Ex Hacienda San José Toluca: Descubre el Secreto Mejor Guardado del Valle de Tolucapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El Valle de Toluca, la región más elevada del país, corresponde en parte a la cuenca alta del río Lerma. Sus límites naturales son la sierra de las Cruces al oriente y el volcán Xinantécatl o Nevado de Toluca al poniente.

Orígenes y Evolución de las Haciendas en el Valle de Toluca

El surgimiento de las haciendas no ocurrió en un momento preciso, sino que fue resultado de la articulación de circunstancias de diversa índole que se dieron en la época virreinal. Durante el siglo XIX (1810), aparecieron varios arribistas que adquirieron las haciendas que otros miembros de la élite más antiguos habían perdido en difíciles circunstancias.

La Ex Hacienda La Pila: Un Ejemplo de la Historia de Toluca

En el Centro Cultural Mexiquense de Toluca se localiza la Exhacienda La Pila, que actualmente es un museo. El acervo pertenecía a la Hacienda San José de la Pila, que fue testigo de la historia de la ciudad de Toluca. El nombre de La Pila se le dio porque muy cerca de allí existía un manantial que surtía de agua a la población. Durante los primeros años de la Colonia, el marquesado del valle mandó construir un acueducto subterráneo que llevó directamente el agua potable desde el manantial hasta la hacienda. La disputa por el agua fue motivo de algunas querellas relacionada con la hacienda.

Esperanza Baca Gutiérrez y Juan Carlos Reyes Agraz rememoran varias, como la entablada, a mediados del siglo XVIII, “[…] por el Convento de San Francisco en contra de Antonio Cano Cortés y consorte, sobre el dominio del Ojo de Agua y manantial de las tierras de La Pila en San Buenaventura”. Esperanza Baca y Juan Carlos Reyes enumeran también una serie de conflictos y transacciones respecto a la hacienda. En el padrón de familias españolas y mestizas de 1790 aparece La Pila como propiedad de José Ventura, quien en 1810 la vende a don José María González Arriata. Este personaje, imbuido de un espíritu cívico, construyó una serie de cañerías que llevaron el agua del manantial hasta la ciudad de Toluca.

Sucesivos dueños de La Pila fueron don Francisco Hinojosa de González, doña Carlota Hinojosa, Enriqueta Solares y don Laureano Negrete, quien, tal vez presionado por los acontecimientos sociales, fraccionó las tierras en 1918. Por la década de los 20, los dueños de las tierras de La Pila eran, por una parte, la señora Soledad González viuda de García y, por otra, Manuel Sáinz Larrañaga. Durante los años 50, los libros vuelven a mencionar a un nuevo propietario, don Antonio Mañón Suárez, quien según parece, conservó el terreno hasta el 30 de mayo de 1976 fecha en que pasó a ser propiedad del gobierno del Estado de México. Entonces se cosechaban en La Pila maíz y cebada y se criaba ganado vacuno, caballar y porcino.

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Otras Haciendas Notables en el Estado de México

Además de la Ex Hacienda La Pila, otras haciendas en el Estado de México destacan por su historia y arquitectura:

  • Hacienda Panoaya: Alberga el Museo “Sor Juana Inés de la Cruz”. El edificio evoca a la mujer más importante de las letras novohispanas, quien aprendió a leer a escondidas en la biblioteca de su abuelo.
  • Exhacienda de San Antonio Xala: Fundada en el siglo XVI en Axapusco, se convirtió en un paradero turístico y propiedad del Sindicato Minero. Su estilo arabesco no ha sucumbido al paso del tiempo.
  • Hacienda San Andrés Teticpan: Ubicada en Ayapango, en 1910 fue cuartel de las tropas revolucionarias. Se cuenta que Diego Rivera enmarcó el patio principal para su primer cuadro registrado, titulado “La era”.

Actividades y Vida en las Haciendas

Además de las siembras y el cuidado de ellas, hay en las haciendas diversas ocupaciones de otra especie, entre ellas la de dar salitre al ganado, los rodeos en cuya época el ranchero siente agitar su existencia en medio de los peligros, ejercitándose en lazar, colear y manganear. Los arneses del caporal son de diversos colores y de uno solo el de los vaqueros, los convidados llevan sus caballos más o menos ataviados y sus criados visten casi siempre lujosas camisas.

Concluido el apartadero y las manganas, queda listo todo para continuar al día siguiente, por la noche hay baile bajo alguna enramada o un gran jacalón y se tocan los sones del país, alegres y festivos, en medio del ruido y desorden producida por las bebidas. Los preparativos para el principal día de diversión, se hacen muy temprano, y se da principio a los herraderos a la hora en que lo dispone el amo o administrador.

Concluido el herradero y separados los toros que se han de lidiar o colear, según la diversión que se elige, se hace un recuento del ganado y el caporal da el grito de puerta o campo. Después de esto sigue la diversión de torear y son llevados al redondel los aficionados, a los cuales los vaqueros tratan de convencer de que nada les sucederá, poniéndose a su lado y dispuestos a quitarles el toro; aunque las señoras excitan a los tímidos y casi siempre termina la escena con los gritos de quítenmelo, y al levantarse el estropeado nunca falta la voz de ¡otro!

Los que huyen del peligro, son acogidos con la risa general y el estrépito (ruido fuerte) bullicio de los concurrentes; un buen jinete monta y después de haber lucido su habilidad desciende del tablado algún comprometido que no ha podido resistir a las manifestaciones de los demás; obsequioso y condescendiente, alentado tal vez con alguna mirada y movido por el que dirán, se allega a los vaqueros que le dan mil reglas para que no caiga, le animan con argumentos persuasivos que se desvanecen desde el momento en que, subiendo sobre todo el toro, conoce la distancia que hay entre la teoría y la práctica, y casi siempre adolorido, se da la enhorabuena de haber escapado de un peligro serio.

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El coleadero acaba de llenar lo que falta de la tarde, o el tiempo que queda cuando se emplean varios días en herrar.

Infraestructura y Producción en las Haciendas

Las Haciendas del Valle de Toluca o Matlazinco, tuvieron buenas casas para habitarlas, las eras, trojes y demás oficinas de las fincas son en lo general vastas y sólidamente edificadas y muy bien ventiladas. Las tierras suelen recibir abonos y tienen el riesgo que ministran (dar algo) las vertientes de los montes.

Tenencia de la Tierra

Conforme a los datos anteriores es de hacerse notar el hecho de que mientras diez hacendados poseen 111,075 has, ochenta y seis propietarios cuentan con una extensión menor de 250 has, treinta de los cuales poseían menos de 50 has.

Haciendas y sus Dueños en el Siglo XVIII

Algunas haciendas y sus dueños en el siglo XVIII incluían:

  • San Diego: Br. Agustín Cuevas (albacea del Br. Juan Francisco Velázquez) 1790; Juan Francisco Velázquez 1776; Juan Muñoz de Ceballos.
  • Buenavista (el chico): José Antonio Ortiz 1790; Mariano Eloerroagua 1776; Diego Núñez Viceo.
  • La Crespa (Encarnación): José Antonio Ortiz 1790; Mariano Eloerroagua 1776; Diego Núñez Viceo.
  • Henostrosa y N.S de Guadalupe: José Ortigosa 1790.
  • San Nicolás (después Santín): viuda de don Felipe Barbabosa 1790.
  • San Miguel Tecaxic (después Hacienda de Nova): herederos del canónigo lectoral Cisneros 1790; Juan Antonio Huerta 1776.

El Auge de la Tocinería Toluqueña

Ya en la etapa del México independiente, algunos visitantes de la ciudad quedaron sorprendidos del desarrollo y auge de la tocinería toluqueña. Ya avanzado el mismo siglo (1882), don Justo Sierra comentó la experiencia de su viaje en ferrocarril de México a Toluca y la importancia que tenía la producción ganadera que daba fama a la ciudad: Aurelio J.

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