La Caída de Robespierre: Descubre Cómo Terminó el Terror en la Revolución Francesapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Cuando la pesada hoja triangular de acero cayó sobre la cervical de Maximilien Robespierre, cortando su cabeza y su vida, un bullicioso grito de júbilo explotó desde los miles de asistentes que habían llegado hasta la plaza de la revolución la soleada tarde del 10 de Termidor del año II (28 de julio de 1794). Un período de ejecuciones sumarias había llegado a su fin y la Revolución Francesa se encaminaba hacia un momento de calma. La caída de Robespierre fue universalmente aplaudida, pues simbolizaba el final de las ejecuciones a gran escala.

El ascenso del "Incorruptible"

Abogado de profesión, frugal en sus costumbres y un excepcional orador, Robespierre se había convertido en un hombre clave en el proceso, como dirigente de los jacobinos. El 9 de Termidor del año I (el 27 de julio de 1793), entró al Comité de Salvación Pública, el órgano ejecutivo de la Convención Nacional, en un momento de extrema tensión. Decidido a salvar todo lo ganado, no dudó en hacer de la guillotina el símbolo del proceso: así, se ejecutaba opositores como una potente señal de escarmiento y se restringían libertades cívicas que la misma revolución había garantizado. Para Robespierre y especialmente para sus correligionarios, el Terror tenía un propósito mucho más elevado que el de ganar la guerra simplemente. La visión de Robespierre de una sociedad regenerada, virtuosa y abnegada, era para él, la única razón de ser de la Revolución.

La radicalización y el culto al Ser Supremo

La implantación del nuevo culto, sin embargo, estuvo siempre envuelta entre espectáculos burlones en los que los sans-culottes ridiculizaban a la Iglesia imitando carnavalescamente sus ritos. Robespierre no podía arriesgarse a una rebelión masiva de compatriotas, hasta entonces fieles, que podían renegar de la revolución a causa del ateísmo rampante impuesto por la extrema izquierda. Sin enemigos a su izquierda y a su derecha, Robespierre pudo consolidar su poder e incluso intentar su propia versión de un nuevo culto, al Ser Supremo. Fue una espléndida escenografía a cargo de Jacques-Louis David, y con Robespierre, entonces presidente de la Convención, dirigiendo la procesión vestido con su chaqueta azul claro favorita y sosteniendo un ramillete de flores azules.

El golpe del 9 de Termidor

La sorpresa fue mayúscula cuando la represión se hizo todavía más excesiva, lo que generó una contradicción con los triunfos militares que aseguraban la supervivencia del proceso. El 26 de julio de 1794, 8 de termidor del calendario republicano, Robespierre dio un discurso en la Asamblea en el que lanzó una amenaza velada a determinados diputados que, sin haber sido mencionado su nombre, se vieron ya sin cabeza. Un grupo que integraron Fouché, Collot d’Herbois, Frèron y Barras tramaron el arresto y deposición de Robespierre. El 27 de julio de 1794, 9 de termidor del Año II, cuando Saint-Just tomó la palabra ante la Convención, le interrumpió el diputado Tallien, quien acusó a Robespierre de aspirar a la tiranía.

Tabla: Cronología de la caída

  • 8 de Termidor: Robespierre pronuncia un discurso amenazante ante la Convención.
  • 9 de Termidor: La Convención vota el arresto de Robespierre y sus aliados tras una sesión tumultuosa.
  • Noche del 9 de Termidor: Robespierre se refugia en el Hôtel de Ville, pero la insurrección popular fracasa.
  • 10 de Termidor: Robespierre es detenido, herido de bala en la mandíbula y guillotinado esa misma tarde.

El desenlace final

Con un nuevo mando, la Guardia Nacional atacó el ayuntamiento para arrestar a Robespierre y sus partidarios. El hecho cierto es que de aquella acción, el Incorruptible salió con la mandíbula destrozada por una bala. A la mañana siguiente, temprano, fue llevado al tribunal junto a Saint-Just, Couthon, Hanriot y otros tantos que habían permanecido con él hasta el final. La sentencia sumaria fue la muerte y desde ahí, se les condujo en carruaje hasta la plaza donde serían guillotinados. El verdugo le ató las manos y le arrancó el pañuelo que le sostenía la mandíbula para facilitar el corte de la guillotina, lo que le hizo lanzar un desesperado alarido de dolor. Lo tumbaron sobre la plancha de la máquina y sin más, la pesada cuchilla nacional le arrancó la vida. El terror había terminado.

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