblante y a través de su impoluta indumentaria la honestidad de su alma. El retrato que realiza José de Ribera, en cambio, refleja el dolor contenido de una mujer que, debido al hirsutismo desarrollado a partir de los 37 años, sufrió tales cambios físicos que adquirió completamente el aspecto de un hombre. En este caso, la mirada casi desafiante de Magdalena, que se aferra a su hijo mientras le ofrece un pecho para la lactancia, contrasta con la desolación de su marido, que parece querer confundirse con el fondo.

Santas Barbadas: Un Símbolo de Virtud

Por otro lado, y aunque la mayoría de las representaciones que encontramos de mujeres velludas están relacionadas con conductas inmorales y pecaminosas, existen también algunas representaciones de mujeres cuyo vello o barbas simbolizan su santidad. Uno de estos casos extraordinarios lo encontramos en la ficticia Santa Wilgefortis (de Virgo Fortis), una virgen mártir de origen portugués cuya leyenda y culto se extendieron por Europa. La historia de esta santa narra que siendo doncella romana se opuso a los planes familiares de matrimonio y rezó y ayunó pidiendo que se evitase esa unión, ya que deseaba dedicar su vida a Dios y a la oración. La respuesta a sus plegarias le llegó cuando le crecieron una prominente barba y un tupido bigote. Esto provocó inmediatamente la repulsa de su prometido y la anulación del matrimonio, pero también el castigo de su padre, que la mandó crucificar.

La representación iconográfica de estas santas las muestra con un rostro barbado, crucificadas y ataviadas con una larga túnica que les cubre el cuerpo casi por completo, dejando solo al descubierto las manos, los pies y la cabeza. En este caso, la barba y los rasgos masculinos son precisamente el símbolo de su santidad, el elemento iconográfico que las define y las hace reconocibles. La iconografía de estas “santas virilizadas” evolucionó a lo largo del tiempo. La barba fue haciéndose más sutil, desapareciendo o siendo sustituida como elemento diferenciador por el hecho de ser una santa crucificada, con una anatomía femenina que se adivina bajo los ropajes, coronada y portando una rica indumentaria.

La consolidación de estas nuevas advocaciones puso en contacto a los fieles con unos modelos de mujeres cuyas barbas eran motivo de orgullo. Las barbas de Santa Wilgefortis, en España conocida como Santa Librada, o Santa Paula de Ávila representaban el amor de Cristo hacia aquellas jóvenes que ansiaban dedicar su vida a Dios y a la oración, erigiéndose en la advocación preferida de mujeres infelices en su matrimonio y haciendo algo más popular la representación de mujeres barbadas ante la sociedad. En cualquier caso, todas ellas fueron mujeres humildes, nobles o santas, cuya presencia a través de lienzos o grabados quedaría justificada durante siglos entre los mirabilia de las célebres cámaras de las maravillas que abundaron en Europa desde el Renacimiento. Estas ofrecen el testimonio estigmatizado de quien, naciendo mujer, tuvo barbas de hombre.

Un Mensaje de Empoderamiento y Visibilidad

A las niñas de 13 años que empiezan a tener vellos y barba, Luta les diría que lo más importante es cómo una se siente. Los pelos no se van a ninguna parte, así que lo mejor es entender que las otras personas no siempre van a comprender quiénes son las mujeres barbudas, las mujeres peludas. Siente que una de las pequeñas misiones que pueden tener es simplemente visibilizarse.

Ana, por su parte, le diría a las jóvenes que la que está mal es la sociedad y no ellas. Y si a alguien no le gusta, pues es problema de esa persona. Afirma con convicción que la barba no es una enfermedad.

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