"El hombre" es uno de los cuentos más complejos de los que integran El Llano en llamas, de Juan Rulfo (Jalisco, 1918-1986). La historia narra la persecución de José Alcancía por quien busca vengar la muerte de su familia, así como el perseguido buscaba vengar la de su hermano. Sin embargo, más allá de la trama central, la forma y organización del relato es enormemente compleja y está llena de sutilezas discursivas y narrativas. Este cuento es especialmente interesante para analizar la problemática del mal, ya que sintetiza y proyecta las constantes estilísticas, simbólicas y ontológicas de la obra de Rulfo.
La Diégesis: Una Secuencia de Venganza y Fatalidad
La diégesis de “El hombre” puede parecer sencilla en su núcleo. Urquidi mata a un hombre de apellido Alcancía en presencia de su hermano José Alcancía, quien en ese momento no hace nada. Sin embargo, al pasar el tiempo, decidido a vengarse, José va en busca de Urquidi a su casa, en medio de la noche, e intentando asesinarlo a él, mata a toda la familia de este. El perseguidor, Urquidi, pudo escapar a ese designio al ausentarse de su casa para ir a enterrar a un hijo. Su familia murió en su lugar. Ignorando que el asesino de su hermano se ha salvado al haber estado ausente, José emprende una larga y tortuosa huida del lugar del crimen, seguido sin saberlo por Urquidi. Paralelamente, un borreguero se encuentra con José y es testigo de que aparece muerto en los linderos del río.
Deconstrucción del Tiempo: Voces, Perspectivas y Ambigüedad
A pesar de esta secuencia de eventos, Rulfo opta por una presentación que desafía el orden cronológico lineal tradicional, sumergiendo al lector en una experiencia más subjetiva y atemporal. Las primeras líneas del cuento tienen una perspectiva indefinida de los personajes, presentando frases como “Los pies del hombre” (133) y “Pies planos -dijo el que lo seguía-” (133), además de una voz confusa e imprecisa: “Oyó allá atrás su propia voz” (134). El hombre al que alude el título puede ser, inicialmente, tanto el perseguidor como el perseguido, ya que ambos narran en presente y el cuento discurre en la indefinición acerca de lo que está siendo narrado, donde las sensaciones y pensamientos ocupan el primer plano.
No es fácil discernir un personaje de otro en una lectura superficial. Una segunda instancia del cuento se abre en la voz de un narrador en primera persona, un borreguero, quien da explicaciones a la autoridad. Este estilo narrativo inicial, sumado al título genérico del cuento y a la revelación tardía de los nombres y las identidades, configura un nivel de abstracción respecto al ser humano, apuntando a una dimensión ontológica. La inconsecuencia de algo tan individualmente distintivo como los nombres de los personajes, junto con la continuación cíclica de actos similares de violencia perpetrados por antagonistas tan idénticos en actitudes y conflictos de consciencia, hace que sean frecuentemente indistinguibles excepto para el lector más discriminante. Esto sugiere un foco en la identidad arquetípica, una perspectiva que el título del cuento, “El hombre”, confirma. Más tarde queda en claro que el título alude al perseguido, a su condición de alguien signado por dos fuerzas: la venganza y el destino. Ambos personajes se encuentran unidos en un inexorable círculo de violencia, en un espacio a la vez claro e impreciso.
El Mal y la Transgresión de Límites: Un Contexto Atemporal de Violencia
La complejidad temporal y de perspectivas en "El hombre" se entrelaza con la omnipresencia del mal en la obra de Rulfo. El mal está aludido de muchas formas en la narrativa rulfiana, donde los robos, los asesinatos, los incestos, el parricidio, el maltrato de padres a hijos y de hijos a padres, la ira, la venganza, el odio y la crueldad cruzan constantemente sus páginas. Se pueden distinguir cinco rasgos que están siempre presentes en la generación y experiencia del mal representado en la narrativa rulfiana -tomando en cuenta El Llano en llamas y Pedro Páramo-. Estos son:
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- la transgresión de un límite como detonante del mal,
- la violencia extrema que esta conlleva,
- la monstruosidad del ser que comete la transgresión,
- la culpa y la confesión del acto cometido a la par de una imposibilidad de justicia y, finalmente,
- la inevitabilidad trágica de la experiencia del mal.
En “El hombre”, la transgresión de límites es clara y queda explícitamente declarada por el perseguido cuando se dice a sí mismo: “«No debí matarlos a todos -dijo el hombre-. Al menos no a todos». Eso fue lo que dijo” (135). En las narraciones de Juan Rulfo, los espacios aparecen determinados por líneas, por límites que son cruzados por los personajes y a partir de ese evento sus vidas quedan sometidas al mal. El desplazamiento y movimiento de los personajes entre las líneas y límites en la narrativa de Juan Rulfo, como ha advertido Pablo Brescia, “con frecuencia deviene transgresión territorial, moral, social o cultural” (130). Es importante señalar también que, en el universo rulfiano, los umbrales cobran una gran importancia, marcan la línea del bien y del mal, los seres y sus experiencias se definen en él. “Afuera en el patio, los pasos, como de gente que ronda. Ruidos callados. Y aquí, aquella mujer, de pie en el umbral; su cuerpo impidiendo la llegada del día. . .” (Pedro Páramo 27). Los umbrales son zonas inciertas, ser víctima o victimario es algo impreciso, fluctuante, relativo. Nadie está libre del mal, los roles de bondad y maldad son difusos, como también lo destaca Sergio López Mena, donde “el intercambio de papeles entre la víctima y el victimario, representa, como ha señalado Arturo Trejo, un acto de justicia literaria.”
Una vez transgredido el límite, los personajes se adentran en el terreno del mal. El asesinato de seres cercanos y amados, así como la consecuente secuencia de venganzas, sustentan el fondo de “El hombre”. El horror de la violencia extrema se manifiesta reiteradamente. Se muestra cuando Urquidi mata al hermano de José: “[n]o los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano . . .” (137). Se revela también cuando José asesina a la familia Urquidi: “«Discúlpenme», les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso” (136). Y se anticipa cuando el perseguidor imagina cómo aniquilará al perseguido: “[s]e arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca...”. La irracionalidad de la violencia es un rasgo constante en la irrupción del mal en la obra de Rulfo. “Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos” (142), señala el borreguero sobre la apariencia de José Alcancía. En particular, en “El hombre”, el despliegue de la ira, la venganza y la violencia es un remolino aterrador en el que Urquidi mata al hermano de José, José Alcancía asesina a toda la familia Urquidi y Urquidi lo asesina a él. Estas prácticas de venganza refieren a un plano ontológico y a una dimensión histórica del mundo narrado y sus circunstancias; es como si el espacio social se detuviera en una fase primitiva de la resolución de conflictos que no trasciende a formas evolucionadas de hacer justicia. La venganza en “El hombre” es individual, pero también, de algún modo, queda sustentada por una sociedad con limitaciones para ejercer otras alternativas. Como señalan Calabrese y Junco, en el universo rulfiano “la violencia es la atmósfera natural de los hombres y sus circunstancias, es el modo de ser de los acontecimientos” (67).
Símbolos Recurrentes y su Significado Atemporal
Paul Ricoeur en El conflicto de las interpretaciones. Ensayos de hermenéutica, señala que “no hay lenguaje directo, no simbólico, del mal padecido, sufrido o cometido” (263). Así, los símbolos del mal se multiplican en “El hombre”: “las imágenes de la desviación, el camino torcido, la transgresión, el error, en la concepción más ética del pecado; o de las imágenes del peso y la carga, en la experiencia más interiorizada de la culpabilidad” (Ricoeur, El conflicto 263). El símbolo de la serpiente aparece en múltiples ocasiones en el cuento. Primeramente, en la forma del arma homicida: “Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas” (135).
La imagen serpentina también evoca el paisaje: “Muy abajo el río corre mulliendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vueltas sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La yedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.” Rulfo dinamiza el símbolo, aquí no se trata de la maligna figura viperina, sino de aquella que refiere en la cultura tradicional mexicana a la celebración y a la fiesta. Es como si Rulfo quisiera, de algún modo, capturar también aquellas imágenes y símbolos que pudieran conjurar el mal cometido o padecido encarnado en la mítica serpiente.
Los límites transgredidos en “El hombre” encarnan en símbolos de miseria y podredumbre, ya que además de vincularse a la serpiente, el perseguido come animales crudos y muertos como una imagen de descomposición y maldad. El borreguero afirma haberlo visto comer ajolotes del río: “Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre” (141). También se menciona: “Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Se lo tragó enterito. Tenía hambre”. Los personajes rulfianos relacionados con la experiencia del mal son personajes marcados, tienen una huella o señal que perciben los otros e incluso ellos mismos.
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