La palabra “conciencia” tiene muchas connotaciones en filosofía y se presta por ello mismo a equívocos. En términos latos, “conciencia” expresa la capacidad de percatarnos o saber de algo; en el caso de la conciencia moral sería precisamente darnos cuenta cotidianamente de lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo justo y lo injusto. Todo ser humano tiene este tipo de experiencias sin necesidad de ninguna instrucción especial. Entonces la conciencia moral es inseparable de la condición humana.
Resulta de gran trascendencia percatarse que los seres humanos los caracteriza los estados de conciencia, la mente o la psique que no son materiales. La condición humana significa que no somos solo kilos de protoplasma, como queda dicho tenemos vida espiritual que se integra pero se diferencia de la materia. Si fuéramos solo carne y hueso, si fuéramos solo un conjunto de moléculas estaríamos determinados por los respectivos nexos causales inherentes a la materia por lo que no habría posibilidad de ideas autogeneradas, de revisar nuestras propias conclusiones, en rigor no habría posibilidad de proposiciones verdaderas y falsas, no tendría sentido la responsabilidad individual, ni la moral ni la misma libertad puesto que no habría tal cosa como libre albedrío.
La moral es normativa, no describe sino que prescribe, no trata de lo que fue o lo que es sino de lo que debe ser. Una sociedad libre se basa en el respeto recíproco, en el reconocimiento de derechos como propiedades innatas del ser humano, generalmente denominados derechos naturales. En este contexto, la conciencia moral se erige como un pilar fundamental para la expresión de la libertad personal.
La Libertad de Conciencia en el Pensamiento de John Locke
Mientras que nadie parece dudar de que Locke ocupa un sitial de honor entre los impulsores de la libertad de conciencia, la cuestión del lugar ocupado por la conciencia en su pensamiento moral parece mucho menos clara. Extrañamente, las dos preguntas -por la conciencia y la libertad de conciencia- no suelen ser planteadas en conjunto, como si "conciencia" funcionara en estas dos expresiones como mero homónimo. Pero tal tendencia a separar las preguntas debe ser resistida: defender la libertad de algo que se tiene por una quimera, o por lo cual no hay interés, sólo puede redundar en una desvalorización de la libertad de conciencia. Locke desde luego no es un craso naturalista, pero tampoco defiende la libertad de conciencia porque reconozca en la conciencia una instancia intocable.
El presente artículo busca establecer exactamente qué lugar ocupa la conciencia en su pensamiento político y moral. De toda la producción de Locke, los textos que más detenidamente tratan sobre la conciencia son los Two Tracts. Redactados en 1660-1661, estos dos breves tratados constituyen una respuesta a un congregacionalista, Edward Bagshaw, quien había escrito un tratado defendiendo la libertad de conciencia.
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Locke es enfático en señalar cómo esta concepción "entusiasta" de la conciencia puede ser utilizada en cualquier dirección, reclamando libertad para esta, o bien en nombre de la misma conciencia, pidiendo conformidad total de los ciudadanos a la religión estatal. Aquí se entenderán como entusiastas, no posiciones iluministas en general, sino específicamente la idea de la conciencia como una voz captada de modo inmediato, sin mediación racional, y sin estar vinculada de un modo significativo con otras instancias de la vida moral. Tal modo de entenderla implica por supuesto que lo afirmado en conciencia sea a su vez resistente a una ulterior revisión racional.
Locke describirá esta actitud en su obra de madurez: "la firmeza de la convicción se presenta como causa de la creencia y la confianza de estar en lo correcto es tenida por argumento de la verdad". El escepticismo de Locke respecto de este género de apelación a la conciencia atraviesa su obra como un hilo conductor.
En su escrito de respuesta a Bagshaw, Locke entiende la conciencia como "nada más que una opinión respecto de la verdad de cualquier posición práctica". Lo que no es lícito es "imponerse a las conciencias" (imposing on conscience), pero Locke considera que eso sólo ocurre cuando a los hombres se les imponen "ciertas doctrinas o leyes como si fuesen de origen divino, como necesarias para la salvación y como algo que en sí mismo obliga a la conciencia, siendo que en realidad no son sino ordenanzas de los hombres y productos de su autoridad". Con tales palabras, lo que hace Locke es apropiarse del esquema de su propio adversario, distinguiendo entre cosas fundamentales y cosas indiferentes, pero con la particularidad de que en el ámbito de lo indiferente Locke reclama para el gobernante "un poder absoluto y arbitrario".
La conciencia, en su segundo tratado, es el lugar en el que Locke habla sobre la ley privada. Aunque Locke comprende la inadecuación de la concepción entusiasta de la conciencia, no la rechaza para reemplazarla por una distinta, sino que intenta, como él mismo plantea, domesticarla. Esto demuestra la evolución intelectual de Locke y su constante búsqueda de coherencia entre su obra filosófica y política.
La Conciencia Moral como Fundamento de la Condición Humana
La conciencia moral es una característica definitoria del ser humano. La posibilidad de tener ideas autogeneradas y la capacidad de revisar nuestras propias conclusiones son fundamentales para el libre albedrío y la responsabilidad individual. El materialismo filosófico o determinismo físico opera a contracorriente de esta aseveración, una posición lamentablemente muy extendida en diversos campos del conocimiento.
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Como señala Howard Robinson, un profesional experto en anatomía puede describir al detalle la composición física de una persona pero no puede acceder a información solo reservada al sujeto como son sus sentimientos y pensamientos. John Eccles refuerza esta idea al decir que “uno no se involucra con un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos”. En la misma línea, Nathaniel Branden sostiene que “Una mente que no es libre de verificar y validar sus conclusiones, una mente cuyo juicio no es libre, no tiene modo de distinguir lo lógico de lo ilógico.”
Henri Baruk critica esta visión al afirmar: «La concepción materialista de la conciencia como epifenómeno, según la cual la conciencia sería como el chorro de luz que sale de un motor en funcionamiento sin desempeñar ningún papel en la marcha de este motor, es hasta tal punto contraria a todos los datos clínicos que no merece la pena siquiera que la discutamos».
Lecomte du Noüy destaca en Human Destiny la singularidad del hombre: “de arriba abajo en toda la escala, todos los animales, sin excepción, son esclavos de sus funciones fisiológicas y de sus hormonas y secreciones endoctrinales” pero, con el hombre, “aparece una nueva discontinuidad en la naturaleza, tan profunda como la que existe entre la materia inerte y la vida organizada. Significa el nacimiento de la conciencia y de la libertad [...] La libertad no solo es un privilegio, es una prueba. Ninguna institución humana tiene el derecho de privar al hombre de ella”. La conciencia moral se erige así como un pilar insustituible de la dignidad y la libertad del ser humano.
San Agustín, en sus escritos, subraya la ineludibilidad de la conciencia: «Entre todas las tribulaciones que soporta el alma humana, ninguna es más grande que el remordimiento del pecado» y también «Tú, hombre, puedes huir lejos de todo lo que quieras, pero no de tu conciencia».
Desarrollo de la Conciencia Moral: Perspectivas Teóricas
Pero esta conciencia moral no es una propiedad innata de los seres humanos, sino un proceso que se da de manera simultánea con el desarrollo de los individuos dentro de un determinado contexto cultural. Pensadores como Sigmund Freud, Lawrence Kohlberg, Jean Piaget, Jürgen Habermas o Paul Ricoeur, entre otros, se han ocupado del tema.
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Sigmund Freud y la Culpa
Para Freud, la conciencia moral inicia con el sentimiento de culpa que surge en el niño al no actuar como sus padres desean. La aprobación o desaprobación de ellos marca el primer sentido de lo bueno y lo malo en el niño. Este proceso incluye, más adelante, la internalización de las normas morales vigentes en su contexto cultural, en donde la figura del padre es sustituida por las autoridades institucionales y las costumbres.
No obstante, la visión de Freud ha sido objeto de diversas críticas. Friedrich Hayek, en el epílogo al tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad, escribe: “Creo que la humanidad mirará nuestra era como una de supersticiones básicamente conectadas con los nombres de Karl Marx y Sigmund Freud”. Hans Eyseneck señala en Decadencia y caída del imperio freudiano que “lo que hay de cierto en Freud no es nuevo y lo que es nuevo no es cierto”. Thomas Szasz y Richard LaPierre llegan a la misma conclusión en La ética del psicoanálisis y La ética freudiana respectivamente. Ronald Dabiez, en su voluminoso tratado El método psicoanalítico y la doctrina freudiana, señala que las ideas que Freud no comparte las considera “neurosis”, lo cual abre las puertas a peligrosas persecuciones bajo el manto del “tratamiento”. Richard Webster, en Why Freud Was Wrong, argumenta que “Freud estaba convencido que la mente podía y debía describirse como si fuera parte de un aparato físico [...] Freud no realizó ningún descubrimiento intelectual de sustancia [...], sus hábitos de pensamiento y su actitud frente a la investigación científica están lejos de cualquier método responsable de estudio”.
Henri Baruk distingue claramente entre la conciencia moral y el concepto freudiano del super-yo: “Ese freno moral que Freud designa con el nombre de super-yo no puede compararse con la conciencia moral. Representa tan solo una barrera puramente legal constituida por prohibiciones sociales exteriores a la personalidad y no forma parte integrante de esta personalidad -profunda- como la conciencia moral. Sobre todo no tiene, como la conciencia moral, el prestigio de representar un principio superior rigurosamente justo. Por último, el freno del super-yo no es sino una barrera impuesta, la conciencia moral es una obligación interior a la que se puede atender o no y que, justamente por la libertad que deja, nos toca mucho más hondo”.
Jean Piaget y la Interacción Social
Jean Piaget planteó que el niño desarrolla su conciencia moral a partir de la aceptación de reglas de conducta que implican una adecuada interacción con los demás. Estas reglas van desde la acción individual hasta la que implica la cooperación normativa con otros niños. Por ello llama a su propuesta “evolutiva”: se parte de una concepción puramente egoísta de la acción (es mi juego y hago lo que quiero) hasta llegar a una solidaria que se refleja en la aceptación de reglas a seguir para poder jugar juntos (no puedes jugar si no respetas lo que todos hemos decidido).
Kohlberg, Habermas y el Juicio Moral Universal
Quizá la teoría más importante al respecto es la que han desarrollado Kohlberg y Habermas, quienes plantean que el desarrollo de la conciencia moral se define ante todo por ser de carácter evolutivo y cognitivo, es decir, es un proceso por el cual todos los seres humanos vamos ganando capacidad para comprender valores, reglas, normas y prohibiciones, así como para tolerar y solidarizarnos con personas distintas a nosotros. Según Kohlberg y Habermas, el juicio moral es un proceso cognitivo que se inicia con los estímulos más básicos de la recompensa y el castigo, y termina con la capacidad de conducirnos según principios universales que aplicamos a los casos y contextos particulares.
Para Habermas la conciencia moral se desarrolla en tres etapas:
Etapa Preconvencional
Un niño pequeño asume las normas morales de una manera puramente instintiva o pasiva. Se trata de un esquema recompensa-castigo basado en una figura de autoridad.
Etapa Convencional
El individuo se identifica con un grupo social, mantiene lazos efectivos con su familia y su entorno cumpliendo con su deber y actuando correctamente.
Etapa Posconvencional
Esta etapa es la más importante, porque muestra la capacidad que tiene la conciencia moral de superar las determinaciones impuestas por los contextos culturales. Esta capacidad para valorar sólo la puede tener un ser autoconsciente y crítico que actúa guiado por normas universales.
Immanuel Kant y el Imperativo Categórico
Immanuel Kant, en su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres, expresó la esencia de la moralidad y la autonomía personal con la tesis del imperativo categórico: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”. Esta formulación resalta la necesidad de que nuestras acciones sean guiadas por principios que podríamos desear que fueran válidos para todos, en cualquier situación.
La Conciencia Moral en la Vida Contemporánea
Jesús Conill, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universitat de València, planteó en su conferencia un tema que reconoció “complejo y difícil” desde toda perspectiva, tanto la científica como la filosófica, y que daba título a su ponencia: “¿Es necesaria la conciencia moral para la empresa y la democracia?”. La conciencia moral es la perceptiva, la neuropsicológica, explica Conill. La experiencia histórica y literaria ofrece multitud de ejemplos de ella, y entre otros, Conill rememora el el mito de Antígona y el caso Dreyfus.
La conciencia moral también es avalada por algunos conceptos, la perspectiva socrática alude a “un fondo insobornable de la persona”, en palabras de Ortega y Gasset. En la tradición moderna “es fundamental entender que la conciencia moral de auto obligación es expresión de la libertad”, expone Conill. “La novedad de la modernidad es que nos hemos abierto a una perspectiva moral universalista”, y en esta conciencia moral de la persona moderna “no hay obligación de estar en una empresa o en un partido a un esfuerzo titánico, hay que poner las condiciones que nos permitan alinearnos con las exigencias de la conciencia moral.”
En el último tramo de su intervención, Jesús Conill se ha referido a la opinión pública y a dos de sus aspectos clave: el control social y la formación de estereotipos y, con ello, a la sumisión impuesta colectivamente y al gregarismo. “Si no sabemos superar ese momento no podemos enriquecer la vida de una empresa o de la democracia, no hay puntos de vista plurales”. Y se produce lo que Jesús Conill denomina “la espiral del silencio”.
