Descubre las Fascinantes Haciendas del Siglo XIX: Historia y Características que Sorprendenpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En febrero de 1842, el viajero John Lloyd Stephens llegó al rancho Kiwic en Yucatán y describió a su dueño como un indio puro, el primero de esta antigua pero degradada raza a quien hubiésemos visto en la posición de ser dueño y propietario de tierras.

Las Haciendas en Yucatán: Un Panorama General

La imagen de que sólo los grupos "blancos" y pudientes de la sociedad eran propietarios de haciendas y ranchos, y que los mayas no tuvieron más remedio que servir ahí debido a su pobreza, no ha dejado percibir en su justa dimensión los proyectos económicos individuales de un grupo de indígenas que, si bien es minoritario, no permaneció al margen de los sistemas económicos dominantes. En este trabajo me ocuparé de los amos mayas, seguiré algunas de sus estrategias y reconstruiré sus lazos sociales.

Hace más de cincuenta años François Chevalier (1999) publicó su clásico libro sobre la hacienda, donde se asentaron varias de las ideas generalizadas que se tienen ahora de este sistema económico, como la autosuficiencia, las relaciones de señorío o la de propietarios absentistas. Desde hace algún tiempo ya se trabaja sobre casos regionales, que han mostrado ser cada uno modelos completamente distintos. Al perfilarse como el más importante sistema económico, a aquélla accedieron no sólo los estratos más favorecidos de la sociedad sino otros grupos, que hasta el momento se habían mantenido al margen, surgiendo así un sector medio rural.

Así, en Yucatán la hacienda nació tardíamente, hacia fines del siglo XVIII, justo cuando se vivía en varias partes de la Nueva España un proceso de impulso de la propiedad individual. Quizá un rasgo esencial de la hacienda yucateca sea precisamente sus proporciones y sus bajos avalúos. De hecho, la frontera entre rancho y hacienda para el Yucatán decimonónico resulta bastante difusa y a veces las dos propiedades suelen confundirse.

Las haciendas yucatecas de antes del porfiriato, salvo muy pocas excepciones, no pueden compararse ni con las construcciones actuales ni mucho menos con las del centro y norte de México. Eran empresas de agricultura y ganado, con construcciones modestas en tamaño e infraestructura y con altas deudas hipotecarias.

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Las Haciendas Mayas: Un Caso Particular

Terry Rugeley (1996: 20) ha descrito las haciendas de los mayas como liliputianas. Hablamos de propiedades valuadas entre los 200 y los 5 000 pesos, aunque una mayoría está gravada con censos e hipotecas, modelo que no difiere con el de sus otros homólogos yucatecos. Se tienen consignados algunos nombres de amos mayas por las ventas que realizaron de sus propiedades, ya sea en vida o a través de sus herederos una vez muertos los amos, aunque no se cuenta con más datos.

En los cuadros 5 y 6 se puede observar que su valor, cuando se consigna, podía ir desde 40 pesos por un paraje (de Pedro Chan de Bokobá) hasta 2 838 por una hacienda (de José María Chuc de Seyé). Sí se nota una gran diferencia entre los que dictaron testamento y los intestados. Sin ninguna duda alcanzaban valores más altos las propiedades de los testadores, en donde se cuentan varios caciques, aunque tampoco se trata de un modelo único, pues entre los intestados hay un ex cacique cuya propiedad sólo alcanzó los 377 pesos (José Tzuc).

En otro trabajo ya habíamos hecho notar (Machuca Gallegos, 2007) que en las haciendas yucatecas, antes del boom henequenero, la mayor inversión era de ganado. Este modelo se sigue aplicando al caso de los mayas analizados, pues el porcentaje va desde un 39 % hasta un 94 % del valor total de la propiedad. La inversión en la planta (infraestructura) o en colmenas es mínima.

Análisis de Testamentos e Intestados

Para el análisis de los testamentos, hemos seguido el modelo de Jacques Poloni Simard (1998 y 2002), quien parte de la idea de que la búsqueda de los lazos interindividuales permite poner en evidencia los medios sociales en los cuales los actores se inscribían. Para lograrlo utiliza tres variables relacionales: los cónyuges, los albaceas y los testigos. Aunque nosotros hemos agregado también a los deudores y a los sirvientes adeudados.

En la muestra analizada (ver cuadros 4 y 7) se encuentran dos tendencias diferentes según si eran intestados o testadores. En el primer grupo, de intestados, compuesto de nueve personas, siete se casaron una vez, uno lo hizo dos y un último (José Tzuc) tres. Todos los cónyuges eran mayas. De los trece testadores, cinco contrajeron nupcias una vez, seis dos veces, y dos (Pedro Chan y José María Chuc) tres. En tres casos de segundo y tercer matrimonio pensamos que la esposa ya no era maya por el apellido: así consideramos a Juliana Baldez, Juliana Ávila y Jacinta Aguayo.

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Ninguna esposa aportó nada a la unión, a excepción de Jacinta Aguayo (casada con Hermenegildo Caamal), quien lo hizo con un rosario de oro y coral, una venera de coral, cinco pares de aretes y dos pares de argollas de oro (al parecer, ella también era viuda). En el caso de primeras nupcias sólo Eustaquio Dzul contribuyó con dos tablajes de tierras, la tercera parte de otro paraje, un solar y dos novillonas. Todos los demás testadores manifestaron haber llegado a su matrimonio sin bien alguno.

Los albaceas constituían una figura muy importante, pues se encargaban de ejecutar la última voluntad del testador, de ahí que se escogieran con cuidado. Sin embargo, los trece testadores (cuadro 4) siguieron un patrón ligeramente diferente: cuatro nombraron a sus esposas y sólo dos las pusieron en primer lugar; seis eligieron a sus hijos, pero únicamente cuatro encabezan la lista; tres prefirieron a sus hermanos, dos a sus nietos, otros dos a sus cuñados y uno a su suegro.

En cinco casos también se designó a albaceas externos a la familia: José María Uc, de Tunkás, escogió a don Juan Isidro Pérez; Eustaquio Dzul, de Hocabá, a don Pedro Arsiquea y don Casimiro Echevarría (de hecho Arsique también sería curador de sus hijos pequeños), y José María Chuc, de Seyé, escogió a don José Dolores Rodríguez y a don José Gil Angulo. Pedro Chan, de Bokobá, a don Buenaventura Martínez; y Bruno Ek, de Hunucmá, nada menos que a Santiago Méndez, varias veces gobernador de la península. Si se observa, el "don" marca cierta preeminencia y los nombres a todas luces no son mayas.

Los testigos eran escogidos fuera del círculo familiar y se necesitaban al menos tres personas para validar el testamento. De los 45 testigos asentados (cuadro 4), de apellidos mayas únicamente había cinco. Sólo en un caso se observa que se cruza la variable de testigo con la de clientela: José Gertrudis Tzuc debía 72 pesos al presbítero Tranquilino Sánchez. Se puede notar que para la validación de los testamentos, al menos los notarios tenían una preferencia por el sector "blanco".

El Henequén y la Transformación de las Haciendas

Durante el siglo XIX muchas de las haciendas maicero-ganaderas, especialmente las de Mérida, se transformaron en henequeneras. Las haciendas henequeneras yucatecas surgieron en la segunda mitad del siglo XIX por impulso de las antiguas familias que desde la época colonial poseían grandes propiedades territoriales, por la participación de sus herederos y por los nuevos grupos ricos que se habían desarrollado en el comercio.

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El henequén es una especie de planta del género de los agaves, que fue cultivada por los mayas en la época prehispánica, por la utilidad de sus fibras para la fabricación de sogas y cordeles, su producción y explotación fue tan fructífera que se convirtió en importante agroindustria ganando el nombre de “oro verde”. El henequén creó un escenario completamente nuevo que abarcaba el paisaje y los edificios de la hacienda, incluyendo las viviendas de los trabajadores.

Las grandes haciendas henequeneras representaron durante 100 años la base de la economía de Yucatán. No obstante, los hacendados yucatecos no conformaban un grupo homogéneo económica e ideológicamente, existían serias diferencias entre ellos por origenes e intereses que representaban.

La Vida en las Haciendas Henequeneras

En general, para realizar las actividades productivas había dos tipos de trabajadores: los acasillados, que residían permanentemente en la hacienda, y los peones, que eran contratados de acuerdo a los requerimientos de la producción y provenían de los poblados vecinos. Para lograr el arraigo de los trabajadores acasillados y aislarlos de los pueblos, el dueño de la hacienda debía proveerlos de condiciones de vida semejantes a la de los poblados.

Dependiendo de las dimensiones de la hacienda, los trabajadores tenían, entre otras cosas: plazas públicas, capilla, escuela, dispensario médico, tienda de raya, cementerio, calabozos y espacios recreativos en las plazas. Estos espacios también eran utilizados para actividades religiosas como las festividades del santo patrono de la hacienda, en las que se realizaban desde bailes hasta corridas de toros.

Por otra parte, a través de mecanismos compulsivos, no exentos de violencia, como los préstamos, los trabajadores adquirían deudas que les obligaban a permanecer en la hacienda, continuando así una disposición legalizada desde la época colonial. La población trabajadora estuvo de manera permanente al servicio de las haciendas, y se procuraba que contrajeran deudas las cuales fueran un sacrificio de su libertad para el resto de sus días.

Ejemplos de Haciendas Emblemáticas

Existen varias haciendas que destacan por su conservación, tamaño e historia. A continuación, algunos ejemplos:

  • Hacienda Yaxcopoil: Fundada en el siglo XVII, es una de las haciendas más emblemáticas por su conservación, tamaño y ubicación justo en el centro del mundo maya.
  • Hacienda Teya: Fundada en 1683, inició como una hacienda agrícola y ganadera, y fue restaurada con un estilo colonial integrando las ampliaciones del período henequenero.
  • Hacienda Chenkú: Sus primeros registros datan de 1710, donde fue descrita como sitio poblado de ganado y colmenas, ahora es un recinto muy popular para llevar a cabo eventos de todo tipo.
  • Hacienda Xcanatún: Levantada sobre las ruinas de asentamientos mayas precolombinos, los edificios tienen un diseño ecléctico mezclando su arquitectura original colonial con su restauración a principios del siglo XX.

El Fin de una Era

A mediados de 1940, cuando se inventaron los hilos sintéticos, la industria del henequén cayó abruptamente y con ello, el esplendor de las haciendas.

Aunque menos impresionantes que las inmensas haciendas de opulentos propietarios y corporaciones religiosas, las haciendas de modestas dimensiones y moderados rendimientos fueron más numerosas y ocuparon a gran parte de los indios que les dedicaban su trabajo en exclusiva o como apoyo parcial en temporadas de siembra o recolección.

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