La Revolución Industrial, proceso de transformación económica, social y tecnológica que se inició en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino de Gran Bretaña, marca un punto de inflexión en la historia, modificando e influenciando todos los aspectos de la vida cotidiana. Se puede diferenciar entre la Primera Revolución Industrial (1760-1850) y la Segunda Revolución Industrial (1850-1914) para hablar de este proceso. Hasta fines del siglo XVIII, la economía europea se había basado casi exclusivamente en la agricultura y el comercio, pero esta forma de producción se modificó notablemente entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX mediante la mecanización de los procesos productivos.
Causas y el origen del trabajo asalariado
El crecimiento de la productividad agrícola en el siglo XVIII llevó a una serie de modificaciones en la organización rural que, a su vez, dejaron a una gran cantidad de campesinos sin tierras para trabajar. El maquinismo exigió una importante inversión de capitales, dando nacimiento a la burguesía industrial, los dueños de las grandes fábricas, que pondrían fin a los pequeños talleres artesanales. A los artesanos, que trabajaban por su cuenta, no les quedaría otra opción que trabajar para estas fábricas y cerrar sus talleres.
Durante la Primera Revolución Industrial, hubo una migración masiva de campesinos hacia las ciudades, donde encontraban oportunidad de subsistir como trabajadores asalariados en las nuevas fábricas. Estos trabajadores, junto con los artesanos desplazados, se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo, convirtiéndose en el proletariado industrial. La introducción de la máquina de vapor, perfeccionada por James Watt, fue el paso definitivo en el éxito de esta revolución, pues su uso permitió que las fábricas comenzaran a instalarse en las grandes ciudades como Londres o Liverpool, demandando cada vez más mano de obra.
Impacto social y condiciones de vida
Uno de los efectos más visibles de la Revolución Industrial fue el crecimiento de las ciudades, que no estaban preparadas para acoger a tanta gente en tan poco tiempo. Las condiciones de vida de la clase trabajadora eran muy duras: muchas familias se veían obligadas a compartir una misma vivienda de construcción barata, y el hacinamiento era la norma. Las jornadas laborales eran largas, a veces de 12 a 16 horas diarias, y los salarios eran bajos, incluso para mujeres y niños.
Tabla: Condiciones de la clase trabajadora
| Factor | Descripción |
| Jornada laboral | 12 a 16 horas diarias. |
| Composición de la fuerza laboral | Hombres, mujeres y niños (desde los 5-8 años). |
| Condiciones habitacionales | Hacinamiento, falta de agua y saneamiento deficiente. |
| Salud | Propagación de enfermedades (tifus, cólera) y riesgos físicos. |
A pesar de estas duras condiciones, los obreros no permanecieron pasivos. Poco a poco comenzaron a organizarse y a reivindicar mejoras a través de huelgas, asociaciones obreras y sindicatos. Esta situación de injusticia llevó a la aparición de los primeros sindicatos de trabajadores y las primeras huelgas en demandas de aumentos de sueldo y mejoras en las condiciones de trabajo.
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Innovaciones técnicas y expansión
La Revolución Industrial británica fue testigo de una gran cantidad de innovaciones técnicas. La máquina de hilar permitió aumentar el abastecimiento de hilos, fundamental para la producción textil. Por su parte, la Segunda Revolución Industrial (1850-1914) se caracterizó por el aumento de la productividad industrial a partir de la introducción de la cadena de montaje y nuevas fuentes de energía, junto con el desarrollo de grandes inventos en materia de transporte, como los motores a combustión, aviones y la consolidación del ferrocarril.
El invento del ferrocarril agilizó los traslados y abarató los productos, a la vez que acercó a las regiones mejorando la circulación y las comunicaciones. Con la consolidación de este modelo, Gran Bretaña no sólo exportaba productos textiles, sino también maquinarias, capitales y técnicos, transformándose rápidamente en una gran potencia industrial.
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