La democracia no es una meta que se pueda alcanzar para dedicarse después a otros objetivos; es una condición que sólo se puede mantener si todo ciudadano la defiende. En la actualidad, este concepto, al que todos rinden culto pero que pocos comprenden a profundidad, parece haberse convertido en una fórmula vacía, repetida sin reflexión. En México, donde desde el 01 de octubre de 2024 existe una mujer presidenta, la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo, resulta urgente realizar preguntas sobre el verdadero sentido y vigencia de la democracia: ¿Qué tipo de democracia estamos viviendo? ¿Qué tan democrática es una democracia que margina, polariza o simula la participación?
La vacuidad democrática y el desafío de las instituciones
En el México contemporáneo y en buena parte del mundo occidental, parece que nos hemos conformado con una versión complaciente de la democracia. Se nos ha enseñado que vivir en democracia equivale a tener elecciones periódicas, campañas políticas y urnas disponibles cada ciertos años. Sin embargo, esta visión reduccionista deja fuera los pilares fundamentales que realmente definen una democracia. Larry Jay Diamond ofrece una definición completa y exigente de democracia:
- Fuerte protección de libertades básicas (prensa, asociación, manifestación, creencia y religión).
- Justo tratamiento de las razas y minorías culturales.
- Estado de derecho robusto con igualdad ante la ley.
- Un sistema judicial independiente e instituciones para controlar la corrupción.
- Una sociedad civil viva que permita la defensa de los intereses de la gente.
A la luz de esta definición, el desafío de Claudia Sheinbaum no es menor: deberá demostrar que su proyecto no se limita a la administración del poder, sino que está dispuesta a fortalecer estos pilares que hoy tambalean. México, como muchas democracias latinoamericanas, se encuentra ante un fenómeno creciente: la vacuidad democrática, donde los ciudadanos poco o nada entienden qué significa vivir en una democracia.
Tabla: Percepciones ciudadanas sobre la democracia (Datos de Latinobarómetro, 2024)
| Categoría | Porcentaje / Dato |
|---|---|
| Confianza en los demás | 15% |
| Ciudadanos que ven la economía como el principal problema | 42% |
| Ciudadanos que creen que el país es gobernado por pocos grupos | 72% |
| Ciudadanos que aceptarían un gobierno no democrático si resuelve problemas | 53% |
Trayectoria histórica y cambios políticos
México no siempre ha sido una democracia. Durante la mayor parte de su historia como Nación independiente, el sistema político mexicano fue algún tipo de autoritarismo. Durante la mayor parte del siglo XX, desde la Revolución y hasta mediados de la década de 1990, México fue una dictadura de partido, denominada por Mario Vargas Llosa como la “dictadura perfecta”. El proceso de cambio político desde ese sistema no democrático hacia otro de tipo competitivo fue largo, centrado en transformaciones institucionales, siendo una “transición votada”.
Los momentos clave del cambio político en México fueron las reformas electorales de 1977, 1990, 1996, 2007 y 2014. Con la última, desapareció el IFE y fue creado el Instituto Nacional Electoral (INE). El INE es reconocido por la comunidad internacional como el pilar de la democracia mexicana y el modelo de organización y trabajo que desarrolla el Instituto es uno de los modelos a seguir para los países que quieren mejorar la calidad de sus elecciones.
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La encrucijada actual: Populismo, desigualdad y representación
El gobierno de Claudia Sheinbaum se encuentra en una encrucijada que refleja dilemas profundos. Aunque existe un optimismo ante su llegada, la democracia mexicana parece no descansar en instituciones sólidas ni en mecanismos de representación colectiva, sino en figuras individuales que concentran el poder. Esto configura una democracia problemáticamente populista, basada en liderazgos fuertes y en la constante construcción de enemigos internos.
La incapacidad de la oposición para presentar un proyecto atractivo y la reducción de subsidios a las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) han debilitado la participación ciudadana organizada. Mientras las soluciones sigan pasando únicamente por una mejor asignación monetaria y no por una transformación profunda del sistema de distribución, se perpetuará una democracia de baja intensidad. El desafío de construir una democracia que no se limite al proceso electoral sigue vigente, siendo necesario fortalecer una ciudadanía activa que participe en el diseño y fiscalización de las políticas públicas para romper con la lógica de exclusión, expulsión y explotación.
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