La palabra "diezmo" proviene de la latina decimus (de decem, diez) y significa la décima parte de algo. Históricamente, fue un tributo o renta cuyo importe era un 10 % de la base imponible, representando el diez por ciento de cualquier cosa. Este concepto se utilizaba para nombrar al derecho del 10 % que se debía pagar a un rey, a un gobernante o a un líder religioso.
Desde una perspectiva canónica, el diezmo era un tributo que se pagaba para el culto y el ministerio eclesiástico, y que ascendía a la décima parte del producto de los frutos naturales, incluyendo los producidos por el trabajo del hombre. En todo caso, este tributo, carga o contribución se conocía con el nombre de diezmo, y al contribuyente se le denominaba diezmero o dezmero.
Orígenes Bíblicos e Históricos del Diezmo
El diezmo se remonta a tiempos bíblicos, apareciendo por primera vez en las escrituras cuando Abram lo entrega al sacerdote Melquisedec en una muestra de gratitud (Génesis 14:18-20; Hebreos 7:4). Posteriormente, Jacob también da el diezmo de todas sus posesiones al Señor. En el libro del Éxodo, capítulo 22, versículo 46, se menciona explícitamente el concepto al decir: "...no serás perezoso en pagar tus diezmos y primicias..." lo que demuestra su existencia en Moisés y Jesucristo. La Biblia explica cómo cada año, los israelitas apartaban la décima parte de lo que producían sus tierras (Levítico 27:30).
La ley mosaica establecía que si los israelitas decidían pagar con dinero, entonces tenían que añadirle el 20 % de su valor (Levítico 27:31). Para calcular el diezmo de su ganado, escogían cada décimo animal que saliera de su corral, sin poder examinar si era bueno o malo, ni cambiarlo por otro. Además, había un segundo diezmo que se usaba para las fiestas anuales, el cual sí se podía pagar con dinero, siendo muy práctico para quienes venían de lejos (Deuteronomio 14:25, 26). Las familias israelitas usaban estas ofrendas en sus fiestas especiales, y en años específicos, estas ofrendas se destinaban a ayudar a la gente muy pobre. Pagar el diezmo era una obligación moral, aunque la ley mosaica no establecía un castigo a quien no cumpliese. En los días de Jesús, todavía se pagaba el diezmo. La invitación de Dios sobre el diezmo es clara: «Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías, 3.10).
El Diezmo en el Antiguo Régimen
Aunque practicado desde el Antiguo Testamento, el diezmo se había ido difuminando en su cumplimiento, pero en el siglo XI resurge con inusitado vigor. Con este resurgimiento, aparece el comienzo de una serie de desavenencias y conflictos entre el poder civil y el eclesiástico. A partir del siglo XI, una serie de textos canónicos empezaron a acreditar la teoría de que los cristianos tenían la obligación de pagar tributo a la Iglesia. La idea del diezmo fue calando en la mente y conciencia del labrador a través de los siglos, llegando a ser tan normal separar la décima parte de lo cosechado como el sencillo acto de comer o respirar.
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Definición y Tipos de Diezmos en la Época
La palabra "diezmo" significaba un impuesto o tributo que ofrecía dos aspectos bien diferenciados: uno civil y otro eclesiástico. En el aspecto civil, era el derecho que tenía el rey a percibir el 10% del valor de todos los artículos que eran objeto de mercadería traficada. Si arribaban a puerto, se llamaban diezmos de la mar; o diezmos de puerto seco si entraban por tierra, allí donde no estuviera establecido el almojarifazgo. Históricamente, se pagaban diezmos personales por lo que se conseguía como botín de guerra o en otros conceptos.
El diezmo se entendía en dos maneras principales: la primera era la que se llamaba predial, que era de los frutos que se cogían de la tierra y de los árboles. La otra era la llamada personal, que los hombres daban por razón de sus personas, cada uno según lo que ganaban por su servicio. En el eclesiástico, el diezmo consistía en un tributo que había que entregar a la Iglesia y que solía ser la décima parte de la producción, tanto agrícola como ganadera, aunque a veces el diezmo no era matemáticamente la décima parte, llegando a ser superior en raras ocasiones.
Sujetos al Pago y Exenciones
Todos los hombres del mundo estaban obligados a dar diezmo, especialmente los cristianos, al considerarse más allegados a Dios. Los emperadores, reyes y cualquier otro hombre poderoso no podían excusarse de pagarlo, reconociendo que el honor y el poder que tenían les venía de Dios. Incluso los clérigos debían darlo de todo lo que tuvieran, salvo de aquellas heredades que poseían de las iglesias donde servían. También las órdenes, si no estaban exentas por privilegios del Papa, y los moros y judíos que eran siervos de los cristianos o vivían con ellos en su servicio, estaban obligados a pagar el diezmo por las heredades que labraban. Estaban sujetos al diezmo todos los bautizados en la Iglesia católica.
Se debía dar diezmo de sus heredades y de sus árboles, incluyendo tierras, viñas, huertas, prados de heno, despensas de madera y leña, pesquerías, molinos, hornos, baños, y los lugares de las casas, así como de todos los otros frutos y rentas que los hombres sacaran de estas cosas.
Sin embargo, en el siglo XVI, existían exenciones para ciertos estamentos. Los prelados, grandes señores y caballeros, quienes a menudo recogían el pan en grano que los labradores cultivaban, estaban exentos. Los prelados lo estaban por privilegio, y los grandes señores porque usualmente no pagaban las alcabalas, cargándolas sobre sus vasallos. Otros caballeros particulares también lograban librarse de este derecho, lo que significaba que el diezmo recaía casi en su totalidad sobre los labradores, quienes no podían escapar de pagarlo por cada grano que vendían.
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Recaudación y Distribución: Las Tercias Reales y el Diezmo del Escusado
Solo las autoridades que tenían poder de jurisdicción territorial en la Iglesia, como obispos diocesanos, abades territoriales y prelados, podían ejercer el derecho a extraer este impuesto. El diezmo se ofrecía a Dios, pero se transfería a sus ministros. El labrador tenía que separar las primicias y el diezmo de lo demás para la Iglesia y para el Rey, quien para recogerlo, disponía de una vasta red de cillas o arcas (las arcas reales) distribuidas por todo el campo castellano.
Más adelante, la Iglesia logró interesar a la Corona en la percepción del diezmo. Así, el Papa Honorio III promulgó en el año 1219 una bula por la que concedió al rey de Castilla y León, Fernando III el Santo, las "tercias del diezmo". Este derecho fue confirmado por Alejandro VI en favor de los Reyes Católicos, pasando a conocerse como las Tercias Reales. A partir de entonces, el entendimiento entre la Iglesia y el Estado fue perfecto, distribuyéndose los diezmos con arreglo a lo establecido.
Para sufragar los gastos de guerra, el Papa Pío V concedió a Felipe II, en cada pueblo, la totalidad del diezmo pagado por la casa que ocupaba el tercer lugar en importancia por la cantidad del tributo, conocido como el diezmo del escusado. Posteriormente, Pío V otorgó a Felipe II un privilegio adicional, permitiéndole cobrar el diezmo completo no solo del tercer diezmero, sino también del primero en importancia productiva.
El diezmo fue un recurso básico para el sostenimiento del clero durante el Antiguo Régimen, pues la contribución afectaba a la décima parte de las cosechas y era esencial para sostener su actividad básica. Por esta razón, la decisión de suprimirlo por el Gobierno Mendizábal en 1837 obligó a buscar otros recursos con los que mantener al clero y significó cargar sobre el Tesoro Público su sostenimiento.
El Contexto Fiscal del Antiguo Régimen: Una Carga Afectante
El diezmo no era el único tributo que el agricultor tenía que aportar y soportar. El panorama tributario en el ámbito rural durante el Antiguo Régimen era complejo y pesado. Las presiones fiscales eran cada vez más fuertes para la ya débil economía campesina. A continuación, se detallan algunos de los impuestos que el campesino debía pagar:
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| Impuesto | Descripción |
|---|---|
| Fonsadera | Servicio personal para la guerra, consistente en abrir fosos alrededor de castillos y fortalezas. |
| Martiniga | Tributo que se pagaba el día de San Martín. También conocido como martiniega. |
| Marzadga | Tributación que se hacía efectiva en el mes de marzo. |
| Yantar | Tributo que los habitantes de las villas pagaban al rey o al señor cuando pasaban por sus tierras, consistente inicialmente en comida y luego en dinero. |
| Almojarifazgo | Tributo pagado por las mercaderías que salían o entraban del reino, o por las que iban en tránsito. |
| Infurción | Tributo que se pagaba al señorío por el solar de la casa donde vivía el campesino, dado que la vivienda estaba en terreno del señor. |
| Pecho | Impuesto satisfecho al rey o al señor por razón de los bienes o haciendas. Quien lo pagaba era el pechero. |
| Alcabala | Impuesto que incidía sobre la venta o intercambio de bienes muebles, semovientes o raíces. |
| Cientos | Tributo que llegó a alcanzar hasta el 4% de las cosas que se vendían y pagaban alcabala. |
| Servicio | Impuesto derivado del "servicio de los pedidos", solicitado por el rey en dificultades financieras de Estado. Durante Felipe II, se crearon servicios ordinarios y extraordinarios para sufragar guerras. |
| Millones | Contribución especialísima solicitada por Felipe II para afrontar el desastre de la Armada Invencible, que exigía millones de ducados, a pagar por los campesinos. Este impuesto se repitió y llegó a cifras muy elevadas. |
Los gravámenes tributarios fueron de tal magnitud que debilitaron la economía de los ricos y estrangularon la de los menos favorecidos por la fortuna. Muchos quedaron sumidos en la pobreza, viéndose obligados a arrastrar una vida mísera o a emigrar a las ciudades o las Indias. Esta época, marcada por la acumulación de tributos, significó presiones fiscales que contribuyeron a la progresiva dilución de las estructuras feudales hasta la consolidación de la burguesía y el inicio de la revolución industrial.
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