La Impactante Acusación de Plagio y la Feroz Rivalidad Científica de Isaac Newtonpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El inglés Isaac Newton es considerado uno de los grandes personajes de la historia de la ciencia. Varios de sus descubrimientos han resultado fundamentales para el progreso humano. Compiló las leyes del movimiento y la gravitación, inventó el cálculo infinitesimal y formuló una teoría fundamental sobre la óptica y la naturaleza de la luz. Fue venerado durante su vida, descubrió las leyes de la gravedad y del movimiento, inventó el cálculo infinitesimal y ayudó a moldear nuestra visión racional del mundo. Pero su vida personal a menudo estuvo plagada de sentimientos menos felices. Lo que a lo mejor no saben es que el bueno de Newton es uno de los hombres de ciencia más conflictivos de la historia. Manipulador, perverso, arrogante, hostil, son algunos de los adjetivos nada cariñosos que los historiadores han dedicado al científico inglés. Sus célebres disputas con todos aquellos que le llevaran la contraria o que, simplemente, se atreviesen a tener una pequeña discusión con él, han pasado a la historia de la ciencia.

La Controversia del Cálculo: Newton contra Leibniz

Cuando el filósofo alemán Gottfried Leibniz publicó un estudio matemático importante empezó una disputa que duró toda la vida. Leibniz, uno de los más prominentes filósofos de Europa, se había dedicado a uno de los problemas matemáticos más complicados: la forma en la que las ecuaciones pueden describir el mundo físico. Como Newton, creó una nueva teoría de cálculo. Sin embargo, Newton reclamó que él había hecho el mismo trabajo 20 años antes y que Leibniz le había robado sus ideas. No obstante, el reservado Newton no había publicado su trabajo y tuvo que recurrir a sus viejas anotaciones para que el mundo pudiera ver lo que había hecho. El juicio histórico es concluyente: tanto Newton como Leibniz encontraron los fundamentos de lo que daría en llamarse el cálculo infinitesimal, uno de los avances más importantes de las matemáticas modernas. También es claro que los dos siguieron caminos separados, paralelos y diferentes para este logro. Pero en vida ambos se enfrascaron en una despiadada lucha para que se reconociera su autoría exclusiva.

Durante tiempo se rumiaba por los ambientes científicos que Leibniz tenía algo preparado que no le iba a gustar nada a Isaac Newton. Su incursión en el mundo del cálculo infinitesimal, coto privado del genio inglés, podía darle más de un disgusto al científico anglosajón. A pesar de los rumores cada vez más intensos acerca de los avances de Leibniz, Isaac Newton estaba tranquilo. Y explotó la bomba. Leibniz introdujo varias notaciones usadas en la actualidad, tal como, por ejemplo, el signo «integral« ∫, que representa una S alargada, derivado del latín «summa«, y la letra «d» para referirse a los «diferenciales», del latín «differentia». Su principal contribución fue el proveer un conjunto de reglas claras para la manipulación de cantidades infinitesimales, permitiendo el cómputo de derivadas de segundo orden y de orden superior, y estableciendo la regla del producto y regla de la cadena en su forma diferencial e integral. La regla del producto del cálculo diferencial es aún denominada «regla de Leibniz para la derivación de un producto».

El cruce de insultos y golpes entre los dos bandos fue descarnado. Los partidarios de Newton acusaban a Gottfried Wilhelm Leibniz de plagiar el trabajo inédito de Isaac Newton. La controversia no se limitaba solamente a dos científicos de la época…dos grandes países estaban enfrentados. Sin embargo, Lebniz estaba afectado. No podía admitir que le acusasen de robar el trabajo de otro. En realidad no lo había hecho. Newton adquirió una ventaja sustancial: además de un inmenso prestigio, ocupaba la presidencia de la celebrada Royal Society. Esta institución se encargó de nombrar un comité “imparcial” que determinaría a quién de los dos había que atribuir el mérito. Según se supo más tarde, el propio Newton escribió secretamente el informe de la Royal Society, por supuesto favorable para sí mismo. El científico inglés logro hacerse con la presidencia de la Royal Society y desde esa privilegiada posición convocó un “tribunal imparcial” que hundió en la miseria a Leibniz. Newton y Leibniz habían reñido durante años sobre quién había inventado el cálculo infinitesimal. Pero Newton finalmente encontró la manera de arrebatarle la victoria a su enemigo intelectual. En 1713 la Real Sociedad formó un comité para decidir de una vez por todas quién lo había inventado. Pero su furia no se extinguió ni siquiera con el fallecimiento del alemán en 1716 (Newton murió en 1727).

Newton, el Ocultismo y la Crítica de Leibniz a la Gravedad

Lejos de ser el primer representante de la edad de la Razón, Newton fue “el último de los magos, el último de los babilonios y los sumerios, la última gran mente que vio más allá del mundo visible y racional, con los mismos ojos de aquellos que iniciaron la construcción de nuestra herencia intelectual”; así lo definió otro inglés, Keynes. El mundo prefirió no escuchar la definición de Newton dada por el célebre economista en 1942, tras haber comprado en una subasta los manuscritos de Newton y descubierto, atónito, el intenso interés del científico por el mundo oculto. Michael White, editor de ciencia de varias publicaciones inglesas, siguió la pista de 50 años atrás y resolvió investigar. El resultado es una sorprendente biografía del padre de la física moderna, Isaac Newton: o Último Feiticeiro (Record, 378 páginas, R$ 40,00) (Isaac Newton, el último hechicero), que revela el intenso interés de Newton por el ocultismo y de qué forma el mismo fue responsable por sus descubrimientos científicos más importantes.

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“El siempre fue considerado un científico rígido, adepto pertinaz al empirismo. Nadie podía creer que pudiera tener ideas ajenas a la corriente científica tradicional. Pero él tenía, en secreto, otro campo de estudio, la alquimia, a través del cual pretendía develar los secretos del universo, en lugar de hacerlo por medio de las matemáticas y la ciencia. Los Principia, en especial, son prueba de ello”, asegura White. Según White, de los más de 4 millones de palabras que Newton dejó escritas, 3 millones remiten al mundo oculto. “Él, sin embargo, temía mostrar al público ese envolvimiento, pues la alquimia era un crimen penado con la muerte, ya que sus adeptos querían producir oro y eso era una amenaza para el sistema monetario”, explica el periodista.

“Fue la alquimia, con su concepto de un espíritu de afinidad química difundida por medio de la materia y permitiendo la existencia de reacciones químicas, aliada al arianismo secreto de Newton y a su noción del cuerpo espiritual de Cristo difundido por el universo, como un medio en donde la materia puede moverse, lo que le permitió aceptar que la fuerza de la gravedad pudiera obrar a una distancia aparente”, explica. Pero antes que su biógrafo y que Keynes, un contemporáneo suyo había revelado la extraña pasión del sabioracional: su archienemigo Leibniz. “Leibniz denunció que el concepto de la gravedad estaba muy vinculado al mundo del ocultismo. De hecho, Newton se dejó caer en una trampa intelectual al tentar esconder ese su lado secreto. Al verse acorralado, sin poder revelar la fuente de sus ideas, él se valió de un ‘éter’ hipotético a fin de explicar la gravedad. Eso no solo iba al encuentro con su pregonado compromiso con la razón experimental, sino que también lo dejó expuesto al ataque -para él terrible dado su credo religioso - de que era un mecanicista”, cuenta White.

En este contexto, la famosa anécdota de la manzana adquiere un nuevo matiz. “¿Y la manzana? Bien, ya sabíamos que la historia de la inspiración de la caída de la fruta ante los ojos de Newton no era para ser tomada en cuenta seriamente. A quien desconocíamos era al autor de la ficción: quién sino el propio Sir Isaac. “El inventó esa historia para encubrir la verdadera línea de razonamiento oculta que utilizó para llegar a las fuerzas gravitacionales. Newton, ya anciano, quiso encubrir sus estudios alquímicos y también dejar una imagen póstuma fascinante y digna de su status de gran genio de su era. Adoraba autopromocionarse”, cuenta White. “Pero debemos siempre remitirnos a su época y no juzgarlo con nuestros ojos. Para él, nada había de equivocado en, junto a las herramientas científicas, echar mano a conocimientos extraídos de la Biblia y de la alquimia”, dice. Basta efectivamente recordar que Newton, nacido en 1642 y muerto en 1727, vivió en una era en la cual se hacían guerras y se asesinaban hombres por sus creencias religiosas, y los análisis meticulosos de la naturaleza de la luz ocurrían concomitantemente a las tentativas serias de encontrar la piedra filosofal. Lejos de un Newton disminuido, encontramos al científico humano y creativo.

Otras Disputas y el Legado de un Carácter Imponente

El científico gastó 40 años de su vida persiguiendo a su colega Leibniz, en una campaña nunca antes vista en el mundo académico, para destruirlo, convencido de que había sido robado por su compañero de ciencia en la formulación del cálculo. Otro de los grandes rivales de Newton fue el Conservador de Experimentos de la Royal Society, Robert Hooke, con el que mantuvo grandes disputas en el ámbito de la óptica, la gravedad e incluso la mecánica orbital. Cuando el científico Robert Hooke cuestionó sus teorías sobre la luz y el color, se ganó un enemigo de por vida. Su primer medida fue mandar arrancar de la pared y quemar el cuadro de su antecesor y crítico, Robert Hooke. Uno de sus grandes damnificados fue el astrónomo real, John Flamsteed, con el que mantuvo una terrible disputa por el ansiado “Catálogo de estrellas”. Trató de borrar a Hooke de la historia y se metió en otra disputa amarga con el astrónomo John Flamsteed publicando su catálogo de las estrellas sin su consentimiento.

Newton fue elegido como presidente de la Real Sociedad. Como la personalidad más notable de la filosofía natural británica, ya había completado su trabajo más relevante. Era hora de dedicarse a asegurar su reputación. Era un líder imponente, obsesionado con el poder y el prestigio. Aunque siguió publicando su propio trabajo, también se ocupó de construir y destruir la reputación de otros. Como intendente de la Real Casa de la Moneda, Newton encontró una nueva vocación. Quiso hacer de la libra británica la moneda más estable del mundo. Metódico como siempre, mantenía una base de datos de falsificadores, y los sancionaba con una furia puritana. Fue nombrado director de la Real Casa de la Moneda en 1700 y permaneció en ese cargo por el resto de su vida.

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