¿Qué es la Autoridad Moral?
Al hablar de este punto, resulta necesario presentar una definición de autoridad moral.
Esta puede entenderse como el respeto o reconocimiento que recibe una persona cuando actúa de acuerdo con sus principios, mantiene una conducta coherente y demuestra una gran ética.
Tiene autoridad moral, la persona que pone el ejemplo y es congruente.
Este tipo de respeto se suele ganar cuando alguien se desempeña de acuerdo con lo que defiende y con lo que se espera de esa persona.
Para que alguien pueda decir «tengo autoridad», se considera que debe dar ejemplo.
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Es decir, no se le puede pedir al resto de las personas que hagan algo que uno mismo no hace.
Este es uno de los puntos más importantes de la autoridad moral.
Reconocerle autoridad moral a una persona equivale a confiar en su congruencia moral, en su honestidad y, como toda confianza, es difícil de ganar y muy fácil de perder, además es muy difícil de recuperar.
Un punto importante de este tipo de individuos es que buscan no juzgar al otro.
Autoridad Moral y Poder: Distinciones y Consecuencias
La autoridad es reconocida y manda cuando es el resultado de la encarnación de un ideal o télos al que se somete quien desea alcanzar el mismo.
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Viene al caso la consideración de J.M. Bochenski (1979: 103), según la cual “(…) para que exista una autoridad tiene antes que darse un objetivo deseado y, segundo, el sujeto debe creer que el cumplimiento de las órdenes adecuadas es una condición necesaria para el logro de ese objetivo.”
Por ser un ideal encarnado, la autoridad moral es la consecuencia natural de un trabajo previo sobre el propio carácter moral por parte del que la ejerce.
La autoridad moral es lo que distingue a una persona con poder de mando, de un líder.
A la autoridad se le gana con el ser, pensar y actuar de una persona, no va implícita con un cargo público (ni privado).
Sin duda, la autoridad va ligada al concepto de legitimidad.
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Hay que distinguir en las personas constituidas en autoridad lo que es propiamente su autoridad moral, si la poseen, y lo que es su poder de gobierno.
Autoridad moral y poder de gobernar tendrían que ir siempre juntos, pero debido a la debilidad de la naturaleza humana, no es siempre así, por lo que puede haber personas con poder de gobierno y sin autoridad moral (Suma de Teología, II-II, q.102, a.2).
Entonces se pueden producir abusos de poder por parte de algunos a causa del ejercicio de su oficio de gobernar, que no se deben a su autoridad moral, la cual no es poseída por ellos.
Perder la autoridad -por falta de oficio político, por carecer de ética o por fracasos en los resultados- es presagio de perder el poder-si lo tuvo- y el prestigio.
Una prueba de lo anterior es cuando alguien desea mantenerse en el poder al margen del Derecho y sostenerse sólo a través de mecanismos de fuerza.
En el mundo hay políticos que han sido presionados a renunciar a sus cargos al demostrar, por alguna o algunas razones, su falta de autoridad moral.
La Autoridad Moral en la Vida Cotidiana y la Esfera Pública
La autoridad moral no solo aparece en grandes figuras históricas o líderes reconocidos.
También puede verse en la vida cotidiana, cuando una persona tiene legitimidad para opinar, aconsejar o defender una postura porque actúa con coherencia y respeto.
En la política, la autoridad moral puede servir para respaldar causas sociales, movimientos pacíficos o decisiones que buscan el bien común.
Existen diferentes figuras que, a lo largo del tiempo, se han establecido como autoridades morales gracias a sus valores claros y a la determinación sobre sus creencias.
Un claro representante de esto es Mahatma Gandhi, quien tenía ideas muy claras sobre cómo se debía vivir y pregonaba una filosofía basada en la paz.
A raíz de este tipo de filosofía nacieron diferentes opiniones y movimientos con el paso del tiempo.
La sociedad se rige por una serie de normas y reglas que permiten que la mayoría de las personas puedan vivir en paz.
Ética en la Función Pública
Recientemente hemos estado conociendo sobre el comportamiento indebido y la denuncia de algunos gobernantes y funcionarios públicos.
La Ética en la Función Pública debiera ser una materia en la currícula de las carreras que se refieran al gobierno y a la administración pública.
Esperamos que en el futuro los puestos de gobierno sean considerados para servir y no para servirse del poder.
Hay muchos funcionarios honestos, pero en ocasiones el ambiente propicio a la ilegalidad hace caer en ella, es necesario insistir por los distintos medios de comunicación para que todos los ciudadanos se enteren de que en la administración pública no se deben aceptar “mordidas”, “gratificaciones” o “sobornos”.
Perspectivas Filosóficas sobre la Autoridad Moral y la Obediencia
En su libro The Invention of Autonomy, J.B. Schneewind (2005: 3-13) afirma que la antigua ‘moralidad de la obediencia’ fue superada por la ‘autonomía moral’ en la Ilustración, oponiendo así autonomía moral y obediencia, y considerando a esta última como un defecto, por su falta de racionalidad.
En contraste, H.G. Gadamer (1994: 235-237) en Verdad y método, atribuye la noción contemporánea de ‘autoridad’, entendida como aquella a la que se le debe una obediencia ciega, a la deformación que sufrió ese concepto en la Ilustración.
El rechazo de la autoridad por parte de los ilustrados, dice este autor, les impidió verla como lo que es, es decir, una fuente de verdad.
Para el pensamiento contemporáneo es difícil reconocer la autoridad moral en la medida en que ha heredado la idea ilustrada según la cual la razón debe estar libre de todo supuesto que no sea ella misma.
Gadamer (1994: 235) critica a J. Habermas que considere el poder de la reflexión sólo como un desenmascaramiento de falsas presunciones o subterfugios.
La Visión Clásica y Tomista
En la época contemporánea, sin embargo, Simone Weil se refiere a la obediencia como a una de las necesidades vitales del alma.
Desde esta última perspectiva, la noción de ‘obediencia’ se encuentra estrechamente unida al concepto de ‘autoridad’, en cuanto ambos términos dependen de una finalidad ínsita en la naturaleza humana y alcanzable por el hombre, desde la cual adquieren su pleno sentido.
La relación autoridad-obediencia se da en un contexto de intereses compartidos, en el que cada una de las partes del binomio ejerce el papel más adecuado a su propia condición.
Obedecer al que tiene autoridad sólo tiene sentido si hay un fin al que se ordena dicha relación, una obra común que tiene que ser realizada bajo la dirección de la autoridad, de tal manera que el grupo realice su bien común y permita, a la vez, a cada uno de sus miembros alcanzar su propio fin.
Ahora bien, el bien común y el fin moral individual no serían tales si no fuesen alcanzados en virtud del ejercicio de la autonomía moral de la persona, ya que, según Tomás de Aquino, la obediencia es una virtud, no un defecto, y se ejercita mediante la razón y la voluntad (Suma de Teología, II-II, q.104, a.1).
La obediencia no se opone a la autonomía moral, como se llegó a pensar en la Ilustración, sino que, al contrario, la potencia.
Tomás de Aquino afirma que, ‘así como en virtud del mismo orden natural establecido por Dios los seres naturales inferiores se someten necesariamente a la moción de los superiores, así también en los asuntos humanos, según el orden del derecho natural, los súbditos deben obedecer a los superiores’ (Suma de Teología, II-II, q.104, a.1).
La obediencia es, en ese contexto, una virtud moral que diferencia al hombre de los seres naturales inferiores en cuanto a su sometimiento a un superior, porque se realiza por medio de la razón y la voluntad.
Al practicar esta virtud, se obedece racional y libremente a la autoridad, la cual tiene su origen en el orden establecido por Dios, aunque no deriva de una institución divino-positiva, al modo de una especie de delegación jurídica, sino que tiene su raíz en el derecho natural.
Existe, por tanto, una dependencia moral entre los hombres que ha sido ampliamente analizada por A. MacIntyre (2001) en Animales racionales y dependientes.
El autor pone allí en evidencia la dependencia que todo sujeto moral tiene, tanto en el proceso de aprendizaje de la virtud como en su ejercicio, a través del razonamiento práctico habitual, de su relación con los demás.
Según Gadamer (1994: 236), esta dependencia ha sido ignorada por la Ilustración, que atribuye un falso poder a la razón abstracta, ignorando, desde una visión idealista, las verdaderas dependencias.
Sin embargo, de acuerdo con el pensamiento clásico asumido por MacIntyre, es natural que se den relaciones de autoridad y obediencia porque, para llegar a ser un razonador prácticomoral autónomo, se necesita de un aprendizaje dependiente de las relaciones sociales, las cuales tienen lugar en el interior de la familia y del hogar, de la escuela u otra actividad, de la comunidad más próxima y de la sociedad en general.
En el seno de esas distintas comunidades hay personas que se constituyen en autoridad moral por su situación jerárquica y, sobre todo, por haber alcanzado cierto grado de sabiduría moral reconocida por quienes les obedecen.
