En la Biblia, los cobradores de impuestos eran figuras que recaudaban los impuestos que imponía el gobierno romano, que tanto odiaba el pueblo judío. Por lo general, los demás judíos los despreciaban, porque a menudo estafaban a la gente cobrando más de lo debido. Sin embargo, Jesús interactuó con varios de estos individuos, demostrando compasión y transformando sus vidas.
Mateo, el Recaudador de Impuestos y Discípulo
Uno de los cobradores de impuestos más prominentes en la Biblia es Mateo. Sus padres, judíos muy devotos, lo bautizaron con el nombre Mateo -«regalo de Jehová»-, porque llegó como respuesta a la oración y a la larga espera del hijo varón que desearon con toda su alma. Por esta razón, y ante tantas expectativas, es posible que -al ser empleado por los romanos- Mateo sintiera vergüenza si sus padres se enteraban de que colaboraba con el imperio que avasallaba a su propio pueblo. Sus jefes y sus compañeros de trabajo lo conocieron como «Leví».
Mateo llegó a ser temido por los judíos por su implacabilidad en los cobros y por su audacia en detectar a quienes ocultaban sus mercaderías y ganancias con tal de no pagar impuestos. Cobraban impuestos, entre otras cosas, por los barcos que llegan al puerto, por las caravanas que viajan por los caminos principales y por los productos que se importan. Sin embargo, y para su beneficio, es posible que Leví se ganara la confianza de sus jefes por ser muy trabajador, disciplinado, y conocedor de su oficio. Es más, entre sus propios compañeros gozó de buena reputación y llegó a ser muy apreciado.
El nombre de Jesús llegó a oídos de Mateo. Era común entre los recaudadores de impuestos indagar y conocer las historias y fortunas de comerciantes y transeúntes de «sus caminos», mucho más cuando se trataba de gente de alcurnia o que alcanzaba notoriedad. Para sorpresa de Mateo, su nombre también era muy conocido por uno de esos «caminantes», Jesús. Jesús, por su parte -que conoce tanto la tragedia del pecado como el potencial que hay en cada vida-, pasó por su oficina y lo invitó a seguirlo. Al salir del lugar, Jesús vio a Mateo, un cobrador de impuestos que estaba sentado junto a la mesa donde se pagaban los tributos. «Sígueme», le dijo Jesús. Mateo no dudo. La palabra escuchada y la convicción fueron tan fuertes que dejó su negocio y siguió al que le llamaba (Mt 9.9). Su experiencia puede que haya sido similar a la de muchos hoy, que ante el llamado divino y la convicción plena de que es un privilegio que demanda una entrega radical, dejan todo y siguen a Cristo. En su Evangelio, él mismo cuenta que “se levantó y lo siguió” (Mateo 9:9).
Al menos en una ocasión, Jesús fue el invitado de honor de un gran banquete ofrecido por Mateo, al que asistieron recaudadores de impuestos y pecadores, muchos de ellos compañeros de su vida pasada (Mt 9.10; Mr 2.15; Lc 5.29). Más tarde, tal vez para mostrar agradecimiento por la oportunidad que le ha dado Jesús, Mateo organiza un gran banquete en su casa. Invita a Jesús, a sus discípulos y a varios antiguos compañeros de trabajo, otros cobradores de impuestos. Ese mismo día cenó Jesús en su casa. Y junto con sus discípulos había muchos cobradores de impuestos y gente pecadora. ¡Qué gesto tan precioso!
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Al ver que Jesús está comiendo con personas de esa clase, los fariseos, que se creen mejores que los demás, les preguntan a los discípulos: “¿Por qué come su maestro con cobradores de impuestos y pecadores?” (Mateo 9:11). Jesús alcanzó a oír aquellas palabras y les respondió: ―Porque los sanos no necesitan médico, y los enfermos sí. Vayan y traten de entender el texto que dice: “Misericordia quiero, no sacrificios”, porque yo no he venido a llamar a los buenos, sino a los malos. Como Jesús los oye, les dice: “Los que están sanos no necesitan un médico, pero los enfermos sí. Así que vayan y aprendan lo que significan estas palabras: ‘Lo que quiero es compasión, no sacrificios’. Porque no vine a llamar a justos, sino a pecadores” (Mateo 9:12, 13; Oseas 6:6). Probablemente, Mateo ha invitado a estos cobradores de impuestos y pecadores para que puedan escuchar a Jesús y curarse en sentido espiritual, pues muchos de ellos lo siguen (Marcos 2:15). Jesús es compasivo con los cobradores de impuestos y pecadores, pero eso no significa que apruebe sus pecados, sino que siente el mismo cariño por ellos que por los que padecen enfermedades físicas. A diferencia de los orgullosos fariseos, él no los desprecia; más bien, se compadece de ellos.
Aunque su nombre no se menciona con la frecuencia de otros discípulos, es fácil seguir la trayectoria de Mateo. Es solo cuestión de caminar con «los doce» por toda la geografía que Jesús anduvo durante su ministerio. Mateo presenció los grandes milagros del Señor, escuchó y asimiló sus enseñanzas, y confrontó los peligros del camino y de la persecución que implicaba seguir a Cristo. Fue uno de los que estuvo en la Última Cena, y de los que se durmieron en Getsemaní. Seguramente, después de la muerte del Maestro, pensó volver a su negocio; pero experimentó la sorpresa e inmensa alegría de la resurrección de Cristo.
La tradición indica que Mateo predicó por muchos años en Palestina. Fue durante ese tiempo que escribió, en el idioma hebreo, el evangelio que lleva su nombre. Más adelante, y como resultado de la persecución, huyó de su tierra natal y predicó en otros países. Fue durante esa época -aproximadamente en el año 60 d.C.- que también hizo una versión de su evangelio en griego. Leví, cuyo oficio fuera recaudador de impuestos, llegó a ser y es conocido como Mateo, uno de los discípulos de Jesús, apóstol de la iglesia cristiana (Hch 1.13) y autor del evangelio que lleva su nombre.
Zaqueo, el Jefe de Recaudadores en Jericó
Otro notable cobrador de impuestos en la Biblia es Zaqueo. Jesús llegó a Jericó y comenzó a atravesar la ciudad. Allí vivía un hombre llamado Zaqueo. Zaqueo era un rico recaudador o cobrador de impuestos. A la mayoría de las personas no les agradaban los recaudadores de impuestos. Zaqueo oyó que Jesús estaba en la ciudad y quiso saber más acerca de Él.
Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo:―Zaqueo, baja en seguida. Voy a quedarme hoy en tu casa. Zaqueo bajó muy aprisa del árbol. Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa.
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El pueblo de Jericó se preguntaba por qué Jesús fue a la casa de Zaqueo. Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente:―Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. Jesús le dijo a Zaqueo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa”. ―Hoy ha llegado la salvación a esta casa -le dijo Jesús-, ya que este también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.
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