Descubre el Impactante Delito de Impiedad y el Juicio de Sócrates en la Antigua Atenaspost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Corría el año 399 a.C. cuando el filósofo Sócrates, ya septuagenario, fue llevado a juicio en Atenas, acusado por sus enemigos de un grave delito: impiedad. Conocemos bien el texto de la acusación, que decía así: «Presenta denuncia bajo juramento Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pitto, acusando a Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alópece: Sócrates comete el delito de no reconocer a los dioses en que cree la ciudad, e introduce nuevas divinidades. También delinque corrompiendo a los jóvenes. Pena solicitada: la muerte».

Contexto y Orígenes de la Asébeia

Es necesario destacar, en primer lugar que el delito de impiedad - conocido por los griegos como asebeia (ἀσέβεια) no formó parte desde el principio del Código Penal ateniense. Es decir, no se trataba de un delito tradicional sino que su condición jurídica fue creada en un momento muy específico de la historia para responder concretamente a la necesidad de proteger la integridad política del Estado ateniense. En el siglo quinto antes de nuestra era Atenas se había convertido en una verdadera potencia comercial y económica. Que su propio crecimiento exige el contacto, el intercambio con el exterior. Necesitan importar y exportar. Ello les obliga a abrirse hacia afuera. Y como consecuencia, muchísimos extranjeros comenzaron a llegar a Atenas para hacer negocios. Los "otros" no solo empezaron a verse el brillo de sus monedas llenando las arcas de Atenas, sino también nuevos peinados, nuevas ropas, nuevos tonos de piel, nuevas lenguas extrañas y diferentes costumbres. Gentes rezando de formas raras, bebiendo y comiendo en posiciones extrañas, interpretaciones distintas del mundo, religiones y dioses desconocidos. La contemplación de lo distinto como algo que existe. Pero no sólo eso, sino como algo que funciona, hizo zozobrar la seguridad de muchos atenienses en los fundamentos de su cultura tradicional. Atenas, considero absolutamente imprescindible comenzar a legislar sobre aquellos elementos que definían su propia identidad como pueblo. Comenzar, por tanto, a proteger por ley aquello que consideraba la clave y la esencia de su éxito, que por ese mismo éxito comenzaba a estar en peligro. En la primera parte de este ciclo habíamos visto que los atenienses llegaron incluso a legislar, a votar leyes sobre su lengua escrita exactamente sobre el uso de determinadas letras, algo que nos sorprendía, algo que nos parecía increíble. Legislar y controlar la lengua es políticamente muy importante. En esta línea, lo segundo que arreglaron los atenienses detrás de la lengua fueron sus cultos y sus creencias, de tal forma que no se pudiera permitir la expresión pública de otras formas de entender el mundo, de otras cosmovisiones que pudieran rivalizar, distraer o seducir a los jóvenes y que no pudieran sentirse de algún modo legitimadas estas formas extranjeras de entender la realidad para entrar en el espacio social, artístico, literario de los griegos, es decir, en ese espacio que les había convertido realmente en la gran potencia que era en el siglo quinto, por tanto, se estableció un nuevo Código Penal en el que se definió de forma clara qué era ese delito de impiedad.

Tipos y Alcance del Delito de Asébeia

Vamos a exponer estos supuestos para que podamos apreciar la enorme cantidad de cosas diferentes que fueron introducidas en el delito de impiedad.

  1. En Atenas la asebeia incluía en primer lugar el delito de adorar a un Dios extranjero. Así que adorar dioses extranjeros podría ser extremadamente peligroso.
  2. En segundo lugar, la introducción de nuevas divinidades, no tanto dioses extranjeros, sino la creación de nuevos dioses. Uno de los más famosos fue Sócrates, que hablaba de la existencia de un daimon en su cabeza. Y de hecho, en la condena de impiedades, Sócrates incluye la referencia a esta nueva y extraña divinidad que se había atrevido a introducir.
  3. En tercer lugar, se consideraba impiedad, delito de impiedad a Sabella revelar los misterios de los cultos, los cultos tónicos, por ejemplo, o los cultos.
  4. Otro de los supuestos de las avella era para odiar a la religión, algo bastante raro.
  5. Otro supuesto del delito era violar los templos y las imágenes.
  6. Otro de los supuestos será desarraigar los olivos sagrados. Así que arrancar los olivos de Atenas era de alguna forma atentar contra la gran diosa de la polis y también contra el gran negocio de los griegos.
  7. Otro supuesto del delito de esta bella era perturbar las ceremonias, es decir, molestar, interrumpir, protestar en medio de uno de los rituales de sacrificio griego.
  8. Otro era rebelarse contra la autoridad del sacerdote.
  9. Otro supuesto incluido dentro del delito era no enterrar a los muertos.
  10. Otro supuesto era el asesinato.
  11. Otro era el incesto. Tampoco creo que haya mito alguno que no lo incluya o la violencia contra los padres, que es literalmente la definición del Edipo de Sófocles también.
  12. Finalmente, la forma clásica de la sabía incluía la traición a la patria en el sentido militar, algo que había hecho, como todos bien sabéis, el Alcibíades que aparece en Platón es el gran general ateniense que traicionó repetidas veces a los griegos entregando secretos de estado a los persas.

Diopites, uno de los principales rivales políticos de Pericles, consiguió aprobar en el año 483 la inclusión de una cosa más en esta larga lista de casos que incurrirán en las asebeia: incurrirán en el delito de impiedad quienes "no crean en las cosas divinas o impartan enseñanzas sobre los fenómenos celestes." Un delito dirigido directamente contra Anaxágoras y evidentemente, contra la nueva filosofía de la naturaleza. Es decir, la filosofía acababa de llegar a Atenas y prácticamente en el mismo instante en el que se conseguía instalar, fue introducida en el Código Penal como una actividad peligrosa y susceptible de ser considerada como una herejía, como un gravísimo delito de impiedad. Anaxágoras tuvo que acatar la sentencia y fue desterrado, como os decía al principio, en la ciudad, en la polis de Lámpsaco, donde murió en el año 428 a.C. Así nos dice Aristóteles: "los habitantes de Lámpsaco dieron sepultura a Anaxágoras, pese a ser extranjero y hoy en día siguen honrando a su memoria."

Acusadores y Motivos del Juicio a Sócrates

El delito de impiedad (asébeia) se había introducido en la legislación ateniense hacía unas décadas. Un tal Diopites, tal vez un sacerdote o adivino, lo había propuesto durante la guerra del Peloponeso, y desde entonces ya se había aplicado en otros casos, casi siempre con intención de perseguir a un rival político. Tal fue el caso de Sócrates. Su acusador, Meleto, un joven poeta o un trágico de poca valía, actuaba en nombre de otros dos personajes llamados Ánito y Licón, bien conocidos como políticos demócratas en Atenas. El propósito último de la acusación era claro: querían silenciar para siempre a un individuo demasiado molesto como crítico de las tradiciones y al que muchos identificaban como un sofista más, es decir, como uno de aquellos falsos sabios que habían introducido el despego a la religión e ideas perturbadoras entre la juventud. A Sócrates se le acusó de incitar a los jóvenes a despreciar a los dioses griegos. No creer en los dioses de la Ciudad equivalía a introducir dudas sobre la Ciudad misma y a poner en duda el vínculo con la tradición en que se funda la vida en común. Era, pues, un grave cargo en la medida en que interpelaba el fundamento mismo de la vida en la polis. En segundo lugar, la introducción de nuevas divinidades, no tanto dioses extranjeros, sino la creación de nuevos dioses. Uno de los más famosos fue Sócrates, que hablaba de la existencia de un daimon en su cabeza. Y de hecho, en la condena de impiedades, Sócrates incluye la referencia a esta nueva y extraña divinidad que se había atrevido a introducir. Meleto acusó a Sócrates porque corrompía la moral de la juventud. Este había sido tutor de algunos antidemócratas, como el traidor Alcibíades o Critias, y era ya considerado como muchos un sofista, es decir, un charlatán peligroso. El cargo de irreligiosidad es, para la mayoría de los historiadores, un instrumento para conseguir la condena. Habían pasado cinco años del final de la guerra del Peloponeso, y aunque una amnistía general había puesto fin a las disensiones entre el partido oligárquico -que había patrocinado en el 404 a.C. el régimen de los Treinta Tiranos- y el bando popular, que logró pronto la restauración de la democracia, sin duda quedaban muchos rencores en la sombra entre los atenienses. En tal ambiente y con esas notas de trasfondo se planteaba el juicio del inquietante Sócrates.

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El Proceso Judicial y la Defensa de Sócrates

Tranquilo y desafiante Sócrates fue juzgado por un tribunal popular. Éste, compuesto por 500 o 501 ciudadanos, debía dar su sentencia tras escuchar al acusador y al acusado. Platón y Jenofonte, dos de los discípulos de Sócrates, recogieron el largo discurso que el filósofo pronunció en esa ocasión. Decidido a evitar cualquier gesto de súplica, Sócrates expuso la conducta que había mantenido toda su vida, que en su opinión siempre había estado al servicio de la verdad y de la educación de sus conciudadanos. Declaró que nunca había actuado como sofista, pues ni daba clases ni cobraba por ellas ni tenía escuela, y que siempre fue un buen ciudadano. Como prueba de esto último recordó su participación en las batallas de Potidea, Anfípolis y Delion, durante la guerra del Peloponeso. Sócrates insistió en que su propósito no era intervenir en los asuntos y procesos de la democracia, sino únicamente perfeccionar la moral de los ciudadanos instándoles a que se cuidaran de saber lo esencial. De ahí su hábito de preguntar a unos y otros qué era la virtud, la justicia, la piedad, el auténtico bien, animándoles a buscar respuestas a esas cuestiones sin preocuparse del dinero o el poder. Sócrates se atrevió incluso a recordar cómo el oráculo de Delfos, consultado en cierta ocasión por su viejo amigo Querefonte, le había reconocido como «el más sabio de los griegos». Él mismo no comprendió al principio esta sentencia, hasta que descubrió que era por reconocer que no sabía nada. La apología entonada por Sócrates debió de parecer desconcertante, y a la vez un tanto arrogante, a la mayoría de los jueces, que lo declararon culpable, aunque tan sólo por una pequeña diferencia de votos. En Atenas, los condenados en esta primera votación tenían el derecho de proponer una pena alternativa a la solicitada previamente por la acusación, que en el caso de Sócrates era la muerte. El filósofo pronunció seguidamente un segundo discurso en el que se reafirmó en su actitud e insistió en presentarse como un benefactor de todos sus conciudadanos. Como tal, proponía a los jurados que se le mantuviera en el Pritaneo (sede del gobierno de Atenas), subvencionado por la ciudad como si fuese un héroe o un vencedor de los Juegos Olímpicos. Además, en el Más Allí su alma podría encontrarse con gente muy digna y continuar allí sus diálogos: «Pasar el tiempo examinando e investigando a los de allí, como ahora a los de aquí, para ver quién de ellos es sabio, y quién cree serlo y no lo es [...] sería el colmo de la felicidad». Tras este alegato se celebró la segunda votación, en la que el jurado lo condenó a muerte por una mayoría de 280 frente a 220 votos, bastante más holgada que la anterior. Pudo solicitar el destierro o el pago de una buena multa, pero insistió en que se le impusiera un pago ridículo, argumentando que un hombre como él, dotado de una misión filosófica, apenas tenía valor para el Estado. Su discurso enfadó al jurado y, al final, unos 320 ciudadanos votaron por la pena máxima. En unas breves palabras de despedida, Sócrates perdonó a los jueces e insistió en que nadie sabía si la muerte es un bien o un mal.

La Muerte de Sócrates y su Legado

Aunque la ejecución de los condenados a muerte solía ser casi inmediata a la lectura del veredicto, en el caso de Sócrates se retrasó un mes. En ese tiempo no era lícito ejecutar a nadie, y sucedió que los vientos retrasaron la vuelta del navío esos treinta días. Durante ese período, los amigos pudieron acudir a visitar al preso y charlar con él. En el diálogo de Platón titulado Critón se cuenta cómo sus discípulos le propusieron una fácil fuga de aquella prisión, a lo que Sócrates se negó, pues quería obedecer las leyes de la ciudad en la que siempre había vivido. En el Fedón, Platón cuenta la conversación de Sócrates con sus amigos en las últimas horas de su vida. El filósofo trató de consolarlos discutiendo sobre la inmortalidad del alma, con varios argumentos y un relato mítico sobre el juicio de las almas en el otro mundo celeste. Finalmente, Sócrates se despidió de ellos, bebió la cicuta y murió cuando el veneno le paralizó el corazón. Fue esa una muerte admirable, muy pronto sentida como un escandaloso crimen de la democracia ateniense, lo que convirtió a Sócrates en una figura emblemática de la libertad intelectual, un paradigma del auténtico sabio, ejemplo del pensador dispuesto a defender sus convicciones morales contra viento y marea. Para el historiador, "con la condena y muerte del filósofo la democracia de los atenienses se vio limpiada y reafirmada".

Análisis Histórico y Controversias sobre las Fuentes

El juicio y condena a muerte del filósofo griego Sócrates (470 a.C.-399 a. C.) aún se enseña en algunas facultades de Derecho e Historia como el gran ejemplo de un uso retorcido de la justicia. Desde Platón, que fue su alumno, hasta la actualidad, el juicio al padre de la civilización occidental fue considerado poco menos que una farsa perpetrada por los señores poderosos de Atenas, que usaron los bajos instintos del pueblo para acabar con un crítico del status quo. Sin embargo, Paul Cartledge, historiador y profesor de la Universidad de Cambridge, defiende en un nuevo libro que el proceso al filósofo fue todo un ejemplo de justicia y democracia a la ateniense. El historiador británico se apoya en dos elementos para defender la justicia del juicio a Sócrates. Por un lado, asegura que "la ateniense era una democracia (la única existente entonces entre las grandes polis griegas) muy diferente a la actual". Todo se discutía y los ciudadanos al menos los bien situados eran participantes activos no sólo en la acción política sino que también tomaban parte en la administración de justicia. No había fiscales y la acusación era iniciada por cualquier ciudadano. La pena se decidía por votación. El segundo elemento, despreciado por los historiadores, es la acusación de impiedad. Como escribe Cartledge en su libro, "la ciudad griega es una entidad viva colocada bajo la protección segura de los dioses, que no la abandonarán mientras ella no les dé de lado". Para Cartledge, Atenas era una comunidad mediterránea cerrada que veía en cada novedad una amenaza al orden establecido. Fue esta combinación entre participación democrática y miedo religioso la clave del proceso judicial. Sócrates, en definitiva, sufrió la desconfianza de sus contemporáneos, a los que les disgustaba su actitud hacia Atenas y la religión establecida.

Dado que soy historiador, antes que filósofo, empezaré por examinar las fuentes. La Apología de Platón es una fuente contemporánea con el suceso ya que probablemente fue escrito una década después del juicio. Además de esto, es el reporte de un testigo ocular, pues Platón alega haber asistido al juicio de Sócrates y haber estado entre los que ofrecieron pagar una fianza por él. Por otro lado, nos enfrentamos a dos problemas con este texto: primero, que Platón no es imparcial ya que defiende a Sócrates en vez de, simplemente, narrarnos los acontecimientos. Segundo, Platón es un poeta, lo que es peor, ya que no podemos descartar la posibilidad de que la Apología sea una ficción y no el reporte de la realidad. ¿Cómo podremos saber si la visión de Platón acerca de su amado maestro es un recuento fiel a la vida y obra de Sócrates? La única manera de juzgar a la defensa es reconstruir los argumentos de los acusadores. Aparte de la Apología de Platón, ¿cuáles fuentes hay disponibles para conocer más del juicio de Sócrates? Existen muchas pero, lamentablemente, la mayoría hace lo que hace Platón: defender a Sócrates. Las fuentes en cuestión son la Apología de Jenofonte y los primeros dos capítulos del primer libro de su Memorabilia. Luego, la Apología Sokratous de Libanio y, finalmente, dos tratados perdidos: una Apología de Lisias y una Apología de Demetrio de Falero. Al comparar las narraciones de Platón y Jenofonte debería ser posible juzgar si la defensa pronunciada por Sócrates puede reconstruirse. Hay por supuesto muchas diferencias entre la descripción ofrecida por el poeta que filosofa y el coronel exiliado; sin embargo, también hay similitudes sorprendentes. Parece ser que la conclusión es que las versiones de Jenofonte y Platón son muy similares porque ambas cuentan lo que en efecto sucedió en el año 399.

Todo esto a propósito de la defensa. Pero ¿qué tanto sabemos de los acusadores? Además de Meleto, quien fue el acusador principal, otras dos personas figuraban en el bando acusador como syngoroi: Licón, quien no ha podido ser identificado con ningún otro personaje de la época con ese nombre, y Ánito, bien conocido por otras fuentes. Ánito era conocido por estar entre los líderes políticos que respetaban la amnistía y rechazaba cualquier violación a la misma (Isócrates, 18. 23). Por lo que sabemos sobre Ánito, se ha podido inferir frecuentemente que los acusadores no pueden haber levantado cargos políticos contra Sócrates. En primer lugar, Sócrates fue acusado de impiedad (a través del γραφἡ ἀσεβεíας) no por haber saboteado la democracia (κατἁλυσιςτοῦδἡμου). En segundo lugar, Ánito nunca hubiera respaldado a los acusadores en la corte si el veredicto hubiera tenido como consecuencia la infracción de la amnistía. No obstante, este argumento está basado en una mala interpretación de la amnistía. Primero, la amnistía no contemplaba solo crímenes políticos, sino ofensas de cualquier índole, incluida la impiedad. Segundo, la amnistía consistía en asegurar el perdón de cualquier crimen cometido antes del 403 (Cloché, 1915, pp. 251-277; Loening, 1987, p. 100); esto significa que cualquier persona podía ser considerada responsable por cualquier crimen después del 403 (Stone, 1988, pp. 154-155).

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Los dos cargos contra Sócrates registrados por la Memorabilia (1.2.9) de Jenofonte son los siguientes: (1) Sócrates induce a aquellos con los que conversa a desdeñar las leyes, calificando de locura el sorteo para escoger a los magistrados, puesto que nadie estaría dispuesto a elegir un timonel, un arquitecto o incluso un profesor de música de la misa forma. Sin embargo, las equivocaciones en estos asuntos serían mucho menos fatales que los errores que conciernen a la polis. En los jóvenes estos argumentos suscitan desdén y los hacen ponerse violentos. (2) Sócrates fue asociado a Critias y Alcibiades quienes ocasionaron los desastres más grandes de la ciudad (Jenofonte, Mem., 1.2.12).

Se nos ha dicho que Polícrates (Fragmento VII), el retórico, escribió un discurso para la acusación de Sócrates. Algunas fuentes sostienen que el discurso en efecto fue pronunciado en el 399, durante el juicio. Sin embargo, esta visión es acertadamente rechazada por Favorinus (Diógenes Laercio, 2. 39), quien argumenta que Polícrates se refiere a la reconstrucción de Conón (en el 393) de los muros alrededor de Atenas (Jenofonte, Helénicas, 4.8.10; Dem., 20.68ff). Por lo anterior, el panfleto de Polícrates no pudo haber sido la publicación del discurso dado en el 399, como tampoco puede haber sido una ficción, como la Apología de Platón. Tuvo que haber sido un ensayo como la Apología de Jenofonte que incluye un resumen del discurso de Sócrates y una discusión sobre todo el juicio. Además de la reconstrucción de Conón de los muros alrededor de Atenas, lo único que sabemos del presunto discurso para los acusadores de Polícrates (Isócrates, 11. 5) es que declaró que Alcibíades era un pupilo de Sócrates. Así que reconstruir la acusación es más difícil que reconstruir la defensa. Primero, el panfleto de Polícrates está perdido. Segundo, no sabemos hasta qué punto el panfleto reproducía lo dicho en el año 399.

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