La Hacienda Buenavista, ubicada en el municipio de Temoaya, Estado de México, es un lugar que atesora siglos de historia, donde la tradición mexicana se mantiene viva y palpable. Avanzando por la carretera a Zitácuaro, a la altura del kilómetro 38, un letrero de "Rancho Buenavista" indica dar vuelta a la derecha, revelando al final del camino un casco antiguo color terracota que contrasta armónicamente con el ambiente. Este rancho, con sus tal vez más de dos siglos encima, ha sido restaurado con propósitos fundamentales: la permanencia de su función original y la conservación de su valor como un museo vivo.
Orígenes y Siglos de Historia
Cada rincón de este lugar tiene historia, pues fue construida en los últimos años del siglo XVI y ha sido conservada en perfecto estado hasta el día de hoy, gracias al trabajo e impulso de cada uno de sus célebres dueños. Años después, en este lugar se fue estableciendo una gran hacienda que formó parte del mayorazgo de La Laja, en el siglo XVIII. Dicha construcción fue conocida como Hacienda de San Agustín Buenavista, de la que actualmente existen algunos vestigios de los edificios que la conformaron y que revelan la importancia de este tipo de construcciones en el periodo colonial.
En la hacienda de San Agustín de Buenavista destaca la capilla. Ésta cuenta con una fachada sobria de cantera rosa, el acceso al interior está formado por un arco de medio punto, seguido de un friso liso que se apoya sobre un basamento que soporta la ventana del segundo cuerpo; asimismo, tiene una inscripción que marca su año de construcción: 1772. En la parte superior de la ventana está una peana que sostiene un bello remate, formado por un marco mixtilíneo y un escudo de armas de cuatro campos, perteneciente al mayorazgo. La fachada se complementa con una pequeña torre de dos cuerpos.
Además de la capilla, sobreviven vestigios de los torreones que servían para vigilar constantemente los caminos y los alrededores, posiblemente levantados en el siglo XIX. Así mismo, se encuentran parte de las construcciones que servían de graneros, corrales y probablemente mesones, sostenidos por fuertes y gruesos contrafuertes; además hay rastros del empedrado de los caminos que pasaban a un costado.
Propietarios Destacados a lo largo de los Siglos
La historia de la Hacienda Buenavista ha sido marcada por una sucesión de propietarios que han contribuido a su legado y conservación a través del tiempo. Desde su establecimiento, diversas figuras y entidades han ejercido la tutela de este emblemático sitio:
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| Año | Propietario |
|---|---|
| 1582 | Virrey Conde de la Coruña |
| 1607 | Hospital de San Hipólito de México |
| 1681 | Don Antonio Giraldo |
| 1702 | Don Bartolomé García Montero |
| 1714 | Hospital San Hipólito |
| 1714 | Convento de la Convención |
| 1721 | Don Juan Díaz Quijano |
| 1742 | Don José Cano Cortés |
| 1757 | Virrey Marqués de las Maravillas |
| 1799 | Felipe Teruel |
| 1852 | Doña Francisca del Río |
| 1920 | Don Miguel Icaza |
| 1960 | Don Miguel Icaza y del Río |
| 1975 | Don Miguel Icaza y Contreras |
| 1980 | Don Francisco Icaza y Contreras |
| 1997 | Doña Norma Icaza y Contreras |
El Legado de la Familia Icaza
Don Francisco Icaza Contreras vivió entregado a su Hacienda San José Buenavista el Grande hasta el último de sus días. Después, con amor, compromiso y entrega, su hija, Doña Norma Icaza de Bejarano, tesorera de la Asociación de Haciendas del Estado de México, se encargó de cuidar esta joya familiar. Desde 1997, Doña Norma Icaza de Bejarano se hace cargo de este conmemorativo lugar que está ubicado en la localidad de Temoaya, en el Estado de México. Ella mencionó que “El amor hacia este lugar lo heredé de mi papá, que era lo máximo. Su vida era su hacienda”. Él tuvo otras haciendas, pero Buenavista era su casa, donde ella, sus hermanos, sus hijos y ahora sus nietos han crecido, fomentando una unión familiar arraigada al lugar. “Trato de conservar lo que mi papá dejó, esa unión es importante fomentarla y, además, si le puedo hacer algunas modificaciones a la Hacienda para tenerla en perfecto estado, ¡pues qué mejor!”, comentó.
Conservarla en buen estado ha sido una labor ardua. Norma ha contado con el especial apoyo de su esposo, quien la ha ayudado “económica y moralmente”. Para ella, toda la casa es un tesoro, pero en particular le tiene cariño especial a la capilla, la cual restauraron con ayuda del maestro José Sol, quien también restauró Bellas Artes, y el resultado ha sido increíble. Además de ser testigo de risas, abrazos y lágrimas, la Hacienda atesora algunos objetos de la época de la Revolución y de la historia de nuestro país, como las carrozas de Don Miguel Icaza, sus sillas de montar, algunos trajes de charro de su papá y una vajilla que el expresidente Don Porfirio Díaz le regaló a su abuelo cuando se casó con la señora Doña Elvira de Teresa.
Con el paso de los años, la Hacienda ha cobrado gran fuerza e importancia en la comunidad de Temoaya. Aquí, el 19 de marzo que es el día del señor San José, viene toda la gente. El festejo dura tres días; en el primero, todos entran con su imagen y le presentan al patrón de la comunidad algunas ofrendas, hay cohetes, sahumerio y en este año vinieron los danzantes chinelos, que bailaron en el patio, y se siguen tratando de conservar todas las tradiciones. El segundo día abrimos la capilla para que lleguen los mariachis y le canten Las Mañanitas, después todo el pueblo desayuna con la familia. Al tercer día se hace un baile y una feria. Con la finalidad de que la gente conozca más la Hacienda y que puedan disfrutar de su belleza e historia, la familia Icaza decidió rentarla para eventos sociales, afirmando que tienen planeado rentarla para eventos públicos, que tienen ocho habitaciones y el salón de fiestas, además, los jardines son ideales para cualquier celebración.
Hacienda Buenavista Hoy: Tradición y Museo Vivo
Actualmente, el rancho Buenavista pertenece al charro Octavio Chávez, quien preocupado por mantener la tradición mexicana ha procurado defender a sol y sombra la autenticidad del lugar. Así, con sus tal vez más de dos siglos encima, el Buenavista ha sido restaurado con dos propósitos fundamentales. El primero, la permanencia de la función, con la cría de ganado vacuno -raza Angus-, y caballar -razas Cuarto de Milla y Azteca-. Por otro lado, el lugar es en sí un museo, un museo que podría considerarse vivo si se tomara en cuenta que por él circulan personas y animales no como simples observadores, sino como seres que conviven de manera real y cotidiana con el ambiente.
Arquitectura y Espacios con Historia
En la casa antigua, un patio rodeado de flores, con cierto aire andaluz, invita a dar la vuelta y a descansar. A un lado de su entrada reposa maquinaria agrícola de principios de siglo, en contraste con los viejos carretones de tiro que se descubren en diversos rincones del lugar. Al otro lado yace una pileta de piedra a la cual, hace cientos de años, solían acudir los animales a saciar su sed.
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Un poco más allá, pequeños escalones señalan la entrada a una de las secciones de la construcción, donde un estrecho pasillo subraya la fachada encalada, adornada con herrajes diversos y armas más o menos antiguas. Una silla de montar adorna parte del espacio: piel cincelada, grabado en flor; herraje trisabado, con su juego de ángulos y lados casi triangulares; marcas de cuerdas, incisión, corte, herida testimonial y necesaria del uso de la montura. Frenos de hierro y plata le hacen la segunda: serpientes que se encuentran y separan, aros que se engarzan; memoria árabe y cristiana; arte mestizo; labor artesanal que se viste de gala; México que surge de la mezcla y se afianza.
Al lado, una segunda habitación que se comunica con la anterior y con el exterior, una recámara decorada como a principios de siglo: camas de hierro chapeado, con enorme cabecera heráldica y barra ancha; tocadores y armarios entre barrocos y afrancesados, con su madera caoba resistente y su insistencia en la curvatura terminal; cuadros marcados por el paso de los años, con su predominio de ángeles y sombras y, por qué no, hasta un reloj-calendario de cabecera perteneciente a Porfirio Díaz. Baño amplio, mosaico amarillento, remodelación.
Afuera, otro pasillo, otra fachada, construcción adjunta. Planta baja, otro pasillo igual de estrecho que el de la primera construcción, con su adorno de macetas y plantas en flor. Al final, abertura donde el rifle se mantiene sostenido por el fantasma de algún fiel guardián. Fachada blanca, con los mismos herrajes y armas. Al centro, otra habitación: sala de museo. Arte tradicional, puro, mexicano, colgando por las paredes, deslizándose sobre el piso en su danza de sombras. Materiales diversos. Trabajo ancestral. Arte y técnica hermanados en el viento, mestizajes, tradición.
Otros edificios más modernos completan el escenario. Por un lado, el pequeño lienzo charro. Tono chedrón, ladrillo, sobre el verde del pasto, rasgado a veces por el amarillo de la flor de anís, por el lila de las flores silvestres. Lienzo adoctrinador: frases en blanco o en negro como “A gran caballo, grandes espuelas…” y “Antes vaquero, hoy caballero…”, junto a un sentir poético, popular, campesino, o un poco más “intelectual”, como las frases de Álvaro Domecq en la pequeña tribuna: “Los movimientos no pedidos castígalos, pero con dulzura…” o “El caballo que tira de la mano no está en la mano, está más allá”.
Junto al lienzo, los corrales. Enfrente, la sorprendente cabaña de madera. Mezcla: encuentro de la “modernidad” y la tradición en la decoración. Cortinas que se descorren: vista general sobre las cañadas de pastoreo. Bodega bajo el piso. Pieles, muebles, accesorios en perfecta combinación. Motivos en la decoración: encuentros llenos de significados.
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Más adelante, otra sorpresa: “El Bodegón”, espacio sin secretos donde la historia y la costumbre comparten día a día botellas de tequila. Cantina, comedor y cocina. Lugar de reunión. “El Bodegón” es una tentación, una invitación suave y discreta a recorrer el pasado del rancho y sus habitantes, a leer cada uno de sus letreros, cada recorte de periódico, cada cartel que se sujeta firme a sus paredes. Lectura de imágenes, de fotografías de visitantes más o menos reconocibles, periodistas y reporteros más o menos famosos, artistas de más o menos renombre, gobernantes nacionales y de otros países, retratos de amigos y familiares. Narración de la “vida social” de un rancho. Y a un costado de las fotos, la cantina es un rincón del pulque y el recuerdo, con asientos-silla de montar ante la barra.
El museo continúa con su casi agobiante testimonio. Espacios que señalan otro sueño, otro anhelo, otra preocupación que va más allá de la generalmente unida a un rancho: embellecer el ambiente, estudiar las plantas, conocerlas, amarlas… Al igual que al ver los carteles y los libros del despacho se presenta, de nuevo, la otra faceta: la del charro ecologista. Aquel que disfruta tanto de la faena del campo, de la suerte charra que engalana, de la reunión en risa con los amigos, de la tradición y del recuerdo, como lo hace de la naturaleza al amarla y cuidarla.
El Santuario de la Charrería
A Buenavista se le denomina el Santuario de la Charrería, por ser uno de los dos lugares donde se sigue practicando la charrería a campo traviesa (el otro es Temoaya, no lejos de ahí). En la temporada de lluvias se reúnen desde hace varios años amigos charros de varias asociaciones del país, y con gran amistad de la familia Chávez Negrete, para practicar esta singular modalidad de la charrería. Estas faenas consisten en lazar un toro de los cuernos y dirigirlo hacia un lazador que espera en suerte su ejecución; a dicho toro lo llevan justamente a donde está el lazador en turno y la justa de ganado va adelante para llevar a la querencia al toro que se está manganeando, después de algunas oportunidades se ejecuta la terna al estilo clásico y se retira la junta del ganado 200 o 300 m y se prepara un coleador acompañado de dos charros, uno haciendo lado y otro jala para dirigir lo más directo al toro hacia la punta de ganado y así ejecutar con el toro libre la suerte de colas, que por lo regular con la velocidad se muestra muy aparatosa sin dejar de llevar un gran riesgo. En algunas ocasiones el toro que se derriba en la terna se jinetea, y otras se le tira una clásica mangana llamada la espina.
Historia viva cuelga de las paredes, camina por el techo, recorre los pasillos, corretea por el patio empedrado, murmurando entre las hojas de las plantas, arrancando una flor, escapándose en el aroma que ésta emite, escurriéndose con el agua por la porosidad de la maceta, subiendo los anchos escalones y revolcándose en el forraje, trepando a la maquinaria o a los carruajes, deslizándose por sus cuchillas o por sus ruedas, bebiendo en la pileta, montando en los caballos, ordeñando las vacas, herrando, capando, llorando, danzando, cantando al son de una guitarra… Historia antigua y sencilla. Y sin embargo, aquí no termina el cuento. La historia, continúa… con la costumbre y la modernidad en la cantina de “El Bodegón”.
El Contexto de Temoaya
La Hacienda Buenavista el Grande se ubica en el municipio de Temoaya, Estado de México, a 90 km de la ciudad de México y cerca del lago de Villa Victoria, una presa de cerca de 20 km de largo. Se encuentra en el centro de varias famosas haciendas, entre ellas Dolores, Suchitepec, Ayala (inmortalizada por Luis G. Inclán en Los capaderos de Ayala), El Sitro y La Gavia. San José Buenavista el Grande se encuentra a 6.6 kilómetros (en dirección Norte) de la localidad de San Pedro Arriba, la de más habitantes dentro del municipio, y a 8.1 kilómetros en dirección Norte de la capital del municipio (Temoaya).
El municipio de Temoaya se ubica en la porción centro norte del Estado de México, ocupando parte de la sierra de Monte Alto; la sede del ayuntamiento se sitúa a 20 kilómetros hacia el noroeste de la ciudad de Toluca. Tiene una extensión territorial de 199.63 kilómetros cuadrados, que representa el 0.88% de la superficie estatal. El nombre de Temoaya proviene del náhuatl temoayan, cuyo significado es “lugar de donde se desciende”. La demarcación municipal, apunta Arzate (2018), se define por conservar tradiciones y costumbres mestizas y de la etnia otomí. En San José Buenavista el Grande, hay un porcentaje del 21% de población indígena y el 83% de las viviendas dispone teléfono celular.
Clima y Geografía
En la localidad, hay un clima templado con una temperatura media de 13.5ºC y 228 días de lluvia al año. El clima predominante en San José Buenavista el Grande se clasifica como Templado de Altura (Serranía) (clasificación 'Cwb'), típico de zonas elevadas, con veranos cálidos y húmedos. Por su parte, el régimen de lluvias registra una precipitación media anual de 1189.6 mm.
En la zona alta, parte escarpada del extremo occidental de la sierra de Monte Alto, predominan rocas ígneas extrusivas y una pequeña parte de material sedimentario. En esta relativamente agreste topografía se visualiza cobertura vegetal de bosque mixto, constituido por pinos, ocotes, cedros y oyameles, mientras que en los lomeríos y faldas del sistema imperan especies como fresno, eucalipto, madroño, gigante y encino, además de arbustos como cardo, zacatón y escobilla. En la porción más elevada se tiene un clima semifrío subhúmedo y en los lomeríos el templado subhúmedo, ambos con lluvias en verano.
La zona centro, por su parte, se caracteriza por un relieve de lomeríos, cuya base son rocas ígneas extrusivas, con clima templado subhúmedo con lluvias en verano. Finalmente, la zona baja se caracteriza por tener un área de lomeríos formados por rocas ígneas extrusivas, y también se aprecian espacios de valle colindantes con el río Lerma con algunos cuerpos de agua.
Desarrollo Poblacional y Económico de Temoaya
La erección municipal de Temoaya data del siglo XIX. Gracias a los datos proporcionados por Arzate (1999), se sabe que el primer ayuntamiento constitucional se conformó en 1820, de acuerdo con la Constitución de Cádiz. Como integrante del distrito de Toluca, en 1892 se procedió a realizar un conteo de población, que arrojó el dato de que dicha municipalidad contaba con 8,287 habitantes, distribuidos en veintiuna localidades. A inicios del siglo XX, durante el gobierno de Porfirio Díaz, se registraron los primeros censos poblacionales en los que se incluyó a Temoaya.
La evolución poblacional en Temoaya, de 1892 a 2020, es de crecimiento relativamente sostenido, pero con intensidad variable según los momentos históricos. Dicho progreso muestra tanto aumento como disminución en diferentes periodos; durante las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta el crecimiento poblacional es constante y no sufre bajas. A partir de 1921 y hasta 1950, el número de pobladores en Temoaya aumentó alrededor de tres mil personas por cada periodo de diez años. Durante la década de los sesenta y posteriores ochenta se dio un incremento considerable, que quizá se debió a la posible estabilidad socioeconómica en México. La tasa de incremento poblacional ha variado, pues aumentó y disminuyó en el lapso de 1970 a 1990 debido, seguramente, a las campañas de control de natalidad y al aumento de servicios de salud.
En cuanto a las actividades económicas, es notable un proceso de terciarización en donde el ámbito agropecuario cede espacio e importancia a favor del comercio y servicios. La comparación del desarrollo demográfico en los tres niveles -nacional, estatal y municipal- permite aseverar que de 1900 a 1990 la dinámica de la población del municipio es algo distinta, y media en comparación con los otros dos horizontes. En la zona baja existe un poblamiento creciente y, por lo tanto, también aumentó la demanda de nuevos sitios de asentamiento. Así, se plantea que el crecimiento drástico en el número de pobladores y de localidades se relacione con la expansión sustantiva de las actividades económicas terciarias en Temoaya.
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