Descubre Cómo el Catolicismo se Convirtió en la Garantía Impuesta que Cambió Méxicopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Para la mayoría de los mexicanos el 21 de junio representa el fin de la primavera y el inicio del verano. En algunas regiones del país y entre muchos católicos existe la idea de que se trata de una herida no cerrada. La historia de México ha estado intrínsecamente ligada al papel de la Iglesia católica, especialmente en momentos cruciales como la Independencia y los posteriores conflictos por la configuración del Estado. Uno de estos momentos fundamentales fue la proclamación de las famosas "tres garantías".

Las Tres Garantías del Plan de Iguala y el Papel de la Religión

Independencia, religión y unión fueron hace 200 años las tres garantías contenidas en el Plan de Iguala y por las cuales se llamó Trigarante al Ejército que juró defenderlas durante una ceremonia en Iguala el 2 de marzo de 1821. Estas garantías establecían pilares fundamentales para la nueva nación. El primero de los 24 puntos del Plan de Iguala, antes de mencionar la independencia, dice que la religión 'es y será la católica, apostólica y romana, sin tolerancia de otra alguna'.

Con esa garantía expuesta en Iguala y aprobada en aquel contexto histórico por todos, la Iglesia vio salvaguardados sus intereses como lo ha procurado siempre, incluso antes y después de las Leyes de Reforma y de la Guerra Cristera. La ’relativa facilidad y rapidez’ con que se llevó a cabo el programa político y social -siete escasos meses- planteado por Agustín de Iturbide, se debió a que reiteró ’la salvaguarda de la religión proclamada desde Hidalgo’, reconoció y sumó tanto el legado insurgente como el constitucionalismo moderno, ’particularmente el hispánico’. Por ello fue apoyado por ’la variopinta sociedad de entonces: indígenas, criollos, castas y peninsulares; eclesiásticos y militares, comerciantes y funcionarios; ciudades, villas y pueblos; letrados y universitarios, corporaciones y gobernantes’.

La Hegemonía Católica en la Nueva España

A mediados del siglo XVIII, la Iglesia católica era, con gran ventaja, la institución más poderosa en la Nueva España, rival incluso del gobierno de la Corona. Ocupaba en México el centro del escenario: su influencia era importantísima, era el propietario más rico de la nación. Como institución consistía en una multiplicidad de corporaciones u organismos perpetuos, desde monasterios y conventos, establecimientos de caridad, hospitales, cofradías, capellanías. Las escasas parcelas entregadas a los primeros frailes para fundar monasterios se convirtieron en vastas propiedades urbanas y rurales.

Con el establecimiento de la iglesia, y con ello la religión católica a través de la evangelización, le permitió fungir en el grueso del proceso de adoctrinamiento y posterior educación de los pueblos, la cual partía a través de la difusión de la fe y celebración de rituales religiosos que fomentaban la participación e inclusión de la población. La Iglesia católica llegó a ser una institución de tal fortaleza que en el ámbito financiero se dedicaba a organizar y administrar bienes, no sólo enfocados a lo religioso, lo cual viene a ser su acción de origen, sino que su labor iba más allá de lo espiritual y de la acción social.

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Esto hacía latente su presencia e incidencia de intereses en todos los ámbitos posibles; su peso en la Nueva España cumplía con tres grandes condiciones en el ejercicio del poder: ser importante, dominante y determinante; esto le permitía ir configurando la cultura de un pueblo mexicano que por su idiosincrasia lo hacía moldeable. La Iglesia católica gozaba de un papel preponderante; era la institución que poseía mayor riqueza, tierras, cofradías, hospitales, escuelas y por supuesto, poder político.

El Clero y el Movimiento de Independencia

La Independencia de México fue el resultado de un movimiento armado impulsado por hombres y mujeres influenciados por ideas de la Ilustración, así como por la coyuntura que generó la invasión Napoleónica a España en 1808, a través de un plan que buscaba poner fin al dominio de la Corona Ibérica sobre la Nueva España. El clero ilustrado eran sacerdotes con una educación adicional a la formación religiosa, y que en esa época estaban influenciados por las ideas de la Ilustración, populares en Europa.

Uno de ellos fue Miguel Hidalgo y Costilla, párroco en el pueblo de Dolores, Guanajuato en el centro del país. Hidalgo se unió a una sociedad secreta que impulsaba la creación de un congreso para gobernar el territorio a nombre del rey Fernando VII, quien había sido depuesto por las tropas de Napoleón Bonaparte. La conspiración fue descubierta y el 16 de septiembre de 1810 el sacerdote reunió a una multitud en Dolores y emprendió la lucha contra el Virreinato. Sin embargo, la jerarquía católica reprobó la insurrección, e inclusive excomulgó al sacerdote. En la época de la Independencia "el bajo clero ilustrado no tenía control del aparato, pero sí de las masas".

Hidalgo fue derrotado en 1811. Meses después fue sentenciado a muerte pero la guerra por la independencia no se detuvo. Otro sacerdote, José María Morelos, se hizo cargo del Ejército Insurgente aunque también fue derrotado. Luis González y González afirmó que, en un abrir y cerrar de ojos, los pastores y sus rebaños, con palos y piedras, machetes y pocas armas de fuego, pusieron a la Nueva España, a punto de convertirse en México, en una situación lamentable, de desastre, pero con olor a incienso.

La Lucha por la Separación Iglesia-Estado: Reformas y Conflictos del Siglo XIX

En 1821 México había logrado consumar su independencia política de España, pero faltaba la independencia del Estado mexicano respecto de la Iglesia y del ejército. Después de conseguir la primera en una sangrienta batalla de once años, hubo que luchar por la segunda durante casi medio siglo. Para la historia política de México en el siglo XIX fueron decisivas las relaciones entre la cúpula dirigente del clero católico mexicano y la oligarquía en el poder. Sus enfrentamientos influyeron en forma determinante en la conformación del Estado.

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Las reformas Borbónicas de mitad del siglo XVIII hicieron posible el debilitamiento de la Iglesia - al menos en parte- puesto que arrebató a las corporaciones los privilegios de los que gozaban. De ello que entre 1770 y 1810 se establece una separación entre la religión y la educación, teología y ciencia, Estado religioso y sociedad. En 1833 el Gobierno Mexicano prohibió que las órdenes religiosas traspasaran sus bienes raíces sin la aprobación del mismo. Miranda Lida explica que desde las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII hasta la Cristiada, la historia de la Iglesia mexicana verificó un recorrido en el cual se pasó de una actitud defensiva a otra abiertamente ofensiva.

Evidentemente el descontento por parte de la Iglesia católica y de sus partidarios no se haría esperar y para 1834, con el apoyo decidido de los conservadores y bajo el amparo del gobierno de Santa Anna, revocó la mayor parte de la legislación reformista; además impuso un nuevo orden constitucional: Las siete leyes, que entre otras cosas reafirmaba los fueros clericales y establecía que el catolicismo sería la religión única en México. A pesar de todo, la derrota liberal no significó el fin de los actos del gobierno contra las propiedades de la Iglesia, aun cuando estas medidas fuesen motivadas más por la necesidad económica que por la ideología. Así, en 1842, un gobierno conservador anuló el decreto de 1836, y se encargó de la administración e inversiones del Fondo Piadoso de las Californias, con que se habían sostenido las misiones en California, y después absorbió en el tesoro público dicho fondo.

Sin embargo, para 1854, el Plan de Ayutla arrancó con el firme propósito de derrocar el despotismo del dictador Antonio López de Santa Anna. La ley Juárez de 1855 tenía como principal propósito la reorganización jurídica del país. Durante 1856 y 1857 se deterioraron las relaciones entre la Iglesia y el Estado; la brecha entre ambos pronto fue imposible de colmar. El gobierno acusó a los prelados y al bajo clero de sedición y de fomentar la guerra civil; hubo clérigos expulsados de ciertos estados, por oposición a la ley.

Evidentemente el clero se opuso a todos los artículos que otorgaban libertades y reducían su parámetro de dominio, por ejemplo, la libertad de prensa y expresión, porque de antemano era sabido que esta situación potenciaba las posibilidades de ser punto de las críticas. Por lo anterior, la jerarquía eclesiástica insistió en que todos los cambios debían hacerse tomando en consideración el punto de vista del Papa. Es entonces cuando las relaciones entre Iglesia y Estado se tensan, sufriendo fracturas que tuvieron por resultado el establecimiento de marcadas diferencias tanto ideológicas, como políticas.

En los hechos implicó la separación de la Iglesia de las tareas de gobierno, pero lo que más causó inconformidad fue la obligación de vender sus propiedades. El conflicto se profundizó cuando las Leyes de Reforma se incluyeron en la Constitución de 1857. En represalia Napoleón III envió tropas para invadir México. La decisión fue apoyada por los conservadores y la iglesia. Inclusive en 1863 promovieron la creación de un estado monárquico en México gobernado por Maximiliano de Habsburgo. La invasión fue derrotada en 1867. José María Luis Mora reconocía la importancia moral y social de la religión, pero negaba su origen divino y, por tanto, lo intocable de las propiedades eclesiásticas. México fue escenario de luchas y de confrontaciones, la Iglesia no dejó de inmiscuirse en los asuntos de competencia nacional debido a que sus intereses estaban de por medio; gracias a ello prácticamente todas las reformas impulsadas entre 1821 y 1867 tuvieron por objetivo acotarla, limitarla y recluirla en sus templos.

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La Guerra Cristera: Una Reacción a la Secularización

En 1925 el gobierno intentó formar una iglesia cismática, una iglesia católica, apostólica y mexicana cortando relaciones con el Vaticano. La jerarquía católica trató de frenar en los tribunales el decreto presidencial pero sin éxito. En 1926, cuando la ley empezó a aplicarse, la iglesia suspendió el culto público. En respuesta las autoridades cerraron todos los templos con el argumento de hacer un inventario, pues legalmente los recintos son patrimonio nacional. "En muchos lugares la gente se amotinó o llenó los templos para impedir su cierre y empezó a correr la sangre" recuerda Jean Meyer.

"Así de manera espontánea entramos en la etapa de la lucha armada. Pasó a la historia como una cristiada que duró del verano de 1926 al 21 de junio de 1929". A este período se le conoce como la Guerra Cristera pues quienes se enfrentaron al Ejército lo hicieron en nombre de la religión católica. No hubo ganadores, asegura Jean Meyer. "Era una situación muy difícil, fue como un empate". Una de las razones centrales para terminar el conflicto fue el alto número de víctimas. Más de 250 mil personas murieron en la Cristiada pero de ellos unos 80 mil eran combatientes, dice Jean Meyer. El resto fueron campesinos de las tierras donde se libraron las batallas. Por eso, afirma el maestro del CIDE, la Guerra Cristera es uno de los momentos de más violencia en la historia de México.

La influencia de ese período aún permanece en algunos sectores del país, sobre todo en la iglesia Católica. Varios sacerdotes y combatientes cristeros han sido canonizados por Juan Pablo II y el papa Francisco. De los 31 santos mexicanos 26 participaron en la Guerra Cristera. El más reciente fue José Sánchez del Río, un adolescente de 14 años quien según la iglesia fue ejecutado en 1928 por el Ejército en Sahuayo, Michoacán.

La Naturaleza de la Iglesia Católica y su Influencia Social

Con dos milenios de historia, la Iglesia católica es la institución internacional más antigua del mundo y ha influido en la filosofía occidental, la ciencia, el arte y la cultura. Se considera a sí misma heredera de la tradición y la doctrina de la iglesia primitiva fundada por Jesucristo y, por lo tanto, como la única representante legítima de Cristo en la Tierra. De acuerdo al Catecismo de la Iglesia católica, esta es «una, santa, católica y apostólica».

La Iglesia es una debido a su origen, Dios mismo, y es santa mediante sus fieles y sus fines. Es católica con el significado de universal en cuanto busca anunciar la Buena Nueva y recibir en su seno a todos los seres humanos. La noción de Revelación es central en su doctrina. El obispo de Roma, el Papa, goza de un estatus de jerarquía suprema, poseyendo el primado sobre todos los demás obispos y la plenitud de la potestad de régimen.

La Iglesia católica es una organización jerárquica en la que el clero ordenado está dividido en obispos, presbíteros y diáconos. El gobierno de la Iglesia católica reside en los obispos considerados como colegio cuya cabeza es el obispo de Roma, el papa. La politización del factor religioso −estructural institucional, cuerpo de símbolos y creencias, aparato ritual− se explica por cumplir una función de cohesión social. El problema radica en el momento mismo en que la Iglesia católica se percata de su fuerza como instrumento de control e influencia; es decir, la magnitud de su estructura tanto en el ámbito de lo social como político y económico distribuido a lo largo del territorio nacional. Por ello, las creencias religiosas influyen en la cultura de los pueblos, culturalizando a la sociedad con pautas de significado y prácticas morales.

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