Pagar impuestos es una obligación común para ciudadanos de todo el mundo, aunque no siempre sea de nuestro agrado. Pocas veces nos detenemos a pensar en su origen y evolución. La palabra impuesto proviene del término latino impositus, y este concepto se refiere al impuesto exigible según la capacidad económica de quien está obligado a pagarlo. Los impuestos son las contribuciones que deben pagar por ley los ciudadanos y las empresas para que el Estado pueda cubrir las necesidades comunes.
Desde que el ser humano comenzó a organizarse en sociedades, los impuestos surgieron como una manera de recaudar recursos para subsanar las necesidades de la comunidad. Puede decirse que el tributo o impuesto es milenario para la humanidad, y su aparición se debe a la religión, a la guerra y al saqueo. Estos pagos financian una variedad de servicios públicos y funciones gubernamentales, desde la construcción de infraestructura hasta la educación y la salud.
Los Impuestos en las Civilizaciones Antiguas
La historia de los impuestos se remonta a tiempos antiguos, incluso a tiempos primitivos, cuando la gente del Paleolítico sacrificaba animales o personas a los dioses para calmar su ira y expresar su gratitud. En un principio, las personas contribuían con su trabajo y bienes como pieles, parte de sus cosechas, terrenos y animales. Más adelante, comenzaron a recaudarse metales como el oro, la plata y el cobre. Civilizaciones tan antiguas como la babilonia o del Valle del Indo establecieron sistemas de recaudación.
La evidencia más antigua de impuestos proviene de Sumeria, en la antigua Mesopotamia, hacia el 3000 a.C., donde los ciudadanos entregaban bienes como parte de un sistema de redistribución controlado por templos y palacios. No se utilizaba dinero, sino que el pago se realizaba en especie: cereales, ganado o trabajo obligatorio. Una de las primeras funciones de la escritura fue la de llevar un registro de la compra y venta de artículos, así como los contratos celebrados entre particulares, del mismo modo se registraban las aportaciones de los ciudadanos al erario público.
Egipto: Los Orígenes de la Recaudación Formal
Una de las primeras civilizaciones en implementar el cobro de lo que hoy conocemos como impuestos fue la civilización egipcia. En el antiguo Egipto, el primer sistema fiscal conocido data del 3000 al 2800 a.C. En el Egipto de los faraones, ya se cobraban impuestos sobre las cosechas. Esta misma práctica existió en Egipto, donde los campesinos pagaban tributos al faraón bajo la forma de corvea (trabajo forzado) o del diezmo agrícola. Las formas de impuestos más antiguas y más extendidas fueron la corvea y el diezmo. La corvea consistía en trabajo forzoso proporcionado al estado por campesinos demasiado pobres para pagar otras formas de impuestos. Los registros de la época documentan que el faraón realizaría una gira bienal por el reino, recogiendo los diezmos del pueblo.
Lea también: Auditoría Integral: Origen y Concepto
Gracias al aporte del pueblo, disfrutaban de una economía organizada y rica. Es importante destacar que los habitantes de esta civilización tenían fuertes motivos para aceptar pagar impuestos incluso si significaban trabajo forzoso. En la antigüedad, formar parte de un grupo humano era necesario para sobrevivir; al principio las personas se organizaron en tribus, después en aldeas y eventualmente en ciudades. Formar parte de una ciudad significaba tener acceso a bienes diversos, así como a la protección de un ejército. Los egipcios fueron de las primeras civilizaciones en acuñar monedas. Los distintos sellos que se imprimían sobre el metal aseguraban que el peso de la pieza correspondía a cierto valor, y el sello significaba que un gobierno avalaba el valor de la moneda.
Grecia: Liturgias y Tesoros Públicos
Comenzaremos nuestro paseo por la historia de los impuestos en Grecia, concretamente, antes de la aparición de la democracia. En la época de la monarquía, sólo podía ser ciudadano quien contribuía con sus propios bienes a determinados gastos públicos. Los antiguos griegos eran muy buenos comerciantes y se dedicaban principalmente a la agricultura y al comercio marítimo de granos, especias, papiros, cerámica, vino, aceite de oliva, mármol y monedas de plata. En el siglo V antes de Cristo, el puerto ateniense del Pireo era el centro comercial más importante del mundo antiguo. Los atenienses consumían sólo una parte de todas las mercancías que llegaban al Pireo y, por ello, vendían el resto a otros países y ciudades-estado.
Sólo los más ricos pagaban tributos que eran aplicados a las casas, vino, esclavos, heno, ganado, entre otros bienes. En Atenas, los ciudadanos más ricos eran llamados a financiar obras públicas mediante «liturgias», un sistema de impuestos voluntarios y honoríficos. Estas contribuciones financiaban desde festivales hasta buques de guerra. En la Grecia clásica, Atenas encabezó la liga de Estados. Estos le pagaban una cantidad anual para construir barcos y equipar a los soldados: el Tesoro de Delos. Pericles trasladó el Tesoro de Delos a Atenas y decidió que dicho tesoro se empleara no sólo para fines militares, sino también para la construcción de edificios públicos, por ejemplo, el Partenón y el Erectión. Ciudades estado como Atenas comenzaron a acuñar monedas con búhos y otros animales para reconocer su origen.
Roma: Expansión y Diversificación Fiscal
Tras los griegos llegaron los romanos, un pueblo conquistador, con un gran sentido práctico y que se distinguió por la construcción de importantes obras públicas, como las calzadas y los acueductos. Roma obtenía mucha riqueza por el alquiler de todas las tierras que iba conquistando y también por el botín, es decir, el dinero y los bienes que quitaba a los pueblos vencidos en las batallas. Pero además, estableció varias clases de impuestos. En el Imperio Romano, los primeros impuestos fueron los de las aduanas y los derechos de importación y exportación llamados Portoria. En las vías o carreteras se cobraban los portazgos, que eran cantidades que había que pagar para entrar en las ciudades. Otros impuestos recayeron sobre las herencias, las ventas de esclavos o los objetos de lujo.
Por otra parte, los Romanos, al igual que civilizaciones que le precedieron, recaudaban impuestos que eran aplicados a la tierra, las herencias, importación y exportación, los esclavos, entre otros. Estos tributos eran pagados con bienes, servicios o con monedas. Siguiendo los pasos de la civilización griega, los romanos también acuñaron monedas que eventualmente pasaron a ser la forma válida de pago de impuestos. Algunos de los impuestos que tenemos hoy en día son “herederos” de los impuestos romanos.
Lea también: Desarrollo de la Contabilidad Fiscal
La Edad Media y el Establecimiento de Sistemas Tributarios
Durante la Edad Media europea, los impuestos se descentralizaron. Los señores feudales exigían tributos locales, mientras que la Iglesia cobraba el diezmo: una décima parte de la producción agrícola. La reintroducción de la moneda por Carlomagno en el siglo VIII permitió volver al cobro monetario. Un hecho histórico que dio un giro a la forma de pago de las contribuciones fue cuando Carlomagno mandó acuñar la primera moneda con su rostro, ya que, debido a esta situación, las contribuciones dejaron de pagarse en especie y ahora debían pagarse con monedas. En Inglaterra, el Parlamento adquirió poder para aprobar impuestos en el siglo XIII. También, fue durante la Edad Media que pequeñas ciudades como Brujas adquirieron gran importancia. Al ser un puerto, recibía mercancías preciadas de todo el mundo, y el sistema de aduanas y los impuestos sobre los lujosos productos de importación brindaron un esplendor económico sin precedentes a la ciudad, dando lugar así a los primeros aranceles.
El Surgimiento de los Impuestos Modernos y el Impuesto sobre la Renta
Con el surgimiento de las monarquías absolutas y los estados nacionales, se estandarizaron los sistemas tributarios. En Inglaterra se aplicaron impuestos para pagar la guerra con Francia. En 1791 se estableció un impuesto sobre el whisky, luego con el tiempo el impuesto se extendió a viviendas, tierras, esclavos y plantaciones.
En su origen, el impuesto sobre la renta fue la respuesta a un momento de emergencia. A comienzos de 1798, el Reino Unido era la única potencia que seguía en guerra contra la Francia Revolucionaria. En noviembre de 1797, el primer ministro Pitt manifestó su intención de triplicar la recaudación de los años anteriores gravando los bienes suntuarios: posesiones tales como los caballos, los carruajes, los relojes o los sirvientes masculinos. Consciente de los recelos que despertaba, según Pitt, "el plan debería ser difundido tan ampliamente como sea posible; debería ser regulado tan justa y equitativamente como sea posible, sin que se haga necesario investigar las propiedades, cosa que las costumbres, maneras y aspiraciones de la gente encontrarían odiosa y vejatoria".
El primer ministro estaba convencido de que la necesidad de defenderse frente al enemigo sería razón suficiente para justificar el impuesto, pero se encontró con una firme oposición en el Parlamento. Su propuesta llegó a calificarse de "monstruosa" y "atroz retoño de Robespierre". A pesar de todo, la apelación al patriotismo y a los riesgos que conllevaría la bancarrota logró la aprobación del conocido como "triple gravamen" el 12 de enero de 1798. No es de extrañar, pues, que los primeros intentos de introducir tal tributo provocaran numerosas críticas, como la del escritor y político Thomas Paine: "Lo que antes se inició como pillaje, asumió luego el elegante nombre de recaudación."
El impuesto contó con ardientes defensores, como el influyente obispo de Llandaff, Richard Watson, quien arguyó que "los paliativos son inútiles y las medias tintas no pueden salvarnos". Pero fueron más las opiniones contrarias. A la postre, el tributo no surtió el efecto esperado y sólo recaudó dos de los cuatro millones y medio de libras previstos. Aunque compensado por las contribuciones voluntarias para la guerra, ese fracaso llevó al primer ministro a abandonar su idea inicial y allanó el camino para gravar directamente la renta.
Lea también: Orígenes de la Práctica Contable
En medio del descontento popular, Pitt buscó alternativas fiscales más acordes con la capacidad económica de los contribuyentes y resolvió gravar todos los ingresos sin importar su procedencia. Como resultado, el 9 de enero de 1799 el Parlamento británico aprobó el primer impuesto sobre la renta de la era moderna. Consistía en una tasa progresiva que, dejando exentas las rentas inferiores a 60 libras, ascendía hasta alcanzar el diez por ciento sobre las rentas de más de 200 libras. Incluía, además, reducciones según el número de hijos menores de seis años que tuvieran a su cargo los contribuyentes. De nuevo, las opiniones contrarias a la política impositiva de Pitt no tardaron en hacerse oír. La aprobación del impuesto sobre la renta fue vista como una intolerable intromisión en la privacidad.
El impuesto sólo estuvo vigente hasta la firma del tratado de Amiens, que puso fin a la guerra con Francia en 1802. Pero las hostilidades se reanudaron apenas un año después y el sucesor de Pitt, Henry Addington, recurrió de nuevo a él. Eso sí, evitó por todos los medios llamarlo impuesto sobre la renta. No sin esfuerzo ni resistencias, la salud de la tesorería británica mejoró notablemente. Poco a poco, el sistema impositivo inglés empezó a estudiarse en el resto de Europa. Al final de las guerras napoleónicas, sin embargo, las voces en contra del tributo resurgieron con fuerza y lograron su abolición en 1816.
El impuesto no volvió a materializarse hasta 1842, y desde entonces empezó a expandirse. En 1862, Lincoln lo instauró en Estados Unidos para sufragar la guerra civil. En 1864 llegó a una Italia en proceso de unificación. Tras décadas de debates, en Francia se aprobó en 1914, al inicio de la primera guerra mundial. Hoy en día, el impuesto sobre la renta es una de las principales fuentes de recaudación de muchos países del mundo. En general, se acepta su necesidad para el buen funcionamiento de los servicios públicos, aunque eso no significa que no sea objeto de discusión.
Los Impuestos en México: Desde la Época Prehispánica hasta la Actualidad
Sería erróneo creer que mientras las antiguas civilizaciones florecían en otras latitudes del mundo, en México no pasaba nada. En buena parte del territorio que hoy es nuestro país se extendió el imperio azteca. En el México prehispánico, especialmente en el Imperio mexica, existía un sistema tributario altamente estructurado. Los registros pictográficos como la Matrícula de Tributos y el Códice Mendoza detallan los tipos de bienes exigidos: mantas, maíz, cacao, algodón, pescado, y otros productos regionales entregados en varias periodicidades. Los aztecas sometían a otros pueblos y los obligaban a pagar tributos que podían consistir en personas (para ser esclavas o sacrificios) o en mercancías y materias primas propias de cada región. Especialmente los granos de cacao y el maíz fueron bien apreciados entre los tributos rendidos a los mexicas. Este sistema no era equitativo y en cualquier momento los aztecas podían exigir más de los pueblos conquistados. Muchos pueblos oprimidos por los mexicas vieron en los españoles la oportunidad de liberarse y, aliándose a ellos, formaron parte de la conquista de México.
Periodo Colonial y la Independencia
Eventualmente, el sistema de gobierno cambiaría y se establecería el virreinato de la Nueva España en nuestro país. Bajo este sistema de gobierno, se estableció un sistema de recaudación con más regulaciones, pero no por ello más justo. Un impuesto imperante en la Nueva España fue la alcabala, vigente desde 1571 hasta los primeros años de independencia de México. Este impuesto se aplicaba sobre todas las transacciones de compra-venta. Inicialmente consistía en el 6% sobre el valor del bien, pero llegó a alcanzar el 8%. La alcabala, instaurada en Nueva España a partir de 1575, gravaba con 6% (luego hasta 8%) las ventas de bienes muebles, inmuebles y ganado. El repartimiento de mercancías fue otro mecanismo clave: distribuía bienes a pueblos indígenas como adelanto, que luego debían devolver en especie o efectivo. Tras la Independencia en 1821, el sistema fiscal colonial quedó inoperante.
México Post-Revolucionario y el Sistema Moderno
Durante la Independencia, la recaudación en México fue irregular. Es bien sabido que tras cualquier revolución, los gobiernos tardan en regularse y en establecer orden, de tal suerte que, inicialmente Hacienda continuó cobrando los mismos impuestos que la Nueva España. Tras dicho cambio, los siguientes gobiernos trabajaron para reformar el sistema tributario del país y alcanzar un sistema más justo y eficiente. La implementación de las Siete Leyes en 1836 pasó de un sistema federal a uno centralista. Esto transformó la distribución del control fiscal, concentrando en el gobierno central la autoridad para establecer gravámenes y reorganizar haciendas estatales. Durante el gobierno de Benito Juárez se reformaron los impuestos sobre la minería en busca de fortalecer la economía del país, facilitando la producción y bajando los costos de la metalurgia.
Durante el porfiriato, algunos revolucionarios comenzaron a imaginar el Impuesto Sobre la Renta, un impuesto que representara una contribución directa, proporcional al capital y que aportara más recursos al erario público. Ricardo Flores Magón fue uno de los grandes defensores del ISR. La Revolución, como la Independencia, constituyó un periodo de inestabilidad y grandes cambios, sin embargo, también fue el tiempo de las reformas y México se terminó por establecer como una federación. Esto quiere decir que el poder, en lugar de estar centralizado, está dividido en tres: el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial. A su vez, se otorga soberanía a los estados que componen la federación.
En la República posrevolucionaria, se formalizó el Impuesto Sobre la Renta (ISR) en 1925, adoptado por Plutarco Elías Calles, como contribución directa gravando ingresos personales y corporativos. En 1980 se creó el IVA, reemplazando antiguos gravámenes sobre ingresos mercantiles. Posteriormente, el SAT fue instaurado en 1995 como órgano especializado para fiscalización digital, administración del RFC y vigilancia tributaria moderna. En México, el sistema impositivo está regulado por el Servicio de Administración Tributaria (SAT). La reforma laboral de 2021 en México dio origen al Registro de Prestadoras de Servicios Especializados u Obras Especializadas (REPSE), un mecanismo que impacta directamente en el cumplimiento fiscal de las empresas y en la deducibilidad de los servicios subcontratados.
Propósito y Tipos de Impuestos
La estabilidad económica permite al gobierno ofrecer servicios como educación, salud y seguridad, y a través de los impuestos, se busca reducir las desigualdades económicas. Los impuestos pueden ayudar a controlar la inflación y el crecimiento económico.
Clasificación de los Impuestos
- Impuestos Directos: Gravan riqueza, ingresos o propiedades de forma personal e intransferible. Están basados en la capacidad económica del contribuyente.
- Impuesto Sobre la Renta (ISR): se basa en los ingresos obtenidos por una persona o empresa. Ejemplo: predial.
- Impuestos Indirectos: Gravan el consumo. El vendedor recauda el impuesto y lo entera al fisco.
- Impuesto al Valor Agregado (IVA): se calcula como un porcentaje del precio de venta de bienes y servicios.
- Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS): su cálculo varía según el producto.
En un mundo en constante cambio, los sistemas fiscales también están evolucionando. Los impuestos son la base sobre la que se construye la sociedad moderna. Al pagar impuestos, no solo estamos contribuyendo al funcionamiento del gobierno, sino también participando en la construcción de una comunidad más equitativa y organizada.
