A pesar de la leyenda negra que rodea su persona, Santa Anna accedió a su último mandato por expresa invitación de sus paisanos y no mediante un golpe de Estado. Tampoco se hizo del poder omnímodo por medio de intrigas y amenazas, esa facultad le fue otorgada de forma deliberada por quienes lo convocaron a ocupar la presidencia.
A lo largo de la vida independiente de México, los intentos de transformar las estructuras políticas y sociales sobre las que se apoyaba el Estado, provocaron invariablemente una violenta reacción que, por medio de asonadas, motines y revoluciones, obligaba a dar marcha atrás a los promotores de estos cambios. Detrás de todos estos alzamientos se encontraban los conservadores quienes eran enemigos de toda reforma que alterara el esquema político sustentado en los privilegios de la Iglesia y el Ejército, a ellos se sumaban los grandes comerciantes y agiotistas que obtenían grandes ganancias con el contrabando y la especulación con los contratos gubernamentales.
En escasas tres décadas de existencia se habían ensayado ya casi todas las formas políticas de gobierno y todas habían fracasado.
Fue proclamado por Carlos Sánchez Navarro el Plan de Guadalajara el 13 de septiembre que incluía en su artículo 8º:“La nación invita al general Antonio L. Este plan de Guadalajara fue modificado el 20 de octubre agregándosele la convocatoria de un congreso extraordinario. A esta modificación se le llamó Plan del Hospicio.
La rebelión que hasta ese momento no había traspasado los límites regionales, de súbito se convirtió en una auténtica revolución nacional. Para combatirla, el presidente Arista, a través de su ministro de Hacienda Guillermo Prieto, pidió al Congreso la autorización para contratar un préstamo por tres millones de pesos y aumentar todas las contribuciones directas en un 50 por ciento. El poder Legislativo hizo oídos sordos a las demandas económicas y se negó también a otorgar facultades extraordinarias al ejecutivo. Viéndose maniatado, Arista presentó su renuncia.
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El viernes 1 de abril de 1853, Santa Anna desembarcó del paquete inglés Avon que lo había trasladado a Veracruz desde su exilio en Sudamérica; era un poco más del medio día y fue recibido por las autoridades del puerto y por comisiones de varios estados de la República. El día 20 del mismo mes, en la Ciudad de México, fue investido con la banda presidencial y, conforme a lo acordado, designó a Alamán ministro de Relaciones, puesto que equivalía a nombrarlo primer ministro de su gobierno.
Pese a encontrarse muy quebrantado de su salud, tan sólo dos días después de haber tomado posesión del Ministerio, Alamán presentó las Bases para la administración de la República, documento que regiría mientras fuera expedida una nueva constitución. También fundó el Ministerio de Fomento, Colonización, Industria y Comercio, así como el Consejo de Estado compuesto por 21 individuos, divididos en cinco secciones que corresponderían a cada una de las Secretarías de Estado; reorganizó el Cuerpo Diplomático, creó la figura del Procurador General de la Nación y dispuso que fueran separados del Ejército Mexicano los militares que en la guerra de 1847 se constituyeron prisioneros voluntarios de los norteamericanos.
No obstante las esperanzas de pacificación del país y de las promesas emitidas a su retorno, Santa Anna construyó un régimen despótico y autoritario. Cobijó de manera desmedida a sus favoritos, coartó las libertades ciudadanas, se rodeó de un boato propio de las monarquías europeas resucitando la Orden de Guadalupe creada durante el Imperio de Iturbide y para sí adoptó el título de Alteza Serenísima.
Para sostener su tren de vida, cargó a los contribuyentes de impuestos exorbitantes. Además de restituir las alcabalas, decretó gravámenes sobre la propiedad y el trabajo y otros más extravagantes, exigiendo el pago de un peso mensual por cada perro. El incumplimiento era castigado con multas hasta de 20 pesos y la muerte del animal. Uno de los más recordados fue el impuesto que debía pagarse por cada puerta o ventana.
El descontento se transformó en irritación y en lugar de moderar su conducta, el gobierno publicó un bando contra los que murmurasen contra la autoridad, censuraran sus disposiciones o publicaran malas noticias. En él se imponía una multa de 200 pesos a cualquiera que, viendo cometer esas faltas, no denunciara a sus autores. Se canceló la libertad de imprenta y se impuso la pena de destierro a todo sospechoso de conspiración, la cual se aplicó sin distinción a hombres, mujeres y jóvenes, sin hacer excepción por vejez o enfermedad, quedando las familias en completo desamparo. Para causar mayores aflicciones a los desterrados, a los habitantes de tierras frías se les enviaba a climas ardientes del sur, o se confinaba a los habitantes de éstos a las regiones del norte; los desgraciados proscritos eran obligados a vivir en poblaciones insignificantes donde no encontraban medios para subsistir.
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En suma, el régimen de Santa Anna se convirtió en el gobierno de un hombre “poseído de algo como un delirio del poder”, que veía en cada individuo un conspirador y con esa óptica hizo de la persecución una forma de gobernar.
El 1 de marzo de 1854 el coronel Florencio Villarreal, de acuerdo con Juan Álvarez, promulgó en la Hacienda de la Providencia el Plan de Ayutla, que fue reformado el día 11 en Acapulco por Ignacio Comonfort.
Tratando de demostrar la legitimidad de su gobierno y la popularidad de su persona, don Antonio convocó a la celebración de un plebiscito en el que la población decidiría si debía continuar al frente de la presidencia. La consulta se llevó a cabo el 1º de diciembre de 1854; los resultados fueron dados a conocer por El Universal, periódico conservador que se había caracterizado por su desmedida adulación al régimen. Ayer fue un día de júbilo para esta capital: el comercio se cerró a las doce, se pusieron colgaduras en los balcones, y por la noche hubo una iluminación general.
Pese a que sus voceros se afanaron por desmentir los rumores de su eminente renuncia, el 9 de agosto por la madrugada salió Santa Anna de la capital, casi a hurtadillas. Se dijo oficialmente que viajaba a Veracruz para encargarse en persona de restablecer el orden alterado por pequeños disturbios en aquel departamento. Ese mismo día, fue publicado un decreto que establecía que, en caso de necesidad, un triunvirato compuesto por el presidente del Supremo Tribunal, licenciado Ignacio Pavón, y los generales Mariano Salas y Martín Carrera sucedería al dictador. Como suplentes fueron señalados los generales Rómulo Díaz de la Vega e Ignacio Mora y Villamil. Su principal obligación consistiría en convocar a la nación para que se constituyese según su voluntad.
El 18 de agosto, siendo despedido con todos los honores por los miembros del ejército, se embarcó en Veracruz.
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Cronología de Eventos Clave
- 1 de abril de 1853: Santa Anna arriba a Veracruz en el buque inglés Avon.
- 20 de abril de 1853: Santa Anna entra a la Ciudad de México y es investido con la banda presidencial.
- 11 de marzo de 1854: Ignacio Comonfort reforma el Plan de Ayutla en Acapulco.
- 13 de abril de 1854: Primer enfrentamiento entre las tropas de Santa Anna y las revolucionarias en el Coquillo.
- 20 de abril de 1854: Antonio López de Santa Anna ataca sin éxito el fuerte de San Diego.
- 22 de abril de 1854: Mueren Nicolás Bravo y su esposa.
- 16 de enero de 1855: Huetamo cae en manos de los revolucionarios.
- 18 de enero de 1855: La brigada de Félix Zuloaga desconoce al gobierno de Santa Anna.
- 15 de mayo de 1855: Antonio López de Santa Anna ocupa Zamora.
- 29 de julio de 1855: Dolores Tosta, esposa de López de Santa Anna, sale de la capital.
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