Nacida en México, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, conocida en todo el mundo como Sor Juana Inés de la Cruz, fue una monja y escritora que dio mucho de qué hablar en su tiempo. A 330 años de distancia, Sor Juana Inés de la Cruz representa una de las más altas cumbres del pensamiento iberoamericano y, particularmente, mexicano. En Sor Juana Inés de la Cruz es condición no olvidar el imponderable de la belleza literaria y de sumar otra dimensión nueva en la hondura del pensamiento. Juana se nos presenta todavía como una persona viva e inquietante.
Orígenes y una Infancia Prodigiosa
La fecha de nacimiento de Sor Juana ha sido debatida por sus biógrafos; por un lado, el padre Diego Calleja, primer biógrafo de Sor Juana, dejó testimonio en 1700 de que la monja nació el viernes 12 de noviembre de 1651; mientras que, ya entrado el siglo XX, Alberto G. Salceda dio a conocer el acta de bautismo de Sor Juana, que tuvo lugar el 2 de diciembre de 1648, por lo que resulta más probable que ese fuera el año de su nacimiento. Juana Ramírez de Asbaje nació el 12 de noviembre de 1651 (o de 1648) en San Miguel Nepantla en una hacienda ubicada al pie de los volcanes, fue criolla probablemente de ascendencia vasca.
La semblanza familiar de la niña Juana Inés comienza con la llegada de sus abuelos maternos, Pedro Ramírez de Santillana y Beatriz Rendón quienes, al parecer venían de Sanlúcar de Barrameda (Andalucía) y se instalaron entre los pueblos de Huichapan y Yecapixtla. De esta pareja nació, entre once hijos, la que fuera madre de la poetisa, Isabel Ramírez, quien pasado el tiempo, conoció en San Miguel Nepantla al capitán (de origen vasco) Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca, con quien procreó a tres mujeres: María, Josefa María y Juana Inés. La niña Juana Inés creció principalmente entre las haciendas de Nepantla y Panoayán, en la biblioteca del abuelo, quien combinaba la lectura y cultura con la siembra del maíz, trigo y crianza del ganado. Los años de aprendizaje de sus primeras letras transcurren en estos hermosos lugares que ven siempre hacia los volcanes Popocatépetl e Ixtaccíhuatl.
La educación que recibió en la infancia estuvo a cargo de su madre y su abuelo materno; en su Respuesta de la poetisa a la muy Ilustre a Sor Filotea de la Cruz, deja testimonio de que hubo una maestra particular que le enseñó a leer a la corta edad de tres años y sabemos que disponía de la biblioteca de su abuelo en su hacienda de Panoayán. Sor Juana Inés fue considerada desde pequeña como una niña muy inteligente, un caso prodigio, pues aprendió a leer y a escribir a los 3 años de edad, cuando la mayoría de los niños logran ambas cosas pasados los 5 años y en aquella época muchos no llegaban ni a conseguirlo. Era una niña muy activa y curiosa, le gustaba mucho leer y hacer preguntas. Su amor por las letras fue el acto más revolucionario de su vida.
La curiosidad siempre la motivó a leer y a estudiar. A la edad de siete años, y al enterarse de la existencia de la Universidad de México, solicitó a su madre que la enviara a estudiar allá, disponiéndose a cambiar el vestido por uno masculino si fuese necesario. Ante la negativa materna, se consoló devorando los libros de la biblioteca de su abuelo. Se armó de constancia y disciplina, a tal grado que, niña aún, se abstuvo por ejemplo de comer queso, puesto que había oído decir “que hacía rudos”, es decir, que entontecía a las personas.
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La Vida en la Corte Virreinal y el Llamado al Claustro
Los abuelos maternos de Juana Inés, Pedro Ramírez de Santillana y Beatriz de los Reyes Ramírez, murieron entre los años 1655 y 1657. Tras la muerte de su abuelo en 1655, fue enviada a la ciudad de México, a vivir con su tía materna, María Ramírez, quien estaba casada con Juan de Mata, hombre acaudalado que gozaba de influencia en la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera. Según datos de su biógrafo, el padre Calleja, Juana Inés pudo haberse trasladado a la capital del reino después de los ocho años de edad. En casa de su tía María, aprendió tareas femeninas, “labores que deprenden las mujeres”. Por la misma época recibió sus primeras 20 lecciones de gramática latina con el bachiller Martín Olivas.
Tiempo después ya se encuentra en la corte virreinal aproximadamente hacia 1665, al servicio de la virreina, marquesa de Mancera. La joven entró a la corte, vivió ahí entre los dieciséis y los veinte años, y fue respetada por su prodigiosa inteligencia, a tal punto que el virrey, admirado por su erudición, sometió a la joven a un examen ante cuarenta hombres de letras: teólogos, filósofos, matemáticos, historiadores y poetas. Con la total negación que tenía al matrimonio, e influida por el padre Antonio Núñez de Miranda, que era confesor de los virreyes, Juana decidió profesar. Tomó la decisión por parecerle que era “lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir”. Se dice que ella no era realmente una persona religiosa, pero para esos tiempos las mujeres se casaban a muy temprana edad y, siendo Juana Inés una niña muy inteligente, prefirió quedarse en el convento para no casarse sin estar enamorada y para poder seguir estudiando. Esta decisión le permitió continuar con sus estudios en lugar de tener que mantenerse en casa, algo que ella deseaba con muchas ganas porque a las mujeres en aquella época (aunque cueste creerlo) no se les permitía estudiar más allá de la educación básica.
Para continuar estudiando y, a la vez, escapar del matrimonio que, nos dice ella misma, no le interesaba para nada, decide ingresar a la Orden de las Carmelitas Descalzas en 1667, sin embargo, le parece tan severa la regla carmelita que decide cambiarse a la Orden de San Jerónimo, en donde permanecerá hasta sus últimos días. Ingresó en primera instancia al convento de Carmelitas Descalzas en agosto de 1667 y fue acompañada por los virreyes. Abandonó el convento poco tiempo después, probablemente por la rigidez de su regla. Hacia el año de 1668, en febrero, Juana Inés ingresa como novicia al convento de San Jerónimo, de las hijas de Santa Paula, donde se practicaba la regla de San Agustín. Se da por sentado que la dote que se pagó para su ingresó pudo haber sido subvencionada por su primo político Juan Caballero. Profesa como religiosa en este mismo convento el 24 de febrero de 1669.
El Claustro como Taller Intelectual y Espiritual
En la soledad de su celda se dedicó al estudio, que consideraba como su descanso “en todos los ratos que sobraban a mi obligación... Era de carácter afable y se ganó el afecto de sus hermanas de religión. Contrario al matrimonio, la vida conventual le aseguraba “no tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”. Aunque no podía escapar del todo de la convivencia en el convento, se impuso la disciplina de “no entrar en celda alguna si no me obligase a ello la obediencia o la caridad” para no robar tiempo al estudio. Atendió diligentemente sus obligaciones y entre los muros del convento floreció su obra.
El tiempo en el que vivió Sor Juana fue testigo de muestras de renovación intelectual en ámbitos como el conocimiento del mundo natural a través de la física y la filosofía modernas. Entre los intelectuales novohispanos de su época se hallan el matemático y astrónomo fray Diego Rodríguez (1569-1668) y Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), filósofo y matemático también, con quienes compartió el ánimo crítico frente a la rígida educación escolástica y la filosofía teológica que, por entonces, daba muestras ya de una decadencia en sus métodos de estudio y exposición. Sor Juana armó una magnífica biblioteca que llegó a contar 4 mil volúmenes. Con anterioridad a la publicación de sus obras completas, se habían editado ya algunos de sus villancicos en 1676 que continuarían hasta 1691. Estos fueron años en que sor Juana convivió fraternalmente con los marqueses de Mancera, a quienes quería mucho y dedicaba parte de su poesía. Al mismo tiempo su buena relación con la Corte le permitió escribir más cada día.
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La Prolífica Obra de Sor Juana Inés de la Cruz
Durante sus años de religiosa tuvo la oportunidad de escribir música, poesía, obras teatrales y hasta realizó experimentos científicos. No por ello Sor Juana se desligó de la vida religiosa ya que, al contrario, muchos de sus escritos invitaban a la reflexión sobre la religión por los que se metió, además, en algunos líos, dado que aquel era un trabajo casi exclusivo para los hombres religiosos.
Poesía y Obras Líricas
Escribió abundante poesía. Preparó villancicos para las catedrales de México, Puebla y Oaxaca. En el mismo año de la Respuesta a Sor Filotea, sor Juana publica en Puebla de los Ángeles los villancicos a Santa Catarina ex profesos para la catedral de Oaxaca. Las características de Sor Juana en la poesía lírica son la abundancia y la variedad, no menos que el cabal dominio técnico en todas las formas y los géneros. El oficio nunca deja nada que desear. Silvas, liras, sonetos, romances, redondillas, villancicos, loas y tonadas son de una factura que acusa, por una parte, el enriquecimiento acumulado durante siglos por la poesía española, y por otra, el don de Sor Juana, don que es también imperiosa necesidad de versificar según ella lo ha confesado.
El Sueño o Primero Sueño (1685) es la obra poética de Sor Juana con mayor significación filosófica; fue redactada alrededor de sus 35 o 40 años y ella misma nos dice que tal “papelillo” fue el único escrito por su propio gusto y no por encargo. En el mismo año de la Respuesta, sor Juana publica en Puebla de los Ángeles los villancicos a Santa Catarina ex profesos para la catedral de Oaxaca. De la misma manera en la Respuesta ella declara haber escrito por propio gusto un papelillo “que llaman El sueño”. Poema filosófico de 975 versos escritos en una silva que sigue los modelos retóricos de la época y en el que la propia sor Juana declara que se ha escrito a semejanza de Las soledades de Góngora. La intención en el poema de Sor Juana es la de plasmar un viaje del conocimiento y la impotencia de poder poseer todo al final del mundo iluminado.
En 1680, con la llegada a Nueva España de Tomás Antonio de la Cerda y Aragón, conde de Paredes y marqués de la Laguna, Sor Juana redactó el arco triunfal que preparó la catedral de México para recibir al gobernante. En el Neptuno alegórico aludía a las virtudes del gobernante, relacionándolo con el dios Neptuno, idealizando en esta figura “el ideal político de un príncipe católico: sabio, prudente, poderoso y justiciero”. Parte de su obra fue reunida y publicada en Madrid, en 1689, con el título de Inundación Castálida. Al año siguiente, y gracias a la protección de la esposa del virrey, doña María Luisa Manrique de Lara, Condesa de Paredes, se publicó en Madrid, uno de los compendios más importante de toda su obra bajo el título de la Inundación Castálida de 1689. En esta edición española se dan a conocer todos los poemas bellísimos de Sor Juana que ya la habían consagrado más que como monja como una poeta de la vida, del amor y de los requiebros de los desamores. Hacia el año de 1692 se publica el “Segundo volumen de las Obras de Soro Juana Inés de la Cruz” (Sevilla, 1692).
Teatro: Comedias y Autos Sacramentales
Escribió obras de teatro, como Los empeños de una casa (1683) y Amor es más laberinto (1689); autos sacramentales como El divino Narciso (1689) y abundante poesía. Además de su poesía y de su drama ganador en el certamen, Los empeños de una casa, también escribió la comedia Amor es más laberinto (cuyo estreno fue en 1689). La primera es una obra que se debe toda a la escritora y la segunda la hizo en colaboración con Juan de Guevara. Las dos son típicas comedias de capa y espada o también llamadas en la península comedias de enredo, tienen el sabor del verdadero teatro de los siglos de oro españoles con tintes que van desde el teatro nacional de Lope de Vega hasta el teatro más complejo de Calderón de la Barca.
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Otras interesantes y creativas obras de Sor Juana son sus autos sacramentales, que eran obras teatrales religiosas con finalidades evangelizadoras, así como sus loas, es decir, sub obras teatrales breves que servían como introducción a los autos sacramentales. De este último dramaturgo español también encontramos correspondencia con el otro gran género trabajado por la jerónima, se trata de tres autos sacramentales que escribiera Sor Juana: El cetro de José (en Madrid, 1692), El mártir del sacramento san Hermenegildo (también de 1692) y El divino Narciso (publicación en 1690). En dicha obra nos deja ver su conocimiento sobre el pasado indígena mesoamericano, algunos aspectos rituales, tradiciones y bailes como el teocualo, con el que se honraba a Huitzilopochtli, “el rey de las semillas”, y la reacción de los primeros evangelizadores frente a tal fenómeno cultural.
Prosa Crítica y Defensa del Conocimiento
Otras obras que han sido apreciadas por su modernidad son su Crisis de un Sermón o Carta Atenagórica (1690) y su Respuesta a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz (1691). La primera es una crítica teológica al Sermón del Mandato dictado por el jesuita portugués Antonio Vieira en 1650, lo que evidencia su valiente y decidido carácter crítico, pues Vieira era uno de los predicadores más afamados y respetados de su época. La crítica de Sor Juana en su Carta Atenagórica se enmarca en el movimiento de reforma de la teología y sus método de estudio. En su exposición, Sor Juana se revela partidaria de la escuela agustinense y es visible su pensamiento moderno y renovador en lo teológico.
La segunda, la Respuesta a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz, es la respuesta que Sor Juana dirige a Manuel Fernández de Santa Cruz, Obispo de Puebla, quien habiéndola motivado a que comentara el sermón de Vieira, luego le reprocha sus críticas y le llama la atención por su desafiante ingenio y erudición, recordándole que es una monja y por ello debería dedicarse más a la oración que a discurrir sobre filosofía. En su Respuesta a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz, Sor Juana realiza una defensa de sí misma, de sus ideas y del derecho de las mujeres al conocimiento. Es análisis de la propia formación intelectual y verdadera exposición de su método de estudio y trabajo. Aparte de su trascendencia humana, psicológica y filosófica, este documento representa, a nuestro sentir, la mejor prosa mexicana de la época.
Para contestar la carta del Obispo Manuel Fernández de Santa Cruz sor Juana medita y escribe su Respuesta a Sor Filotea (1º de marzo de 1691), en este interesante texto pueden conocerse varios datos biográficos e intelectuales de Sor Juana, desde que era pequeña. Entre este año y el siguiente (1693) escribe sus interesantes Enigmas para la Casa do placer de las monjas portuguesas.
Últimos Años y Legado Inmortal
No todo eran triunfos en la vida de Juana Inés, al parecer se intercalaban los éxitos con las penas. En el año de 1688 (el 3 de enero) moría su madre Isabel Ramírez. A partir de esta fecha encontramos ya una separación rotunda y un retiro en la monja escritora, deja ya de acudir al locutorio e inicia un silencio sin retorno. Fue mucha mujer esta mujer. Asediada por la humanidad, festejada, busca en el claustro el abrigo de sus letras, y cuando al fin las descifra todas, alcanza la caridad sin mácula. A partir de esta fecha encontramos ya una separación rotunda y un retiro en la monja escritora, deja ya de acudir al locutorio e inicia un silencio sin retorno.
Su muerte se dio en el marco de una epidemia que azotó al Convento de San Jerónimo; aunque no se sabe con exactitud la naturaleza de este mal, es muy probable que fuera la epidemia del matlazahuatl, un tifus exantemático también llamado tabardillo o tabardete. Sor Juana falleció el 17 de abril de 1695 como resultado de la exposición que tuvo a esta enfermedad, tras cuidar a sus hermanas de orden en el convento. Para el año de 1695, el 17 de abril, muere como consecuencia de la típica enfermedad epidémica de la época, el tifus. Muy bien no se sabía nombrar a la enfermedad se le comparaba con una enfermedad que azotaba a las plantaciones con manchas fuertes y grandes, este era el tabardillo Tifus o tabardillo, no se sabe pero ese mismo año, se sabe, murieron 7 religiosas (en el mes de abril fueron 3 de este grupo de monjas). También muere su confesor, el padre Antonio Núñez de Miranda. A Juana Inés se le sepultó en el coro bajo de la iglesia del templo de San Jerónimo, actualmente ex templo de San Jerónimo de la Universidad Claustro de Sor Juana, donde ha recibido el nombre de Auditorio “Divino Narciso”. Sirva esta sucinta vida de Sor Juana para recordarnos 325 años después de su muerte la vulnerabilidad del ser humano.
