Descubre la Impactante Historia de Sor Juana Inés de la Cruz y su Lucha Contra el Silencio Injustopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, más conocida como sor Juana Inés de la Cruz o Juana de Asbaje, fue una religiosa jerónima, escritora y filósofa novohispana. Conocida como la décima musa, cultivó la lírica, el auto sacramental y el teatro, así como la prosa. A muy temprana edad aprendió a leer y a escribir. La semblanza familiar de la niña Juana Inés comienza con la llegada de sus abuelos maternos, Pedro Ramírez de Santillana y Beatriz Rendón, quienes se instalaron entre los pueblos de Huichapan y Yecapixtla. De esta pareja nació la que fuera madre de la poetisa, Isabel Ramírez.

La niña Juana Inés creció principalmente entre las haciendas de Nepantla y Panoayán, en la biblioteca del abuelo, quien combinaba la lectura y cultura con la siembra del maíz, trigo y crianza del ganado. Los años de aprendizaje de sus primeras letras transcurren en estos hermosos lugares. Aprendió náhuatl con los habitantes de las haciendas de su abuelo, donde se sembraba trigo y maíz. Pronto inició su gusto por la lectura, gracias a que descubrió la biblioteca de su abuelo y se aficionó a los libros. Aprendió todo cuanto era conocido en su época, es decir, leyó a los clásicos griegos y romanos, y la teología del momento.

La Vida en la Corte y el Convento

Según datos de su biógrafo, el padre Calleja, Juana Inés pudo haberse trasladado a la capital del reino después de los ocho años de edad, donde la recibe su tía materna María Ramírez, esposa de Juan de Mata. La vida de Juana Inés fue cambiando en la “muy leal y noble ciudad de México”. En casa de su tía María, aprendió tareas femeninas. Por la misma época recibió sus primeras 20 lecciones de gramática latina con el bachiller Martín Olivas. Tiempo después ya se encuentra en la corte virreinal aproximadamente hacia 1665, al servicio de la virreina, marquesa de Mancera.

La virreina, Leonor de Carreto, se convirtió en una de sus más importantes mecenas. El medio ambiente y la protección de los virreyes marcarán decisivamente la producción literaria de Juana Inés. La corte virreinal era uno de los lugares más cultos e ilustrados del virreinato. Solían celebrarse fastuosas tertulias a las que acudían teólogos, filósofos, matemáticos, historiadores y todo tipo de humanistas. Allí, como dama de compañía de la virreina, la adolescente Juana desarrolló su intelecto y sus capacidades literarias. En repetidas ocasiones escribía sonetos, poemas y elegías fúnebres que eran bien recibidas en la corte.

Hacia el año de 1668, en febrero, Juana Inés ingresa como novicia al convento de San Jerónimo, de las hijas de Santa Paula. Profesa como religiosa en este mismo convento el 24 de febrero de 1669; donde protestó como monja jerónima de coro y velo: “Protesta que, rubricada con su sangre, hizo de su fe y amor a Dios”. En este lugar pasará el resto de su vida la joven monja, aproximadamente 27 años, de los cuales sobresalió más que en el ejercicio religioso en la escritura y en la administración del convento del que fue contadora durante nueve años.

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Estos fueron años en que sor Juana convivió fraternalmente con los marqueses de Mancera, a quienes quería mucho y dedicaba parte de su poesía. En el año de 1680 (el 3 de enero) moría su madre Isabel Ramírez. Al año siguiente, y gracias a la protección de la esposa del virrey, doña María Luisa Manrique de Lara, Condesa de Paredes, se publicó en Madrid, uno de los compendios más importante de toda su obra bajo el título de la Inundación Castálida de 1689. En esta edición española se dan a conocer todos los poemas bellísimos de Sor Juana que ya la habían consagrado más que como monja como una poeta de la vida, del amor y de los requiebros de los desamores.

La Disputa Teológica y la "Respuesta a Sor Filotea"

No todo eran triunfos en la vida de Juana Inés, al parecer se intercalaban los éxitos con las penas. Su confesor, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, le reprochaba que se ocupara tanto de temas mundanos, lo que junto con el frecuente contacto con las más altas personalidades de la época debido a su gran fama intelectual, desencadenó las iras de este. Bajo la protección de la marquesa de la Laguna, decidió rechazarlo como confesor. De ahí su decepción con Núñez, del que no podía entender que la quisiera ignorante cuando Dios la había bendecido con la sabiduría.

Para sus críticos -que crecían-, la gota que colmó el vaso llegó cuando, en 1690, se vio entrometida en una disputa teológica en público. Entre 1690 y 1691 se vio involucrada en una disputa teológica a raíz de una crítica privada que realizó sobre un sermón del muy conocido predicador jesuita António Vieira que fue publicada por el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz bajo el título de Carta atenagórica. Para contestar la carta del Obispo Manuel Fernández de Santa Cruz sor Juana medita y escribe su Respuesta a Sor Filotea (1º de marzo de 1691), en este interesante texto pueden conocerse varios datos biográficos e intelectuales de Sor Juana, desde que era pequeña.

Puesto que el obispo iba a reprenderla en público, la jerónima no se detuvo ahí, y en 1691 escribió su Respuesta a sor Filotea de la Cruz. En tal texto recordaba que las mujeres estaban tan capacitadas como los hombres para acceder a la razón y reivindicaba su derecho a teorizar y, por tanto, a desobedecer. La suya no era, por tanto, una reivindicación de la sabiduría. Tampoco era Juana Inés una heterodoxa que quisiera reinterpretar las Escrituras. Lo que deseaba era lo que cualquier otro teólogo: conocerlas. Para ello, consideraba justo que se sirviese de la inteligencia que tuviera, ya fuera mucha o poca. Ni António Vieira ni muchos de sus colegas pensaban así.

Por monja de clausura, por escritora y, sobre todo, por no haberse plegado a lo que los hombres esperaban de ella -más cuando en ello cumplía un designio de Dios-, podría parecer que sor Juana Inés de la Cruz estaba al borde de una acusación. Desde luego, así la hubiera preferido Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, y también un buen amigo que tantas veces le recomendó que se dedicara a las letras divinas, y no a las humanas. Visto lo que le pasó a santa Teresa, quizá ni así hubiera evitado el celo de los inquisidores.

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El Silencio y Últimos Años

Aun así, paradójicamente, dejó de escribir. Lo único seguro es que aquella Respuesta fue la última. A partir de esta fecha encontramos ya una separación rotunda y un retiro en la monja escritora, deja ya de acudir al locutorio e inicia un silencio sin retorno. Para 1692 y 1693 comienza el último período de la vida de sor Juana. Sus amigos y protectores han muerto. En la poetisa ocurrió un extraño cambio: hacia 1693 dejó de escribir y pareció dedicarse más a labores religiosas. Su propia penitencia queda expresada en la firma que estampó en el libro del convento: «yo, la peor del mundo», que se ha convertido en una de sus frases más célebres.

Algunos afirmaban hasta hace poco que antes de su muerte fue obligada por su confesor (Núñez de Miranda, con quien se había reconciliado) a deshacerse de su biblioteca y su colección de instrumentos musicales y científicos. Para el año de 1695, el 17 de abril, muere como consecuencia de la típica enfermedad epidémica de la época, el tifus. A principios de 1695 se desató una epidemia que causó estragos en toda la capital, pero especialmente en el Convento de San Jerónimo. Sor Juana cae enferma poco tiempo más tarde, pues colaboraba cuidando a las monjas enfermas. Fallece a las cuatro de la mañana del 17 de abril. A Juana Inés se le sepultó en el coro bajo de la iglesia del templo de San Jerónimo.

Legado Literario y Reconocimiento Póstumo

En el campo de la lírica, su trabajo se adscribe a los lineamientos del barroco español en su etapa tardía. El estilo predominante de sus obras es el barroco; Sor Juana era muy dada a hacer retruécanos, a verbalizar sustantivos y a sustantivar verbos, a acumular tres adjetivos sobre un mismo sustantivo y repartirlos por toda la oración, y otras libertades gramáticas que estaban de moda en su tiempo. Su lírica, testigo del final del barroco hispano, tiene al alcance todos los recursos que los grandes poetas del Siglo de Oro emplearon en sus composiciones. Cultivó la prosa, la lírica, el teatro y la poesía, e incluso escribió sobre filosofía y epistemología.

En su Carta atenagórica, rebate punto por punto lo que consideraba tesis erróneas del jesuita Vieira. La obra dramática de sor Juana va de lo religioso a lo profano. Su comedia más célebre es Los empeños de una casa. Otra de sus conocidas obras teatrales es Amor es más laberinto. También destaca su lírica, que aproximadamente suma la mitad de su producción. Según ella, casi todo lo que había escrito lo hacía por encargo y la única cosa que redactó por gusto propio fue Primero sueño. Se observa también, confesada por ella misma, una imitación permanente de la poesía de Luis de Góngora y de sus Soledades, aunque en una atmósfera distinta.

Quién sabe si le habría gustado, pero con el paso de los años se acabó convirtiendo en un mito. Como era fácil de prever, del feminismo. Para esta hispanista se trataba de “la primera feminista del Nuevo Mundo”, doscientos años antes de la aparición del movimiento sufragista. Más recientemente, como si esta semblanza de sor Juana no fuera suficientemente sugerente, se ha añadido otra arista a su perfil. El motivo ha sido una reinterpretación de los poemas que le dedicó a María Luisa Manrique de Lara, su protectora en la corte y la esposa del virrey Tomás de la Cerda y Aragón. Aunque es tentador verla así, cabe ser prudentes. Cierto que hay quien se ha atrevido a incluirla entre los “escritores gais” de la historia. Sin embargo, la mayoría de los especialistas se quedan en que el suyo fue un amor platónico, libre de deseo carnal.

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