La senda de la vida espiritual, tal como la concibe la obra clásica Imitación de Cristo, se centra en una profunda devoción al Cristo verdadero. Sin embargo, a lo largo de la historia, las enseñanzas auténticas sobre Jesús han sido objeto de falsificaciones y acusaciones, distorsionando su mensaje y su naturaleza.
La "Imitación de Cristo" de Tomás de Kempis
La Imitación de Cristo es una obra de devoción cristiana escrita por Tomás de Kempis en el siglo XV. Su autor, el venerable Tomás de Kempis (1380-1471), nació en Alemania y fue durante toda su vida maestro espiritual de jóvenes religiosos de los Canónigos de San Agustín. Se puso el desafío de retraducir esta obra del latín medieval, retocando el estilo en el sentido de superar el tradicional dualismo de la visión clásica y añadiéndole al final una parte escrita dentro de la moderna cosmología que procura articular e incluir todas las dimensiones, más adecuada al espíritu contemporáneo. Le dio como título “El seguimiento de Jesús por los caminos de la vida”.
Tomás de Kempis tenía una mente libre. Incluso dentro del espíritu de la tendencia espiritual más difundida de la época, llamada “Devotio Moderna”, no se dejó influenciar por ninguna escuela teológica o tendencia mística. Por el contrario, muestra cierta distancia y también una sospecha velada sobre todo saber teológico y teórico y sobre revelaciones particulares. Lo que cuenta para él es la experiencia del encuentro con Cristo, con su cruz, con su obediencia al Padre, con su humildad, con su misericordia, con el amor incondicional y con su pasión y cruz valerosamente soportadas.
La Esencia de la Imitación de Cristo
La singularidad de la Imitación de Cristo reside en que el camino se centra en el Cristo de la fe y sus virtudes: su humildad, su amor a los pobres y pecadores, su compasión con los enfermos y discriminados, su actitud ante la condición humana que él compartió con nosotros. San Pablo va más lejos al invitarnos a “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús tuvo: no se aprovechó del hecho de ser Dios, sino que por solidaridad con nosotros asumió la condición de siervo, presentándose como un simple hombre y se humilló hasta aceptar la muerte de cruz” (cf. Flp 2, 5-8), castigo infame para la época. Estas son las actitudes que propone el autor a sus oyentes para alcanzar un alto nivel de vida espiritual.
Tomás de Kempis, mejor que cualquier psicoanalista, entiende los meandros más secretos del alma humana, las solicitaciones del deseo, las angustias que produce, pero también indica caminos de cómo enfrentarlas confiados siempre en la gracia de Dios, en la misericordia de Jesús y en el completo despojamiento de sí mismo. El libro ofrece una espiritualidad cristalina como el agua de la fuente detrás de casa.
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Estructura y Contenido de la Obra
El libro se compone de cuatro partes, a las cuales se atrevió a añadir una quinta, usando el mismo estilo del autor, titulada “El seguimiento de Jesús por los caminos de la vida”. A lo largo de la obra, Tomás de Kempis enfatiza la humildad, la simplicidad y la devoción sincera como caminos hacia la unión con Dios.
- Libro Primero: Consejos útiles para la vida espiritual - Este libro se enfoca en los fundamentos de la vida espiritual. Tomás de Kempis subraya la necesidad de renunciar a las cosas mundanas y enfocarse en la vida interior.
- Libro Segundo: Consejos para la vida interior - Aquí, el autor profundiza en la importancia de la vida interior y la meditación. Alienta a los creyentes a encontrar paz y consuelo en la comunión con Dios a través de la oración y la lectura de las Escrituras.
- Libro Tercero: De la consolación interior - Este libro ofrece consuelo para los que sufren o están en aflicción. Tomás de Kempis asegura que Dios está presente en el sufrimiento y que este puede ser un medio para acercarse más a Cristo.
- Libro Cuarto: Del sacramento del altar - El último libro se centra en la Eucaristía, destacando su importancia en la vida cristiana.
El Cristo Verdadero y Su Falsificación
«¡Creía que sólo había un Cristo!», exclamará más de uno. Efectivamente, sólo hay un verdadero Cristo. Pero desde el principio, la gran ambición de Lucifer ha sido: “Seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:12-14), con la pasión de exaltarse por encima de Cristo.
La Estrategia del Engaño Satánico
Tras los miles de años que han ido transcurriendo, Satanás se ha vuelto más y más sagaz y astuto. Su plan consiste en hacerse pasar por Cristo. Su alma demoníaca codicia por sobre cualquier otra cosa el ver a la humanidad inclinada ante él, rindiéndole esa devoción que de otra forma iría dirigida hacia su odiado rival, Jesucristo.
Las grandes habilidades que tienen algunas personas para imitar a otras en su voz, maneras e incluso apariencia demuestran la eficacia de la falsificación. Grandes estafas se han realizado usando esta técnica, y la gran industria cinematográfica se basa en ella. Si Satanás es tan sagaz para inspirar a seres humanos -de inteligencia muy inferior a la suya- en falsificaciones de tal calibre, mucha más diligencia aplicará a la consecución de su propio gran esquema de engaño.
Advertencias Bíblicas sobre Falsos Cristos
La enseñanza bíblica advierte sobre la aparición de falsos Cristos y la obra de Satanás.
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- El apóstol Juan en 1 Juan 2:18 declara: “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.” En el idioma original, "anticristo" significa "alguien que suplanta a Cristo", refiriéndose a falsos Cristos.
- Jesús mismo predijo este engaño en Mateo 24:5, 23 y 24: “Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.”
- La “gran” obra de Satanás, según Apocalipsis 20:8 y 10, es “engañar a las naciones”. El diablo, que los engañaba, será finalmente lanzado en el lago de fuego y azufre.
El antiguo Israel también resultó engañado por un falso Cristo. En los días de Elías, el rey Acab reinó sobre Israel en Samaria y "hizo altar a Baal, en el templo de Baal que él edificó en Samaria" (1 Reyes 16:30-32). Elías acusó a Acab y a la casa de su padre de turbar a Israel "abandonando los mandamientos de Jehová y siguiendo a los baales" (1 Reyes 18:18-19). “Baal” es un término que significa simplemente “Señor”. Con el transcurso de los años, al pueblo de Israel le resultó difícil distinguir entre la verdadera adoración al Señor y la de las naciones que lo rodeaban, ya que la adoración a Baal era una sutil falsificación de la genuina al Señor de Israel. Los templos tenían una apariencia similar, y también los rituales. De forma progresiva el pueblo perdió la capacidad de distinguir entre ambas. En los días de Jeremías, la adoración a Baal florecía incluso en el templo de Jerusalén, llegando al descaro de mezclar la adoración falsa con la verdadera, ya que los hijos de Judá pusieron sus abominaciones "en esta casa sobre la cual fue invocado mi nombre" (Jeremías 7:10, 30).
Los judíos habían estado esperando por siglos la venida del Mesías. Cuando por fin vino, lo condenaron a la muerte, debido a que fueron incapaces de distinguir al verdadero Mesías del falso. Pablo exhortó a los Corintios a ser cuidadosos, puesto que para el observador descuidado, habría muy poca diferencia entre beber “la copa del Señor” y “la copa de los demonios” (1 Corintios 10:20-21).
Cómo Diferenciar al Cristo Verdadero del Falso
Sobre la Expiación y el Amor del Padre
El falso Cristo pretende que Jesús murió en la cruz a fin de cambiar los sentimientos del Padre hacia nosotros. Presenta a Dios como alguien distante e indiferente al ser humano, y a Cristo sufriendo en nuestro lugar a fin de satisfacer un supuesto afán de venganza del Padre. En contraste, la Biblia declara en Juan 3:17 que “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” Fue precisamente el Padre quien amó de tal manera al mundo, “que dio a su Hijo unigénito”. Este gran sacrificio no fue hecho para crear amor en el corazón del Padre hacia el hombre, ni para moverle a salvarnos. Si el Padre nos ama tanto no es a causa de la gran propiciación, sino que él proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo fue el medio por el cual el Padre pudo derramar su amor infinito sobre un mundo caído. “Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo”. Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getsemaní, en la muerte del Calvario, el corazón del amor infinito pagó el precio de nuestra redención.
Sobre la Naturaleza Humana de Cristo y la Tentación
El falso Cristo no puede ser tentado como lo somos nosotros, siendo así ajeno a nuestros más profundos sentimientos. Se lo representa tomando un tipo de naturaleza humana diferente a la que nosotros poseemos. De esa forma, el falso Cristo es incapaz de salvarnos de nuestros pecados, perdonándonos sólo en el sentido de que nos disculpa mientras continuamos en nuestros pecados.
Por contraste, el verdadero Cristo, como muchos engañadores que han salido por el mundo no confiesan, ha venido en carne (2 Juan 7). “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado” (Romanos 8:3 y 4). Fue tentado “en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. En el desierto de la tentación, Cristo estuvo en el lugar de Adán para soportar la prueba que este no había podido resistir. Aquí venció Cristo en lugar del pecador. Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana tal como existían cuando vino a la tierra para ayudar al hombre. Con las debilidades del hombre caído sobre él, en favor de la raza humana había de soportar las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los que pudiera ser atacado el hombre. Él tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido.
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El apóstol Pablo se refiere al “anticristo” como habiendo venido ya. Un ejemplo de cómo un “Cristo” que no tomó realmente nuestra carne oscurece la verdad de la salvación mediante una falsa doctrina sobre la persona de Jesús es la doctrina de la “inmaculada concepción”, proclamada como dogma por el papa Pío IX en 1854. La doctrina católica enseña que la bienaventurada virgen María no sólo fue concebida inmaculada, es decir, sin la menor mancha de pecado original, sino que además estuvo libre de cometer ni un solo pecado en todo el curso de su vida. No sólo no tuvo pecado, original o actual, sino que en cierto sentido era incapaz de pecar, debido a un privilegio especial. De esa forma, el “Cristo” de la creencia popular oficial católica, nació heredando esa misma carne excepcional de la virgen María, una naturaleza humana apartada y diferente de la nuestra.
Fulton Sheen, un famoso telepredicador católico, explica porqué el dogma de la “inmaculada concepción de María” es tan imprescindible para el “Cristo” popular católico. Sheen es incapaz de comprender cómo es que el Salvador pudo venir tal como Pablo afirma, “en semejanza de carne de pecado”, sin sucumbir víctima de la tentación. Su equivocada idea es el resultado de no comprender la verdad bíblica de la salvación por la fe. Él afirmaba: “Si la Infinita Pureza hubiera escogido cualquier otra puerta de entrada a la humanidad distinta de la pureza humana (la inmaculada naturaleza de María), habría ocasionado una tremenda dificultad, que es la de cómo podía [Cristo] estar libre de pecado, naciendo de una humanidad cargada de pecado. Si el pincel que sumergimos en pintura negra se vuelve negro, y si los vestidos toman el color del tinte que los cubre, ¿acaso él [Cristo], a los ojos del mundo, no habría participado también de la culpabilidad que toda la humanidad comparte? Si vino a este mundo en el trigal de la debilidad moral, habría tenido ciertamente alguna paja adherida a las vestiduras de su naturaleza humana.”
El Cristo verdadero nació de una humanidad cargada de pecado y sin embargo, nunca pecó; ese “pincel” se sumergió en la “pintura negra” sin contaminarse jamás de nuestro pecado; sus vestiduras fueron cubiertas por nuestro “tinte” humano sin tomar nunca el color de nuestro pecado; pasó por el “trigal de la debilidad moral” sin que se pegara impureza alguna a “las vestiduras de su naturaleza humana”. Esa verdad de la victoria de Cristo, en nuestra naturaleza, es la gloriosa enseñanza del Nuevo Testamento llamada “rectitud, o justicia por la fe”.
La idea de que a Cristo le fuera imposible pecar no tiene base en la Biblia. Si tal fuera el caso, ¿cómo habría podido ser realmente tentado? Cristo rogó “con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte” (Hebreos 5:7-9). “Lleno de angustia oraba más intensamente, y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44). La razón por la que no pecó es porque escogió no pecar. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:17-18). Nuestro Salvador conoció el mismo conflicto constante al que nos enfrentamos nosotros, siendo constantemente victorioso sobre el “yo”.
