El gobierno de México, entre 1934 y 1940, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas del Río, se rigió por primera vez por un Plan Sexenal de Gobierno. Este plan estableció pilares fundamentales como la defensa de los recursos naturales del país, la aplicación de las leyes laborales a favor de los derechos de los trabajadores, el reparto de tierras en forma de ejidos, y de manera central, la reforma educativa que implantó la escuela socialista. La educación socialista fue concebida como una reforma estructural y, transcurridos seis años desde su aplicación, se convirtió en objeto de enconos o aspiraciones para la población, y en el centro del existir y ser de las instituciones.
Este enfoque educativo se propuso crear una escuela con una función específicamente social, alejándose de las ideas religiosas que hasta el momento formaban parte de los programas educativos. Adoptaría contextos de mayor alcance e interacción social, buscando un fuerte impacto en las zonas rurales y más atrasadas del México posrevolucionario. Lo sucedido en la capital del Estado de México, Toluca, en ese periodo, es un cuasirreflejo de lo vivido en el país con la enseñanza socialista.
El Primer Plan Sexenal y la Propuesta Educativa
El Partido Nacional Revolucionario (PNR) efectuó su segunda convención ordinaria en Querétaro en diciembre de 1933. Entre otros trabajos, se redactó el llamado Plan Sexenal 1934-1940 (PS), el primer esquema de trabajo nacional con el que se pretendía eliminar la improvisación de la administración federal. El Comité Ejecutivo Nacional del PNR, órgano rector de ese partido político, realizó un esbozo del PS, en el cual se ratificaba al laicismo como principio básico e indiscutible en educación. Dicho borrador fue debatido, pero los miembros coincidieron en asignar a la instrucción un rol diferente a las interpretaciones de la época, las cuales consideraban al aula o un espacio donde sólo se impartían nociones generales de ciencias, o un lugar de transmisión para preservar la cultura, o una esfera donde se aprendía el control y la disciplina social.
Todos los reunidos en Querétaro, en 1933, poseían la creencia ferviente en el gran papel de la educación en la vida de los mexicanos y en el desarrollo de la sociedad. Compartían las ideas latentes desde los primeros años posteriores a la Independencia, sosteniendo que el analfabetismo y la ignorancia eran los enemigos más inmediatos que debían combatirse. La idea de que la educación era el remedio seguro para los males sociales había sido un componente importante de la Ilustración, con su profunda fe en la razón como instrumento de conocimiento y en el raciocinio como el medio de ordenar la vida política. Creían en la educación como instrumento para formar ciudadanos capaces de colaborar en la tarea prioritaria de construir un nuevo país.
En estas discusiones se impusieron las visiones de Manlio Fabio Altamirano Flores, Alberto Bremauntz y Arnulfo Pérez Hernández, quienes pugnaban por el establecimiento de la educación socialista. Tras las disputas, el programa educativo contenido en el primer PS quedó redactado con los siguientes puntos:
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- Multiplicación del número de escuelas rurales, como medio primordial para realizar la orientación cultural de nuestras grandes masas campesinas.
- Control definitivo del Estado sobre la enseñanza primaria y secundaria:
- Precisando su orientación social, científica y pedagógica.
- Su carácter de escuela no religiosa y socialista.
- Atención preferente a la educación agrícola, no sólo en sus aspectos prácticos, sino en sus formas superiores, con la tendencia de formar técnicos ampliamente capacitados en todas las especializaciones que el campo requiere para que se encuentren preparados en tal forma que puedan resolver los problemas de la agricultura mexicana.
- Sobre las enseñanzas de tipo universitario, destinadas a preparar profesionistas liberales, debería darse preferencia a las enseñanzas técnicas que tiendan a capacitar al hombre para utilizar y transformar los productos de la naturaleza, a fin de mejorar las condiciones materiales de vida del pueblo mexicano.
Debate y Aprobación de la Reforma al Artículo Tercero Constitucional
La segunda convención ordinaria del PNR aceptó el establecimiento de la educación socialista. En la Cámara de Diputados, su grupo de legisladores designó una delegación interna para plasmar sugerencias preliminares con vistas a una reforma del artículo Tercero Constitucional vigente. La comisión, integrada por Alberto Bremauntz (presidente), Alberto Coria (secretario), José Santos Alonso, Fernando Enrique Angli Lara y Daniel J. Castillo (vocales), entregó sus recomendaciones el 21 de diciembre de 1933. Dos días después, el presidente de la República, Abelardo L. Rodríguez, y el secretario de Educación, Narciso Bassols, se opusieron abiertamente a dicha transformación. Sus argumentos eran que el laicismo era la mejor guía para la formación de la niñez y que, si la reforma era aprobada, surgirían reacciones negativas y de obstrucción entre la población.
Ya en agosto de 1934, el Bloque Nacional Revolucionario, grupo de diputados del PNR en la cámara legislativa federal, nombró otro conjunto encabezado por Alberto Bremauntz para delimitar metas y alcances de la enseñanza socialista. Las disputas en el Congreso federal para establecer fines y límites a la instrucción socialista comenzaron en octubre. Ningún representante popular objetó la necesidad de transformar en socialista la educación y eliminar así el laicismo, pero aún así, existieron diferencias en torno al tipo de socialismo a implementar. Surgieron tres tendencias: una moderada que planteaba la formulación del socialismo mexicano; una radical que exigía que se incluyera el "socialismo científico"; y una intermedia, que proponía incluir solamente el término "socialista" sin más precisiones. Las discusiones tratarían de aclarar qué tipo de socialismo, en específico, debía insertarse en la reforma constitucional.
Carlos Riva Palacio, presidente del PNR, abrió los alegatos en el Congreso federal al justificar la necesidad de la reforma: sustituir a la educación religiosa por conceptos científicos, buscar el control que el Estado debía ejercer sobre todas las escuelas privadas y la unificación educativa en el país. El legislador Luis Enrique Erro respondió que en una escuela socialista debía enseñarse sólo a los trabajadores, y profetizó que como el socialismo científico era entendido como comunismo por la mayoría de la población, esto generaría oposición y problemas al futuro presidente Cárdenas. El diputado Pérez Hernández contestó a Erro: debía brindarse la enseñanza socialista a todos los niños para despertar en ellos el sentido de pertenencia a una clase y así facilitar la organización de las masas, aunado a esto, sostuvo Pérez Hernández, el futuro presidente de la nación carecía de temor para enfrentar la eventual obstaculización generada por ese tipo de instrucción. Erro terminó su participación en la tribuna afirmando que la educación socialista crearía protestas de la sociedad y ello llevaría al debilitamiento del poder presidencial.
A pesar del intenso intercambio de razonamientos entre los diputados del PNR, la propuesta correctora del artículo Tercero fue aprobada por unanimidad en octubre de 1934. De ahí pasó al Senado de la República para su ratificación. Allí se revivieron las polémicas: el senador Ezequiel Padilla pidió adaptar el socialismo a la realidad nacional para dar paso al surgimiento de un "socialismo a la mexicana"; el senador por Michoacán, Ernesto Soto Reyes, afirmó que el socialismo marxista se basaba en ideas de aplicación universal y se deformaría el cuerpo original de teorías si se adaptaba a la realidad de un país. Finalmente, la modificación se aprobó en el Senado el 20 de octubre de 1934 con una votación de 36 a favor y 13 en contra.
El Artículo Tercero Constitucional Modificado
Como resultado de dicha enmienda, el artículo Tercero de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos estableció el carácter socialista de la educación en los siguientes términos:
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- La educación primaria será obligatoria y el Estado la impartirá gratuitamente.
- La educación que imparta el Estado será socialista, y además de excluir toda doctrina religiosa, combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual, la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear entre la juventud un concepto racional y exacto del universo y de la vida social.
- Sólo el Estado -Federación, Estados, Municipios- impartirá educación primaria, secundaria y normal. Podrán concederse autorizaciones a los particulares que deseen impartir educación en cualquiera de los tres grados señalados, de acuerdo en todo caso con las normas prescritas con la ley.
- Las actividades y enseñanzas de los planteles particulares deberán ajustarse, sin excepción alguna, a las disposiciones legales, y estarán a cargo de personas que en concepto del Estado tengan suficiente preparación profesional, conveniente moralidad e ideología acorde con dicho concepto. En tal virtud, las corporaciones religiosas, los ministros de los cultos, las sociedades por acciones que exclusiva o preferentemente realicen actividades educativas, y las asociaciones o sociedades ligadas directa o indirectamente con la propaganda de un credo religioso, no intervendrán en forma alguna en las escuelas primarias, secundarias o normales, ni podrán apoyarlas económicamente.
- La formación de planes, programas y métodos de enseñanza corresponderá en todo caso al Estado.
- No podrán funcionar los planteles particulares sin haber obtenido previamente la autorización expresa del poder público. En todo caso es inalienable el derecho del Estado para revocar, en cualquier tiempo, las autorizaciones concedidas. Contra la revocación no procederá recurso o juicio alguno.
Principios y Propósitos de la Educación Socialista
La política educativa del cardenismo se inclinó por crear una escuela única nacional, dirigiendo a los educandos al cambio, no a la domesticación y a la actitud pasiva del que se le instruye para adaptarse. Uno de los ejes centrales de la escuela socialista fue inculcar, tanto en la práctica como en la teoría, la subordinación que debía haber de los intereses individuales frente a los del grupo. El grupo, y no el individuo, debía dirigir los rumbos de la escuela socialista, del sindicato de obreros y trabajadores públicos como eran los maestros, del comisariado ejidal y demás organizaciones sociales.
Con la reforma de 1934, los textos escolares escritos ex profeso para la escuela socialista de 1934-1940, buscaban inculcar estos principios. En 1940, la educación socialista era creada como reforma educativa estructural. La escuela organizaría la enseñanza y actividades a fin de crear en la juventud un concepto racional y exacto de la vida social, unificar conciencias, así como formas de pensar y percibir el mundo. El objetivo era crear una escuela que cumpliera una función específicamente social, es decir, que se alejara de las ideas religiosas para adoptar contextos de mayor alcance e interacción social.
Cárdenas, al llegar al poder en 1934, expresó que lo que la escuela socialista perseguía era identificar a los alumnos con las aspiraciones del proletariado, fortalecer los vínculos de solidaridad y crear para México la posibilidad de integrarse revolucionariamente dentro de una firme unidad económica y cultural. Con ello, la escuela ampliaría sus actividades, constituyéndose como la mejor colaboradora del sindicato, de la cooperativa y de la comunidad agraria. La escuela debía figurar como única en contenidos y propósitos, con una dirección técnica centralizada a fin de lograr la unidad nacional, es decir, una escuela que fuera igual para todos, sin distinciones económicas y sociales. La política educativa del periodo cardenista consistió en una nueva pedagogía orientada hacia el trabajo en equipo, además de crear en los niños un concepto real y concreto de Nación.
Los defensores de la escuela socialista, como Alberto Bremauntz, sostuvieron que la nueva escuela no iba a ser la constructora del socialismo en México, pero sí iba a ser la "modeladora" de nuevas formas de pensamiento de los niños, necesarias para preparar el cambio que realizarían cuando ellos fueran adultos y dirigieran los rumbos del país. La educación debía ser un arma revolucionaria en manos de maestros revolucionarios. Se confiaba en la escuela como medio para hacer los cambios planeados para México en busca de un mejor país para todos los mexicanos, no solamente para algunos, que eran quienes detentaban el poder económico.
El profesor de la nueva escuela debía trabajar en ella y fuera de ella, convertirse en un líder social de la comunidad en la que se encontrara trabajando, educando, instruyendo y capacitando a todos, no solo a los alumnos, para construir un México nuevo. El maestro debía organizar a todos, niños y adultos, en clubes y sociedades, además de dirigir el autogobierno escolar. En cada escuela debía organizarse un Consejo Escolar integrado por todos los participantes en ella, incluidos por supuesto los padres de familia y las autoridades locales. Se debía implantar el autogobierno en todas las escuelas que, siendo democrático, educaría en la democracia.
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La escuela socialista haría todo lo posible por llevar el mensaje de una formación con matices diferentes a través de los libros de texto, es decir, un discurso orientado en conectar a los alumnos con su realidad, de conciencia social y cultural, incluso de mostrar una sociedad idealizada, con lecturas enfocadas en los trabajadores y patrones conviviendo armónicamente, una sociedad sin conflictos ni enfrentamientos, donde los hijos de los campesinos convivían y eran amigos de los hijos de los hacendados.
La Oposición a la Educación Socialista
El clero y los padres de familia protagonizaron una fuerte oposición a la educación socialista. Una parte de la sociedad se declaró abiertamente en contra porque era considerada como un ataque a la libertad de pensamiento, a la autonomía para educar a sus hijos, a la religión y como una uniformidad obligatoria de la población a través de los valores que se inculcarían en ese tipo de instrucción, la cual tomaría un patrón donde las clases trabajadoras serían usadas como referencia.
El alto clero atacó duramente la reforma educativa. Pascual Díaz, arzobispo de México, el 30 de abril de 1934, en un diario católico amenazó con la excomunión a los padres de familia que enviaran a sus hijos a las futuras escuelas socialistas, así como a los maestros y maestras que trabajaran en ellas y apoyaran la reforma educativa. Panfletos y publicaciones que salían de los templos difundían la falsa idea de que la educación socialista corrompería la moral, la fe y las buenas costumbres de los niños al negar la existencia de Dios, lo que propiciaría el rechazo a la autoridad de los padres.
Los detractores de Cárdenas lo acusaron de encabezar un gobierno dictatorial, vertical, paternalista y populista. En el plano escolar, se presentaron obstáculos para implementar esta política educativa. Por ejemplo, el clero ponía de manifiesto a la educación socialista, mediante volantes y panfletos, como fomentadora del individualismo, una escuela impía y atea. Con estas ideas lograron confundir a gran parte de la sociedad mexicana, que desconfió de la nueva escuela y se opuso a que los niños asistieran a ella. Esta oposición se manifestó en acciones como la inasistencia escolar, el establecimiento de escuelas particulares, y la violencia contra profesores.
Algunos centros educativos privados administrados por órdenes religiosas se volvieron focos de resistencia. Para contrarrestar esta situación, el gobierno decretó que toda escuela particular debería apegarse a la reforma educativa socialista para contar con la autorización de la Secretaría de Educación Pública. La Iglesia intensificó sus juicios contra el socialismo, al que consideraba "pernicioso".
El Partido Comunista de México (PCM), si bien apoyaba la educación socialista, advertía sobre los peligros de atacar directamente a la religión. Algunos de sus miembros recomendaban no hacerlo, pues esto solo acarrearía problemas a los maestros y haría que los padres retiraran a sus hijos de las escuelas socialistas, o incluso llegarían hasta el asesinato de sus maestros, como sucedió en las regiones más conservadoras del país. Argumentaban que la ciencia y la razón, por sí mismas, acabarían con las supersticiones y los dogmas religiosos, sin necesidad de atacarlos de manera directa y peligrosa para los profesores.
En el contexto de la época, el analfabetismo alcanzaba el 56.26%, y muchos niños no asistían a las escuelas, especialmente por razones económicas. De cada 100 niños inscritos en primaria en 1926, solo seis la habían terminado. La educación se había convertido en una mercancía difícil de pagar para la mayoría de los mexicanos, lo que hacía urgente una reforma educativa que ampliara los horizontes de los beneficiados con la educación impartida por el Estado, y que pusiera bajo su estricta vigilancia la que daban los particulares. El Estado ejercería un férreo control sobre la educación privada para que se ajustara a los lineamientos de la escuela oficial, la escuela socialista, y así lograr una escuela única nacional. Una escuela que fuera igual para todos, sin distinciones de situaciones económicas ni sexos, una escuela mexicana única.
