Descubre Cómo El Congreso de Viena Cambió Europa y Restauró El Antiguo Régimenpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Entre 1815 y 1830 se desarrolla un período histórico en Europa conocido como la Restauración, considerado como un paréntesis entre los cambios habidos en Europa durante la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico que habían derrocado al Antiguo Régimen, y las nuevas oleadas revolucionarias, particularmente las de 1830 y 1848, con las que el liberalismo se fue afianzando en la Europa occidental.

El Contexto y los Objetivos de la Restauración

A raíz de la derrota de Napoleón, las grandes potencias vencedoras (Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña) promovieron la restauración de las monarquías absolutas en la Europa continental. Desde el punto de vista político, la Restauración significa el intento de restablecer la situación anterior a 1789. Sin embargo, pronto esta pretensión de volver al pasado se enfrentaría con la oposición tanto del liberalismo como del nacionalismo.

Desde el punto de vista ideológico, se basa en una ideología reaccionaria, el tradicionalismo, corriente que defiende la autoridad, el orden, la jerarquía, la religión católica y la legitimidad de las monarquías absolutas que se traduce en “trono y altar”. Desde el punto de vista histórico, intentó pasar por alto las conquistas políticas y sociales alcanzadas durante la Revolución y el Imperio. En general, cada día me convenzo más de que el único remedio que se puede oponer a este mal [la propagación de las ideas liberales] que amenaza la tranquilidad interior de todos los estados, no puede encontrarse más que en un acuerdo perfecto entre todas las potencias, que deben reunir francamente todos sus medios y esfuerzos para ahogar por todas partes ese espíritu revolucionario, que los tres últimos del reinado de Napoleón en Francia han desarrollado con más fuerza y peligros que en los primeros años de la Revolución Francesa. Así lo expresaba METTERNICH, K.

Los resultados fueron variados en Europa occidental. En Francia se restauró la dinastía de los Borbones en Luis XVIII. Allí se mantuvo la supresión del régimen feudal y el reparto de la tierra. En Gran Bretaña, el rey siguió estando controlado por el Parlamento. En el caso español, el rey Fernando VII anulaba la obra de las Cortes de Cádiz y restauraba el absolutismo en 1814.

El Congreso de Viena (1814-1815)

Una de las tareas de los dirigentes políticos de las grandes potencias europeas que vencieron a Napoleón, reunidas en el Congreso de Viena (1814-1815), fue reorganizar el mapa europeo. Poco antes de la derrota definitiva de Napoleón, las principales potencias europeas se reunieron en septiembre de 1814 en el Congreso de Viena. Bajo la dirección de los cuatro grandes vencedores de Francia, es decir Reino Unido, Austria, Prusia y Rusia, los países europeos se reúnen en Viena en septiembre de 1814, para fijar la suerte de los territorios trastocados por las conquistas napoleónicas y reconstruir un orden europeo.

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El Congreso sesionó hasta junio de 1815 y fue interrumpido poco antes de la batalla de Waterloo. Durante el congreso, Viena se convirtió en un escaparate de la más refinada vida social (campo de juego de una activa diplomacia subterránea), con veladas en salones y palacios, partidas de caza, bailes, ópera, teatro, conciertos... Beethoven estrenó el Coro para los príncipes aliados y la cantata El momento glorioso. En cuanto a Talleyrand, el realismo le hacía tan partidario del equilibrio como Castlereagh y Metternich.

Principios del Congreso de Viena

Los principios fundamentales que guiaron las decisiones fueron:

  • a) El de la legitimidad de los reyes frente a la soberanía nacional, es decir, el retorno al absolutismo.
  • b) El equilibrio entre las potencias vencedoras.
  • c) La solidaridad entre los Estados.

En definitiva, Castlereagh, Metternich y Talleyrand no deseaban restaurar las fronteras ni el orden anteriores a las guerras, sino «las libertades de Europa»: la libertad de los estados europeos frente a una potencia que, como la Francia napoleónica, pudiera imponerles su dominio.

La Reconfiguración del Mapa Europeo

Las decisiones tomadas en Viena conformaron un nuevo mapa político de Europa. Con el propósito de distribuir el poder político en el continente y generar un equilibrio que garantizase una paz duradera, el congreso acordó numerosas transferencias de territorios, cuyo número de habitantes era cuidadosamente calculado por una comisión de estadística para compensar pérdidas y ganancias.

El nuevo mapa europeo diseñado por el Congreso de Viena fue utilizado en provecho de los grandes Estados. Prusia se apropió una parte del Gran Ducado de Varsovia, la Pomerania sueca, más de la mitad de la Sajonia y, sobre todo, la mayor parte de la Renania. Rusia ratificó su dominio sobre Finlandia. Obtuvo además la tutela sobre la mayor parte de Polonia y le quitó la Besarabia al Imperio otomano. Austria, por su parte, recuperó el Tirol y recibió el reino Lombardo-Véneto así como Dalmacia.

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Gran Bretaña reivindicó pocos territorios para seguir controlando los mares. Se apoderó de las islas Heligoland y de la isla de Malta. Inglaterra no tiene ambiciones territoriales en el continente europeo. Francia, potencia derrotada, volvió a grandes rasgos a sus fronteras de 1792. Para poner fin a sus ambiciones territoriales se reforzaron dos Estados-tapón.

Por su parte, Alejandro I codiciaba toda Polonia, dividida en 1795 entre Rusia, Prusia y Austria, y que Napoleón había agrupado en su mayor parte en el Gran Ducado de Varsovia. Para ello buscó el respaldo de Federico Guillermo III de Prusia, a quien apoyó en su demanda de quedarse con el reino de Sajonia, cuyo rey había sido el último aliado alemán en abandonar a Napoleón.

Ante la oposición de Gran Bretaña, Austria y Francia, en enero de 1815 Rusia abandonó sus pretensiones sobre la totalidad de Polonia, si bien recibió gran parte de la misma. También obtuvo Finlandia, arrebatada a Suecia, país que fue compensado con la incorporación de Noruega, antes perteneciente a Dinamarca, aliada de Bonaparte. Por su parte, Prusia obtuvo dos quintas partes de Sajonia (el resto de la cual se mantuvo como Estado independiente) y recibió, además, casi toda la orilla izquierda del Rin (Renania y Westfalia), mientras que Austria incorporaba la Lombardía y el Véneto. De este modo, Prusia y Austria se convertían en un baluarte contra la temida Francia, cuyo cerco se completó con la unión de Bélgica y Holanda en el nuevo reino de los Países Bajos y la restauración del reino de Cerdeña, al que se incorporó la antigua república de Génova. Era ésta una solución satisfactoria para el Reino Unido, que veía en Prusia y Austria un dique contra la expansión europea de Rusia, de la que temía que ocupase el vacío dejado por Francia en el continente.

Así pues, la noción de «Europa de la Restauración» aplicada a la surgida de Viena tiene un alcance muy limitado. Con este fin, por ejemplo, se asumió la abolición por Bonaparte del Sacro Imperio Romano Germánico, entidad con más de ocho siglos de existencia (y unos 350 integrantes en 1804), que el congreso sustituyó por una laxa Confederación Germánica de 39 estados (Prusia y Austria incluidas), en la que los reyes de Sajonia, Württemberg y Baviera conservaban las coronas que Napoleón les había otorgado. Y se mantuvo en un principio a Murat, cuñado de Bonaparte, como rey de Nápoles.

El regreso al poder de Napoleón (el «Imperio de los Cien Días», en marzo-junio de 1815) y su derrota definitiva por Wellington en Waterloo conllevaron algunos cambios en los acuerdos: la sustitución de Murat por un Borbón en Nápoles y, para Francia, la pérdida del Sarre, una indemnización de guerra y diez años de ocupación militar.

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La Santa Alianza y la Supresión de las Revoluciones

En septiembre de 1815 los reyes de Austria, Rusia y Prusia firmaron un pacto llamado «Santa Alianza» con el objetivo de garantizar el poder de los monarcas porque «son padres de sus súbditos y deben asegurar la religión, la paz y la justicia». A este tipo de sistema se lo llama paternalista, porque se trata a los pueblos como menores de edad y se toman resoluciones por ellos sin siquiera consultarlos. Declaramos solemnemente que la presente acta no tiene por objeto más que manifestar a la vista del Universo su determinación inquebrantable de no tomar como regla de su conducta ya sea en la administración de sus Estados respectivos, más que los preceptos de esta santa religión, preceptos de justicia, de caridad y de paz. En consecuencia, Sus Majestades han convenido los artículos siguientes: Art. 1: […] los tres Monarcas permanecerán unidos por los lazos de una verdadera e indisoluble fraternidad y se prestarán en toda ocasión y en todo lugar asistencia, ayuda y socorro […] para proteger la religión, la paz y la justicia [Santa Alianza]. Art. 2: En consecuencia, el único principio en vigor entre los dichos gobernantes y entre sus súbditos será el de prestarse recíprocamente servicio […] y los tres Príncipes no se considerarán ellos mismos más que como delegados por la Providencia para gobernar tres ramas de una misma familia: Austria, Prusia y Rusia. Esto se recoge en el TRATADO DE LA SANTA ALIANZA, París, 26 de septiembre de 1815.

La principal preocupación de la Santa Alianza era combatir todo intento revolucionario que cuestionara el poder absoluto de los reyes. El espíritu contrarrevolucionario de la Santa Alianza no tenía fronteras. Se opuso terminantemente a las revoluciones en América Latina. El rey español Fernando VII solicitó a la Alianza el envío de tropas para derrotar a los rebeldes americanos y restablecer su dominio. El canciller austríaco Clemente de Metternich ideó un sistema de alianzas entre Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra para combatir todo posible resurgimiento de Francia. El sistema también servía para que estas naciones se ayudaran mutuamente en caso de revoluciones o agitaciones sociales internas. Los historiadores definieron a este sistema como una alianza de los monarcas absolutos contra los ideales revolucionarios.

Legado y Desafíos del Orden Restaurado

Los pueblos europeos no podían permanecer tranquilos observando cómo todos sus ideales de democracia, derechos humanos y libertad eran arrasados por la alianza de los absolutistas. Surgieron nuevos movimientos como el liberalismo, el nacionalismo y el romanticismo. Los nacionalistas defendían la cultura y las tradiciones de cada país, afectadas por las resoluciones del Congreso de Viena. Muchos pueblos se sentían defraudados: los polacos cuyo país es una vez más rayado del mapa, los belgas y los noruegos sujetos ahora de soberanos extranjeros, los patriotas italianos y alemanes que aspiran a alguna forma de unidad nacional. En los Balcanes, el debilitamiento del Imperio otomano refuerza el deseo de independencia de los pueblos cristianos: serbios, griegos, búlgaros o rumanos.

La tentativa de restablecer en buena parte el modelo del Antiguo Régimen no prosperó como esperaba la Cuádruple Alianza formada por Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña. Como explicó Moradiellos, “parte de las transformaciones ocurridas -el paso de los estamentos a las clases, la liberación de la propiedad, la desvinculación nobiliaria, la desamortización eclesiástica, la limitación del poder real, la implantación real o efectiva de la igualdad jurídica- no pueden volver atrás y los gobiernos llegan a compromisos para incorporar algunas reformas revolucionarias”.

El trato dispensado por el congreso a la nación dos veces derrotada (Francia) fue más generoso que el que se daría a Alemania en el tratado de Versalles, al término de la primera guerra mundial. De hecho, hasta 1914 sólo dos guerras desplazaron las fronteras dibujadas por el congreso: las de la unificación italiana (1861) y alemana (1871), ambas debidas al impulso del nacionalismo, una fuerza que Viena reprimió. Ello hizo que las guerras civiles y las revoluciones fueran incesantes en la Europa diseñada por el congreso, mientras que ninguna guerra entre estados duró más de unos meses ni involucró a las grandes potencias, a excepción de la de Crimea, derivada de la descomposición del Imperio otomano, que no había suscrito el acta final del congreso.

Su influencia se extiende hasta nuestros días. No solo porque, como recalcó Moradiellos, “el conocimiento histórico es el único referente que tenemos para afrontar las incertidumbres del futuro”, sino porque “en el Congreso de Viena nacen conceptos como el concierto europeo, es decir, la idea de que Europa es un espacio de derecho público bien señalizado respecto al resto del mundo. Se desarrollan importantes reglas diplomáticas y mecanismos que hoy conocemos como conferencias ‘ad hoc’ -conferencias coyunturales- y los acuerdos permanentes. Y es la cuna del principio de intervención, por el que si las cuatro potencias -que son las guardianas del derecho y la paz en Europa- lo acordaban se podía intervenir en los asuntos internos de un país -focos revolucionarios liberales en España o Nápoles, por ejemplo- en caso de que constituyeran una amenaza contagiosa”. Enrique Moradiellos es catedrático de Historia Contemporánea en el Departamento de Historia de la Universidad de Extremadura y académico electo de la Real Academia de la Historia.

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