Entre los casos judiciales de la antigüedad, pocos han llegado a ser tan famosos. Existen cuatro relatos bíblicos, conocidos como Evangelios, que describen la forma en que Jesús fue arrestado, enjuiciado y ejecutado. En aquella época, Palestina estaba bajo el dominio del Imperio romano, el cual concedía a las autoridades religiosas judías el derecho de administrar justicia entre el pueblo según sus propias leyes, pero al parecer no les confería el derecho legal para ejecutar a los delincuentes. Por eso los romanos le dieron muerte a Jesús, aunque fueron los líderes religiosos judíos quienes lo arrestaron. A estos últimos les incomodaba tanto la predicación de él, que decidieron matarlo. No obstante, trataron de dar una apariencia legal a su ejecución.
El juicio contra Jesús de Nazaret violó todas las normas del derecho jurídico. Para que el arresto fuera legal, tenían que presentarse dos testigos ante el tribunal acusándolo de un delito específico. Sin embargo, en el caso de Jesús, las autoridades judías sencillamente “buscaron de qué manera les sería eficaz deshacerse de él”. Cuando arrestaron a Jesús, nadie había imputado cargos en su contra. No fue sino hasta que lo detuvieron que los sacerdotes y el Sanedrín -el tribunal supremo judío- se pusieron a buscar testigos, pero ni siquiera hallaron dos que concordaran en su testimonio. Fuera como fuera, no le correspondía al tribunal buscar testigos.
Irregularidades en el proceso ante las autoridades judías
La turba que arrestó a Jesús lo llevó a la casa de Anás, quien había sido sumo sacerdote, y este comenzó a interrogarlo. Lo que hizo violaba la ley, pues las acusaciones de un delito castigado con la pena de muerte no debían atenderse de noche, sino de día. Además, cualquier investigación tenía que hacerse en audiencia pública, no a puertas cerradas. Consciente de que tal interrogatorio era ilegal, Jesús respondió a Anás: “¿Por qué me interrogas? Interroga a los que han oído lo que les hablé. ¡Mira! Estos saben lo que dije”.
Luego, sus captores lo condujeron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde el juicio ilegal continuó durante la noche. Allí, por encima de los principios de justicia, los sacerdotes “buscaron testimonio falso contra Jesús a fin de darle muerte”. Finalmente, el sumo sacerdote le preguntó: “¿Eres tú el Cristo el Hijo del Bendito?”. A lo que Jesús contestó: “Lo soy”. De acuerdo con la Ley mosaica, los juicios se debían realizar en público, pero el de Jesús se celebró en secreto. A nadie se le permitió siquiera intentar decir algo a su favor.
El juicio ante Poncio Pilato y la condena política
Como se dijo antes, parece que los judíos no tenían autoridad para ejecutar a Jesús. Por tanto, lo llevaron ante el gobernador romano Poncio Pilato. Sabiendo que la blasfemia no era un delito en Roma, trataron de que lo condenara sin presentar pruebas. Pilato rechazó tal argumento, lo cual los obligó a fabricar el siguiente cargo: “A este hombre lo hallamos subvirtiendo a nuestra nación, y prohibiendo pagar impuestos a César, y diciendo que él mismo es Cristo, un rey”.
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| Instancia | Cargo principal | Resultado |
|---|---|---|
| Sanedrín | Blasfemia / Sacrilegio | Ilegal e insuficiente |
| Pilato | Subversión (Rey de los judíos) | Condena forzada por presión política |
Era tan obvio que el acusado no suponía ninguna amenaza para Roma, que Pilato declaró: “Yo no hallo en él ninguna falta”. Pilato trató de liberar a Jesús valiéndose de la costumbre de soltar a un preso con motivo de la Pascua. Pero los judíos gritaron, diciendo: “Si pones en libertad a este, no eres amigo de César. Todo el que se hace rey habla contra César”. Los gritos de la muchedumbre suponían una amenaza indirecta para Pilato, un chantaje que le infundió miedo. Burgoa señala que el delito por el que finalmente se crucificó a Jesús fue por el de subversión y no por el de sacrilegio; es decir, murió a causa de un delito político y no por un delito religioso como pretendía el sanedrín.
Muchos comentaristas jurídicos que han analizado el relato evangélico del juicio de Jesús han llegado a la conclusión de que fue toda una pantomima, pues no se hizo verdadera justicia. Jesús era inocente. Con todo, sabía que la salvación de la humanidad dependía de que diera su vida. El otro matiz de este juicio es que, aunque resalta la inocencia de Jesús y la vileza humana, la verdad es que todo esto debía cumplirse porque era el plan de Dios para salvar a la humanidad.
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