Descubre Todo Sobre Masajes para Mujeres: Experiencia, Placer y Límites del "Final Feliz"post-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Me encantan los masajes, no me canso de ser masajeada y mi día ideal SIEMPRE empezaría con un buen masaje. A lo largo de los años, me he dado masajes en varios países, en Tailandia ya ni os cuento, acumulando una vasta experiencia en este arte de relajación y bienestar. En Madrid, por ejemplo, me aficioné a un sitio thai maravilloso y carísimo de esos que abren siete días a la semana, 14 horas al día. Sin embargo, no todas las experiencias resultan ser tan placenteras o profesionales, como ilustra un encuentro particularmente confuso.

Un Encuentro Inesperado y Desconcertante

En una ocasión, un masajista, a quien llamaré "Rasta Spock", me lleva muy amablemente a la colchoneta colocada en el suelo que haría las veces camilla. El inicio, sin embargo, ya presagiaba algo distinto: Rasta Spock tenía las manos totalmente congeladas, JODER. Me cabreo. A pesar de esto, se acercaba el momento del alivio. Qué bien, ha llegado el momento. Tengo contracturas hasta en la rabadilla y el momento masaje espalda es siempre celestial. Además, Rasta Spock me había preguntado dónde las tenía. “Aquí”, había dicho yo, señalando mi lomo. No había pérdida. “Entre los omoplatos, sobretodo” había concretado, por si no percibía las contracturas tamaño mandarina.

La Delgada Línea entre el Masaje Terapéutico y el Contacto Inapropiado

El masaje avanzaba, pero pronto surgieron puntos de incomodidad que trascendían las contracturas. Es una realidad para muchas mujeres del mundo que tenéis una talla de sujetador superior a la 85 … Sabéis que cuando te pones boca abajo, el pechamen sale por los lados ¿no? Bien, yo no estoy precisamente plana, con lo cual por los lados sale BASTANTE. Esta situación ya crea una vulnerabilidad, que se agudizó con los movimientos del masajista.

Llegó un momento de verdadera perplejidad y tensión: QUÉ MOMENTO, SEÑORES… ¿Qué hago?, ¿le digo algo?, ¿se trata de un movimiento nuevo desconocido por las thai pero muy en boga entre los masajistas thai semijamaicanos?, ¿o me está metiendo mano descaradamente? Si ese es el caso ¿lo disfruto? Estas preguntas se agolpaban en mi mente, creando una situación sumamente incómoda y ambigua.

Ambigüedad y Sensaciones Confusas

La experiencia continuó con más momentos de incertidumbre. Acaba la manoseada trasera, volvemos a darme la vuelta. La sensación de vulnerabilidad persistía: o sea, no me ves las tetas pero me estás viendo el jilguero. Es fundamental aclarar los límites del cuerpo; no sé donde pensáis que acaba la barriga por la parte inferior, pero yo os lo voy a aclarar: justo donde empieza la rajita. Os recuerdo que para más inri, yo estaba con los ojos cerrados, así que tampoco tenía muy claro por donde pasaba la mano, era todo un rollo sensorial.

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En ese punto, la situación escaló en mi percepción. Ahí ya me empiezo a plantear seriamente que la cosa se puede desmadrar (aún más) y me vuelven a asaltar las dudas: ¿Y si baja más la mano?, ¿me dejo o le fostio? Y ahí es cuando la problemática que yo había planteado al principio, se manifiesta en toda su plenitud.

El Shock Post-Masaje y la Búsqueda de Consejos

Una vez terminado y ya vestida, al salir por las calles, no salía del shock. En estos casos, lo mejor es llamar a una amiga para procesar lo sucedido y buscar algo de claridad. Compartí mi experiencia:

  • “Mabel, querida, salgo de un masaje thai dado por un Rasta Spock y juraría que me ha pegado la metida de mano del siglo.”
  • “Tía y si la cosa hubiera ido más lejos, ¿qué hago?”
  • La respuesta de mi amiga fue contundente: “Pero qué dices tía, para nada. Que lo hace porque quiere.”

Dudas Persistentes y la Decisión Final

A pesar del tiempo transcurrido, las dudas persistían. Pasados los días, cada vez tengo más claro que Rasta Spock se puso fino filipino y me asaltan más dudas… ¿vuelvo? La verdad es que me cobraron la mitad que las thai y tampoco estuvo mal. En un momento dado y si lo negocio bien, podría sacar descuento a cambio de disimular y hacer ver que tengo contracturas en sitios donde no hay ni músculos. La tentación de un precio más bajo se contraponía a la incomodidad vivida.

Considerando la posibilidad de volver, con superintrépida actitud, cojo el teléfono para pedir hora con Rasta Spock. Y le visualizo, tan Rasta y tan Spock. Sin embargo, al comparar mentalmente la experiencia con estándares de profesionalidad, como la imagen del masajista buenorro de Samantha, la realidad se impuso: Joder, nada que ver. Así que decido no llamar y volver a mis queridas thai, donde la profesionalidad y el respeto están garantizados.

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