Descubre Cómo Juan Pablo II Desató la Caída del Régimen Soviético: El Secreto Mejor Guardadopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El 16 de octubre de 1978, el cardenal polaco Karol Wojtyla fue elegido papa y tomó el nombre de Juan Pablo II. Este pontífice, proveniente del mundo europeo oriental, por muchos años sometido a regímenes comunistas controlados de diversas formas desde Moscú y donde no se respetaba la libertad religiosa, representaba desde el punto de vista religioso y político un hecho enteramente nuevo. La elección de un papa polaco fue acogida por la administración soviética con gran sorpresa. Los grandes dirigentes comunistas de la época veían en la elección del cardenal de Cracovia una amenaza mortal para la supervivencia del modelo comunista, ya que eran conscientes de que un papa polaco tendría un efecto decisivo en la revitalización del patriotismo anticomunista de su país, que siempre había sido el eslabón más débil del bloque soviético.

Algunos interpretaron su elección como una especie de complot imperialista, coordinado por los polacos estadounidenses, tramado contra Moscú y su imperio. Los gobiernos comunistas europeos, que por lo demás desde hacía décadas controlaban la vida de las iglesias nacionales, ni siquiera habían previsto la posibilidad de elección de un Papa proveniente de los países del Este. En realidad, con esa elección se logró con gran rapidez, atravesar la impenetrable "cortina de hierro", permitiendo a muchos católicos de esos países descubrir los vínculos que los unían con Roma y tomar conciencia de que eran parte de un mundo y una historia más grandes. Eso activó esperanzas adormecidas, que tuvieron consecuencias inmediatas no solo en el ámbito espiritual, sino también político y social.

Primeros Desafíos y la Visión del Pontífice

Los temores de Moscú se confirmaron desde el principio del pontificado de Juan Pablo II. Durante la gran misa que se celebró en la plaza de San Pedro el 22 de octubre de 1978, el papa llamó a la valentía y la apertura y defendió la libertad religiosa como un derecho humano imprescindible. En la célebre homilía de iniciación de su ministerio, el Papa dijo con voz clara y resuelta: "¡Abrid, más bien abrid de par en par las puertas a Cristo!". De este modo, se presentaba a los fieles como el nuevo heraldo del Evangelio, invitando a todos a no tener miedo y a combatir por la tutela de "los derechos de Dios y del hombre" dondequiera fuesen desconocidos o negados.

Así pues, Juan Pablo II dejó claro que su resistencia al comunismo se expresaría a través de la religión, la moral y la cultura. Un mes después de su elección, el papa visitó la ciudad italiana de Asís donde volvió a desafiar el comunismo al mostrar su compromiso con las Iglesias católicas perseguidas de Europa Central y del Este, que "ahora hablan con mi voz". Juan Pablo II estaba convencido de que el orden político-social de Europa oriental, incluyendo Polonia, era más aparente que real, y en todo caso "no eterno", como sostenían diversos ambientes de la diplomacia internacional. Para él ya no existía una "Iglesia del silencio", como dijo en diversas ocasiones, porque en Roma había un Papa hablando por ella, denunciando las "deformaciones" del sistema comunista, especialmente la negación de toda libertad verdadera, tanto en el ámbito religioso como político y social.

En octubre de 1979, un año después de haber sido elegido Papa, Wojtyla denunció en la ONU la violación de los derechos humanos de los creyentes en los países del bloque soviético, por el régimen totalitario marxista que los consideraba como "ciudadanos de segunda categoría". Meses más tarde, el Partido Comunista de la URSS aprobó un documento redactado por Yuri Andropov, que comprendía medidas contra "las políticas del Vaticano hacia los Estados Socialistas".

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El Viaje a Polonia: Un Punto de Inflexión

La lucha del papa quedó patente durante su primera visita a Polonia en junio de 1979 que, según afirman varios historiadores, supuso el comienzo del final de la URSS. El primer viaje de Juan Pablo II a Polonia tuvo lugar en junio de 1979 y duró nueve días (del 2 al 10 de junio). Durante nueve días, a pesar de que el régimen comunista polaco hizo todo lo posible para rebajar el impacto de esa visita, millones de personas acudieron a ver a Juan Pablo II, quien consiguió despertar la conciencia y la valentía del pueblo polaco.

Ante la enorme multitud en Varsovia, el papa celebró la misa e hizo un llamamiento a la historia y la cultura de los polacos, a su verdadera identidad, algo que el comunismo ya no podía combatir. Así pues, el pueblo polaco redescubrió su propia fuerza y también la debilidad del régimen comunista. Durante esos días, la fe cristiana volvió al escenario público internacional, mostrando estar en condiciones de movilizar enormes multitudes, más numerosas que aquellas reunidas por la propaganda comunista. En la homilía de la Misa del 2 de junio en Varsovia, el Papa reivindicó claramente el derecho a la libertad religiosa, la voluntad de construir la unidad espiritual de la Europa cristiana. "No se puede excluir a Cristo -afirmó- de la historia del hombre en parte alguna del globo". Y refiriéndose a la historia de Polonia y a su tradición cristiana, prosiguió: "No es posible comprender sin Cristo la historia de la nación polaca". Con semejante autoconocimiento, el pueblo debería alcanzar la fuerza para un nuevo despertar espiritual, pero también social y político. El viaje terminó en su Cracovia, siendo un evento popular sin precedentes con casi dos millones de personas en la explanada de Blonie.

Tras el triunfal viaje de Wojtyla a Polonia, los dirigentes comunistas de los países del Este se percataron de la fuerza desestabilizadora del evento. Esa visita fue resueltamente hostilizada desde Moscú, con Brezhnev afirmando que "¡ese hombre solo ocasionará líos!".

Diplomacia y Resistencia Moral

Es preciso destacar que, en relación con el mundo comunista, el Papa no se movió únicamente en el plano diplomático, sino también -y sobre todo- en el ámbito del compromiso personal o -mejor dicho- pastoral y misionero, valiéndose de sus incomparables habilidades de "consumado comunicador" y líder carismático. Ciertamente, él quería ser la voz de los pueblos cuyos derechos fundamentales eran impunemente atropellados y desconocidos por regímenes tiránicos. No obstante, Juan Pablo II no caía en tonos abiertamente anticomunistas ni recurrió a cruzada epocal alguna contra el "imperio del mal". En su primer período del pontificado, prosiguió en la dirección trazada en los años anteriores por la diplomacia vaticana.

En 1979, el Papa recibió en una audiencia en el Vaticano al Ministro de Relaciones Exteriores soviético Andrej Gromyko. En esta ocasión, Juan Pablo II no solo abordó el tema de la paz, sino también el de la libertad religiosa en los países comunistas. La Santa Sede había mantenido durante años una "Ostpolitik" que buscaba negociaciones discretas con los países comunistas. Según monseñor Casaroli, principal artífice de esta política, el catolicismo polaco, tal como estaba organizado por el Cardenal Primado Wyszynski, todavía podía resistir diez años, no más, y sería necesario un nuevo acuerdo con el régimen. Sin embargo, los obispos polacos, entre ellos monseñor Wojtyla, no pensaban lo mismo. El Papa, apoyándose en su elevado ministerio espiritual, deseaba ayudar a los pueblos del Este a recuperar su libertad y su identidad histórica (profundamente marcada por el cristianismo), a menudo sustraída por la propaganda y la cultura del régimen.

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En un coloquio con el Secretario de Estado estadounidense Schultz en 1982, aludiendo al pensamiento del Papa, se señaló: "Polonia puede representar un banco de ensayo de relevancia histórica para producir una hendidura en el sistema de dominación soviética: podría abrirse una brecha, no a través -o no solo a través- de Solidarnosc, sino mediante otras fuerzas populares o de producción". De hecho, así ocurrió en lo sucesivo, y Juan Pablo II tuvo un rol importante en semejante proceso de transformación; más aún, según algunos intérpretes, él "fue un elemento determinante para la caída del régimen comunista en Polonia" y -en perspectiva- también para la caída de la totalidad del imperio soviético.

Uno de los episodios más importantes en la vida del Pontífice fue el intento de asesinato al que sobrevivió en 1981, perpetrado por el turco Alí Agca en la plaza de San Pedro. El KGB, el servicio de inteligencia secreta de la Unión Soviética, urdió varios planes para intentar acabar con la vida del Pontífice polaco pero ninguno dio los frutos esperados.

El Colapso del Bloque Soviético y su Impacto Final

Wojtyla jugó un papel fundamental en el desmoronamiento de los regímenes comunistas que reinaron en la Europa del Este a finales de los años 80. El 4 de junio de 1989, Polonia venció al comunismo en elecciones en las que Lech Walesa, el líder de Solidaridad, se convirtió en el máximo dirigente de ese país. Se dio así comienzo al principio del fin de la "Cortina de Hierro", símbolo bajo el cual la Unión Soviética mantenía un férreo sistema comunista sobre las repúblicas de la Europa del Este.

Para cuando Mijaíl Gorbachov llegó al poder en 1985, la Unión Soviética sufría un inmovilismo político y la ausencia de reformas que la dejaban atrás en la carrera con los estadounidenses. Con la introducción de la perestroika (reestructuración) de la economía y la glasnost (transparencia) en asuntos políticos y culturales, Gorbachov intentó salvar la URSS, pero estas medidas desataron fuerzas centrífugas que no pudo controlar. La caída del muro de Berlín en 1989, símbolo de la división entre Este y Oeste, supuso no solo la unificación de Alemania, sino también el fin simbólico de la Guerra Fría. El derribo del muro fue una grieta decisiva en la caída del imperio soviético, al que le siguieron, como piezas de dominó, el derrumbe de los regímenes comunistas de Europa del Este que aún estaban en pie: Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria.

Ya para 1990, todos los países de Europa Central tuvieron por primera vez elecciones libres, con las sucesivas derrotas de gobiernos comunistas. El 21 de abril de ese año, con la frase "Habéis vencido el miedo", Juan Pablo II se dirigía a los checoslovacos en Praga y a su nuevo presidente Vaclav Havel que acababan de lograr el triunfo de su Revolución de Terciopelo. Dos años después, colapsa el sistema socialista ruso y se produce la disolución de la Unión Soviética, que culminó con la independencia de las 15 repúblicas que habían sido subyugadas por el régimen de Moscú. Para entonces, la población soviética sufría una grave crisis económica con aguda escasez de productos básicos y un notable atraso respecto a los países desarrollados; el monopolio de empresas del Estado era notablemente ineficiente, con elevada burocracia y corrupción.

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El 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov anunció su renuncia como presidente de la Unión Soviética, y ese día, en el Kremlin, la bandera soviética fue arriada por última vez. Cuando la prensa internacional quiso especular sobre el papel especial del Papa en el desplome del comunismo, se dice que Wojtyla afirmó: "Yo no hice que esto sucediera, el árbol ya estaba podrido. Yo simplemente le di una buena sacudida y las manzanas podridas cayeron".

La Visión Ideológica del Pontífice

San Juan Pablo II denunció siempre el sistema comunista y la ateización que este régimen implantaba. Para él, el comunismo era "una ideología intrínsecamente perversa que todo lo destruye y corrompe". En su peregrinaje por 126 países, como ningún otro líder religioso de la historia y como profeta global de enorme carisma, Juan Pablo II impulsó una prédica constante en defensa de la libertad y la democracia.

Juan Pablo II fue igualmente muy crítico de la crisis moral de la democracia occidental y con su Encíclica Centesimus Annus, promulgada en Roma el 1 de mayo de 1991, puso en el contexto de los tiempos modernos los principios y valores de la Encíclica social Rerum Novarum de León XIII de 1891, que estableció las bases de la doctrina social de la Iglesia y los fundamentos de la Democracia Cristiana como sistema político opuesto al socialismo marxista y al liberalismo. Resaltó el tema de los valores y principios como soportes de la libertad y la democracia, advirtiendo que "Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto como lo demuestra la historia". Y que "Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana".

El Papa explicó que el éxito del comunismo en Europa no fue un hecho ilógico en la historia contemporánea, sino que se produjo "como reacción a un cierto tipo de capitalismo excesivo, salvaje". Afirmó que "Era legítimo combatir el sistema totalitario, injusto, que se definía socialista o comunista". Sin embargo, también reconoció que "hay ‘semillas de verdad’ incluso en el programa socialista" y que "En el comunismo ha habido una preocupación por lo social, mientras que el capitalismo es bastante individualista". Juan Pablo II afirmaba: "Yo no hago política. Solo hablo del Evangelio. Pero si hablar de justicia, de la dignidad humana, de los derechos del hombre, es hacer política, entonces…". También sostenía que "El Papa no cree en negociaciones bizantinas con un poder totalitario" y que "La función de la Iglesia estriba en privilegiar las soluciones pacíficas, pero todo pueblo tiene el derecho de defenderse cuando sufre una violencia".

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