Descubre el Significado Profundo de las Parábolas de la Misericordia en Lucas 15 ¡No Creerás lo que Revelan!post-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En el capítulo 15 del Evangelio de san Lucas, se presenta uno de los textos centrales del Nuevo Testamento, donde Jesús nos habla de la gran misericordia de Dios y de que su amor y perdón no tienen límite alguno. El texto comienza diciendo: «Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”».

Es sabida la acogida que Jesús tiene con los pecadores en el Evangelio y la oposición por parte de los defensores de la ley. Por eso Jesús deja muy en claro: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2, 17). Debemos tener muy en claro que Jesús nunca niega que exista el pecado y que existan los pecadores; de hecho, el decirles «enfermos» lo demuestra. El contexto de esta enseñanza de Jesús en parábolas está constituido por el comportamiento hacia Él, frente a su acción y su predicación.

Los recaudadores de impuestos y los pecadores se sienten atraídos por Jesús y acuden a Él para escucharlo. Por otro lado, los «justos», los observadores escrupulosos de la Ley, denuncian con desprecio: «¡Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos!». Comer juntos fue para Jesús un acontecimiento lleno de significado, una fecunda posibilidad de comunión, de conversión, de reconciliación. Su libertad, el dar la mano a personas perdidas según la Ley, el ponerse al lado de aquellos que están descartados y condenados por la opinión pública, demuestra que la misericordia infinita de Dios escandaliza más a los hombres que su justicia.

¿Qué es una Parábola?

Una parábola es un cuento que tiene por principio dejar una enseñanza. Estos cuentos eran sencillos y familiares a quienes los escuchaban, pero su mensaje es trascendente y lleva a la reflexión de quien escucha, porque no se escucha con el entendimiento sino con el corazón. Las parábolas son historias e ilustraciones extraídas de experiencias de la vida real que enseñan una verdad o ilustran un principio. En la Escritura, las parábolas son particularmente características de la instrucción de Jesús. Estas historias cortas, utilizando personas, vocaciones y acciones de la vida cotidiana, hacen que los puntos de enseñanza sean concretos y memorables, ayudando a los lectores y oyentes a retener la instrucción. Las parábolas invitan a los oyentes a reflexionar sobre la enseñanza en cuestión y a preguntar si es verdadera para ellos y cómo lo es. Las parábolas típicamente enfatizan un punto principal importante.

Sin embargo, no cada pequeño detalle en una parábola debe ser presionado para buscar significados simbólicos. Algunas parábolas usan diferentes aspectos de la historia para representar diferentes cosas. Las parábolas revelan y ocultan la verdad de Dios en que tienen diferentes efectos en las audiencias dependiendo de la condición de los corazones de aquellos en la audiencia. Cuando las parábolas ocultan algo, endurecen los corazones de la audiencia contra la verdad de la parábola.

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Los Destinatarios de las Parábolas

Los dos grupos principales que se acercaban a Jesús eran los publicanos y los pecadores, por un lado, y los fariseos y los escribas, por el otro. Este capítulo habla a todos los hombres, a aquellos que conocían la palabra y a aquellos que tal vez no. En su mensaje trata de transmitir cuán feliz se ponen en el cielo cuando un alma se salva, llega al arrepentimiento y reconoce su falta. Esto sucede porque el hombre reconoce así la grandeza de Dios.

Publicanos y Pecadores

Los publicanos eran los que recaudaban impuestos para el imperio romano y eran considerados ladrones, ya que explotaban a sus "hermanos" y los estafaban legalmente. Jesús había dicho, de forma muy controvertida para los religiosos, que “los publicanos y las rameras os van delante en el reino de Dios” (Mt.21:31). Esto resulta subversivo si pensamos en la mentalidad de hombres como los Fariseos, pero lo que Cristo quería decir es que estos tenían más facilidad para arrepentirse porque sabían que estaban haciendo algo mal.

Así también sucede con los pecadores. Estos son los que más se acercan a Cristo porque su mensaje les resulta esperanzador y amoroso. En su mensaje se presenta a un Dios que ama y perdona, no juzga, si el hombre es capaz de arrepentirse, por lo tanto existe para ellos una posibilidad de redención que los escribas y los fariseos parecían negarles. Cristo se rodea de estos hombres, porque son los que más necesitan escuchar esta “buena nueva”.

Fariseos y Escribas

Los otros dos grupos que se acercan, no parecen hacerlo realmente por el mensaje amoroso y esperanzador, sino con una mirada crítica. Intentan buscar con qué juzgar a Jesús. No buscan su salvación propia porque ya se creen salvos, sino que critican que quien se dice Hijo de Dios y Mesías, sea capaz de acercarse y hablarle a estas personas que ellos consideran despreciables.

Los Fariseos eran una secta que cumplía estrictamente todos los mandamientos de la ley de Moisés. Se jactaban de hacerlo a la perfección y consideraban que ya por eso eran salvos. Pero no se preocupaban por saber realmente cuál era el fondo de esa ley, es decir, qué quería decir realmente. Cristo los llama “sepulcros blanqueados”, porque tienen apariencia de santos por fuera pero por dentro están muertos. Sus ritos no tienen ningún contenido, ya que no han entendido lo principal: Dios es amor.

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Los escribas eran aquellos que tenían el propósito de conservar la Biblia, la conocían y la predicaban. Por lo general pertenecían a los Fariseos. La conocían muy bien, lo que no quiere decir que meditaran en ella, sino que más bien exigían que se cumpliera al pie de la letra. Es por esto que estos dos grupos criticaban la forma en que Cristo se comportaba: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. No entendían qué era lo que realmente estaba haciendo, porque les daba tanta importancia, si al fin y al cabo, ellos eran quienes creían estar más cerca de Dios, por su comportamiento intachable a los ojos de la ley mosaica.

A todos les habla Jesús, a los publicanos y pecadores, para que sepan que pueden arrepentirse y que eso traerá inmensa felicidad al cielo; y a los fariseos y escribas para que se den cuenta que lo más importante es lo de adentro y no el exterior. Que la verdadera felicidad está en salvar a un alma perdida y no en parecer perfectos.

Una Sola Parábola con Tres Ejemplos

A veces se conoce este pasaje como "las parábolas de la misericordia" como si fueran tres. Sin embargo, si leemos atentamente el versículo 3 de este capítulo, vemos que Jesús dice "y les propuso esta parábola", por lo tanto, cabe pensar que no son tres parábolas sino una sola que están unidas por la misma temática. Es como si Jesús fuera dando tres ejemplos que afinan el concepto de misericordia. El tema del capítulo tiene que ver con la redención y la alegría que eso provoca en el cielo.

Primer Ejemplo: La Parábola de la Oveja Perdida

Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos, conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”».

Aquí Jesús habla de cien ovejas, por ser estos animales comunes en el entorno de campesinos. Las ovejas son animales inofensivos, que necesitan de quien las guíe. Muchas veces se ha asociado al cristiano con las ovejas, cuando el mismo Cristo dice: “Yo soy el buen Pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn.10:11). Las ovejas tienen la particularidad de no poder ver claramente a causa de la lana que tapa sus ojos, por lo tanto se guían por la voz de quien pastorea, de allí la similitud con el cristiano.

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Basta con que una sola se haya perdido para que el Pastor sienta que debe recuperarla, porque esta puede encontrarse en peligro, por las amenazas de los depredadores. La similitud es clara: la oveja se fue porque escuchó otra voz, o porque no escuchó la del pastor. Recordemos que así se perdió el hombre en el Edén, por no querer escuchar la voz de Dios. Lo que movió al pastor fue la misericordia, que significa “amor a la miseria”. El pastor comprendió el peligro en que la oveja se encontraba y no estaba dispuesto a dejarla así, sin darle socorro. De la misma manera Dios busca a los hombres que se pierden, porque no pretende dejarlos que sufran por las acechanzas del diablo.

Una vez hallada la oveja, la felicidad es inmensa para el pastor, quien la carga e invita a sus amigos a celebrar con él haberla hallado. Así es que la parábola termina con la fiesta, no solo en la tierra sino también en el cielo. “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que de noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento” (v.7), es el arrepentimiento el camino de regreso a Dios, es la posibilidad de volver a encontrar la tranquilidad que Dios brinda al hombre que elige estar a su lado.

Segundo Ejemplo: La Parábola de la Moneda Perdida

O ¿qué mujer tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.

Esta segunda parábola tiene una particularidad: ha bajado el número de los elementos involucrados en ella. Ya no son cien ovejas, ahora son diez dracmas. Esto ya nos reafirma que poco importa el número que se tenga; basta una sola para que quien la pierda tenga la responsabilidad de buscarla con ahínco. Es en esta parábola que se muestra, justamente, el ahínco de la mujer. No acepta la situación fácilmente: enciende la luz, barre, busca con diligencia.

La moneda no está en peligro, como sucedía con la oveja, pero es valiosa para la mujer. Tal vez su valor no radique necesariamente en lo monetario, sino en lo difícil que es ganarlo. Cada dracma era el salario de un día, por lo tanto, lo que importa no solo es su cantidad, sino lo que costó tenerlo. ¿Cómo puede abandonarse así nomás? Sería como abandonar el esfuerzo propio. Así mismo pasa con un alma que se pierde; ya no se muestra aquí el peligro como con la oveja, sino el valor que esa alma tiene, y el esfuerzo que ha costado que se arrepintiera. La parábola termina igual que la anterior: hay fiesta, tanto en la tierra como en el cielo. Y también es la misericordia la que mueve a esa mujer, porque no le importa tener más dracmas, sino que considera igual de valiosa un dracma que diez, porque todos han sido productos del esfuerzo.

Tercer Ejemplo: La Parábola del Hijo Pródigo (o Padre Misericordioso)

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad […]. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó cuello y lo cubrió de besos. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

De las tres parábolas que nos presenta Lucas, la del Hijo pródigo-Padre Misericordioso sobresale por todo lo que conlleva. Todo, en esta historia, es sorprendente; nunca se había descrito a Dios con estos rasgos. Toca los puntos más diversos: el arrepentimiento, la vergüenza, la nostalgia.

Ahora se baja aún más el número, ya no son cien, ni diez, ahora son dos. Esta parábola está más centrada en el público que está escuchando. Los publicanos y los pecadores podrían identificarse con el hijo menor que se va, y los Fariseos y los escribas con el hermano mayor que se queda y reclama la atención que le da el padre a este hijo cuando vuelve. El padre, pues, representaría a Dios.

El menor de los hijos reclama al padre la parte de la hacienda que le pertenece, siendo que habitualmente eso se haría una vez que el padre muriera. Este hijo menor no solo lo es por edad, también representa al hijo que flaquea en la fe. Él tiene libre albedrío, elige hacer lo que quiera, separarse del amparo de su padre, manejar su vida lejos de sus consejos. Es por eso que elige una “provincia apartada” como metáfora de la condición del hombre de “apartarse de Dios”, de alejarse de sus consejos. Esto lo lleva, obviamente, a no tomar prevenciones, sino a vivir “perdidamente”. Dios como un padre, aconseja a sus hijos para su propio bien y felicidad, pero los hombres, y este hijo menor representado en la mayor parte de la humanidad, elige lo contrario, creyendo que la felicidad es lo que a ellos les parece mejor, de allí surge la expresión “perdidamente”.

Las prevenciones que no toma lo llevan a malgastar y curiosamente en aquel lugar en que se encuentra aparece una gran hambre. El hambre lo lleva a buscar trabajo, y uno de los ciudadanos de allí siente, tal vez misericordia de él, pero el trabajo que le da es el de apacentar los puercos, un trabajo indigno para un judío que consideraba al cerdo un animal inmundo. Pero el arrepentimiento no es fácil para el corazón humano; a veces es necesaria una gran humillación, por eso la parábola llega más lejos, y el hijo menor desea al menos poder comer la comida de los cerdos. Es verse en tal grado de humillación lo que le hace darse cuenta hasta dónde ha llegado. El arrepentimiento debe ser verdadero y comienza con el darse cuenta o lo que los griegos llamaban la “anagnórisis”. Lo primero que se reconoce a sí mismo es lo que ha perdido: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”

La queja o la lamentación es solo una parte del arrepentimiento, luego es necesaria la acción: “me levantaré e iré”. Y por último la confesión, el reconocimiento ante el otro de su error, el pedir perdón. Sus palabras son claves: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. No reclama un reintegro de su condición de hijo, lo que muestra un verdadero arrepentimiento, porque reconoce que no es digno de eso. Este es el verdadero arrepentimiento, ya que está dispuesto a humillarse, aún perdiendo su condición natural de hijo. La acción no solo queda en la palabra, sino que se realiza y va hacia su padre. La misericordia se da en el padre que corre y se echa al cuello y lo besa. No necesita explicaciones, le alcanza con verlo vivo, verlo sano, verlo de vuelta. Sabía que lejos estaba en peligro, pero también sabía que había sido una decisión de su hijo y la respetó. Así hace Dios con el hombre que se aparta, respeta su decisión pero está deseoso de que vuelva, de verlo otra vez.

Recientemente, se ha reflexionado sobre el anillo y las sandalias que el padre dio al hijo. El anillo común en esos días, incluso en las Escrituras Hebraicas, era un sello, que servía como la firma personalizada del dueño. Al darle el anillo a su hijo, el padre le estaba diciendo que nuevamente tenía acceso a su riqueza y herencia y que podía actuar de su parte legalmente en cualquier momento. Pero también le dio sandalias. Simbólicamente, esto podía significar que el padre no le estaba quitando su libertad, ¡que lo dejaba libre para irse de nuevo con su herencia! Alguien describió esto como «Misericordia absolutamente desmesurada» y esto es completamente cierto. El padre recibe nuevamente a su hijo en el seno de la familia con todos los derechos y privilegios que esto conlleva y, sin embargo, lo deja libre. Libre para ser fiel al amor del padre o libre para pecar de nuevo.

El hijo mayor, sin embargo, respondió a su padre: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos”. El hijo mayor está furioso por la respuesta amorosa y misericordiosa de su padre hacia su hermano descarriado. No solo no quiere perdonar las transgresiones de su hermano, no quiere ni siquiera reconocerlo como parte de su carne y sangre. El padre desafía al hijo como también somos desafiadas a cambiar nuestra actitud santurrona y amar con gran misericordia a aquellas personas que pensamos no se lo merecen.

En nuestro tiempo, se plantea la pregunta: ¿La misericordia de Dios llega a todas las personas? ¿A aquellos que han abusado sexualmente? ¿A los que encubrieron el abuso en nuestra Iglesia? Hay una imagen de Dios que acompaña en tiempos de indignación cuando los seres humanos son tan crueles entre sí: la imagen de un Dios enojado, furioso al constatar cómo su gente se trata entre sí. Pero en vez de responder con odio y revancha, Dios contiene su odio y lo convierte en compasión por todas las personas -por el oprimido y por el opresor- y comienza a ver qué es lo que puede hacer tanto para levantar al oprimido como para curar al opresor.

El salmista dice: «Los canales del río alegran la Ciudad de Dios». Aunque pecadoras, somos parte de ese canal del río que alegra el corazón de Dios. Dios ve nuestros corazones. Dios ve cómo deseamos profundamente tenerlo cerca, cómo batallamos por ser compasivas con quienes hieren a los que Dios ama, cómo tratamos de ayudar a Dios en lo que podemos para liberar al oprimido y curar al opresor.

La Alegría de Dios por el Arrepentimiento

Hay un elemento común que une entre sí las tres parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo. En lo que coinciden las tres parábolas es la alegría de Dios. En el Evangelio, la alegría se desborda y se convierte en fiesta. No tenemos un Dios triste o rencoroso, sino un Padre cercano que se alegra por nuestra felicidad, que le alegra nuestro bienestar, que ama y aprecia nuestra compañía y le hace tan feliz nuestra presencia.

En síntesis, Dios está siempre en busca del pecador; no es un Dios de justos, de puros, que ama solo a los que le responden consecuentemente. Dios sabe que en verdad todos los seres humanos somos pecadores, de una forma u otra, y por eso trata de hacer sentir a todos y cada uno su fiel e inmerecido amor. Él nos ofrece este amor, pero si no sabemos, o si no queremos saber, que somos pecadores, entonces impedimos que Dios venga a buscarnos. El apóstol Juan nos revela: «En esto consiste el amor, no somos nosotros los que amamos a Dios, sino Él quien nos amó primero».

Por el pecado cometido en el paraíso por Adán, el hombre nace perdido, ya que por él, se ha apartado el deseo de estar con Dios, se ha rebelado contra Él. Aquel fruto que como Adán pertenecía al árbol del bien y del mal, su pecado original es la desobediencia, que incita al hombre a creer que puede juzgar las cosas por sí mismo sin equivocarse. El hombre así se aparta del consejo de Dios, y como hijo rebelde, decide no obedecerlo, aun cuando Dios como padre amoroso quiere lo mejor para el hombre. Aunque él se haya apartado, Dios no los abandona nunca y por eso elige mensajeros para que hablen por él. La salvación, el arrepentimiento, la redención es lo más importante de este capítulo y es la enseñanza que Jesús deja en este episodio. Los ángeles se alegran porque ellos no saben lo que significa ignorar a Dios.

Cuadro Comparativo de las Parábolas de la Misericordia

Parábola Objeto Perdido Cantidad Original Motivación de la Búsqueda Reacción al Encuentro Punto Clave de la Enseñanza
La Oveja Perdida Una oveja Cien Peligro, necesidad del objeto perdido. Alegría y celebración con amigos y vecinos. El valor inmenso de cada alma para Dios y Su búsqueda activa.
La Moneda Perdida Un dracma Diez Valor del objeto (salario de un día), costo del esfuerzo. Alegría y celebración con amigas y vecinas. El valor intrínseco de cada alma para Dios y Su diligente esfuerzo en buscarla.
El Hijo Pródigo Un hijo Dos (con el hermano) Amor paternal incondicional y deseo de restauración. Alegría, banquete, restauración completa de la dignidad. La misericordia desmesurada de Dios, el arrepentimiento sincero y la acogida total.

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