Descubre la Fascinante Historia de Palenque, la Hacienda y Ciudad Juárezpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En la segunda mitad del siglo XVIII surgió en la Nueva España una progresiva inquietud por explorar las ruinas prehispánicas. El coleccionismo, la visita de los sitios y el tráfico de objetos antiguos se convirtió en un recurso que, conforme transcurrieron los años, se propagó hasta alcanzar los albores del México independiente y volverse una plaga durante los siglos XIX y XX.

Sin embargo, ésta práctica encontró desde entonces nociones cargadas de conveniencias políticas que involucraron parte de una competencia entre grupos de poder novohispanos. Estos grupos pretendían asumir una noción de pasado en el contexto de la reivindicación del nacionalismo criollo que vio en la historia nativa el modelo de un futuro por tutelar y, con ello, la prefiguración de ambiciones independentistas o, posteriormente, separatistas.

Esta búsqueda de fundamentos históricos apareció en varias regiones de la Nueva España y, para propósitos de este trabajo, importa analizar a uno que promovió como sede inaugural prehispánica el sur chiapaneco en una clara competencia con aquellos que sugerían el centro de México.

Un punto donde se entrecruzaron voluntades eruditas y políticas que permiten entender al conocimiento histórico no como un ejercicio aséptico, puro y cristalino, sino como el foco de ardientes disputas, desde intereses contrapuestos y con impacto en los aconteceres de lo que sería el México naciente del siglo XIX.

Sin embargo, es imposible discernir la lógica de esta discusión sin escarbar en los siglos precedentes. Surgida en tiempos del descubrimiento, había persistido una vieja competencia entre el sur y el norte (con sede final en el centro) de la Nueva España como escenarios del origen de los nativos producto de la incertidumbre por saber su procedencia en un territorio aparentemente separado de Europa.

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Esto tenía perturbadoras trascendencias teológicas. Si existía una pareja original (Adán y Eva) -se preguntaron cronistas como Sahagún, Acosta, Mendieta, Anglería y otros-, ¿entonces los europeos y los americanos descendían de la misma estirpe? y, si era así, ¿cómo llegaron estos hombres a América, en qué tiempo, bajo qué circunstancias, con qué tradiciones y cultura?

Esta irresolución permitió que surgieran teorías sobre un poblamiento pretérito, un cruce desconocido de Santo Tomás, un hijo perdido de Noé, una de las tribus perdidas de Israel, incluso el cruce de un segundo Adán. Así los nativos -se asumió- eran viejos europeos que habían construido aquellas ciudades magníficas después de una migración.

Por lo general, los promotores del centro-norte referían la existencia de un estrecho terrestre entre ambos continentes y los segundos la presencia de una civilización de sabios navegantes como el rey Salomón, fenicios o vikingos. En efecto, estas teorías pretendían salvar la contradicción de suponer que los americanos pudieran tener un origen distinto y pervertir el mito de Adán y Eva como núcleo de la creación universal.

No obstante, para los siglos XVIII y XIX, este enigma se transformó en un problema que necesitó datación y demostración ante la nueva necesidad de probar y datar que exigía el conocimiento moderno. La historia antes concebida como un enorme rompecabezas trazado por un plan divino, donde el origen del hombre literalmente se explicaba por el Génesis, fue sustituida por la búsqueda del cambio continuo y se apeló a una verificación constituida por objetos y testimonios.

Así fue como se volvió trascendental recurrir a los objetos y antigüedades con tal de definir una cronología fiable y desacralizada de los acontecimientos. La vieja polémica del origen de las Indias supervivió pero se recompuso invocando nuevas coherencias aunque también inéditas trascendencias políticas.

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En este escenario, pensar el origen en el siglo XVIII implicó alentar la búsqueda de cimientos simbólicos para el llamado nacionalismo criollo. Lo que antes eran sólo piedras de ruinas perdidas, a los ojos del descontento novohispano, se volvieron evidencia de un pasado grandioso que se asumió como la esperanza de un futuro libre de la tutela peninsular.

Pero la falta de consenso en las antiguas teorías sobre la procedencia nativa fundamentó desacuerdos entre los grupos de poder regional. Algunos eruditos, gracias al análisis de códices, creyeron encontrar las raíces en las ruinas del centro de la Nueva España, no obstante, al igual que un grupo de inquietos eruditos chiapaneco-guatemaltecos, buscaron en la riqueza monumental de sus alrededores otro origen y con ello el fundamento de posibilidad de un territorio propio.

De esta manera, las posturas que apelaban al centro-norte o al sur conllevaron un debate sobre la trascendencia de los fundamentos epicéntricos y fundacionales de la posterior nación mexicana dentro de una competencia entre el núcleo central novohispano y el sur, más vinculado al reino de Guatemala, donde al cabo de los años triunfaría la primera sobre la segunda y aplastaría aquellas raíces fallidas de esta región lejana y oscurecida detrás de kilómetros de selva y calor sofocante.

¿El norte o el sur?: Revisión de la Discusión sobre el Origen

El principal promotor de Tollan y la migración terrestre por el norte en el siglo XVIII fue el jesuita expulso Francisco Xavier Clavijero (1731-1787). En su Historia antigua de México publicada en Italia en 1780 sostuvo un cruce "el cual sin duda es el mismo que descubrieron los viajeros en el siglo XVI y llamaron estrecho de Anam", por consiguiente:

Los progenitores de las naciones que poblaron el país de Anáhuac (de quienes ahora simplemente hablamos), pasaron de los países septentrionales de Europa a los septentrionales de América, o más bien de los países más orientales de Asia a los más occidentales de América. Esta conclusión se funda en la constante y general tradición de aquellas naciones, que unánimemente decían haber sido sus progenitores gente venida a Anáhuac de los países situados al Norte y al Nordeste.

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No obstante, la teoría del sur tomó realce con la publicación londinense en 1822 de un informe del capitán español Antonio del Río que había explorado Palenque e incluía unas imágenes litografiadas por Frédéric Waldeck titulado Description of the Ruins of an Ancient City, Discovered near Palenque... from the Original Manuscript Report of Captain Don Antonio del Rio: Followed by Teatro Critico Americano by Doctor Paul Felix Cabrera.

Ahí, en el estudio de Cabrera, se sostenía la llegada de un sacerdote llamado Votán, fundador de Natchán (Palenque) y mentor en la elaboración de edificios, esculturas y técnicas que evidenciaban supuestos contagios entre el Viejo y Nuevo Mundo. Posición distinta que ganaría adeptos de acuerdo a que ambas teorías, desde hacía varios siglos, habían sido difundidas en los círculos intelectuales.

Un ejemplo claro de estas añejas permanencias fue Edward King, vizconde de Kingsborough, contrabandista y autor de una de las compilaciones de códices más completa de mediados del siglo XIX, Antiquities of Mexico, que sostenía que los americanos pertenecían a las diez tribus perdidas de Israel, es decir, provenían del Viejo Mundo a través de una migración por el norte.

No obstante, el principal protector de esta explicación había sido Juan Suárez de Peralta (1537-¿?), español, vecino de México, a través de su Tratado del descubrimiento de las Indias y su conquista y de los ritos y sacrificios y costumbres de los Indios. Fray Diego Durán (1537-1588) también defendía este origen con respecto a los pueblos del centro de México.

En 1650, Manoel Dias Soeiro mejor conocido como Manaseh Ben Israel (1604-1657), escritor y diplomático portugués, seguía aseverando esta teoría en su Esperanza de Israel, y fuera de España fue el teólogo Joannes Fredericus Lumnius (1533-1602) con su texto De Extremo Dei Iudicio et Indorum Vocatione, publicado en Venecia en 1567.

Sin embargo, la tesis de una migración marítima en relación al sur también hundía sus raíces en el siglo XVI. Inspirándose en relatos bíblicos, el cronista Pedro Mártir de Anglería (1456-1526), escribió aunque sin referirse explícitamente al sur pero sí al oriente: "habiendo, pues, puesto [Colón] rumbo hacia oriente, cuenta que descubrió la isla de Ofir; pero bien examinados los diseños de los cosmógrafos, aquellas son las Antillas y otras islas adyacentes: dio a ésta el nombre de Española."

Anglería se refería a una isla citada en el Libro de los Reyes que también retomó Benito Arias Montano (1527-1589) en su Biblia Sacra. La versión de judíos o hebreos en América fue retomada igualmente por el cronista Miguel Cabello de Valboa (1530?-1606) en su Miscelánea Antartica impreso en 1586, el alemán Gilbert Genebrand en su Chronografía in duos libros distincta de 1567, el cosmógrafo y franciscano francés André Thévet (1502-1590) y el inglés Thomas Thorowgood.

En síntesis, Anglería y compañía, eran los principales propagandistas de una migración marítima por el sur en contraposición a una terrestre por el norte como insinuaron Durán y Lumnius con las diez tribus perdidas de Israel.

Al mismo tiempo que la noción de un desembarco marítimo tomó adeptos, también creció la sospecha sobre un punto desconocido donde los continentes se interconectaban como habían propuesto en 1589 el jesuita José de Acosta (1540-1600) en Historia natural y moral de las Indias y fray Juan de Torquemada (1557?-1624) en Monarquía Indiana. Éste último no descartaba un desembarque por alguna civilización de navegantes, al igual que fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) en Historia General de las cosas de la Nueva España considerando una posible llegada de fenicios o cartagineses, situación que refrendó como probable el autor anónimo de Isagoge, Historia apologética de las Indias occidentales y a la cual se contrapuso (en el caso de Yucatán) el franciscano Diego López de Cogolludo (¿?-1665) en 1659 con su Historia de Yucatán.

Cogolludo decía: Quines fuesen se ignora, ni los indios tienen tradició de ello. Algunos han dicho, que son obras de Cartaginenses, ó Phenicios; pero esto comunmente se refuta con las razones generales de no constar por Historias algunas aver pallado tales Naciones á estos Reynos. El Doctor Aguilar dize en su informe, que los hicieron Indios Mexicanos; pero no hallo que otro alguno diga tal cosa, y asi parece solamente fer conjetura suya.

Con diversos matices, José de Acosta, el autor anónimo de Isagoge y Diego López de Cogolludo, se inclinaron por tratar de conciliar ambos extremos de la discusión. Cogolludo, por ejemplo, tuvo la idea de dos migraciones, una "de la parte Occidental, y otros de la Oriental", la segunda emprendida por un sacerdote llamado Zamná que había puesto nombre a todas las ciudades y puertos de mar en Yucatán, y la primera, fraguada por descendientes de los Chichimecas y Alcahuas del centro de México.

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