Descubre Cómo la Enajenación en la Escuela de Frankfurt Revoluciona la Teoría Críticapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La Escuela de Frankfurt, también conocida como Escuela de Fráncfort, se refiere a un grupo de investigadores que se adherían a las teorías de Hegel, Marx y Freud. Su centro estaba constituido en el Instituto de Investigación Social, inaugurado en 1923 en Fráncfort del Meno. En esta entrada sobre la Escuela de Frankfurt y la Teoría crítica, recorreremos los principales argumentos de esta corriente de pensamiento que, más que una Escuela, es en rigor una tradición bastante heterogénea, vinculada por los debates constantes entre sus miembros acerca de las políticas socioeconómicas de su tiempo. El proyecto inicial de la Escuela se define como marxismo heterodoxo, buscando soluciones congruentes a los problemas de la sociedad, como la desigualdad de clases, no solo desde el punto de vista sociológico, sino también filosófico. Aspiraban a combinar a Marx, reparando en el inconsciente y en las motivaciones más profundas del individuo.

Entre las figuras clave de esta primera generación se encuentran Theodor W. Adorno (1903-1969), Herbert Marcuse (1898-1979), Walter Benjamin (1892-1940), Erich Fromm (1900 - 1980) y Friedrich Pollock (1894 -1970), entre otros. Más adelante, una segunda generación de miembros de la Escuela ocuparía un lugar preponderante, con Jürgen Habermas (n.1929) como figura destacada.

El Surgimiento de la Teoría Crítica y su Contexto

La denominación “teoría crítica” se remonta al título del ensayo de Max Horkheimer, del año 1937, “Teoría tradicional y teoría crítica” (Traditionelle und kritische Theorie). Fue en complejas circunstancias, marcadas por el ascenso del nazismo y el exilio de sus miembros, que se dio a conocer la Teoría Crítica. El 30 de enero de 1933, el presidente del Reich, nombra a Hitler como canciller y se inician las dificultades de la persecución y el exilio para los miembros del Instituto. Al parecer, ese mismo día la casa de Horkheimer fue ocupada por las SA y transformada en local de guardia. El Instituto fue sellado y ocupado por la policía el 13 de marzo de 1933, y Horkheimer lo trasladó en primer lugar a Suiza, y finalmente a la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1934. Es entonces, en estas complejas circunstancias, en las que se da a conocer la “Teoría Crítica”, como un conjunto de estudios cuyo objetivo es criticar y transformar la sociedad, analizando sus conflictos, tendencias y contradicciones.

La Teoría Crítica se distingue por su enfoque sobre la interpretación estática de la relación sujeto-objeto, una de las mayores desventajas de la gnoseología kantiana que los pensadores de Frankfurt buscaban superar. Por otra parte, estos autores consideraban que la interpretación estática de la relación sujeto-objeto, ajena a cualquier dinamismo histórico, era una de las mayores desventajas de la gnoseología kantiana, de modo que se proponen superarla en aras de un método filosófico que permita captar la historicidad, la dinamicidad de lo real. Esta orientación los llevó a una crítica profunda de las premisas filosóficas que sustentaban una visión estática y dominadora del conocimiento. Tal vez es ésta la más grave y permanente acusación que la Escuela de Frankfurt le hace a Hegel: ya antes de que la realidad sea racional, Hegel asume que “lo universal” se ha desplegado adecuadamente y es idéntico a lo que se concreta; en definitiva, en la dialéctica hegeliana se imponen la positividad de la razón y el progreso. Sin embargo para ellos, la negatividad está inserta en los aspectos positivos de la sociedad burguesa, y esta experiencia de la contradicción constituye el principio de su crítica.

Crítica a la Razón Instrumental y los Orígenes de la Alienación

A diferencia del marxismo ortodoxo, los miembros de la Escuela de Frankfurt buscaron analizar también la psicología individual y grupal. Esto lo hicieron a fin de comprender lo que veían como el declive de las capacidades críticas en el individuo y la sociedad. Y dado que para esto no podían confiar en las versiones dogmáticas del marxismo científico de la época, se apoyaron en el psicoanálisis freudiano en el intento de comprender cómo los conflictos sociales son reprimidos y por qué los individuos y grupos recurren a políticas autoritarias que no se alienean verdaderamente con sus intereses.

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El año 1941 marcó un cambio importante para la Escuela. En abril de ese año Horkheimer y otros miembros del Instituto dejaron Nueva York y se trasladaron a California, iniciándose una nueva etapa en su pensamiento. Estos autores se vieron abrumados ahora por el avance de la barbarie nazi, pero también por la tergiversación del socialismo en estalinismo y por la asombrosa capacidad integradora y manipuladora de la cultura de masas capitalista que observaban en los EEUU. De ahí surgió su nuevo pensamiento, y su interés se desplazó nada menos que desde la “teoría de la revolución fallida” a la “teoría de la fallida civilización”. Por lo que, para ellos, ya no se trataba solo de cuestionar la sociedad industrial y el capitalismo imperante, es decir, la fractura de la sociedad en una clase de propietarios y otra de explotados; el problema era ahora visto como más radical. Es en este contexto donde el fenómeno de la cosificación, una manifestación central de la enajenación, no solo se produce en las sociedades capitalistas, sino también en las llamadas sociedades socialistas.

La Dialéctica de la Ilustración como Fundamento de la Enajenación

En este sentido, Dialéctica de la Ilustración (Dialektik der Aufklärung), coescrito entre 1939 y 1944 por Horkheimer y Adorno, es posiblemente el texto más influyente de los filósofos de la Escuela de Frankfurt. En él, estos autores aluden a la paradoja de que la Ilustración, concebida como la emancipación del miedo ante la naturaleza y la afirmación del dominio humano sobre ella, haya culminado en un desastre triunfante. La Ilustración, en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Sin citarlo, Horkheimer y Adorno aceptan el diagnóstico de Weber: la modernidad y la Ilustración, son un proceso progresivo e irreversible de racionalización de todas las esferas de la vida social, proceso que involucra, a su vez, la consiguiente pérdida de sentido y libertad. Sin embargo, ellos no aceptan la resignación estoica de Weber ante este proceso.

Para Horkheimer y Adorno, la “catástrofe de la Ilustración” no se limita al proceso iniciado con la modernidad, sino que se origina ya en los primeros intentos humanos por dominar la naturaleza. En principio, la naturaleza es la fuerza diferente y contraria respecto del hombre y, por tanto, su enemiga y el objeto de su miedo. Buscarse en ella y contra ella un albergue es su primera urgencia; pero para eso tiene que vencer su extrañeza, es decir, superar su alteridad y reconocerse a sí mismo en ella. De este modo, para estos autores, en el origen pre-racional del trato del hombre con la naturaleza se da la mímesis, es decir, la imitación de ella por parte de los seres humanos, en sus primeros intentos de adaptarse y sobrevivir. Con el tiempo, los humanos crean relatos míticos como primer paso para explicar y dar sentido al mundo.

De manera que, para Adorno y Horkheimer, ya los mitos eran el primer estadio de la Ilustración. En ellos latía ya la aspiración al dominio: “narrar, nombrar, contar el origen” y, por tanto, “explicar”, es decir, en definitiva, controlar y dominar, señalan. Así, el rayo es la furia de Zeus, o la primavera es la vuelta de Perséfone del Hades a la Tierra. Pero esta reconciliación es aleatoria, los dioses son mudables y con ellos la Fortuna caprichosa. Por lo que el paso a la Ilustración moderna, no es otra cosa, ahora, que el tránsito del momento en el que el espíritu se reconoce a sí mismo en esa naturaleza, al momento de desmitificación. Sin embargo, el propio ser humano forma, también él, parte de la naturaleza que ha de ser instrumentalizada, y como elemento de esa naturaleza terminará él mismo siendo devorado por el “monstruo” que ha desencadenado para dominarla. En este momento, entonces, se pone de manifiesto que, al determinar todo valor como utilidad, es decir, en función de otra cosa, resulta finalmente que no queda nada valioso, ninguna otra cosa que logre ser punto de apoyo para otra valoración. Y al final todo es útil para nada. Por eso, Horkheimer y Adorno sostienen que el mito y la Ilustración están entrelazados: lo que comenzó como un esfuerzo por “superar el miedo” derivó en una racionalidad totalizadora que, en última instancia, reproduce el mito. Y así, “en el camino de la ciencia moderna -escriben Horkheimer y Adorno- los hombres renuncian al sentido”. Por lo que, con ello, la Ilustración vuelve al hombre a la condición original de desamparo ante una naturaleza que ejerce una fuerza y una autoridad que no controla.

La Industria Cultural y la Alienación de Masas

Adorno y Horkheimer acuñaron el término “industria cultural” para describir lo que, en tanto todo esto ocurre, ellos percibían como un “órgano del engaño de masas”, que distrae y anestesia a la población, reforzando el conformismo y socavando la individualidad. Esta industria no es, en rigor, una creación espontánea de las masas, sino fabricada mediante métodos estandarizados y orientados al lucro, como cualquier otro proceso industrial. Este sistema reemplaza toda experiencia significativa con entretenimiento vacío, adormeciendo la capacidad crítica del público y reconciliándolo con el statu quo.

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Herbert Marcuse, por su parte, designa con este término un proceso específico a través del cual “nuevas formas de tiranía”, disfrazadas de democracia, consolidan su dominación sobre las masas de manera mucho más eficiente que cualquier forma de absolutismo, y sin necesidad de recurrir al terror, contando, incluso, con el beneplácito gustoso de los sometidos. De modo que, para él, en esta nueva fase, ya no queda energía para cambiar las estructuras opresoras -las que, además, ni siquiera son percibidas como tales-, y por lo tanto, ya no quedan fuerzas ni cohesión social para reclamar mejores condiciones laborales, formas de vida más enaltecedoras o instituciones políticas menos corruptas. Esta situación refleja una profunda enajenación, donde los individuos no solo son pasivos, sino que participan activamente en su propia subyugación.

El Sujeto Enajenado: La Metáfora de Odiseo

Para los autores de Frankfurt, el “sí mismo” (o el “yo”) es un producto de la lucha entre los impulsos primitivos y las exigencias de la civilización racionalizada. Es aquí donde comprendemos mejor la metáfora que utilizaron Adorno y Horkheimer al aludir a Odiseo frente al canto de las sirenas. El pensamiento de Odiseo, igualmente hostil a la propia muerte y a la propia felicidad, sabe todo esto. Él conoce sólo dos posibilidades de escapar. Una es la que prescribe a sus compañeros: les tapa los oídos con cera y les ordena remar con todas sus energías. La otra posibilidad es la que elige el mismo Odiseo, el señor terrateniente, que hace trabajar a los demás para sí. Él oye, pero impotente, atado al mástil de la nave, y cuanto más fuerte resulta la seducción más fuertemente se hace atar, lo mismo que más tarde también los burgueses se negarán la felicidad con tanta mayor tenacidad cuanto más se les acerca al incrementarse su poder. Cuando Odiseo se ata al mástil para escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a su poder, encarna la figura del sujeto moderno que se distancia de sus deseos para mantener el control racional, en tanto sus marineros, con los oídos tapados, representan una forma de trabajo alienado. Medidas como las tomadas en la nave de Odiseo al pasar frente a las sirenas constituyen la alegoría premonitoria de la dialéctica de la Ilustración, donde el dominio de la naturaleza externa y de los propios impulsos conduce a una forma de auto-sacrificio y enajenación.

La Dialéctica Negativa y la Resistencia a la Enajenación

A través de su obra, Theodor W. Adorno retoma y desarrolla la crítica racional a la realidad social. Yendo un paso más adelante, además de denunciar el concepto de razón imperante que propició una irracionalidad manifiesta, va a asentar los principios para una nueva racionalidad de carácter crítico, dialéctico y negativo. Negativa, porque se presenta como crítica y negación de la positividad dada. La Dialéctica Negativa significa para Adorno la no afirmación de la identidad entre razón y realidad, entre sujeto y objeto, entre este y su concepto. Afirmar la identidad equivale a anular las diferencias, reducir la multiplicidad a la unidad, lo dado particular y concreto al pensamiento, para así poder dominarlo. Para Adorno, es preciso ir más allá de la denuncia de la falsa apariencia de la racionalidad de la razón; es necesario también realizar una teoría “crítica” de la afirmación de lo positivamente existente.

Justamente, los valores de libertad, justicia y solidaridad eran los que estaban en juego para Horkheimer y Adorno y, en ese sentido, el interés que les movió a escribir su Dialéctica fue el de “salvar la Ilustración”. De este modo, Adorno valorará las expresiones artísticas que desafían la cultura de masas y evitan la comercialización, promoviendo una reflexión crítica sobre la realidad. Un ejemplo es la música dodecafónica y atonal de Arnold Schoenberg, que rompe con la armonía tradicional, frustrando las expectativas del oyente y obligándolo a enfrentarse a lo desconocido. Por su parte, en la literatura, valora particularmente a Franz Kafka, cuyas novelas como El proceso o La metamorfosis exponen la alienación y el absurdo de la existencia moderna.

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