Descubre Todo Sobre el Trabajo Libre Asalariado Colonial: Historia, Concepto y Características Clavepost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La cuestión del nivel de vida de los habitantes de América Latina en los períodos pre-industriales ha cobrado renovado interés en la literatura reciente sobre el atraso relativo de la región. Comparar el poder de compra del salario de los trabajadores en diversas partes del mundo y períodos de la historia se presenta como una estrategia ventajosa.

En este marco se ha entablado un debate sobre la evolución de los salarios reales en América Latina desde el 1600 hasta el siglo XIX. Algunos autores sostienen que los salarios reales eran de modo general más bajos en la América Hispana que en la América anglosajona ya desde el siglo XVI, y que esta temprana brecha salarial constituye la principal explicación de la divergencia en niveles de vida que caracteriza el presente de ambas regiones. Esta afirmación ha sido confrontada por trabajos que han ofrecido evidencias donde el nivel de los salarios reales de los trabajadores de algunas ciudades latinoamericanas durante el siglo XVIII se muestra superior o similar al de sus pares de las zonas más desarrolladas de Europa. Esta confrontación entre lo que ha dado en llamarse la posición “optimista” y la “pesimista” sobre los salarios reales en América Latina en el período colonial dio lugar a una controversia en torno a la estrategia de comparación entre salarios reales de diversas regiones, que ha sido empleada en diversos trabajos a partir de una propuesta originalmente formulada por Robert Allen.

Evolución del Concepto de Trabajo y la Colonialidad del Salario

El concepto de trabajo ha evolucionado junto con la historia del ser humano. Uno de los factores fundamentales que sostiene al paradigma de la modernidad capitalista es el trabajo asalariado. Cuando se habla cotidianamente de trabajo, más bien se habla de trabajo asalariado o de empleo. Otras formas de trabajo que no tienen alguna remuneración monetaria, son vistas como arcaicas u obsoletas y excluidas de la noción de trabajo.

Si bien las relaciones capitalistas de producción iniciaron en Europa hacia el siglo XII, fue con la conquista de América y la implantación de un sistema colonial que el capitalismo tuvo el impulso para convertirse en el sistema hegemónico a nivel mundial. El capitalismo subsumió otras formas de trabajo existentes para incorporarlas al proceso de acumulación de valor. La división internacional del trabajo creó una jerarquía racializada y engenerizada entre las distintas formas de control del trabajo articuladas por el capitalismo. Las formas de trabajo servil o esclavo se destinaron a la población indígena, afrodescendiente y a las mujeres, mientras que el régimen salarial estaba reservado para la población blanca y masculina.

El salario es el principal mecanismo por el cual el capitalismo ha gestionado la explotación de los y las trabajadoras, pero también lo ha sido negar el acceso a las relaciones salariales. Silvia Federici nombró “patriarcado del salario” a la exclusión de las mujeres del trabajo asalariado que permitió el control del cuerpo femenino y explotarlas mediante el trabajo de reproducción y de cuidados, casi nunca remunerado. Así como las mujeres han sido excluidas de las relaciones salariales, en las periferias la población racializada queda asignada a formas de trabajo servil o esclavo. Siguiendo la idea del “patriarcado del salario” aquí denominamos “colonialidad del salario” a esa división del trabajo que excluye o absorbe de manera marginal en las relaciones salariales a la población racializada.

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Fue el trabajo servil y esclavo en las colonias, particularmente en América Latina, lo que permitió el desarrollo tecnológico en las metrópolis, o sea, el paso de la plusvalía absoluta a la plusvalía relativa. Para Aníbal Quijano no es casual que “la inmensa mayoría de los trabajadores asalariados de más bajos salarios, y los no-asalariados, esto es, los más explotados, dominados y discriminados, en todo el mundo, donde quiera que estén, son las llamadas de ‘razas inferiores’ o ‘de color’”. El sistema capitalista ha organizado una división espacial, racial y sexual del trabajo. La exclusión de la población negra, indígena y femenina del régimen salarial no solo ha derivado en la superexplotación del trabajo al aumentar considerablemente las jornadas laborales y la intensidad del trabajo, sino que ha incentivado sectores marginales de la economía con altas tasas de ganancia donde trabajadoras y trabajadores no tienen ningún tipo de derecho o seguridad social.

Formas de Trabajo Predominantes en la Época Colonial

"La mano de obra constituyó el mayor problema de las Indias", sostiene Manuel Lucena Salmoral. Durante la época colonial la principal fuente de mano de obra para toda índole de trabajos eran los antiguos pobladores del territorio mesoamericano, la población indígena. En el transcurso de la era colonial los españoles sometieron a sus súbditos americanos a distintas formas de trabajo. Durante la época colonial predominaron tres formas de trabajo: la Encomienda, el Repartimiento y el Peonaje.

La Encomienda

La encomienda, fue la primera forma de explotación del trabajo indígena y consistió en la consignación de un grupo de indígenas a los que se les llamó encomendados, que debían prestar servicios en construcciones, cultivos de tierra, labores en minas, servicios domésticos y pagar tributo en dinero o en especie a los españoles, llamados encomenderos. A cambio, los españoles estaban obligados a dar protección, doctrina cristiana y buen trato a los indígenas encomendados. Hernán Cortés otorgó las primeras encomiendas a los conquistadores. De acuerdo con las leyes, los indios encomendados fueron considerados hombres libres conservando sus tierras y bienes.

La encomienda era una vieja institución de carácter feudal, que establecía servidumbre a los señores a cambio de protección para los siervos. Se estableció entregando una comunidad de indios a un español (benemérito) a cambio de los servicios prestados por éste. El beneficiario (encomendero) cobra y disfruta el tributo de sus indios, en dinero, en especie (alimentos, tejidos, etc.) o en trabajo (construcción de casas, cultivo de tierras o cualquier otro servicio); a cambio de ello, debe amparar y proteger a los indios encomendados e instruirles en la religión católica, por sí o por medio de una persona seglar o eclesiástica (doctrinero) que él mantendrá.

Por lo tanto, la encomienda no implicaba la propiedad sobre los nativos; era una concesión no heredable. Al quedar vacante (sin poseedor) ésta volvía al monarca, quien podía retener a los indígenas bajo administración real o entregarlos a otro encomendero. La encomienda tuvo importancia en las zonas de alta densidad demográfica, en la región que comprendió Mesoamérica, y principalmente en el trabajo agrícola.

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Los primeros en denunciar y exigir freno a los abusos fueron los misioneros franciscanos, y luego con mayor firmeza los dominicos, como el célebre sermón del cuarto domingo de Adviento de 1511 de Fray Antonio de Montesinos. Las denuncias de misioneros y alegatos de los humanistas sobre los abusos y excesos determinaron la promulgación de las Leyes de Burgos (1512), con las que se buscaba que el encomendero tuviera obligaciones de trato justo, retribución equitativa y que evangelizara a los encomendados, bajo la supervisión de los oficiales reales. Esta relativa protección llegó tarde para algunos grupos indígenas, que entre los malos tratos y las muchas epidemias acabaron casi por extinguirse.

Las encomiendas paulatinamente fueron perdiendo su razón de ser, entre otros motivos, por la caída de la población aborigen, la desaparición de conquistadores ávidos de recompensa, y la paz que imperó en la mayoría de las provincias. La corona fue incapaz de conceder encomiendas indígenas al cada vez mayor número de españoles. Por ello, muchos de éstos se vieron forzados a recurrir a otras alternativas para proveerse de mano de obra.

El Repartimiento Forzado

Paralelamente a la encomienda funcionó el sistema del repartimiento forzado, que consistió en el trabajo rotativo y obligatorio del indígena en proyectos de obras públicas o trabajos agrícolas considerados vitales para el bienestar de la comunidad. Esta modalidad de trabajo se basaba en reclutamientos laborales precolombinos, como fueron el «coatequitl» mexicano y la «mita» peruana, que los españoles aplicaron con un sentido diferente al que tenía en las sociedades nativas.

El repartimiento o cuatequil, establecido a finales del siglo XVI, consistió en el trabajo forzoso de todos los indígenas varones con edad entre los 14 y 60 años, de acuerdo a las necesidades de los dueños de obrajes, agricultores, ganaderos y mineros. El trabajador recibía un salario proporcional a cada provincia y al tipo de trabajo desempeñado. Legalmente, se efectuaba por tiempo limitado de una semana y de manera rotativa, se repartía uno de cada 25 hombres, y el sistema estaba a cargo de un juez repartidor (oficial real). El repartimiento fue más apropiado en el trabajo agrícola ya que no requería de mano de obra calificada. Por la explotación excesiva y por el crecimiento de la contratación de mano de obra libre, fue abolido legalmente en 1632, aunque en la Ciudad de México se mantuvo para ciertas obras públicas. Los repartimientos persistieron hasta el fin del período colonial.

El Surgimiento del Trabajo Libre Asalariado: El Peonaje

Finalmente, fracasadas las formas anteriores o ante sus limitaciones, surgió una nueva especie de explotación de los indios: el trabajo libre, o asalariado. El peonaje, es el nombre que recibió, en teoría, la forma de trabajo asalariado libre, surgió en la segunda mitad del siglo XVI. Con la introducción de trabajo asalariado en las minas, el trabajo libre se fue incrementando rápidamente y los trabajadores fueron llamados gañanes o peones. Los empleados podían dejarse explotar libremente sin ser repartidos. Pero esto no garantizaba que se quedaran fijos con su empleador, pues el trabajador podía elegir con quien trabajar. Por ello, los patrones pronto idearon un sistema de peonaje por endeudamiento, en donde el patrón adelanta una suma de dinero a los trabajadores y cuida de que la deuda no se termine de pagar nunca, por lo que los trabajadores al morir heredaban las deudas a sus hijos, estos a su vez a sus hijos, y así sucesivamente. Este sistema por deudas se generalizó rápidamente en las haciendas agrícolas, persistiendo hasta la actualidad en algunas regiones.

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La sobreexplotación de los indígenas, aunada con las extendidas epidemias, resultantes de un paupérrimo nivel de vida, debilitaba a los trabajadores y produjo, desde los albores de la colonia, un continuo descenso demográfico. Tenemos, por ejemplo, que de aproximadamente 10 millones de indios que había en la zona central de México hacia 1521, quedaron, hacia las últimas décadas del siglo XVII, menos de 2 millones.

Singularidades del Trabajo Asalariado en Montevideo Colonial (1760-1810)

Este artículo hace una contribución a la discusión sobre el nivel de vida en América Latina durante el período colonial. Presenta evidencia obtenida de fuentes primarias sobre la evolución de los salarios nominales, el costo de vida y los salarios reales en la ciudad de Montevideo entre 1760-1810. La región de Montevideo corresponde a la ciudad sudamericana del mismo nombre, fundada por la Corona española en 1726 en la orilla norte del Río de la Plata, y los territorios comprendidos dentro de su jurisdicción administrativa. Durante el siglo XVIII Montevideo y Buenos Aires formaban parte de un mismo espacio económico en torno al Río de la Plata, caracterizado por ser un espacio de frontera con el vecino Brasil portugués y de conexión con el Atlántico.

Durante el período analizado en este artículo el espacio económico del Río de la Plata experimentó un proceso de crecimiento económico y demográfico. La región de Montevideo -la más recientemente incorporada al mundo colonial y también la más pequeña en población- vivió el proceso de manera intensa. De acuerdo a estimaciones recientes, en el período colonial la población de la jurisdicción de Montevideo habría pasado de menos de 3000 habitantes en 1760 a poco más de 30.000 en 1810, mientras que su producción agraria se multiplicó por un coeficiente de 5.3. Así, la región de Montevideo ejemplifica muy bien el caso de unas regiones periféricas del mundo hispanoamericano que experimentaron, en el marco de las reformas borbónicas, un proceso acelerado de intensificación del comercio, expansión de la frontera agrícola, crecimiento demográfico y expansión económica.

La característica más importante del mercado de trabajo en el Montevideo colonial fue la escasez de mano de obra. El reducido tamaño de la población de la ciudad y su jurisdicción fue uno de los factores determinantes de esa escasez. En ese territorio que apenas empezaba a poblarse los hombres eran mayoría y el índice de masculinidad era muy elevado. Este dato se asocia con el flujo continuo de migrantes de otras zonas americanas, que arribaron a la jurisdicción montevideana -al igual que a todo el Litoral rioplatense- atraídos por las oportunidades de establecerse en un espacio dinámico y de frontera abierta.

Los recursos naturales de la jurisdicción de Montevideo la hacían sumamente apta para el pastoreo de ganado bovino, equino y ovino en unidades productivas basadas en derechos individuales de propiedad, denominadas “estancias”. La agricultura de cereales encontraba un desarrollo adecuado al tamaño del mercado y a las condiciones tecnológicas de la época, en unidades productivas denominadas “chacras”. En unas y otras la mano de obra familiar jugaba un papel fundamental, junto al trabajo esclavo, y en menor importancia, el asalariado. Así, una frontera agrícola abierta y una escasez relativa de brazos eran las notas distintivas del mercado de trabajo asalariado.

Este trabajo presenta por primera vez salarios nominales para diversas categorías ocupacionales rurales y urbanas, cualificadas y no cualificadas, recogidos de fuentes primarias. Las categorías ocupacionales seleccionadas son: el grupo de los albañiles y ocupaciones afines, el grupo de trabajadores portuarios de la guardia costera, y el grupo de los trabajadores rurales, carpinteros y carreteros. Propone una adaptación de la cesta europea de supervivencia elaborada con los mismos criterios que Allen (Reference Allen2001), donde son tomadas en cuenta las pautas alimentarias locales y los precios locales de los bienes consumidos. En tercer lugar, se da a conocer una estimación de la ratio de bienestar para 10 categorías ocupacionales entre 1760-1810, que surge de calcular la cantidad de cestas de supervivencia que pueden comprar los trabajadores libres con sus ingresos salariales. La evidencia empleada proviene de tres conjuntos documentales, incluyendo registros de la Real Hacienda y la Aduna, que aportaban datos como nombre del trabajador, categoría ocupacional, período de trabajo, remuneración y paga total.

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