Es probable que hoy en día pocos descarten el libro de Orwell como un mero producto de la literatura distópica. Más de 70 años después de su publicación en 1948, la obra maestra de Orwell encabeza habitualmente la lista de libros más vendidos de Amazon. Hoy en día no es raro encontrar a personas influyentes, tanto de la derecha como de la izquierda, que invocan el libro de Orwell para denunciar las acciones emprendidas contra ellos o para atacar a sus oponentes políticos. Algunos de los paralelismos con 1984 que vemos hoy en día son francamente escalofriantes, mientras que otros parecen tontos.
La ficción de George Orwell, publicada en 1949, se basó en hechos reales. Considerando la proliferación de referencias a la "neolengua" ofuscadora, líderes al estilo del Gran Hermano y sistemas de vigilancia ineludibles en artículos periodísticos, esta pregunta tiene una respuesta simple: "Sí, y esa obra es '1984' de George Orwell". Tanto la izquierda como la derecha política consideran la novela que Orwell escribió en 1949 como el libro del siglo pasado que mejor se relaciona con el presente. Se cumplen 70 años de la publicación de 1984, de George Orwell (1903-1950); la novela aparece en la lista de best sellers; términos como orwelliano o Gran Hermano sirven para designar realidades actuales; y diversos especialistas subrayan las analogías entre la obra de Orwell y el mundo de hoy. De hecho, "Orwelliano" tiene pocos competidores aparte de "kafkiano" como adjetivo inmediatamente reconocible vinculado a un autor del siglo XX. Con más de 30 millones de ejemplares vendidos, uno de sus personajes (El Gran Hermano) da nombre a un programa televisivo que se ha emitido durante lustros en todo el mundo. Además, las ventas del libro tuvieron un repunte a raíz del caso Snowden (2013) y de la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos (2017).
La visión dual: Orwell frente a Huxley
Pero hay otros que consideran la cultura del consumo y la obsesión por las redes sociales como las principales preocupaciones actuales. Entonces la respuesta es diferente: "Sí, y esa obra es 'Un mundo feliz', de Aldous Huxley". Nosotros, sin embargo, pensamos que la respuesta es "ambas". En el largo debate sobre quién fue el escritor más profético de su época, Orwell, que fue alumno de Huxley en Eton, es generalmente el favorito. Quizás por eso existe un campo floreciente de "estudios orwellianos", con su propia revista académica, pero no de "estudios huxleyanos". Probablemente también explica por qué "1984", pero no "Un mundo feliz", sigue figurando en las listas de los más vendidos, a veces junto con "El cuento de la criada" (1985) de Margaret Atwood.
Al igual que Orwell, Huxley escribió muchos libros que no eran ficción distópica, pero su incursión en ese género se convirtió en su obra más influyente. "Un mundo feliz" fue muy conocido durante la Guerra Fría. En cursos y comentarios, se solía comparar con "1984" como una narrativa que ilustraba una sociedad superficial basada en la indulgencia y el consumismo, en contraposición al mundo orwelliano, más sombrío, de supresión del deseo y control estricto. Si bien es habitual abordar los dos libros a través de sus contrastes, también pueden tratarse como obras interconectadas y entrelazadas.
Durante la Guerra Fría, algunos comentaristas consideraron que "Un Mundo feliz" mostraba adónde podía llevar el consumismo capitalista en la era de la televisión. Occidente, según esta interpretación, podría convertirse en un mundo donde autócratas como los de la novela se mantuvieran en el poder. Lo lograrían manteniendo a la gente ocupada y dividida, felizmente distraída por el entretenimiento y la droga "soma". Orwell, por el contrario, parecía proporcionar una clave para desbloquear el modo más duro de control en los países no capitalistas controlados por el Partido Comunista, especialmente los del bloque soviético.
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El propio Huxley en Un mundo feliz revisitado, un libro de no ficción que publicó en la década de 1950, consideró importante reflexionar sobre cómo combinar, abordar y analizar las técnicas de poder e ingeniería social presentes en ambas novelas. Y resulta aún más valioso combinar estos enfoques ahora, cuando el capitalismo se ha globalizado y la ola autocrática sigue alcanzando nuevas fronteras en la llamada era de la posverdad. Los enfoques orwellianos, de corte duro, y huxleyanos, de corte suave, para el control y la ingeniería social pueden combinarse, y a menudo lo hacen. Vemos esto en países como China, donde se emplean los crudos métodos represivos de un Estado del Gran Hermano contra la población uigur, mientras que ciudades como Shenzhen evocan un mundo feliz. Vemos esta mezcla de elementos distópicos en muchos países: variaciones en la forma en que el escritor de ciencia ficción William Gibson, autor de novelas como Neuromancer, escribió sobre Singapur con una frase que tenía una primera mitad suave y una segunda dura: "Disneylandia con la pena de muerte". Este puede ser un primer paso útil para comprender mejor y quizás empezar a buscar una manera de mejorar el problemático mundo de mediados de la década de 2020, un mundo en el que el teléfono inteligente en el bolsillo registra tus acciones y te ofrece un sinfín de atractivas distracciones. Mientras Huxley imaginó una sociedad adormecida de felicidad e incapaz de reacción alguna, Orwell se planteó un mundo movido por el terror.
El corazón de la distopía orwelliana: Control y aniquilación del individuo
Al fin y al cabo, «Mil novecientos ochenta y cuatro» es, en gran medida, una historia sobre el intento de un hombre de mantener el control de la verdad y la realidad frente al poder del Estado y una propaganda interminable. Mucha gente sabe que Orwell fue socialista durante muchos años. A lo largo de su vida y de su carrera, Orwell estuvo motivado por el deseo de mantenerse apegado a la verdad, y su experiencia en la Guerra Civil española lo sacudió profundamente. «…Vi informes periodísticos que no guardaban ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que implica una mentira ordinaria. Vi cómo se informaba de grandes batallas en las que no se había combatido y un silencio total en las que habían muerto cientos de hombres.
Vigilancia y Gran Hermano en la era digital
En la época de la posverdad, el lector puede ver que en 1984 hay instancias de un gobierno encargadas de manipular la información, borrar todo lo que le resulte "malo". Al reflexionar acerca de las principales cuestiones que aborda Orwell, Lara Zavala refirió el papel de Big Brother, la consciencia que siempre está espiando. «El Gran Hermano te vigila». Se encuentra sobre los individuos y cuenta con una eficaz policía del pensamiento. Varios de los ensayos del libro 1984 and Philosophy señalan que los smartphones han sustituido a las pantallas por las que se ‘formaba’ a los ciudadanos a la vez que era posible vigilarlos. Apple habría pasado de sublevarse ante el Gran Hermano en su clásico comercial de la Superbowl de 1984 a convertirse ella misma en el Gran Hermano por su capacidad de controlar/localizar a buena parte de la población mundial por medio de sus iPhones. «La televisión y el adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente en el mismo aparato, acabó con la vida privada. Todos los ciudadanos (…) podían ser tenidos durante las veinticuatro horas del día bajo la constante observación de la policía y rodeados sin cesar por la propaganda oficial, mientras que se les cortaba toda comunicación con el mundo exterior».
La manipulación de la verdad, la historia y el lenguaje
El contexto de la trama es asfixiante: «La guerra es la paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia fortalece». En ese país funcionan cuatro ministerios: el de La verdad que se ocupa de falsear las cosas; el de La paz, el de El amor y el de La abundancia. Contra lo que uno pudiera esperar por esos nombres, cada uno de esos ministerios desempeña el papel inverso a lo que anuncia. En el Londres de 1984 se ha borrado la Historia pues «el Ministerio de la Verdad trabaja en destrozar la confianza de la gente en los recuerdos externos, y lo hacen revisando constantemente el registro oficial de documentos, fotos…». «El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. (…) Y este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías…, es decir, a toda clase de documentación o literatura (…). Verdad es lo que decide el Partido. Historia es lo que decide el Partido. Ser humano es lo que decide el Partido. «Todo se desvanecía en la niebla. El pasado estaba borrado. Se había olvidado el acto mismo de borrar, y la mentira se convertía en verdad».
Los capítulos 22 y 23 del libro de Di Nucci analizan cómo la gran herramienta de control del pensamiento en el Londres de 1984 es lo que Orwell llamaba doble pensamiento (doublethink). Ese horror se extiende hacia el lenguaje. La neolengua evita la expresión escrita («trata de oralidad y discurso») para así obviar el análisis lógico de las afirmaciones. Sin pensamiento se hace más sencillo vivir en un mundo que ya no tiene historia, inmerso en un río de imágenes y sonidos en permanente cambio. Esa fluidez hace que la lógica no sea necesaria, que el conocimiento y la reflexión resulten fútiles, que la ignorancia se haga fuerte. Uno de los personajes insiste: «¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento». Destaca Orwell cómo a Julia, la amante de Winston Smith, «no le interesaba leer. A eso empujan también las constantes llamadas de atención -siempre urgentes, chillonas y desagradables- que se emiten desde las pantallas a lo largo de la novela. Con ese ruido, ¿a quién le quedaría tiempo de pensar, de centrarse mínimamente en su interioridad, de cultivarse? Para escribir, la gente necesita reunirse un poco consigo misma, salir del flujo de la vida y pensar sobre aquello que quiere expresar como un objeto sometido a análisis. Winston tiene esta experiencia en el mismo momento en que trata de escribir un diario: «había cometido -seguiría habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel- el crimen esencial que contenía en sí todos los demás». En Oceanía solo puede escribir el Ministerio de la Verdad.
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El análisis del mundo orwelliano sobre la religión conduce a pensamientos similares. Los totalitarismos tienen una fuerte vocación religiosa. Tan es así que O’Brien, el miembro del Partido que tortura y reeduca a Winston Smith, «parecía un médico, un maestro, incluso un sacerdote, deseoso de explicar y de persuadir antes que de castigar». «Reemplazando la religión, el Partido puede emplear el lenguaje de la apostasía. Goldstein, el archiherético, se convierte en el ‘traidor primario, el primer violador de la pureza del partido de quien vienen todas las herejías’». Lo mismo ocurre con la ciencia. Los científicos como Syme (experto en neolengua) causan problemas: primero, porque tratan de fijar la realidad, cuando el Partido no deja de repetir que lo real es un constructo dependiente de los deseos del mismo Partido. Segundo, porque en la medida en que son los que elaboran la ortodoxia del Partido se encuentran más allá de ella y deben ser vistos como potenciales herejes. Tercero, «la investigación verdadera no debe ser permitida en el contexto del totalitarismo porque esa investigación exige el cultivo de la integridad intelectual».
La anulación del amor y la individualidad
1984 and Philosophy trata en varias ocasiones el problema del amor y de la sexualidad en Oceanía. En el capítulo 1, recuerda cómo las relaciones sexuales (y las amorosas) pueden ser un problema para los totalitarismos. En las relaciones sexuales de Oceanía, el país inventado por Orwell, domina un patrón análogo: se exige que el sexo se centre en la obligación de reproducirse y «el instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo». Las mujeres comprometidas con la revolución lucen su cinturón rojo de la Liga Juvenil Antisex. Se prohíben los enamoramientos. Placer sensible, placer privado: «El acto sexual, bien realizado, era una rebeldía. El deseo era un crimental». Y es que el totalitarismo no solo pide al oprimido su obediencia, exige su amor; y para eso lleva a cabo una violación completa de la intimidad del individuo que le lleve a rendir toda su atención al amado líder. El amor -explica el libro de Di Nucci y Storrie- siempre ha sido contrario a la igualdad: el amante ama a su amada, no a cualquier mujer ni a todas; el amor se dirige hacia el tú desde un yo: no se conforma con un ello genérico. La conciencia, el yo, parecen sagrarios. Le dice Julia a Winston: «Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca». Error: el Gran Hermano sí puede. Él quiere pasar de la pretensión de amor al amor real. El poder del Partido es absoluto. Lo afirma O’Brien al interrogar a Winston: «Te imaginas que hay algo a lo que se llama naturaleza humana que está siendo ultrajada con lo que hacemos y que se volverá contra nosotros. Pero es que somos nosotros los que creamos la naturaleza humana. Los hombres son infinitamente maleables». E insiste: «Te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la realidad.
La burocratización de la crueldad y la condición de los proles
Pero quizá lo más inquietante del Londres de la novela 1984 sea la burocratización de la crueldad, estudiada en el capítulo 11 del libro de Di Nucci. Al principio del relato Winston pensaba que «nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo». Pero termina resultando que ni siquiera eso es así: nada es del individuo, todo es del Partido. Orwell pensó titular su libro El último hombre de Europa. Es una expresión que el torturador/funcionario O’Brien dirige a Winston mientras este observa en un espejo su cuerpo destrozado tras semanas de interrogatorios: «Te estás pudriendo, Winston. Te estás desmoronando. ¿Qué eres ahora? Una bolsa llena de porquería. Mírate otra vez en el espejo. ¿Ves eso que tienes enfrente? Es el último hombre». 1984 and Philosophy expone cómo este pasaje recuerda a otra gran denuncia contra los totalitarismos: Primo Levi y Si esto es un hombre, publicado un año antes de la novela de Orwell.
¿Un héroe derrotado? Es que su intento de rebelarse finalmente se frustra y no solo eso sino que tiene que traicionar a Julia, quien a su vez lo traiciona. En los personajes de 1984, "no hay heroicidad sino resistencia porque no hay proyecto de cambio sino de preservar la identidad, conservarse a sí mismo como una posibilidad de ser, ser quién sea. Creo que más bien habría resistencia porque está avasallado". Recuerdan en 1984 and Philosophy que no todos los ciudadanos de Oceanía (el ficticio país en el que transcurre la acción) se encuentran bajo estrecha vigilancia. Los llamados proles escapan a todo control, pero no porque se ame o respete su libertad sino porque se les considera «inútiles como animales». Escribe Orwell que «el duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos considerados capaces de convertirse en peligrosos». Las masas son felices y es su ignorancia la que hace fuerte al sistema al imposibilitar que se subleven. En 1984 la mayoría de la población responde al nombre de proles, el pueblo. “Se les considera como seres despreciables, con poca o nula importancia.
Predecesores e influencias: El legado de "Nosotros" de Zamyatin
Es probable que poca gente haya oído hablar de Nosotros, una obra de ficción distópica que nunca llegó a tener la fuerza de Mil novecientos ochenta y cuatro. Su autor, Yevgeny Zamyatin, nacido en Lebedyan, Rusia, en 1884, fue un socialista entusiasta que se afilió al Partido Bolchevique y participó en la Revolución Rusa de 1905. El libro cayó rápidamente bajo la mirada de los censores literarios, que prohibieron la novela antes de su publicación -a pesar del entusiasmo del Partido de Zamyatin- convirtiéndola en «la primera novela oficialmente prohibida en la Unión Soviética», según Wilson. Para muchos, en rigor, es la primera novela distópica del siglo XX, digna antecesora de 1984 y como esta, una denuncia del totalitarismo.
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Los personajes de Nosotros están numerados en lugar de tener nombre: su Winston Smith es D-503, y su Julia I-330. Su Gran Hermano es conocido como el Benefactor, una figura más humana que el dictador casi mítico de Orwell, que en un momento dado llama por teléfono a D-503 («¿D-503? Ah… Está hablando con el Benefactor. ¡Infórmeme inmediatamente!»). Mientras que los apartamentos de Orwell se completan con una «telepantalla» que todo lo ve, los edificios de Zamyatin son simplemente de cristal, lo que permite a cada uno de los residentes -y a los «guardianes» que los vigilan- ver el interior siempre que quieran. La pista de aterrizaje uno, u Oceanía, se llama OneState. Los lectores pueden determinar por sí mismos hasta qué punto creen que Nosotros influyó en Mil novecientos ochenta y cuatro. Respecto a la opinión de algunos críticos e historiadores literarios, quienes aseguran que 1984 es plagio, el autor de Reverso de la Palabra consideró que ambas novelas tienen semejanzas.
Más allá de Oceanía: Otras distopías para reflexionar
Es usual escuchar (y recomendar) a 1984, Fahrenheit 451 y Un mundo feliz como las grandes distopías del siglo XX (y hasta así se venden), además de otras no menos famosas como El cuento de la criada o Ensayo sobre la ceguera que la televisión o el cine han popularizado, y es cierto. Pero para ampliar nuestros horizontes bibliográficos, se pueden explorar otras distopías tan buenas y perturbadoras como las anteriores. Con vergüenza debo confesar que soy un lector tardío de ciencia ficción (sci-fi). Desde que tengo razón, me enamoré de la novela decimonónica, de la novela realista para ser exactos. Y como consecuencia de lo primero, de la novela histórica. Dos han sido mis temas favoritos en este género: las distopías (y su contraparte, las famosas ucronías) y los viajes en el tiempo. Aquí una selección de 15 obras destacadas:
El talón de hierro, de Jack London, publicado en 1904. Una obra que, en su momento, fue saludada por los socialistas de todo el mundo.
Nosotros, de Evgueni Zamiatin, publicado en 1920. Para muchos, en rigor, la primera novela distópica del siglo XX, digna antecesora de 1984 y como esta, una denuncia del totalitarismo.
La guerra de las salamandras, de Karel Capek, publicada en 1936. Un clásico de la literatura europea que nos advierte sobre los efectos de un capitalismo desenfrenado.
La tierra permanece, de George R. Stewart, publicado en 1949. Una de las fábulas ecológicas más bellas que se hayan escrito. Un auténtico clásico.
El día de los trífidos, de John Wyndham, publicado en 1951. ¿Cómo sería el mundo, quiénes sobrevivirían después de una lluvia de meteoritos?
Mercaderes del espacio, de Frederick Pohl y C. M. Kornbluth, publicado en 1953. Otra estupenda fábula sobre los excesos de la publicidad y el consumismo.
Cántico por Leibowitz, de Walter M. Miller, publicado en 1960. No es una lluvia de meteoritos lo que acaba con el planeta sino una hecatombe nuclear, pero la pregunta es la misma: ¿Qué civilización es la que queda después de ella?
Harrison Bergeron, de Kurt Vonnegut, publicado en 1961. No es una novela propiamente, sino un cuento distópico sobre el comportamiento de las personas bajo un régimen totalitario. Vonnegut en estado puro.
El mundo sumergido, de J. G. Ballard, publicado en 1962. La primera (y mejor) de una tetralogía dedicada a los efectos devastadores del cambio climático.
¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison, publicado en 1966. Un mundo horrible y terrible como consecuencia de la sobrepoblación en el planeta es el que describe esta inquietante novela. Llegué a ella a través de su versión cinematográfica, bastante recomendable.
El fugitivo, de Stephen King, publicado en 1982. Uno puede dejar de preguntarse si Black Mirror, El juego del calamar y tantos otros productos de la TV no se inspiraron en esta obra que, precisamente, cuestiona a la TV.
Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, del 2005. Hay quienes no consideran (erróneamente) esta obra como una de ciencia ficción, pero el mundo distópico que recrea, donde la biotecnología y la clonación son el tema, la hacen una obra tan aterradora como bella.
Sumisión, de Michel Houellebecq, publicada en 2015. Es el mismo año de los ataques a la revista Charlie Hebdo, lo que llevó a que la obra fuera catalogada de islamofóbica. ¿Lo es? ¿Amenaza la inmigración a Francia? Lean a Raspail (El desembarco) y sabrán adónde apunta Houellebecq.
Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, del 2017. Extraordinaria (y merecidamente premiada) novela de esta escritora argentina que lleva al límite la dichosa pregunta ¿realmente somos lo que comemos?
Qualityland, de Marc-Uwe Kling, también del 2017. Una divertida diatriba contra el hipercapitalismo y la más estúpida de sus invenciones: el algoritmo de selección (que de alguna manera Shoshana Zuboff denunciaba en su famosa obra La era del capitalismo de la vigilancia).
Esta obra, Máquinas mortales (2001), está fuera de lista, pero si la incluyo es por una sencilla y pueril razón: el héroe de esta es un historiador. Como es usual, Hollywood la desfiguró por completo en su adaptación.
